Al abordar el estudio de cualquier población arqueológica, uno de los primeros
objetivos que se plantean es el de llegar a conocer cuál era la estructura demográfica de esa
población, es decir, cuál era su distribuciónpor grupos de edadysexos, suesperanza de vida, la incidencia de la mortalidad infantil, la mortalidad por sexos, etc. El estudio de todas estas
características, sobre la base de información obtenida de fuentes arqueológicas, es lo que
constituye la Paleodemografía (Angel, 1969). De este modo, los bioarqueólogos y
paleodemógrafos necesitan conocer la edad de los restos óseos para reproducir sus tablas de
vida(Howell,1982; Meindl y Lovejoy, 1989) e intentaraproximarse a la saludylas condiciones de vida antiguas a través de los perfiles de mortalidad o la incidencia de algunas patologías, traumas u otros marcadores óseos entre los distintos grupos de edad (Isçan ,1989; Jurmain,
1999; Mays,2012).
A finales de los años 60 y los años 70, los estudios paleodemográficos se basaban en el
modelo de tablas de vida propuesto por Coale y Demeny (1966) sobre poblaciones
arqueológicas(Kobayashi,1967;Bennet,1973;Ubelaker,1974;Buikstra,1976;Blakely,1977;
Lovejoy et al.,1977; Owsley y Bass, 1979). Las mayores críticas a la Paleodemografía llegaron a
partir de los años80(Bocquet-Appel yMasset, 1982) debidoa que lametodología utilizada
asumía algunos supuestos que la hacían difícilmente viable. El primero de ellos era la
estabilidad poblacional, es decir, se asumía que las tasas de nacimientos y muertes
permanecíanestables en eltiempo y que por lotanto, el tamaño de la población no cambiaba.
Aunque se han desarrolladoalgunosmétodos para tener en cuenta el crecimientoydeclive de
la población (Bennett, 1973; Weiss, 1973; Moore et al., 1975; Frankenberg y Konigsberg,
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2006),todos tienen limitaciones. Agravando esteproblema, existe una probabilidad de muerte
diferencial entre los distintos grupos de edad y sexo. En segundo lugar, los estudios
paleodemográficos sebasaban en la asunción de que la distribución de edades y sexos de las
muestras esqueléticas reflejaba la constitución de la población original. Sin embargo, es poco
probable que un solo cementerio represente a todoslos miembros de una comunidad ya que,
por ejemplo, en muchas sociedades prehistóricas, los recién nacidos y los niños no eran
enterrados con el restode la población (Pinhasi y Bourbou, 2008; Schwartz et al., 2012) o, a
veces, los cementerios eran usados únicamente en un periodo de tiempo, abandonados o
reutilizados denuevo, osolo empleadospor ciertas clases deindividuos o grupos familiares.
Además, y como ya hemos adelantado, existendiferencias en el estado de preservación de los
restos óseos que podrían inducir a errores en los análisis paleodemográficos posteriores
(Waldron,1987;Walker et al., 1988;Bello et al., 2006). Debido a esta inherente preservación diferencial de los restos, la escasa representación de los niños y de los adultos más mayores
pone en duda la representatividad de la muestra(PaineyHarpending, 1998).Este problema
podría resolverse parcialmente con protocolos de excavación más exhaustivos, como el
cribado cuidadosodelterreno. Entercerlugar, lastablas de vida asumíanquelas edadesde
muerte estimadas en base a los restos esqueléticoseran precisas. Éste es el punto de partida
principal de las duras críticas que recibió laPaleodemografía enlosaños80 (Bocquet-Appely
Masset, 1982). Dichos autores señalaron que existía una inexactitud inherente en todas las
técnicas de diagnóstico de la edad a causa de la baja correlación entre la edad
biológica/esquelética y la cronológica y argumentaron que los perfiles de edad de muerte
obtenidos a partir de muestras esqueléticas prehistóricas eran artefactos de las distribuciones de edad de la muestra de referencia empleada para estimar la edadcronológica de los restos
(mimetismo). Konigsberg y Frankenberg (1992) demostraron que ladistribuciónestimadade las edades no es completamente igual que la de la población de referencia ni completamente
independiente de ella. Tras mucha controversiay que algunosautores demostraran que esto no era cierto paraciertas poblaciones (Van Gerven y Armelagos, 1983),estudios posteriores señalaron el granefecto que tiene la población de referencia sobre las estimaciones de edady el perfil demográfico (KonigsbergyFrankenberg,1992; Milneretal.,2008; Jackes, 2011)yhoy en día existe un consenso al respecto (Hoppa y Vaupel, 2002). Por último, los análisis
demográficos sobre las poblaciones del pasado aceptaban el uniformismobiológico (Howell,
1976). De este modo, las técnicas para evaluar la edad de los restos óseos asumían que
patrones de cambios progresivos que suceden con la edad observados en poblaciones de
referencia modernas no eran significativamente diferentes de los patrones observados en
poblaciones del pasado. Sin embargo, la variabilidad existente entre poblaciones en los
In
caracteres morfológicos que se analizan para estimar la edad de losindividuos(Schmittetal.,
2002; Schmitt, 2004; Rissech et al.,2007; Hens et al.,2008; Mays, 2012; Rissech et al., 2012)
podría impedir el uso de estos criterios en las muestras esqueléticas que difieran
significativamente en el espacio y en el tiempode la muestra de referencia.
