Freud reparó en la transferencia desde sus primeras elaboraciones: advirtió que en la cura es fundamental la condición anímica que el paciente muestra hacia la figura del clínico bajo la forma de “expectativa esperanzada y confiada” (Freud, 1890/1975, p. 121), condición a la que concibió como “una fuerza eficaz de la que en rigor no podemos dejar de prescindir en todos nuestros ensayos de tratamiento y curación” (Freud, 1890/1975, p. 121). Esta fuerza, advirtió, influye poderosamente en el proceso de la cura, bajo la actitud que el paciente adopta hacia el tratamiento: en específico, en la forma de confianza y simpatía hacia la figura del clínico al que le atribuye el poder de sanarlo.
Años más tarde, Freud señaló que la expectativa confiada y esperanzada que el paciente muestra es la condición que genera trasferencia; precisó que ésta comprende una serie de afectos, tanto amorosos como hostiles, que el paciente dirige hacia la figura del clínico en el marco de la cura. Estos afectos carecen de fundamento razonable, sobre todo cuando se acentúan; se trata de afectos que se movilizan como efecto del proceso de tratamiento y de los cuales es posible rastrear su origen en la historia del paciente, en su
109 singularidad: aunque no corresponden genuinamente a la figura del analista, el elemento que los moviliza es el lugar que éste ocupa. Por ello, señaló que en la trasferencia está presente la repetición: “la trasferencia misma es sólo una pieza de repetición, y la repetición es la transferencia del pasado olvidado” (Freud, 1911-13/1975, p. 152),
Entre repetición y transferencia opera un vínculo íntimo. Ahora bien, la repetición, bajo el efecto de la transferencia, puede servir al influjo de la resistencia cuando se pone en acto y merma la posibilidad de elaboración: “El analizado no recuerda, en general, nada de lo olvidado y reprimido, sino que lo actúa. No lo reproduce como recuerdo, sino como acción; lo repite, sin saber, desde luego, que lo hace” (Freud, 1911-13/1975, p. 151-152). Por lo tanto, es necesario estar advertidos de esta condición, dado que corresponde al clínico desanudar las resistencias.
Freud también advirtió el carácter ficticio de la transferencia, al reconocer que lo que en ella se pone en juego corresponde a los contenidos y modos de funcionamiento del paciente y no a la figura del analista, aunque ello se movilice a partir del lugar que este ocupa. En razón de ello, es necesario no ceder ante las demandas del paciente -bajo el efecto de la transferencia-, pues contraviene al avance del tratamiento (Freud, 1911- 13/1975).
A pesar de que la transferencia opera como un artificio complejo en el análisis, constituye también uno de sus elementos fundamentales. Se trata de un elemento
110 fundamental para proseguir el trabajo analítico, aunque también puede tornarse bajo la vía de la resistencia, uno de los más potentes impedimentos para avanzar (Freud, 1912/1975).
Por su parte, Lacan apuntó que “la transferencia no remite a ninguna propiedad misteriosa de la afectividad, e incluso cuando se delata bajo un aspecto de emoción, éste no toma su sentido sino en función del momento dialéctico en que se produce” (Lacan, 1951, p. 215). Es decir que lo esencial de la transferencia no consiste en mociones de afecto, aunque éstas pueden presentarse, y cuando ocurren es necesario prestarles atención en función de la singularidad en la que se producen.
Lacan también señaló que la transferencia dista de la realidad del sujeto y que alude a “los modos permanentes según los cuales constituye sus objetos” (Lacan, 1951, p. 214). De esta manera, en la transferencia la repetición insiste, haciéndose presente lo propio del sujeto vinculado a sus modos de funcionamiento.
Lacan dilucidó dos vertientes de la transferencia: por un lado, la transferencia en su aspecto imaginario, que comprende afectos como el amor y la hostilidad; esta es la dimensión de la transferencia que actúa como resistencia en la cura. La otra vertiente de la transferencia radica en su dimensión simbólica, que comprende la insistencia de los determinantes simbólicos del sujeto bajo la forma de la repetición, aspecto a privilegiar en el marco de la transferencia; según Lacan, se trata de un automatismo de repetición, por lo que contiene los significantes de la historia del sujeto y es tarea del analista advertirlos a fin de trabajar con ello (Evans, 1997).
111 Lacan señaló que la transferencia se presenta a consecuencia de una insistencia de la cadena significante, que es constitutiva del sujeto (Lacan, 1957a/2008). En palabras de Evans, ella comprende “una serie de significantes vinculados entre sí” (Evans, 1997, p. 47). Estos significantes son interminables, por lo que una cadena significante es perenne: muestra en su constitución misma la naturaleza eterna del deseo, y por ello se sostiene que el deseo es metonímico y que lo que se intenta en el análisis es “sacar a la luz la manifestación del deseo del sujeto” (Lacan, 1961b/2004, p. 228).
La repetición presente en la transferencia comprende una presencia del pasado puesta en acto en el presente: se trata de una reproducción en sí misma que a su vez conlleva una dosis de creación, de algo nuevo e inédito, en la medida en que no se repite por efecto del transcurrir del tiempo, ni de la misma manera, ni bajo las circunstancias de antaño. La transferencia muestra su vertiente de ficción, en la medida en que “el sujeto fabrica, construye algo” (Lacan, 1961a/2004, p. 203) como efecto de la presencia de ese quien le habla, aunque lo producido esté dirigido fundamentalmente a un Otro del que el sujeto no está anoticiado.
Ahora bien, la transferencia sólo se produce en el encuentro constante entre quien hace una demanda de análisis y el analista, en la medida en que el primero le adjudica un saber al analista, de manera implícita, aunque aquel no sepa nada sobre ello (Lacan, 1964i/2006).
112 En esa medida, Lacan señala que la transferencia se vincula íntimamente con la idea del sujeto supuesto saber: esta idea implica suponerle saber a ese que escucha. Es una condición que se va produciendo en el sujeto de manera paulatina, en el marco de la práctica, en la medida en que, a partir de que el analista no asume el lugar de sujeto supuesto saber y reconoce que ignora lo que le pasa al otro, lo convoca para que, a través de su palabra, dé cuenta de lo propio, para que despliegue lo que lo aflige en vías de discernir qué le ocurre, así como sus modos de funcionamiento vinculados a su deseo y a sus formas de goce.
Puede advertirse que la repetición es fundamental en el marco de la transferencia, elemento que Freud reconoció como puesto a operar del lado de la resistencia, bajo la forma de la reproducción. Por el contrario, para Lacan la repetición dista de la reproducción o de la rememoración. Considera que se encuentra íntimamente vinculada al inconsciente, y de hecho la coloca en el centro de la práctica misma: “Todo aquello con lo que nos enfrentamos al explorar el inconsciente, lo determina, esencialmente, la repetición” (Lacan, 1969c-70/1975, p. 82).