2.2 Digital Signal Processing (DSP)
2.2.1 Bases, Frames, Dictionaries and Transforms
La comunidad Bajada San José se encuentra en el Sureste de la Capital de Córdoba
y es parte de barrio Maldonado, pero las/os pobladoras/es se identifican a sí mismas/os
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como habitantes de Bajada San José a causa de la historia de constitución (que les da
el nombre) y la localización geográfica en un sector que se encuentra aislado del resto
del barrio (no llega el colectivo, ni muchos servicios públicos). Esta barriada popular se encuentra en la periferia de la ciudad, alejada de los centros urbanos de consumo, cir- culación, intercambio, oferta y producción de bienes, tanto culturales como materiales. Son zonas de población que viven en la expulsión de los centros urbanos legitimados, lo que lleva a que tengan que producir sus propios ámbitos de trabajo y consumo.
Los/as vecinos/as, que hoy suman alrededor de 700 hogares, fueron poblando la zona en diferentes etapas a partir de migraciones de provincias próximas como Santia- go del Estero y por erradicaciones producidas desde el gobierno de Córdoba en los años 70. En ese momento histórico, la mayoría de los/as vecinos/as del lugar se encontraban empleados en fábricas y negocios aledaños a la comunidad. A partir de la década de 1990, el acceso al empleo y los procesos de organización en la comunidad comienzan a debilitarse debido al empobrecimiento que durante el Neoliberalismo se produjo en la Argentina y que, en este barrio de población trabajadora, impactó a través de la desin- dustrialización, entre otras cuestiones. El quiebre de las industrias y talleres fue dejando a la gente sin trabajo, incrementando la desocupación, los trabajos informales y la frag- mentación de los lazos entre los/as pobladores.
Esta crisis produjo que muchas familias antes obreras vivieran del sector informal de la economía. Los varones generalmente realizan trabajos informales y las mujeres suelen ocuparse de las tareas del hogar o son empleadas domésticas. Es mínimo el número de familias que cuentan con ingresos del empleo formal, como el de policía o de recolectora de basura. Por eso, las transferencias provenientes de programas o políticas sociales estatales son fundamentales para la supervivencia de las familias de Bajada San José. Según datos del dispensario de la zona, la Asignación Universal por Hijo/a, la Pensión para Madre de siete hijos y el subsidio por discapacidad (unas pocas vecinas reciben la jubilación por Ama de Casa), son las políticas que mayor cobertura tienen en la comunidad.
Las mujeres que participan en la comunidad Bajada San José no son todas igua- les, ocupan diferentes posiciones en el sistema de participación que responden a su lugar social. Según Costa y Mozejko (2009), el lugar social se constituye en base a la competencia del/de la sujeto, la posición que ocupa en un sistema de relaciones específico, la gestión de las trayectorias individuales, familiares, históricas y socia- les; que son, a su vez, parte de un proceso social que excede sus límites. En ese sentido, analizamos las prácticas de mujeres que comparten una misma posición en la estructura social (sectores populares), pero que difieren en las posiciones de género, raza y religión, trayectoria económica, cultural y capital social; lo cual impacta en las prácticas políticas que realizan y los modos de participación comu- nitaria, comunicacional y cultural que sostienen. Nos proponemos analizar en qué medida las prácticas producidas por las mujeres (que más adelante desarrollamos), guardan relación con el lugar social que han heredado pero también gestionado (Costa & Mozejko, 2009).
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Las mujeres que llamamos Referentes y que en charlas informales con vecinos/as de barrios aledaños a Bajada San José y en el lenguaje común de la sociedad se conocen como “punteras”3, comparten los problemas estructurales de tipo económico, social y de
accesos a derechos que aquejan a las familias de toda la comunidad. No obstante, al mismo tiempo, por el hecho de ser Referentes, concentran recursos y relaciones socia- les estratégicas que hacen a sus competencias diferenciales respecto del resto de las mujeres que participan.
Ser Referente de una comunidad supone concentrar reconocimiento frente a un gru- po, familias, organizaciones e instituciones externas en base a la capacidad de gestión de recursos, planes y programas estatales para la comunidad. Se trata de contar con información estratégica como por ejemplo dónde gestionar un programa social (la Asig- nación Universal por Hijo), ocuparse de realizar festejos en fechas como el día del niño y la niña, mantener espacios como los comedores o copas de leche, “saber escuchar” a los/as otros/as en sus problemas y comunicar demandas.
Además, estas mujeres dicen ser las “caras visibles” de la comunidad ante funciona- rios, organizaciones e instituciones de diversa índole; asumen responsabilidades socia- les de todo tipo y generan expectativas en la comunidad, que deben ser satisfechas a
fin de mantener el lugar de Referentes. “Ser caras visibles”, “dar la cara” desde Goffman
(1956), representa “una máscara” de presentación para las múltiples situaciones de interacción cotidiana. Todas las personas llevamos a cabo una representación frente a
determinado público, adoptamos conductas y expresiones a fin de controlar las impre- siones de ese público. Así, las actuaciones logradas comienzan a volverse válidas para ciertos públicos y dependen de la “fachada”4 lograda.
Estas mujeres se relacionan con funcionarios del Estado o cualquier tipo de agente externo desde el papel que asumen y para el cual la comunidad las ha legitimado. Aun-
que esa legitimación no es permanente, está sujeta a las representaciones y la eficacia
de las mismas, por eso es tan importante cumplir con lo que se espera de ese papel. Porque “dar la cara” luego de una derrota, es caer en la escala del prestigio y del poder
que concentra una máscara o ‘cara social’ y que deja de funcionar ante la comunidad,
corriendo el riesgo de que la máscara sea directamente retirada. En ese sentido, las mujeres se preocupan por mantener la impresión de que cumplen con aquello que se supone es su tarea: lograr que el Estado cumpla con su función social, gestionar recur- sos, etc.
