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Capítulo XI

Me fui con dos miedos: el miedo de nuestra cobardía, porque después de las Lajas dimos por sentado, sin conocimiento de causa, que los antioqueños, con excepciones, que podían contarse en los dedos de las manos, éramos unos cobardes, y con el miedo, más tremendo todavía, de la idoneidad del vencedor. Me atormentaban además mis supersticiones romanas. Los liberales de aquí habían hecho una combinación de números no menos ingeniosa que las del abad Briz Martínez que daba por resultado la caída del partido conservador en 1900. la cosa era, pues, matemática. ¡Y aquella otra circunstancia de ser el viejo Secretario de Gobierno de Don Mariano Ospina el presidente de la República! Esto era como el búho de César. No faltaba sino tirar la piedra.

Si no era un acto inaudito de valor, con tales antecedentes, dejar las comodidades, relativamente grandes de mi casa para irme á combatir una revolución triunfante que tenía de su parte la cábala y la magia, era un acto de locura. Yo no sé decírselo al lector. Júzguelo él imparcialmente.

Si les cuento á mis lectores, dando por sentado que los tenga, que mi primer susto lo pasé en Fontidueño, podrán formarse una idea, aunque mezquina, de lo que han sido para mí estos siete meses de viajes continuos entre guerrillas enemigas, por caminos desolados, hechos a pié ó montado en malísimos bagajes, hambriento ó alimentado, con fugaces

intervalos, con yucas y ñervos de chivo, durmiendo á la intemperie ó en páramos desiertos, oyendo la eterna relación de horribles sufrimientos, viendo las huellas de la revolución estampada en la tristeza de los semblantes, en la ruina de las poblaciones, en el abandono de las sementeras y en la paralización del trabajo.

¡Qué presente es la guerra! Los que la hacen debían tener la fuerza material para vencer ó el ánimo bastante para hacerse matar. Fuera de estos dos caminos no les queda expedito sino el de la ignominia.

Ahora busque el lector salida para aquellos que teniendo la fuerza material no vencen y salen sanos por añadidura.

Al revolucionario vencido y vivo, al que ha llevado la orfandad y la miseria á tantos hogares, sí que podía preguntársele lo que cierto médico á un marido que acababa, y eso casualmente, de matar á su mujer: ¿No quedaba otra bala par ud.? Porque es el colmo de las vulgaridades un revolucionario superviviente. Cuando aparecen muertos sobre el campo de pelea ya es otra cosa, porque si el martirio no excusa el error, abona la buena fe del procedimiento. Por es son tan dignos de respeto Jerónimo de Praga como los monjes de San Pedro de Cardeña.

Capítulo XII

Yo salí de mi casa por la tarde y me tocó llegar á Fontidueño á la hora que anochecia. Allí alcancé á un hombre que al sentirlas pisadas de mi mula detuvo la suya. Sin más preámbulo ni saludo me preguntó muy asustado, si no había oído los tiros. Le contesté que no, porque efectivamente yo nada había oído. Resolví detenerme sin embargo para averiguar lo que era. Había salido resueltamente á guerrear y no debía sacarle el cuerpo al peligro en aquel primer lance que se me presentaba. Me puso al tanto del lado por donde había sonado los tiros y como el hombre de la noticia no quisiera

acompañarme pretextando que tenía afán de llegar temprano al Sitio, piqué mi mula y eché solo en la dirección que él me dijo. Anduve por la falda largo trecho sin encontrar á nadie. La noche me había al fín envuelto completamente entre sus sombras. Soplaba un viento frío de la cordillera capaz de helar un lobo y yo andaba con pasos atentos por miedo de caerme en las profundidades de un barranco. Oí de pronto un ruido entre los arbusto s de la orilla. Detuve la mula y pegué el alto quién vive. Nadie me respondió. Amenacé con hacer fuego. Fueron saliendo entonces de detrás de un vallado, uno en pos de otro, hasta cuatro hombres. Eran unos pobres campesinos con más miedo que Payo, que habían venido á pasar allí la noche por temor de la ronda. Se creyeron perdidos con mi encuentro pero yo me apresuré á tranquilizarlos y logré á fuerza de razones, que siguieran conmigo. Me llevaron al rancho de la familia que era como el asiento de la desolación y la miseria. Aquellos hombres trabajaban antes el día para comer á la noche. Ahora nadie trabajaba con excepción de una muchacha, que tendría doce años, que iba diariamente á Medellín á levar un tercio de leña á la cabeza y á traer su importe en un miserable ración de sal y dulce. Traía además gran cantidad de noticias horrorosas, que se iban agrandando en la imajinación de aquellas pobres jentes. A mí me sucedió otro tanto aquella noche con el espectáculo de esas víctimas de la revolución que no sabían siquiera que ellas eran el pueblo esclavo de las proclamas de Don Siervo Sarmiento.

¿Qué podría darles -me preguntaba yo- la revolución triunfante á estos infelices? Más revoluciones, pán más caro, contribuciones más crecidas, y el odio que pervierte á los más sanos.

Estos perturbadores de la paz pública sí que podían decir razonablemente con Mounier, (que presidía la Asamblea nacional en Versalles á la sazón de la legada de los descamisados de París que iban en son de asesinarla): Que nos maten á todos. El estado ganará mucho en ellos.

Hay sistemas, execrados que tendrían su razón de ser en ciertos casos. Hay perros que si mordieran donde debían morder morderían bien. Pero resulta luego que muerden en la carne sana del enfermo...

En la casa de aquellos campesinos pasé la noche tendido en una estera de guascas de plátano que generosamente me cedió la dueña de la casa.

Los pensamientos -enemigos formidables contra el espíritu- y las pulgas -que lo son contra la carne- no me dejaron dormir. Tampoco durmieron los hombres de la casa, que al menor rebuzne de la mula ó á los ladridos del perro, ponían los pies puerta afuera pensando en aquella maldita ronda que esperaban hacía dos meses largos.

Muy de mañana monté y me fui.

Capítulo XIII

Almorzando en el Caballo Blanco de Girardota me alcanzó otro viajero que hacía el mismo camino de Puerto Berrío. Iba al puerto á ver si lograba embarcar unos cueros que se le estaban pudriendo en Caracolí. Era menester -según me dijo- untarle la mano al capitán del buque. Sin la untura previa no había exportación posible. Después de que él me hubo puesto al tanto de estas socaliñas y como fuera conservador y conocido mío, le conté mis aventuras de la noche.

Se rió mucho de la ocurrencia, prometiéndome que más me reiría yo cuando supiera lo que probablemente había dado margen al cuento de los tiros. Esta fue la relación como él me la hizo: Por el lado donde sonaron los tiros iban dos de á caballo dizque á juntarse con el enemigo, Antón García y Robinson... no recuerdo el apellido del tal Robinson. Robinson le había asegurado á Antón que por allí había jente liberal armada. Antón le creyó y juntos se vinieron de Medellín en su busca. Treparon hasta media falda sin hallar á nadie. Picado Antón, que además estaba con tragos, echó adelante dejando

atrás á Robinson. Este en viéndose solo se llenó de miedo y comenzó á dar voces llamando a su compañero, pero tan paso que no pudiera oírle aunque estuviera á media vara. Antón era un pillo redomado. En vez de responder lo que no oía, disparó dos veces el revólver.

Oírlo Robinson y disparar loma abajo todo fue uno, y vaya que no eran parte á detenerlo las voces de Antón que corría detrás diciéndole: pará hombre, pará, fui yo, no hay nadie. Pero Robinson no oía otras voces que las de su propio miedo y Antón corrió tras él hasta la villa sin poder darle alcance.