En el Libro de Ideas IX hay una nota sobre el conductismo de Weiss en la que Hull expresa por primera vez la idea de las jerarquías de pau- tas de acción en relación con el conocimiento1. Tal y como decía la nota:
Al parecer, el organismo aprende... que las reacciones de una clase deben ir seguidas por reacciones de otras ciertas clases (llamadas rea- les o verdaderas), mientras que las reacciones que siguen a otros tipos de reacciones no van seguidas por ninguna reacción particular (caso de imágenes)... Todo parece como si el gran secreto del conocimiento de los mecanismos mentales fuese una cuestión de jerarquías de pautas de acción dentro del organismo (I.B.IX, pág. 26).
Los movimientos internos del pensamiento pueden ir seguidos de reacciones que representan simbólicamente a la realidad, o pueden no ir seguidos de ellas, como ocurre en la imaginación o fantasía. Pero el conocimiento humano siempre comporta la presencia de unas jerar- quías de pautas de acción dentro del organismo2.
Por esas mismas fechas, Hull le añadió una nueva característica al estímulo del impulso, a saber, la de ser persistente. Como escribió en esta nota:
1. El texto aparece a continuación de otro sobre “el problema del idealismo subjetivo o ‘conductismo subjetivo’ de Berkeley” (I.B. IX, pág. 25). Aunque no está fechado, tuvo que ser escrito en febrero de 1926.
2. Smith relaciona la noción de las jerarquías con la afición de Hull a la lógica deduc- tiva, porque ésta se caracteriza por la forma jerárquica (Smith, 1986, pág. 159).
Cuanto más estudio el razonamiento, tanto más me persuado de la importancia de la cuestión del propósito, sea cual sea su fisiología. La cosa es que dirige los procesos asociativos. Sin él no habría ninguna acción persistente.
Uno de los tipos de propósito más obvios es el hambre. Esto signi- fica que hay un estímulo persistente operando dentro del organismo (I.B.IX, pág. 38).
Las contracciones del estómago coinciden en el tiempo con las res- puestas que llevan al alimento debido a su persistencia, y esta conti- güidad temporal hace que se asocien a ellas.
Acto seguido, Hull explicó la abstracción conceptual con el meca- nismo de la respuesta condicionada a varios estímulos distintos. En la deducción de este principio se valió por primera vez uno de esos dia- gramas de las secuencias del hábito que después utilizaría profusa- mente en sus artículos teóricos.
Como la neurofisiología de la época no podía explicar la equiva- lencia funcional de dichos estímulos, Hull concluyó que “la vincula- ción de los procesos del aprendizaje a cualesquiera neuronas indivi- duales puede y debe descartarse definitivamente” (I.B.IX, pág. 74). La posibilidad de evocar la misma respuesta con tantos estímulos dife- rentes cuestionaba el dogma de las conexiones puntuales entre los cen- tros nerviosos sensoriales y motores.
A continuación, Hull realizó unos experimentos informales con su hijo, un niño de corta edad, que pretendían ser una réplica de los expe- rimentos de Köhler. En el curso de los mismos, tuvo la oportunidad de observar “in vivo” el despliegue ordenado de las distintas organizacio- nes del hábito.
En una fecha próxima al verano de 1926, Hull volvió a reflexionar sobre la naturaleza del pensamiento y, al concluir ese año, encontró el mecanismo del adelantamiento de las respuestas de meta con el que explicó los cortes de los hábitos simbólicos del pensamiento y las con- ductas propositivas orientadas hacia metas específicas.
El propósito como estímulo persistente
Rignano había insistido en la naturaleza propositiva del pensamien- to. Por otra parte, el propósito fue el arma principal esgrimida por William McDougall (1871-1938) contra la psicología conductista, a la que acusó de convertir al ser humano en un robot mecánico a merced de la estimulación externa, sobre todo después del rechazo de los ins- tintos por parte de Watson3.
