La demanda alude a un pedido de atención al malestar psíquico, vinculado a un intenso sufrimiento subjetivo (Freud, 916-17/1975); de ahí que conlleve en sí misma la idea de solución o de curación.
A lo largo de su práctica, Freud advirtió que, si bien los pacientes formulaban un pedido para la atención de sus síntomas, simultáneamente mostraban resistencias a su desanudamiento, así como al progreso del tratamiento, manteniéndose instalados en la condición de dolientes, adheridos a sus síntomas. Freud (1901-05/1975) reconoció una ganancia secundaria en esta situación, vinculada al malestar, que comprende una gama de beneficios secundarios que trae aparejados el síntoma en sí.
Freud advirtió que, una vez que el síntoma aparece, sobreviene una tendencia a servirse de él, a adoptarlo como modo de funcionamiento, incluso, como modo de llevar la propia existencia, por más complicado o estragante que resulte: “El que pretenda sanar al
116 enfermo tropieza, entonces, para su asombro, con una gran resistencia, que le enseña que el propósito del enfermo de abandonar la enfermedad no es tan cabal ni tan serio” (Freud, 1901-05/1975, p. 30-40).
Así, Freud quedó advertido de que la demanda de atención al síntoma no implica necesariamente el deseo de desasirse de él, de renunciar a él en vías de construirse otras maneras de llevar la propia vida. Incluso, en muchos casos, la demanda sólo constituye un pedido artificioso para mantenerse padeciendo.
Si bien la demanda alude a un pedido de atención ante el malestar psíquico, también encubre las causas genuinas que sostienen esa petición. Se vuelve necesario dilucidar su sentido y sus implicaciones, para discernir qué pretende el sujeto en eso que demanda bajo el cariz de un pedido de atención a su malestar.
Cuando el enfermo demanda atención al médico, no sólo espera de él la cura, sino que también lo pone a prueba: éste deberá sacarlo de su estado de enfermo o doliente. Sin embargo, a veces el paciente quiere preservar este estado, por lo que su demanda, más que ayuda para atender su malestar, se encamina a la rectificación de su condición de doliente; lo que busca es que se le deje instalado en ese lugar (Lacan, 1966).
Así, la demanda puede parecer contradictoria: lo que alude de manera explícita, suele ser algo completamente distinto de lo que encubre, aquello que se desea. Esta situación se evidencia en los modos de funcionamiento del sujeto. Dicha condición
117 testimonia la diferencia que existe entre demanda y deseo, pues mientras la primera comprende un pedido consciente de atención al malestar subjetivo, incluso de cura, conlleva inherentemente la disimulación del deseo, el cual alude a lo más íntimo, a lo más genuino del sujeto que determina sus modos de funcionamiento y lo dota de singularidad. Ahora bien, en la formulación de la demanda también se encuentra el goce, que tiene lugar en el cuerpo (Lacan, 1966).
De esta manera, la demanda conlleva lógicas singulares que coexisten: se apalabra el pedido de atención al malestar, pero, al mismo tiempo, se hace presente el deseo, bajo manifestaciones que parecen contravenir a la demanda misma. Se exterioriza el goce por una vía distinta, a través del cuerpo. Estas lógicas remiten, ineludiblemente, a la complejidad del inconsciente, en tanto estructura que determina los modos de funcionamiento de un sujeto.
Lacan concibió al inconsciente estructurado como un lenguaje, como “la manera que ha tenido el sujeto, si es que hay otro sujeto que dividido, de ser impregnado, si se puede decir, por el lenguaje” (Lacan, 1975, p. 15). De esta manera, el inconsciente es efecto de lenguaje, estructurado como tal, en el que se encuentran los fundamentos del deseo:
[…] hay un deseo porque hay inconsciente, es decir lenguaje que escapa al sujeto en su estructura y en sus efectos, y hay siempre al nivel del lenguaje algo que está más allá de la consciencia, y es allí donde puede situarse la función del deseo. (Lacan, 1966, p. 16).
El deseo opera fuera de los designios de la voluntad y de la razón, se hace presente e insiste a través de expresiones singulares, como el síntoma, el cual también se encuentra a
118 expensas del goce. “[El goce] es del orden de la tensión, del forzamiento, del gasto, incluso de la hazaña. Incontestablemente, hay goce en el nivel donde comienza a aparecer el dolor” (Lacan (1966, p. 17).
Así, deseo y goce coexisten y se entrelazan en la demanda; ésta remite a las complejidades de la estructura que concierne al sujeto, a sus modos de funcionamiento. El sujeto da cuenta de ello a través de aquello que dice sin saberlo.
Es necesario prestarle oídos a la demanda planteada inicialmente, sea bajo el tono de la queja, del sufrimiento o bajo el señuelo de la cura, a fin de que ella devenga demanda, pero ya no de cura o sanación, sino de saber acerca de eso propio que hace padecer, acerca de los modos de hacer lazo y de funcionamiento; sobre todo, saber sobre las singulares formas de gozar, las cuales, en sentido irreductible, se traslucen en la lógica del análisis, en la medida en que se sostenga en la transferencia.
Lo que indico al hablar de la posición que puede ocupar el psicoanalista actualmente […], la de aquel que tiene que responder a una demanda de saber, aunque sólo se pueda hacerlo llevando al sujeto a dirigirse hacia el lado opuesto de las ideas que emite para presentar esa demanda. Si el inconsciente es lo que es, no una cosa monótona sino, en cambio, una cerradura lo más precisa posible, cuyo manejo no es otro que abrirla de forma inversa con una clave [llave] clé, lo que está más allá de una cifra, esta abertura sólo puede servir al sujeto en su demanda de saber. Lo inesperado, es que el sujeto confiese él mismo su verdad y que la confiese sin saberlo. (Lacan (1966, p. 18).
En el marco de la práctica analítica, de lo que se trata es de dar lugar a la demanda como demanda de saber: crear las condiciones necesarias para que ésta devenga como tal. Como la demanda de saber no está dada con antelación en el pedido inicial, es necesario encausarla fin de que sobrevenga.
119 […] en análisis, es la persona que verdaderamente viene a formar una demanda de análisis, la que trabaja. A condición de que ustedes no la hayan puesto inmediatamente sobre el diván, en cuyo caso el asunto está arruinado. Es indispensable que esta demanda haya verdaderamente tomado forma antes de que ustedes la hagan acostar. (Lacan, 1975, p. 8).
Retomados los elementos que conforman el dispositivo psicoanalítico, queda claro el fundamento de la primera etapa de esta investigación: la intervención. A continuación se desarrollarán los elementos que conforman la segunda etapa: la formalización de los hallazgos de la práctica a través de la construcción de caso.