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los escolares de Envigado, al único sastre que entre los años de 1828 a 1840, existía en aquella parroquia.

Era el maestro Domingo un hombrecito de mediana corpulencia, moreno de rostro, de blanca dentadura, de maneras afables, risueñito y lampiño, como la más lampiña mujer del Universo.

En lo que toca al oficio que ejercía, no se puede decir que fuese muy hábil, todo lo contrario: cortaba los pantalones al tanteo, y como el lujo en aquella época no pasaba de la chaqueta de cotí para los casos solemnes de Semana Santa y de certámenes públicos, resultaba que esas mismas chaquetas solían quedar de la vista del enemigo malo. Compensaba nuestro sastre la desventaja de su poca pericia, con harta habilidad para narrar episodios sobre variadísimos asuntos.

Va ya para cincuenta y dos años que le oí contar lo que paso a referir. Nació, decía, el general Córdoba en el pueblo de Concepción, y fueron sus padres don Crisanto Córdoba y Doña Pascuala Muñoz. Era esta última una preciosa dama de Barbosa, formalota y gallarda, sobre toda ponderación. ¡Como que yo la vi y traté muchas veces!.

Era don Crisanto un caballero sencillote, muy trabajador, muy honrado y muy querido de todos. Joven todavía hizo más de un viaje a Jamaica, de donde traía ricas anchetas que vendía muy bien en la provincia, antes de que se estableciese la Patria. Cuando no se ejercitaba en el comercio, trabajaba minas y sacaba gruesas sumas de oro, porque era muy hábil; y como su actividad no tenía límites, cuando no iba a Jamaica

o no trabajaba en las minas, se iba al Valle del Cauca para rescatar con mulas, cacao, cerdos y caballos.

Estando pequeñuelo el niño José María, hizo don Crisanto uno de sus viajes a Roldanillo y lo llevó en su compañía. Los viajes de entonces pedían mucho trabajo y exponían a grandes peligros. Si se salía de la ciudad de Rionegro o de la villa de Medellín era preciso ir a Sabaletas, de Sabaletas al paso de Bufú, que queda casi enfrente de Marmato; y después de pasar el río, se tomaba por la banda izquierda, se llegaba a Anserma- Viejo por la Vega, y de Anserma, después de atravesar el Risaralda, el Apía y el Cañaveral, ríos de difícil vado, se daba con la llanura y se iba a Roldanillo, a Cartago, a Toro, a Buga o a Cali. Algunos avanzaban hasta Popayán y hasta Pasto.

Todavía en aquel tiempo la senda no estaba abierta ni fácilmente transitable: era en su mayor parte bosque espeso, lleno de culebras, de tábanos, de mosquitos, de monos y hasta de tigres.

Para recorrer un camino tan pesado y agreste, era preciso hacer mil preparativos, sin los cuales el viaje hubiera sido impracticable: mulas bien gordas y con buenas albardas para traer la carga, aparejos bien acondicionados, petacas para conducir el bastimento, provisión de chocolate y de panela, de bizcocho cerrero y de cajas de dulces, de buen tasajo y de sal en cantidad suficiente. Había precisión también de llevar toldo de campaña para favorecerse contra los aguaceros.

En el viaje aludido del señor Córdoba, este caballero verificó sus compras en el Valle a entera satisfacción y tomó luego el derrotero de acá. Sucedió esto a principios del año de 1813.

Quiso la mala suerte de nuestro paisano que, estando ya de vuelta, encontrase en Bufú, a tiempo de pernoctar, una compañía de españoles, mandada por un cabo que se llamaba Martinillo. Este famoso chapetón, que por cierto era muy cruel y muy rapaz, despojó a nuestro viajero de todo lo que traía, artículo por artículo. Las bestias, las cargas, las petacas, los

víveres y hasta la simple vajilla de cocina que le servía para cocer los fríjoles y la carne, para freír el tocino y los plátanos, y para hervir y batir el chocolate, todo cayó en pena de comiso; y como cuando el saqueo se efectuaba, el rescatante pidiese por favor al oficial de la partida que le dejase siquiera una pailita de cobre, para no morir de hambre con los suyos, mientras llegaba a Rionegro, a lo cual se denegaba obstinadamente el oficial, se entabló entre los dos un rato de plática en el que uno pedía y en que el otro negaba de una manera decidida.