Hull estaba convencido de que el propósito jugaba un papel funda- mental en la dirección del pensamiento. Como vimos anteriormente, en un primer momento lo explicó en función de unas disposiciones fisiológicas. Después de leer La Mentalidad de los Monos (Köhler, 1925) lo concibió como un componente más de la pauta estimular y ahora, dando un paso más, lo definió como un estímulo persistente que se mantiene activo durante la ejecución de las respuestas que terminan con él. Al ocurrir al mismo tiempo que las respuestas, se asocia a ellas en virtud del principio de la reintegración y después tiende a movili- zarlas con independencia de la situación externa. Esté donde esté, el animal iniciará las conductas de búsqueda del alimento siempre que sienta en su estómago las punzadas del hambre4.
Como es bien sabido, esta noción hunde sus raíces en la obra del fisiólogo Walter B. Cannon (1871-1941), cuyo libro de las emociones tanto impresionó a Hull5. Sus investigaciones sobre los impulsos del hambre y la sed (Cannon 1911, 1912, 1915) indicaban la presencia de unos estímulos locales, como las contracciones del estómago en el pri- mer caso, o la sequedad de boca en el segundo, que acompañaban al estado de necesidad fisiológica. La teoría de la estimulación local del impulso, confirmada por los experimentos de Anton J. Carlson (1912, 1916), brindaba una explicación de la motivación humana en función de las necesidades fisiológicas más básicas del organismo6.
3. Tolman (1925) también define al propósito en términos de persistencia, pero los
Libros de Ideas de esta época no contienen ninguna referencia a él.
4. El “estímulo persistente del impulso” guarda cierto parecido con el propósito de W. James, quien lo definió como “la actividad persistente de ciertos procesos cerebrales bastante definidos a lo largo del curso total del pensamiento” (James, 1890, I, pág. 583).
5. Para la obra de Walter Cannon, véase el libro de Benison y Barger (1987). 6. Véase Psychology in America (Hilgard, 1987, págs. 355-358).
La primera referencia al hecho de la asociación entre el estímulo del impulso y las respuestas del hábito la encontramos en esta nota de los Libros de Ideas:
Al parecer, este estímulo solo impele a actos más o menos aleato- rios. Cuando éstos llevan a situaciones que elicitan respuestas consu- matorias, entonces se establecerán respuestas condicionadas y con ellas el aprendizaje o hábito.
Cuando el hambre forma parte de la pauta estimular y los movi- mientos aleatorios han expuesto el órgano sensorial (ojo) a una par- te específica de la pauta estimular, esta combinación inducirá inme- diatamente la respuesta de comer porque lo ha hecho anteriormente, aun cuando las demás circunstancias sean muy distintas. Es un caso de reintegración (I.B. IX, págs. 38-39).
Los movimientos de búsqueda de comida movilizados por el impul- so son relativamente independientes de la situación en la que se encuentre el animal y, por esta razón, pertenecen a la categoría de hábitos generales. Dicho con otras palabras, las unidades establecidas inicialmente por ensayo y error se unen para formar grupos de hábi- tos generales bajo la dirección del estímulo del impulso, que en este caso es el hambre. Pero el mecanismo también opera en la formación de otros hábitos como el de sortear obstáculos o manipular objetos de toda clase. Dicho con palabras de Hull:
Cuando llegamos a un camino empinado, ya sea de tierra, roca o hielo... procuramos rodearlo... Reaccionamos a aquellas partes de la situación que son similares a las que encontramos en nuestras múlti- ples experiencias de aprender a andar.
De modo análogo, en las múltiples experiencias de manipular objetos diferentes, en las que una tensión específica es parte más o menos continua de la pauta... pasaremos por alto la forma particular del objeto (a no ser de que ésta pertenezca a la pauta dinámica)(I.B. IX, págs. 41- 42).
