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Remember-Me Interfaces and Implementations

In document Spring Security Reference (Page 35-109)

V. Web Application Security

14. Basic and Digest Authentication

15.4. Remember-Me Interfaces and Implementations

Como consecuencia lógica de la fuerte impresión recibida, se suscita en Cané un duro enfrentamiento con el pertinaz insomnio, que le permite registrar uno a uno el más ligero ruido de la noche: el respirar acompasado de los que duermen, algún que otro cencerro de los animales en el corral, mil imágenes y recuerdos pasando velozmente por la cabeza. Cuando, por fin, la vigilia es vencida por el cansancio y, poco a poco, los músculos del cuerpo se relajan en el sopor deseado y los párpados se cierran

pesadamente; en ese mismo momento y como si estuviera a su cabecera:

“E-..)

casi a mi oído, resoné el canto de gallo más histérico y estridente que me haya rasgado el timpano sobre la tierra” <78> Adjetivación cómica, que marca desde la inadecuación las propiedades, la sonoridad y la convulsión nerviosa de la personalidad de este matutino animal. La primera idea es recurrir a “la” alpargata, pero enseguida se desecha, por no ser el arma

adecuada para dicho enemigo:

“¿Qué hacer?. Me incorporé en el lecho, me orienté un momento y lancé el brazo a vagar por la obscuridad en la esperanza de que chocara con el cuello del maldecido animal, lo que me permitiría convertir mis dedos en un garrote vil.” (79>

No hay que pensar por esto que Cané no sea un amante de los animales, todo lo contrario; normalmente los saborea en exquisitos guisos.

En el viaje desde Colombia a Nueva York, se busca una distracción que le haga olvidarse del tedio que supone para él

viajar por mar; ésta consiste en cuidar un “turpial” que habla embarcado una niña. El canto del pájaro era “de una dulzura melancólica y profunda” <80> , según los recuerdos del escritor. A la hora del desembarco algún marinero, por descuido y para que no molestase, debió colocar la jaula sobre el saliente de la caldera que había en cubierta; cuando Cané se acerca con la niña en busca del pájaro:

“El pobre animal agonizaba; medio asado por el calor de la caldera” (81)

Todos los remedios que aconsejaron tanto dos médicos que iban a bordo, como gran número de pasajeros, fueron inútiles.

Cané intentará sacudirse ese ataque de sentimentalismo, buscando un fuerte contraste de imágenes entre ese suceso pasajero que le enmaraña en sus redes emotivas, y la realidad cotidiana, en la que sus necesidades vitales le inducen a comer y sus gustos particulares le indican el suculento manjar que suponen las aves:

“Yo me paseaba como un imbécil en el puente, renegando contra mi mismo y mi estúpido sentimentalismo que me hacia pasar un mal rato por la muerte de un turpial, cuando anualmente me absorbía un sinnúmero de aves, muertas para mi uso particular, con la más perfecta tranquilidad de conciencia.” (82)

Ese falso sentimentalismo hacia el mundo animal tiene una excepción, para él, en la tortuga; la cual dejó de comer tras ver una terrible escena en el Magdalena, en que uno de los “bogas” del barco en que viajaba pretendía separar el cuerpo del animal de su caparazón, con hacha y machete, pero sin matar previamente al animal:

“[...) cuya cabeza pendía y cuyos ojos se entrecerraban a cada

golpe de hacha... tse la quité de entre las manos, lo obligué a matarla en el acto, pero no he vuelto a probar tortuga!” (83> Una faceta humorística que también cultiva Cané es la del

humor

negro.

Este consiste en una especial anestesia del

sentimiento, allí donde se pone en peligro la vida humana. Se trata de un juego con la vida y la muerte, donde el daño recibido o que se puede recibir, no es visto como tal,al menos momentáneamente; quitándole toda trascendencia, como si de un simple juego verbal se tratara. En el humor negro el escritor simula no darse cuenta del dramatismo que las anécdotas encierran. Se trata con irreverencia e insensibilidad algo tan crucial para el hombre como es la vida o la muerte, y el limite diáfano entre ambas, se diluye como un azucarillo en el café, para convertir al hombre mismo en una marioneta con la que se puede hacer de todo.