Aunque parezca contradictorio, la fertilidad influye más que la mortalidad en la
distribución de las edades de muerte en las series esqueléticas (Coale, 1972; Sattenspiel y
Harpending, 1983). Cuantomás baja es la edad de muerte media de la serieesquelética,mayor será latasa de nacimientos (Acsádi y Nemeskéri, 1970; Johansson yHorowitz, 1986; Wood et al., 1992). Por lo tanto, la distribución de las edades de muerte es extremadamente sensible a los cambios de la fertilidad pero no a los cambios en lamortalidad. Paine y Harpending(1998)
observaron que una deficiencia en los adultos mayores de 45 años servía para elevar las
estimaciones de las tasas brutas de natalidad en un 10-20% mientras que la baja
representación de los niños hacía decrecer la fertilidad y la tasa bruta de natalidad en un 20-
25%. Paradójicamente,losparámetrostalescomo la esperanza devida o lamedia de la edad
de muerte son frecuentemente más eficaces en relación a las medidas de fertilidad que alas
de mortalidad (Wood et al.,1992).
Losdebates respecto a la Paleodemografía han continuadodesdeentonces (Bocquet-
Appel y Masset, 1985; Buikstra y Konigsberg, 1985; Piontek y Weber, 1990; Konigsberg y
Frankenberg, 1994; Bocquet-Appel y Masset, 1996; Konigsberg y Frankenberg, 2002; entre
otros). Esencialmente, este campo necesita ser entendido como una aproximación a la
estructura poblacional más que como una ciencia exacta. Las series arqueológicas siempre
representan una porción distorsionada de una población por lo que las inferencias históricas
que se hacen a partir de ella tienen que tener en consideración los diversos factores que pueden estar influyendo. Por lo tanto,además de las limitaciones previamente descritas, es fundamental tenerencuenta elcontexto ambiental, social, cultural y económico en elanálisis de poblaciones históricas antes de sacar conclusionessobre su dinámica poblacional (Larsen,
2015). A pesar de las críticas desde dentro y fuera de la comunidad antropológica, la
Paleodemografíase ha mantenidoyactualizadopasando del cálculo de lastablas de vida yla
metodología tradicional al uso de modelos deriesgo, el cálculo de probabilidades basado en el
teorema de Bayes y estimadores de máxima verosimilitud que evalúan los posibles efectos del
cambio demográfico en la composición de los perfiles de muerte arqueológicos (Hoppa y
Vaupel, 2002; Bocquet-Apple, 2008; Caussinus y Courgeau, 2010). Además, los nuevos
métodos emergentes abogan por el uso de análisis transicionales basados en conjuntos de
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características esqueléticas que ocurren progresivamente con la edad(Boldsen et al.,2002;
Weise etal.,2009; Godde yHens,2012;Milner yBoldsen,2012a,2012b, 2012c).Estanueva
aproximación parece extender el límite de las estimaciones de edad más precisas de los 40
años hasta más de 60años, proporcionandoreconstrucciones paleodemográficas más precisas
y realistas (Milner y Boldsen, 2012c).