Los experimentos de Köhler mostraban con claridad el despliegue ordenado de estos hábitos generales. Cuando un obstáculo le impi- de al animal alcanzar el alimento con la mano, éste recurre a otros
hábitos alternativos y lo hace de un modo ordenado de acuerdo con la fuerza de las tendencias asociativas de los distintos hábitos. Por ejem- plo, si el plátano cuelga del techo, el mono intentará cogerlo con un palo corto. Si no lo consigue, movilizará el hábito de subirse a la caja, que es el siguiente de la serie. Si éste también falla, el animal subirá a la caja y alcanzará el plátano con el palo. Este despliegue ordenado de hábitos equivalentes, que después recibiría el nombre de “jerarquía de familias de hábitos”, explicaba la continuidad de las conductas inteli- gentes del “insight”.
Sin embargo, los impulsos del hambre y la sed no parecen jugar un papel relevante en el pensamiento conceptual, por lo que se hace pre- ciso encontrar un nuevo mecanismo que lo explique.
La respuesta común a varios estímulos
Supongamos que condicionamos la misma respuesta a varios estí- mulos que no tienen nada en común desde un punto de vista objeti- vo. Entonces tendríamos la situación representada en la figura 5.1, en la que las tendencias asociativas de los estímulos S, S1, S2, S3, S4, etc. convergen en la producción de la respuesta R. Si todos los estí- mulos evocan la misma respuesta, entonces todos ellos producirán el mismo estímulo propioceptivo (sr) generado por ella, y dicho estí- mulo interno se convierte en el núcleo de identidad parcial que expli- ca su semejanza.
Fig. 5.1.
Supongamos ahora que condicionamos el estímulo propioceptivo sr a la respuesta Rx, que es la primera de una serie que termina en una reacción defensiva de evitación o de huida7. En virtud de este condi- cionamiento, todos los estímulos (S, S1, S2, S3, etc.) habrán adquirido la capacidad de evocar la reacción defensiva sin necesidad de una práctica previa. Como escribió Hull:
El punto es que todas esas cosas, que pueden ser profundamente desemejantes desde un punto de vista sensorial, sin embargo, gracias a las cosas que vienen detrás o están físicamente asociadas con ellas, son capaces de establecer reflejos condicionados (o al menos respues- tas asociadas)... Y dicha respuesta, una vez asociada a una variedad de situaciones, por una afortunada combinación de circunstancias puede condicionarse a una jerarquía de reacciones. Entonces, en virtud de la conjunción en esta respuesta común de los estímulos más diversos, todos pueden evocar automáticamente la respuesta afortunada RX
(I. B. IX, pág. 55).
Consciente de la importancia del hallazgo, en una nota un poco posterior, escribió que “es posible que este principio marque el comienzo de una nueva época si puede ser desarrollado en una obra sistemática” (I. B. IX, pág. 56). Hull pensó que el libro podría titu- larse “psicología de las jerarquías asociativas”, pero como estas pala- bras parecían difíciles de entender para el público en general, conti- nuó escribiendo, era preciso buscar “una palabra ‘reclamo’ tan clara como conductismo, Gestalt o configuración. A pesar del absurdo lógi- co que supone, en la práctica tiene una importancia extraordinaria” (I. B. IX, pág. 57).
Hull acababa de encontrar la explicación de la abstracción concep- tual. Cuando el pensamiento singulariza una cualidad que no tiene una existencia independiente, su contrapartida física está dentro del
7. La respuesta común, según Hull, “puede ser implícita, estar totalmente oculta y carecer de importancia en sí misma. Pero su presencia es suficiente para movilizar una serie de reacciones combinadas y organizadas que pueden resultar ‘satisfactorias’ quizá por ensayo y error” (I.B.IX, págs. 55-56).
organismo. Los estímulos S, S1, S2, S3 y S4 son completamente dis- tintos y no tienen ningún elemento común, pero todos evocan en el organismo el mismo estímulo propioceptivo (sr) y este estímulo inter- no es el núcleo de identidad que explica su semejanza. Todos ellos son idénticos en el elemento sr.