En el viaje de Buenos Aires a Burdeos, Cané evidencia esa aparente insensibilidad hacia la muerte, tratando a los cadáveres provocados por una epidemia, como si de unas manzanas podridas se tratase:

“E.

.4

se declaró la viruela negra a bordo, tuvimos que echar al

agua algunos individuos que habían dado muestras inequívocas de haber concluido la travesía de la vida” <84)

En el viaje de regreso desde Paris, Cané se entretiene haciendo una minuciosa enumeración de las personalidades que comparten viaje con él, y sus respectivas ocupaciones. Entre

ellas se encuentra:

“E...) una sefiora alta, joven, buena moza, que no faltó un día a

la mesa, a pesar de haber perdido en la travesía una hijita que fué sepultada en el mar” (85>

Pérdida causada por enfermedad o precipitada en el mar, es lo de menos, lo que resalta Cané es la facilidad de la madre para sobreponerse al dolor. Historia comparable, si nos olvidamos de la racionalidad que debe caracterizar a un ser humano, con la leyenda de las lágrimas del cocodrilo.

Navegando por el río Magdalena (Colombia) , al divisar unos caimanes, nos pone al corriente de los diferentes nombres que recibe, según los paises, sus características, sus hábitos y su naturaleza. Especie ovípara, que entierra los huevos en la arena; cuando éstos están a punto de romperse,

la

sensible madre

se sitúa con la boca abierta al lado del nido. ¿Para proteger a sus reciennacidos de sus posibles depredadores?, nos preguntamos. Nada más contrario a su intención. Mientras algunas crías saltan directamente al río otras, más torpes o ignorantes de lo que les espera:

“[saltan en...) la enorme boca materna que los recibe y los engulle en un segundo. Se calcula que la “caimana” se come la mitad de sus hijos. Luego, la piedad materna la invade, y

semejante a la Niobe antigua, deja correr dos lágrimas por sus hijos tan prematuramente muertos. ¡Una vez en el agua, reúne la prole salvada y no hay madre más cariHosa!” (86)

En la Martinica, dialogando con un médico que se dirigía a Panamá, la conversación se desvía hacia los negros; a quien el médico considera como una especie inferior a los blancos, en un rango equiparable al caballo, al toro o a otros animales de los que el hombre blanco se aprovecha. Ante tamaña estupidez Cané no puede aguantar más y replica:

““¡Pero a ese paso, usted aceptaría la práctica de comernos a los negros!” “¡No, porque la carne de vaca es mejor y las vacas no pueden cortar la caña iii recoger el tabacoL” ¡Aquel hombre era un

socialista en absoluto y no caían de sus labios sino planes de reforma con vistas a la felicidad humana sobre la tierra! ...“ (87) En la Guayra, esperando a embarcarse, le toca presenciar, como espectador, el desembarco de la compañía lírica que venia a cantar en el teatro de Caracas, el mar se encontraba embravecido y el desembarco de esos “ruiseñores exóticos” (88) no se avecina sencillo. Con ese humor negro que adormece la emoción, nos narra con ingenio sus últimos gorgoritos:

“Al menor descuido la ola estrellaba la embarcación contra las rocas o el muelle y el mundo perdía algunos millares de “si” bemoles.” (89)

2.4.3. Prosa ligera

.

El tomar conciencia de las oposiciones y contradicciones que encierra la vida, sentida como una tragicomedia con sus dos facetas complementarias, es una de las características necesarias para tener alma de humorista. Sentimiento que puede surgir al ver las esperanzas y los sueños de juventud frustrados, las ilusiones que se han ido quedando atrás. Sobre los compañeros que en la juventud compartieron con él el gusto por la música Cané proyecta su melancolía y su escepticismo ante la vida. El sedentarismo que, como un adelantado emisario de la muerte, ahoga las ilusiones, el impulso de aventura y la rebeldía juvenil:

“De los vivos, ¿a qué hablar?. Viejos magistrados unos, “fruits ratés” otros, buenos padres de familia los más, todos vamos siguiendo, con semblanza de conciencia, esta cómica ruta cuyo final no está lejos” (90>

Es la sonrisa amarga de un alma enferma, pero luchadora que se resiste y se enfrenta a su destino con los medios puestos a su alcance.

