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BasicAuthenticationFilter

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V. Web Application Security

14. Basic and Digest Authentication

14.1. BasicAuthenticationFilter

posadero:

“[...] compadecido sin duda de mi juventud, me ha dado el consejo

de dormir a cielo abierto” <67)

Pero nada de esto es comparable en la memoria de Cané con lo vivido en la Guayra, en el Hotel Neptuno, contra el que liberará

todas las avispas de su ironía y el sarcasmo más quevedesco. ¡Cuánto rencor guarda Cané a aquel lugar!:

“1...]

que, como una venganza, enclavaron las potencias infernales

en la tétrica Guayra. ¿Describirlo? Imposible; necesitaría, más que la pluma, el estómago de Zola, y al lado de mi narración, la última página de Naná tendría perfumes de azahar. Baste decir que el moblaje de cada cuarto consiste en un aparato sobre el que jinetea, como diría Lainez, una palangana —que en Venezuela se llama ponchera-, con una media naranja invertida de mugre en el fondo. Luego, una silla, y por fin, un catre. Pero un catre pelado, sin colchón, sin sábanas, sin cobertores y con una almohada que, en un apuro, podría servir para cerrar una carta en vez de oblea. El piso está alfombrado

Ji..)

¡de arena!. No penséis en aquella arenilla blanca y dulce a la mirada, que tapiza los cuartos en las aldeas alemanas y flamencas... No; una arena negra, impalpable y abundante, que se anida presurosa en los pliegues de nuestras ropas, en el cabello y que espía el instante en que el párpado se levanta para entrar en son de guerra a irritar la pupila” <68)

Hotel en el que, a la hora de comer, se distribuyen sobre la mesa un gran número de platos, sin orden ni armonía; mostrando las mil y una posibilidades que tiene de cocción el plátano, en el entrante, en el 1er o 2~ plato, en el postre.

“¿Se come? Mentira, allí se enferman los estómagos más fuertes, allí se pone lívido de cólera el caraqueño distinguido, a la par del extranjero.” (69)

Párrafos parecidos se pueden encontrar en Juvenilia <que nos recuerdan las peripecias del Buscón> . El almuerzo en el colegio

estaba:

“[...J

compuesto de un caldo con papas, las papas duras y el caldo flaco, seguido por un trozo de carne

salada, el trozo chico y la carne paquidérmica.” <70>

Estos malos momentos vividos, en pésimas condiciones y con escasez de medios, serán determinantes para que Cané no pueda soportar que en un restaurante elegante y selecto de Paris, por ejemplo, le pongan un plato frío o una carne pasada; pues en aquellos lugares apartados del mundo y de la civilización uno tiene que apechugar con lo que le echen, pero en estos centros de la cultura y del arte, donde todo abunda (hasta los maestros de cocina) , el más mínimo defecto es un crimen de lexa majestad que ha de pagarse con el bochorno, como mínimo, del cocinero o del

“maitre”.

En cuanto al lecho,

túmulo

sagrado del descanso, ya hemos adelantado algunos de los percances, no poco frecuentes, con los que tuvo que enfrentarse en singular batalla; inconvenientes a los que hubo que disputar el lecho, saliendo derrotado la mayoría de las ocasiones. Ejemplos tangibles de los miseros lugares en los que se hospedó, cuando la naturaleza no permite dormir a

cielo raso y el hombre no dispone de comodidades mayores. Sirva de ejemplo ese

catre

del Hotel Neptuno, antes descrito.

Encontrándose en las Antillas, en Fort—de—France en una de las paradas de varios días que hace el buque que le trae de Europa:

“Una noche de las que permanecimos en Fort—de—France, encontré mi lecho en el hotel tan inhabitable o tan habitado, que me vestí en silencio, gané la calle, y a riesgo de perderme, me puse en camino hacia el vapor.” <71)

En situaciones más afortunadas no es él el que padece directamente sobre sus carnes aquellas torturas, sino algún incauto amigo o acompañante. En Bogotá, Cané tiene la suerte de alojarse en casa de la señora Maurí, anciana encantadora que como una madre le prodiga todo tipo de atenciones. No goza de igual suerte un

colega inglés

(nuevo embajador de su país en Bogotá) que viaja con su familia, y que se hospeda en el Hotel de Villeta:

‘¼Habian pasado una noche infernal, compartiendo las cama con una cantidad tal de bichos desconocidos, que las dos o tres cajas de polvo insecticida que habían esparcido por precaución, sólo habían servido para abrirles el apetito!” (72)

Al terminar su tarea como embajador de su país en Colombia, se le asigna una legación europea. En un viaje de Bogotá hacia la costa, buscando el mar, tienen que hacer noche en Manzanos, donde, por voluntad propia, no se deleita con la cerveza de Rufino Cuervo:

‘<Al fin, nos tendimos en unas camas flacas como las vacas de Faraón, pobladas de magros insectos que bien pronto entraron en

campaña.” <73)

En este último ejemplo, podemos observar el magistral empleo que Cané hace de uno de sus recursos cómicos predilectos: la comparación. Comparación que equipara una realidad tan cotidiana y tan mediocre, como es una humilde cama de aldea, con otra realidad más solemne y grave, aunque sólo sea por su simbologia religiosa y cultural, como son las vacas flacas del Faraón; que sólo tienen de humilde su mediocridad física, símbolo de los años difíciles (penuria que también sufrirá él en sus propias carnes) Pero la comparación no se queda sólo ahí, sino que va mucho más lejos. Esas

vacas

flacas,

que evidencian en sus costillas el hambre que pasan y la escasez de alimento disponible, tienen su antagonismo en esos

magros

insectos

a los que al parecer no les falta alimento que llevarse a la boca; como lo evidencian las grasas que se acumulan en sus cuerpos por esa vida hiperactiva y sedentaria. De esta manera vemos como se truecan las realidades y lo deseable y esperable (magras vacas e insectos esqueléticos> se transforma en lo extraño e impropio, causando ese contraste tan grato a lo cómico y a lo humorístico.

Todas estas diferentes anécdotas que Cané va recogiendo a lo largo de sus dilatados viajes y en cuantas pulperías se cruzaron en su camino, nada son comparándolas con

La Noche

de

Consuelo

<sintomático topónimo) ; en la que le fue dado presenciar la más

singular y desigual batalla que nunca ojos humanos hayan contemplado. Aventura que tiene mucho de quijotesca, con esa pulperia que nos recuerda a la Venta de Maritorme, en la que se reúnen los viajeros para pasar la noche e intentar reconfortar con el sueño el cuerpo molido por el viaje. En este lugar pasarán mil incidentes graciosos para el lector y dignos de ser contados. Cuando Cané se dispone a conciliar el sueño:

“[...) empezó a hacerse oir el grillo más atenorado que he

escuchado en mi vida; el falsete atroz y monótono me crispaba el alma.” (74>

Uno de los hospedados, con un candil en la mano busca al grillo; escena de indiscutible sabor cervantino que:

“E...)

me permitió ver vagando por el cuarto de una venta, en las

montañas andinas, la vera efigie de Don Quijote” <75)

EJ. pulpero—ventero, más “habituado a esos pequeños incidentes de la vida” y haciendo uso de su ciencia instintiva, que le daban la confianza del saber ampliamente experimentado en aquellas confrontaciones, no se inmutó:

Ruperta, dame “la” alpargata.

Si aquel hombre hubiera dicho: “dame “una” alpargata”, no me habría llamado la atención. Pero aquel “la”, esa especificación concreta de un individuo de la especie me hizo incorporarme en el lecho y mirar por la puerta entreabierta [...) El infame grillo,

por una intuición del genio, como se llaman en la vida las casualidades, había callado un momento. ¡Nada le valió!. Al primer gorjeo, rápido, enérgico, sin vacilación, como el memorista que hace un cálculo ante la concurrencia absorta, el ventero, de un

golpe, lo aplastó contra la pared.” <76)

En esta escena cómica, donde el lenguaje entrecortado va creando la tensión necesaria para estallar en esa resolución final, cumple un papel principal la gracia gramatical, procedente de esa individualización de un instrumento tan insignificante como mortífero: la alpargata.

“E.

-

.1

instrumento de muerte terrible a los coleópteros en manos

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