La máquina pensante
El 1 de marzo de 1926, Hull se propuso ordenar los principios des- cubiertos hasta entonces en una mini-teoría y para ello empleó el pro- cedimiento heurístico de imaginar una máquina “psíquica” que fuese capaz de pensar. Tal y como escribió:
Últimamente me ha llamado la atención muchas veces el hecho de que el organismo humano es una de las máquinas más extraordina- rias –y, sin embargo, una máquina. Y más de una vez me ha impre- sionado, al menos en lo que respecta a los procesos del pensamiento, que sería posible construir una máquina capaz de realizar todas las funciones esenciales del cuerpo... Y como la mejor manera de anali- zar los requisitos básicos del pensamiento quizá sea pensar en los puntos esenciales de este mecanismo... puedo desarrollar esta idea haciendo unas suposiciones lo más frugales posibles y de tal natura- leza que pueda alcanzarse un conocimiento probable sobre su veraci- dad. Cuando tenga que hacer una suposición nueva, ella versará sobre alguna acción nueva del sistema nervioso... Este será el comienzo de toda clase de investigaciones encaminadas a verificar las diversas hipótesis. De hecho, es probable que todo se reduzca a una fórmula matemática, y no es inconcebible que pueda construirse un autómata a imagen del sistema nervioso, capaz de aprender y adquirir de la experiencia un grado de inteligencia considerable en contacto con el medio ambiente (I.B.IX, págs. 59-60).
La idea de una máquina pensante probablemente tenía algo que ver con el artículo de Lashley sobre la conciencia (1923), en el que se hablaba de una “máquina consciente” basada en los principios del
reflejo condicionado8. Pero dejando a un lado este paralelismo, Hull comenzó por el mecanismo de la recepción de estímulos y lo imaginó distribuido desigualmente por las distintas partes del aparato, de modo que las respuestas nítidas solo se diesen en puntos muy concre- tos. Los movimientos son aleatorios y no cesan hasta que la situación es “satisfactoria”.
Las distintas partes de la máquina gozan de una cierta autonomía, pero se hallan sometidas a diversas jerarquías de control que no dependen directamente del sistema nervioso central. Como escribió Hull: “Es evidente que en el cuerpo este control no tiene que estar en alguna parte superior del sistema nervioso, sino que puede originarse en cualquier otra parte del cuerpo y, por un proceso de ‘condiciona- miento’, controlar a una determinada parte, aunque presumiblemente gracias a la mediación de las partes superiores del sistema nervioso que sirven de ‘puente’ o elemento mediador” (I.B. IX, pág. 62)9.
Los movimientos se seleccionan de acuerdo con las leyes del efecto y del ejercicio, y esta selección les da una consistencia y organización superiores a las del simple azar.
La máquina puede realizar abstracciones sensoriales, respondiendo a ciertas partes de las pautas estimulares con la respuesta con la que en ocasiones anteriores respondió a la totalidad. Con palabras de Hull, dispone de “clases de reacciones frente a situaciones que tienen seme- janza sensorial” (I.B. IX, pág. 63). Además, el mecanismo de la res- puesta común le permite realizar abstracciones de orden superior. Tal y como continuaba el texto:
8. Lashley imaginó “una máquina capaz de ejecutar todas las actividades neuromus- culares y glandulares del hombre; una máquina construida sobre los principios del reflejo, cuyas partes son capaces de sumación, facilitación e inhibición de la actividad, y capaz de reaccionar a las fuerzas mecánicas... de modo que responda a la estimula- ción externa y a sus propias actividades” (Lashley 1923, págs. 330-331). Las respuestas tienen una organización jerárquica, de modo que unas veces responden las partes y otras veces lo hace la totalidad. Su paralelismo con la máquina de Hull es evidente, aun- que éste no cita a Lashley.
9. El periferalismo de Hull coincide con el de Watson, para quien el córtex no es más que un órgano de conexión entre las corrientes entrantes y las que salen hacia los mús- culos.