En el relato “En el fondo del río”, un personaje solitario (Carlos Narbal, “alter ego” de Cané) imbuido en un espacio que se le muestra ajeno y desconocido por sus múltiples cambios, se sentirá extraño y desplazado. Ante esa sensación se vislumbra la huida como posible solución. Escapar, mudar de ambiente y de lugar, viajar; cualquier cosa antes que dejar que la monótona

existencia se nos agarre al cuello. El viaje se ansia entonces más por lo que dejamos que por lo que nos espera; pues el llegar a nuestro destino es recomenzar con esa angustia pasada y vuelta a querer cambiar de ambiente. Ese vacío existencial que siente el protagonista no desaparecerá por mudar de lugar o de país; pues, incrustado en el alma, le acompañará como su sombra. Un alma

enferma de melancolía, en la que los libros, las lecturas y el sueño surgirán como reparadores momentáneos de la existencia, aliviándola de sus múltiples fatigas y dolores. Existencia de la que pueden escaparse, en un momento de debilidad, las lágrimas:

“La reacción fué violenta, se puso de pie, enjugó el rostro, sonrió con desprecio de si mismo, ¡¾..)“ <91>

Desde esta perspectiva, nosotros mismos somos el primer objeto cómico, sobre el que el escritor humorista ha de dirigir su mirada. Objetivizar la anécdota personal. Como cuando recién llegado a Caracas y alojado en un anexo del hotel, por no disponer de un alojamiento más digno para su persona, se presenta de madrugada el ministro de relaciones exteriores caraqueño para hacerle los honores. Cané, en ropa de cama, abre malhumorado la puerta. Después de las disculpas por ambas partes, aquél por la hora y éste por el aspecto, el primero sale para interponer infructuosamente

sus buenos oficios

en mejorar las condiciones de Cané y conseguirle un asistente. Esfuerzo inútil, a pesar de tratarse del señor Ministro:

‘1...)

sea porque se le desconociera jurisdicción o por causas que

la historia no pone en claro” (92)

Reminiscencias quijotescas, con esa incertidumbre sobre la anécdota, a pesar de que se trata de un suceso auténtico, verídico e historiado. Sea como fuere, Cané aprovecha la ausencia para componerse un poco y asear el cuarto; labores que no cuadran muy bien con la alta dignidad que su persona representa, y donde aparece Cane:

“E. .4

tendiendo con mis diplomáticas manos una colcha que

ocultara el desorden de mi alborotado lecho.” (93)

Ese anecdotario personal de la vida diplomática no tiene a Cané como actor principal, sino que, más bien, se comporta como un observador destacado que sabe controlarse y guardar compostura sobre ciertos temas delicados. Narrándonos sólo las anécdotas que se pueden contar, pues había cosas o personas de las que no podía dejar de hablar; pero haberlo hecho en su momento hubiera supuesto una gran indiscreción, como reconocerá en la “Introducción”. Un ejemplo de ese anecdotario de fino observador, revelador de los caracteres humanos con tonos humorísticos, pero que a la vez ha de ser discreto (como corresponde a su labor diplomática) , se encuentra en la visión del presidente venezolano

(el general Guzmán Blanco)

“Se aseguraba también, por aquel entonces, que las cárceles estaban bien pobladas. Tenía la reputación de no ser cruel, sino frío de alma.” (94)

También el se convierte en objeto de esa fina mirada humorística, al observar el arsenal bélico tras el que se parapeta en sus cacerías por España, y que haría las delicias del más exigente cazador. El mismísimo Tartarin <personaje de Alphonse Daudet) estaría satisfecho de ese

arsenal;

pues además

de la

carabina

express,

de su

vieja

escopeta

calibre 16

y del

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