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V. Web Application Security

12. Core Security Filters

del

amor,

Cané

inventará

deshonrosas

torturas,

con

carácter

retroactivo,

sobre

el retrato de aquel

cretino:

“Aun siento cólera al recordarlo; tengo, 6 mas bien tenia en mi casa un retrato mio sacado en esa época, que ha pasado un número infinito de humillaciones: le hé puesto colorete en las mejillas y lo hé peinado con raya al medio.” <sic) (15)

Esos defectos de la inocencia le servirán de experiencia en el futuro, intentando subsanarlos. Errores que, como se verá más adelante, no se repiten en “Nessun Maggior Dolor...”

Ya dijimos en su momento cómo lo más propio del humorista era la sonrisa. En la risa normalmente se suele situar una actitud correctora de algún tipo de defecto, físico o moral; si bien es cierto que hay risas más fisiológicas, relacionadas con el buen estado de salud, que nada tienen que ver con esa otra risa.

Por su parte, en la sonrisa no hay una inculpación a nadie, a no ser contra nosotros mismos; pues en la sonrisa hay una respuesta comprensiva a las contradicciones de la vida. Ese

sentimiento

de .Zo opuesto que descubre y desmenuza la reflexión,

haciendo que lo que aparentaba una cosa sea en realidad otra bien distinta, se manifiesta más por la sonrisa, pues ella implica la comprensión ante las limitaciones humanas y sus imperfecciones. Con esta idea parece coincidir Cané, para quien el hombre de espíritu (el humorista> no cultiva propiamente la risa. En su articulo sobre “Ricardo Gutierrez”:

“[...J

Para mi, el hombre de espíritu no es aquel que tiene constantemente sobre los labios “le mot pour rire”, que vive tiranizado por su fama de gracioso y que seria capaz de sacrificar el honor de su hermano, en obsequio al éxito de una ocurrencia.

(16>

Su visión del arte moderno, coincidiría con la visión de un humorista. Cané ve en la vida y en el arte una lucha de opuestos. El contraste, que configura la naturaleza humana, llevado al arte es lo que le aporta ese rasgo de modernidad: la convivencia de lo sublime con lo ínfimo, la simbiosis de lo cómico con lo trágico, que marcaría la diferencia con lo “cómico antiguo”:

“Llamo hombres espirituales aquellos que han abarcado en su conjunto el ideal del arte moderno; á los que han adivinado su carácter intimo, esa mezcla inexplicable de gracioso y grotesco que lo distingue profundamente de las manifestaciones artísticas de la antiguedad.” <sic) <17)

Ese será el rasgo distintivo, según Cané, de la modernidad artística; la convivencia de lo “grande y noble con lo grotesco y ridículo” (18) , pues no de otra pasta está compuesta la naturaleza humana.

Ese

sentimiento

de

lo

contrario,

del que hablábamos, se

descubre en el relato “Las armonías de la Luz”. Texto en el que se contraponen los sueños de felicidad y de tranquilidad, después de una vida esforzada y de entrega a la patria, con la dura

realidad que cercena impasible esos sueños, destrozando la vida del protagonista. Éste, tomando conciencia de esos absurdos de la vida, lanza su respuesta a los cielos, para tormento suyo y menosprecio de los dioses. Habla Andrea Tanarotti:

“E...]

casado tarde ya, despues de una juventud borrascosa, persiguiendo el ideal de todo italiano patriota, la unidad de la patria, pensaba reposarme de las tormentas de mi vida en el seno tranquilo del bogar. Dios... (y Andrea sonrió de una manera dolorosa> no lo ha querido así. A los dos años de mi unión, Magdalena murió dando á luz á mi pobre hija

[..4.

El día que murió mi Magdalena, tuve en el alma un consuelo profundo de no creer en Dios: lo hubiera maldecido!” (sic) <19>

Qué extrañas coincidencias con su propia vida. Momentos de dolor en los que se busca refugio en la soledad, lejos del bullicio y de la vitalidad de la gran ciudad. Así lo expresa en Prosa Ligera

:

“En esos instantes, los amigos no bastan, el alma aspira al dolor con una voluntad persistente e invencible.” (20)

Ese contraste también se apercibe en el relato “Nessun Maggior Dolor...”, relato novelesco con tintes románticos, en el que el amor se muestra inalcanzable, imposibilitado por obligaciones áticas de los personajes. Ese amor maldito para él,

es envidiable a los ojos de sus ignorantes adversarios, que sólo perciben una situación privilegiada:

“Cincuenta o sesenta personas contemplaban ésta escena y yo comprendia que mas de uno de aquellos jóvenes brillantes hubiera dado su renta de un mes por encontrarse en mi posicion.” (sic) (21)

En el articulo “Cartas a un amigo”, Cané realiza una sátira contra los improvisados críticos de arte que devienen sabios en el arte de Orfeo de la noche a la mañana; como aquel que firmaba:

Uno que tú,

que más hace alusión a la profesión que desempeñaba

con antelación el pretendido critico, que a este noble arte. Cané parodia ese estilo vacuo, que al juzgar a la soprano en su

interpretación de “11 Trovatore”, de Verdi, diría algo así: “Como atacó el “Tacea la notte placidaJ”. lEra un canarioJ y luego, en las transiciones!. En la frase que viene precisamente 127 compases

des pues

del acorde unísono que procede á la fuga en “lá” del terceto, llegó á la altura de las reinas del arte.” (22) Critico que roza el ridículo cuando al valorar los méritos del tenor, no se le ocurre otra cosa que decir más que lo

siguiente:

“E...]

lanzó el famoso “dó” que produjo fanatismo.” <23)

El relato “Los músicos de la montaña”, es una obra compleja en cuanto a su contenido humorístico. En ella aparece la ironía, referida al violín, instrumento “inventado por el diablo para

martirio de los hombres” (24) , de sonido chirriante que destroza el timpano de los mortales sensibles y que en manos de esos pequeños músicos ambulantes que recorren los Alpes, en Saboya,

violadores

inocentes

del

arte

sagrado

se retuerce hasta el

extremo de conseguir armonizar dos instrumentos de sonoridades dispares como son el arpa y el violín, enfrentados por naturaleza

en

eterna

guerra.

A este recital de ruidos infernales no negará

su felicitación; obligado como está por su educación de hombre elegante y considerado para con aquellos pequeños diablillos. Gesto que uno de ellos, el muchacho:

me agradeció con una sonrisa que significaba claramente “tengo la conciencia que rasco como un perro” [...)“ (25)

No será esa la única vez que utilice Cané la ironía, para decir realmente lo contrario de lo que piensa. Tal ocurre en el siguiente ejemplo, donde todo lo que se expresa ha de entenderse al revés. Esas

cultas

costumbres

de las sociedades civilizadas que van en detrimento del prójimo:

“Al caer la tarde, echamos los caballos y cada uno tomó el que primero le cayó a mano, procurando equivocarse siempre, siguiendo la culta costumbre de los centros de población, en detrimento del prójimo.” <26)

Humor, gracejo y sibaritismo de Antonio, que así se llama el saboyanito, que ante el epíteto de

haragán

que le lanza su hermana Juana, responde ante los interrogantes de Cané:

“—Oh, señor!. Esa es la historia de siempre. Juana me dice A cada momento haragan y yo pregunto al señor si tiene ese vicio un buen muchacho que cuando Juana camina cinco leguas en un dia, él anda otras tantas; que cuando Juana toca, él tambien; que cuando Juana canta, él la acompaña y por último; cuando le preguntan cuantos años tiene, contesta por él y por Juana.

Decididamente, Antonio era lójico como un discipulo de Port— Royal.” <sic) (27)

Ese sibaritismo del saboyanito, que se gasta la mitad de las ganancias que obtiene con la música en comer y luego disfrutar de una buena siesta, le cae simpático a ese buen vividor que es Cané; esa filosofía que nos impulsa a disfrutar del presente, sin mirar ni preocuparnos por el futuro. Para semejante criatura, la invitación de Cané para que le acompañen a la mesa ha de ser el mejor pago a sus atronadoras melodías:

“[sus...] ojos resplandecian ante las imágenes que cruzaban seductoras por su gastronómica imaginacion.” <sic> <28>

Cané también reconocerá el gran mérito que tiene la hermana <con diez o doce años> lanzada por esos caminos a recolectar dinero para su madre y sus hermanos menores. Ese gesto de bondad, con su entrega resignada, le toca las fibras del corazón y no puede por menos que evidenciar esa ternura que siente por la pequeña, más aún para subsanar aquel primer juicio erróneo <que

la hacia parecer antipática a sus ojos, al confundir su necesidad y su bondad, con una mal interpretada codicia)

“Como el brillante oculto en la oscuridad y que al primer rayo de luz lanza mil resplandores, la frente de aquella niña se iluminó de pronto ante mis ojos.” <29>

Allí surge el sentimiento de un humorista:

“¡Pobre y buena criatura! ¡Y yo que te había tomado entre ojos!” <30>

Por otro lado, Cané contrasta la pureza infantil sin malicia del saboyanito, todo alegría e inocencia, con el pesimismo y la

amargura del adulto que conoce los sinsabores de la vida:

“oh! como envidio tu alegría, jovial saboyanito que vas por la montaña, gozoso como un pájaro en la mañana! El horizonte de tu espíritu es pequeño y si te abrieran el corazón, encontrarían un ángel dormido en el plácido sueño de la inocencia.” <31>

2.4.2. En viaje

.