En ese sentido, el poder que concentran las referentes se basa en recursos de todo tipo, capacidades acumuladas a lo largo de su trayectoria y en las relaciones sociales estratégicas con funcionarios, políticos, organizaciones políticas, etc. Esas relaciones son acumuladas a lo largo de las trayectorias de participación política, sobre todo parti- daria, las cual les han otorgado contactos, conocimiento sobre donde obtener recursos
y relaciones fluidas con ámbitos estratégicos del Estado como Desarrollo Social de la
Provincia.
Por otra parte, Participantes es el modo en que denominamos a las mujeres que al momento del cierre del trabajo de campo no son consideradas Referentes. Ellas están
3- “Puntera o puntero” es un modo coloquial de denominar, despec- tivamente, a líderes barriales que gestionan recursos a través de la militancia en un partido, para un candidato, etc. Pero que, a dife- rencia de las mujeres que entre- vistamos, solicitan necesariamente apoyo político, generando procesos de selección por conveniencia y de- pendencia de quiénes necesitan determinado recursos, planes, etc. Durante la década del 90 apare- cieron fuertemente en la escena social, debido a los planes sociales gubernamentales frente a la crisis económica, que eran gerencia- dos por los/as mismos/as (Peralta, 2009).
4- La fachada, es una dotación ex- presiva que se espera de las per- sonas en papel para llevar a cabo cierta actuación, son cualidades tanto físicas como emocionales, que se ponen en escena asociadas
a ciertas posiciones sociales (Cfr.
Goffman, 1956).
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transitando sus primeras experiencias de participación comunitaria o hace más de una década que participan, pero no cuentan ni con la acumulación de relaciones sociales ni con los recursos materiales que las Referentes. Entre estas mujeres encontramos
que; por un lado, algunas no han finalizado la escuela y apenas saben leer y escribir, lo que dificulta su relación con agentes externos e instituciones. Además, no han logrado
gestionar relaciones con instituciones y agentes externos claves o han fracasado en el intento, viven situaciones de violencia de género que las aísla y participan de modo intermitente. Por otro lado, las más jóvenes, se encuentran en un ciclo vital familiar de
crianza de niños/as pequeños/as, lo que dificulta también la participación.
Debido a esta posición en el sistema de relaciones sociales que habilita la participa- ción entre las mujeres de la comunidad, las Participantes no cuentan con recursos, ya sea bienes o relaciones que sean escasas y legitimadas por la comunidad como estra- tégicas. Concentrar esos recursos convierte a las Referentes en líderes comunitarios y a las Participantes “en una más”. Sin embargo, estas mujeres se organizan y ocupan el espacio público de la comunidad, a través del acompañamiento de actividades que ges- tionan las Referentes como ir a un acto o constituyendo espacios que proponen agentes externos y que son de menor exposición, conocimiento público y prestigio, generalmen- te de tipo cultural-artístico o productivo, tales como un grupo de costura, un taller de discusión de género o la proyección de un video.
A diferencia del tipo de poder que deben defender las Referentes, basado en rela- ciones con funcionarios, posesión de mercadería, etc., entre las Participantes que se involucran en actividades a través de grupos, lo más importante son las relaciones de
confianza, los lazos de amistad que eviten conflictos y favorezcan intercambios de bie- nes, escucha y contención, el “no meterse en líos”. Otra diferencia con las Referentes que dicen querer “ayudar” a través de su participación comunitaria, es que las Partici- pantes dicen querer ser sobre todo “ayudadas”.
En ese sentido, las Referentes ocupan una posición dentro del sistema de relacio- nes que constituyen la participación comunitaria, que les permite ser quienes “ayudan” a otras mujeres o familias, ya sea con la gestión de planes o con la copa de leche. En tanto, las Participantes buscan, a través de la participación, ser ayudadas, contenidas, escuchadas y aprender, porque no encuentran, en su espacio de posibles, la oportuni- dad de optar conscientemente por “ayudar a otros/as”.
Finalmente, identificamos a las mujeres que no participan. Para las mujeres que rea- lizan prácticas políticas de participación comunitaria quienes no participan representan acabadamente el estigma del “ser marginal y vivir de arriba”, tal como ellas señalan que también son percibidas por la sociedad. A su vez, los varones tampoco participan de manera directa de las actividades que hemos descripto, pero no son señalados en los discursos de las mujeres como “otros”.
Por ende, para presentarse y ser reconocidas como mujeres que “ponen la cara por la comunidad y ayudan a los demás”, las mujeres construyen a “un otro dife- rente” como el límite del “nosotros” que las constituye como grupo. Así, “ese otro”, es quien delimita “el nosotros” y se convierten en lo exterior constituyente de los
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cuerpos que sí se reconocen entre sí y que sí importan en determinados contextos (Butler, 2002). En ese sentido, participar es distinguirse de quienes no lo hacen, sobre todo de otras mujeres y de su “falta de voluntad de progreso” y por lo tanto, ser un sujeto digno de reconocimiento. Así, el sistema de la participación comunitaria se constituye tanto por las mujeres y los agentes externos que se relacionan con ellas a través de las actividades, como por aquellos/as que indirectamente y por su ausencia o presencia
esporádica, también lo constituyen y significan.
A partir de los lugares sociales descriptos y por la capacidad de gestión de las muje- res, existen diferentes prácticas de participación comunitaria que a continuación descri- bimos y analizamos en su relación con la comunicación y la cultura.