Catorce años escasos tenía el muchachito que acompañaba a su padre en aquella ocasión, y recostado contra el tronco de un árbol, fue por un rato testigo mudo de lo que pasaba, hasta que impacientado, con la mirada encendida y las mejillas enrojecidas por la cólera, dirigió a don Crisanto estas palabras:

-Déjesela llevar padre, que algún día me la pagará. Poca o ninguna consideración debió de prestar el expedicionario a las palabras del niño, porque fue lo cierto que despojados los caminantes, los hombres de la escolta siguieron su camino.

Poco después de este acontecimiento, continuó el sastre, el niño José María estaba en Rionegro aprendiendo a leer y escribir, bajo la dirección de don Manuel Bravo, con la reputación de ser un poco travieso, pero despabilado y talentoso.

Llegó por aquellos días a la ciudad, que así apellidaban a Rionegro, el coronel Serviez, francés a quien también conocí, con propósito de reunir algunos soldados y seguir contra Sámano, que estaba en el Alto Cauca.

Bizarro sujeto era el tal Serviez: había militado bajo las ordenes de Napoleón; se contaba que era muy inteligente, muy severo para disciplinar tropas, y atrevido como un león cuando se trataba de pelear, como que en la batalla del Palo hizo tal carnicería con su espada, que uno que estuvo en ella me refería que le pendían de la barba colgajos de carne

humana. Pero sea de eso lo que fuere, es lo cierto que cuando ese coronel estuvo aquí en Antioquia, conoció a la familia de los Córdobas, se prendó de José María y logró llevarlo con él a hacer la guerra del Sur. Con él estuvo en El Palo, con él triunfó, y cuando acosado por un número de enemigos muy superior se vio obligado a retirarse por la montaña del Quindío a Santa Fé, con el mocito a su lado, y acompañado por muy pocos, ejecutó increíbles hazañas de valor en un punto de la Serranía llamado el Toche.

Serviez no pudo detenerse en Bogotá porque las cosas de guerra andaban mal en Cundinamarca, y se dirigió a los llanos de Casanare para continuar haciendo parte del ejército patriota.

En la cabuya de Cáqueza asesinaron a Serviez, y Córdoba escapó milagrosamente. Incorporado en las tropas republicanas, se desempeño con brillo y distinción en una de las campañas de Venezuela, no sin que por una falta nacida de la impetuosidad de su genio y contraria al rigor de la ordenanza, tuviese que comparecer ante un consejo de guerra, por el cual fue condenado a sufrir la pena del último suplicio. La sentencia no se ejecutó porque el jovencito era simpático a la oficialidad, por ser bello de formas, jovial en sus relaciones y temerario en sus batallas. A la intercesión de sus camaradas debió el ser perdonado por el general Páez.

Hallábase en Mantecal, a principio de año de 1819, y le tocó hacer parte de la expedición dirigida por Bolívar en persona con el fin de libertar el centro de la República. Estuvo en Paya, Gámeza, Bonza, Corrales, Pantano de Vargas y Boyacá, y tanta debió ser su bizarría en aquellos combates, que sobre el campo mismo de la última batalla el Libertador lo ascendió a teniente coronel y le dio orden para que, a la cabeza de veinticinco hombres, viniese a libertar la tierra de su nacimiento.

Cuando el comandante entró a la Provincia, se le unieron algunos patriotas más, hasta completar el número de noventa,

y con ellos entró a Rionegro a la sazón en que iba a cumplir veinte años de edad.

El coronel Juan María Gómez, otro bizarro antioqueño, que dirigía operaciones militares en el Chocó, tomó varios prisioneros españoles que mandó a Antioquia, y entre ellos a Martinillo. Estos prisioneros estaban encerrados en el hospital de Rionegro en el momento en que la ciudad fue tomada por Córdoba, y como la guerra era la muerte, y como en eso de fusilar, nuestros guerreros no se anduviesen por las ramas, el jefe adolescente mandó pasar por las armas a aquellos infelices, no sin recordar a Martinillo el asunto de la paila.

Lo que enseguida tocó hacer a nuestro héroe en Yaguachi, en Pichincha, en Matará y en Ayacucho, la historia lo referirá algún día.

Manuel Uribe Ángel, Narrador.

Editorial Universidad de Antioquia. Medellín, diciembre de 2000.

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EMETRIO

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