Posiblemente ese amor a la libertad y a lo desconocido, el ansia al movimiento, y por ello al viaje (que nace en un espíritu sensible y soñador~ le naciera a Cané en su mocedad y, en especial, en su etapa de internado; donde la aventura era fruto de la imaginación y de la fantasía, a las que ninguna reja podían retener:

“Recuerdo las largas tardes pasadas mirando tristemente las rejas de nuestras ventanas que daban a la libertad, a lo desconocido”

(32>

Luego se convertirá en una necesidad imperiosa, fuente inagotable de placer y de recuerdos, que le hace más llevadera la existencia y propicia ese otro placer de compartir con los demás sus vivencias.

Las travesías por mar serán para él “una amarga píldora que es indispensable tragar” <33); pues todavía no se conocía otro medio más rápido de cruzar el Atlántico. Días largos y monótonos en los que el fastidio se apodera del viajero, del que sólo la lectura le podía liberar. El trayecto, de esa manera vivido, se convierte en un mal indispensable, paréntesis entre la salida y la llegada, casi siempre vacio o lleno tan sólo de incomodidades. Aunque también sabe soportar con humor todas las penalidades del río Magdalena y sus temibles mosquitos:

“[...J

con precauciones infinitas, se desliza uno dentro de aquel horno, teniendo cuidado de ser el único habitante de la región comprendida entre el “petate” y el ligero lienzo protector.” (34) El humorista es consciente de las debilidades humanas y por ello no las juzga; aunque cuando son las propias, con más razón

ha de reírse. Cané hace lo mismo con su aristocraticismo, que le impide viajar con el común de los mortales. Su dignidad y su situación privilegiada le permiten evitar ese tropel de personas y equipajes, con sus molestias. Esa gracia que muestra el lenguaje se intensifica con los signos exclamativos e interrogativos, que ponen una nota de incertidumbre y de expresividad <situándolas Cané, bien en la mente de los pasajeros, o bien en su propia mente>. A la hora de desembarcar en Burdeos, procedentes de Buenos Aires, ven aproximarse dos lanchas a vapor:

“Una lancha, es la de la agencia. Pero ¿la otra?. Para nosotros, oh infelices, que hemos hecho un telegrama a Lisboa, pidiéndola a fin de proporcionarnos dos placeres inefables; primero, evitar ir con todos ustedes, sus baúles enormes, sus loros, sus pipas, etc., y segundo, para pisar tierra veinte horas antes que el común de los mortales.” (35>

Ese aristocraticismo no sólo lo es de carácter, de espíritu, sino que lo es también de cuerpo (de

tierra).

Esa preocupación sensorial y materialista incide sobre la naturaleza humana que constituye a toda persona y de lo que el humorista es consciente. Esa

sensualismo

animal,

reconocido en el hotel de Burdeos al sentirse sobre una cama grande con sábanas limpias, lejos de esas falsificaciones que se usan normalmente en los transatlánticos:

“Es un sensualismo animal, si se quiere, pero no vivo en las alturas etéreas de la inmaterialidad y aquella cama ancha, vasta, las sábanas de un hilo suave y fresco, el silencio de las calles, el suelo inmóvil, ne dan una sensación delicada.” (36)

Ese sensualismo animal, que la cultura pule y transforma en un refinamiento educado y distinguido, ese sibaritismo aristocrático, digo, le hacen apreciar desde un buen lecho, a un buen habano:

“[...] hijo de esa eterna boda pagana de la tierra de Cuba con el

sol de los trópicos.” (37)

La buena cuna también sale a relucir en cuanto a los vinos se refiere; catador de buen paladar, sabe discernir entre caldos de distinta crianza. En el hotel de Burdeos, en el que se aloja, es agasajado con un par de botellas de vino que suscitan un entusiasta elogio:

“Y con toda majestad, coloca delante de mi dos botellas, cubiertas de una capa de polvo legítima —la tela de arafla pegada con goma florece sólo en Norteamérica y Buenos Aires- que son recibidas con vivas muestras de satisfacción.” (38)

Esa consciencia de su insigne posición, representando a su país, de su esmerada educación y cultura, de su espíritu sensible, que le permite percibir los contrastes de la vida, no le impiden, sino todo lo contrario, protestar por el trato igualitario que se le dispensa con respecto a otros miembros del crucero (por ejemplo, con el foguista del buque) . Este juicio a

priori sorpresivo, en una persona tolerante, no ha de extrañarnos, pues nosotros haríamos lo mismo; sobre todo si las condiciones del camarote son pésimas y resulta que mientras que al foguista le costean el viaje, a nosotros nos cuesta un riñón y parte del otro que dejamos en la litera. Cané emplea aquí el sarcasmo, al estilo de Quevedo, reivindicando las diferencias de

clase, que las compañías marítimas parecen no observar, pues:

“[...] han resuelto que, para dormir en viaje, basta un espacio

de igual longitud y ancho que el cuerpo del que busca reposo

E...]