El caso siguiente sería aquel en que situaciones totalmente distintas desde un punto de vista sensorial van seguidas de estímulos o respues- tas similares, como, por ejemplo, una cosa que produce dolor de estó- mago, etc. Esta identidad de respuesta aprendida serviría para unir a la mayor variedad de cosas sensorialmente diferentes en la producción de reacciones idénticas (I.B. IX, pág. 63).
Hull concluyó este su primer esbozo de una teoría sistemática de la mente humana con unas consideraciones sobre las coordinaciones musculares. Cualquier pauta estimular puede evocar una combinación de respuestas extraordinariamente compleja, y su más leve cambio puede dar origen a una amplia gama de gradaciones cuantitativas en la intensidad de las respuestas. De ahí la importancia del principio de las jerarquías del hábito:
Cuanto más estudio la materia, más me impresiona la probable importancia de un principio muy fluido y universal de las jerarquías del hábito o jerarquías estímulo- respuesta (I.B.IX, pág. 65)
Hull recordó los experimentos de Köhler, en los que los animales responden de un modo ordenado de acuerdo con la fuerza de las ten- dencias asociativas. Las unidades estímulo-respuesta se establecen por ensayo y error, pero después van combinándose bajo la dirección del mismo principio general, y estas combinaciones ordenadas explican el “insight”.
El 8 de marzo de 1926, propuso una “nueva ley molar de asociación nerviosa” con vistas a explicar las equivalencias estimulares y salir al paso de las críticas gestaltistas10. Supongamos que a un sujeto le ense- ñamos a decir “sigma” cuando un objeto incide en la parte derecha de su retina. Si posteriormente lo ve en la parte izquierda, dará la misma respuesta a pesar de los cambios de la imagen visual. En consecuen- cia, escribió:
10. Köhler rechazó el paralelismo perfecto entre la percepción y la sensación (Köhler, 1913). Koffka observó que los gatos de Thorndike emplean distintas respuestas para abrir la jaula (Koffka,1924, pág. 160) y se apoyó en el testimonio de Leonard T. Hobhouse y las críticas de Stout (Koffka, 1924, pág. 366, nota 143). En los Estados Unidos, los gestaltis- tas criticaron la teoría de las conexiones nerviosas puntuales. Karl Lashley, por su parte, emplearía argumentos parecidos contra la teoría de Pavlov (Lashley, 1930, 1933).
Parece obvio que la teoría de la asociación entre las neuronas más simples no puede explicar las equivalencias de la pauta reactiva cuan- do la respuesta puede ser evocada por un grupo de neuronas no usa- das antes (I. B. IX, pág. 73).
El aprendizaje no depende de la acción de las neuronas individua- les. El sistema nervioso opera como una cerradura especial que res- ponde a la relación existente entre las muescas, en lugar de responder al tamaño de las mismas11.
Acto seguido, Hull repitió los experimentos de Köhler con su hijo de apenas dos años de edad.
Experimentos de resolución de problemas
En el Noveno Libro de Ideas hay constancia de dos experimentos informales realizados a fines del primer semestre de 1926.
El primer experimento planteaba el problema de sacar una golosina encerrada en un recipiente de cristal. La respuesta inicial del niño fue intentar meter la mano por el orificio del recipiente, pero no lo consiguió porque era demasiado estrecho. Entonces cogió una aguja larga, pinchó la golosina y trató de sacarla al exterior. Pero como no cabía por el agu- jero, la troceó con la aguja y fue sacando los trozos de uno en uno.
En el segundo experimento, la tarea consistía en coger un caballito que estaba dentro del habitáculo protegido donde solía jugar el niño. Nuevamente intentó la vía directa, consistente en meter la mano por los barrotes de la barandilla; después intentó saltar por encima de ella, cosa que Hull no se lo permitió. Tras unos momentos de vacila- ción, el niño vio un palo en el suelo, lo tomó, arrastró el caballito has-