La cama del foguista ocupa en el buque el mismo espacio que la mía; pero él es foguista y yo no. Él puede encontrarse bien en un lecho que es martirio para mi. Yo viajo por placer o por lo menos por un acto libre de mi voluntad y no por condena. ¿Por qué no me dan una cama cómoda y me cobran más?” <39)

Las comparaciones desmedidas, tan gratas para Cané, que ponen en concordancia dos realidades alejadas entre sí y que sólo la imaginación puede encontrar el parecido, resultan también humorísticas cuando en esa comparación uno de los dos componentes, o los dos, pierde prestigio; o de su imagen resulta una visión cómica, por la exageración:

“Las sábanas son cortas, la almohada es un sistema orográfico accidentado” (40)

Causa determinante de comportamiento aristocrático, en Cané, es el sentirse parte integrante de un grupo de gente distinguida, con plena conciencia de la propia personalidad, de su privilegiada educación y, por ello, se siente diferente de todo aquello que equivalga a impersonal e irreflexiva multitud; como muestran las calles de París, el día de la Fiesta Nacional <14 de Julio)

Una masa deforme y tumultuosa, que carece de todo trato social y pulimiento que haga olvidar la parte bestial del ser humano, ha tomado la calle. Un despreciable ser representante del colectivo, lo encontramos entre los cocheros de Paris (populacho soez contra el que empleará el látigo de su ironía como venganza y desagravio> . El día de la Fiesta Nacional por las calles de

Paris pasa, pues, un cochero sin la bandera de la República, y un grupo de ciudadanos se abalanzan increpándole. Cané se regocija con el espectáculo, esperando que aquel cochero sea calentado por la turba, y así sentirse reconfortado de los frecuentes desaires provocados por semejante canalla:

es interpelado, saludado con los epítetos de “mauvais citoyen”, de “réac”, etc. Me detengo con fruición debajo de un árbol, porque espero que aquel cochero va a ser triturado, lo que será para mi un espectáculo de incomparable dulzura, una venganza ligera contra la especie infame de los cocheros de Paris. Pero aquel es un “engueuleur” de primera fuerza. Habla al pueblo con acento vinoso, dice mil gracejos insolentes, en el “argot” más puro del “voyou” más canalla, y por fin.., canta la Marsellesa”

Ante todo lo que signifique multitud impersonal, ante los tumultos irreflexivos, ante la acumulación de seres como si de un rebaño se tratase, Cané sentirá un profundo rechazo. Su educación selectiva le ha enseñado el cultivo de la dignidad humana y del subjetivismo, frente a esto las masas deformes de las grandes urbes, representan lo más ruin y grosero de la sociabilidad.

A este desprecio de las multitudes> se une el que siente por ese despiadado mercantilismo que se sirve impunemente de la población del planeta para hacer su negocio. En su viaje por los Estados Unidos, se acercará a visitar las Cataratas del Niágara <Niágara Palis) , y ante e). negocio desmedido que allí hay montado, recuerda con nostálgica añoranza:

“0h, mi soberbio Tequendama, dónde estás, con tu acceso difícil, tus bosques virgenes, tus sendas abruptas, tus rocas salvajesl”

<42)

Cané también hará alarde, en su escritura y en su pensamiento, de una gran comprensión con respecto a esos derechos humanos conquistados con esfuerzo por la sociedad; en ese mundo abigarrado de París, con sus grandezas y miserias. Con qué elegancia, precisión y sensibilidad nos da en imágenes aspectos de la compleja vida parisina; como ese falso eufemismo de las

mujeres

de

vida

alegre

que como lúgubres sombras cruzan por

nuestra existencia. En el rechazo de los tumultos festivos del 14 de Julio, Cané se refugia en su habitación; pero allí, la soledad de la misma y el calor sofocante le hacen regresar a la calle; el bullicio ha desaparecido y apenas se ven:

“[...] uno que otro grupo de retardatarios, y aquellas sombras

lívidas, llacas y míseras, que corren a lo largo del muro y os detienen con la falsa sonrisa que inspira una piedad profunda”

(43>

Qué imagen tan distinta de aquella otra que le provocan semejantes mujeres en las Antillas Francesas. Ante su presencia agobiante e inoportuna, Cané saca a relucir la sátira y la ironía. rio tiene reparos en mostrarse incluso tosco, con tal de repeler a esas criaturas soeces y fastidiosas:

“Las huríes africanas se suceden unas a otras y en un francés imposible, grotesco, os invitan a pasar el puente del Sirat; basta, para no sucumbir, recordar el procedimiento de Ulises y taparse, no ya los oídos, sino las narices, lo que es más eficaz. Pululan, salen de todas partes, hasta que es necesario apartarías

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