3.3 The Disposition Decision
3.3.1 Central Decision Maker Benchmark
A lo largo de este capítulo hemos trabajado el estatuto singular que cobra el juego en el dis- positivo clínico con niños, sirviéndonos para ello del relato de una experiencia de taller de “Jue- go Vincular”, en la que se intentó resignificar el juego compartido como herramienta fundamen- tal en el desarrollo integral del niño.
FACULTAD DE PSICOLOGÍA | UNLP 84
Es reivindicando la continuidad del “Juego Vincular”, como un espacio-tiempo en “potencia”, que se apuesta a que los niños/as y sus padres, cuenten con herramientas que les permitan redoblar la vivencia más allá del dispositivo.
Así como en el teatro, el niño se muere de risa viendo que es al otro al que golpean, lo mis- mo sucede en el consultorio o en el espacio de “Juego Vincular”. Los objetos se animan, ha- blan y hacen reír. Si el otro es el objeto de la risa o de golpes, esto produce alivio.
A medida que se desarrolla la escena, se escribe e inscribe el tratamiento de un niño, esce- na que se dirige al que esté leyendo esa escena, quien a su vez entra y sale según lo vaya determinando la situación que se va escribiendo. Esta propuesta se fundamenta, entonces desde la especificidad del Psicoanálisis, en la observación clínica, encontrándose mayoritaria- mente obturada en los casos abordados la dimensión del encuentro, que al decir de P. Aulag- nier (1995), debe darse entre la psique en constitución del niño y esos otros significativos, (en general figuras parentales) que ejercen la función de prótesis, en su labor de ofertar elementos significantes tan necesarios para la metabolización psíquica de todo aquello que se constituye como exterior. En la medida en que la constitución psíquica se encuentra con claros signos de fracaso o dificultad, el juego como una de sus expresiones, se presenta con la particularidad de tener características no ficcionales, ni simbólicas, sino más bien automáticas y compulsivas.
Los casos donde los primerísimos encuentros entre el niño y su microambiente no se esta- blecen por las vías de lo placentero, reeditan en la clínica dificultades que ponen de manifiesto la importancia de la dimensión vincular. Lo intersubjetivo aparece subrayado en esta propuesta de taller donde el foco está puesto en el carácter creativo y compartido del juego con otros. La intervención radica entonces en ese “entre” que en tanto ligadura da cuenta de las dimensiones complejas de lo vincular.
El juego se destaca en la propuesta, en tanto producto y productor de subjetividades, donde el “jugar con otros” excede y en mucho, una simple tarea compartida.
Haber propuesto entonces, este dispositivo terapéutico no fue tarea sencilla. Se observaron obstáculos de diversa índole, del lado de los padres, probablemente como respuestas resisten- ciales puestas en juego en cualquier tratamiento. Asimismo, al interior del equipo, se pudieron localizar diferentes cuestionamientos frente a lo novedoso de una apuesta clínica sin preceden- tes en el ámbito institucional.
A su vez, la dimensión transferencial se localizó en una multiplicidad que diferenciaba tam- bién en este aspecto, al dispositivo de “Juego Vincular” del dispositivo clínico individual.
Se presentaron, por un lado, las dificultades de los padres, para tolerar la no adherencia de sus hijos a la propuesta, para implicarse en un hacer conjunto, en un tiempo compartido e in- tentar desplegar situaciones lúdicas. Por otra parte, se hallaron presentes las dificultades de los niños asistentes para sostener actividades grupales con propuestas que no siempre pudieron ser investidas o lo fueron en forma parcial. En los padres se escuchó la insistencia en no querer perder espacios individuales de tratamiento, en favor de este tipo de dinámica, reforzándose en más de una oportunidad el carácter y la necesidad de una propuesta modulada con un principio y un fin, que estaba pensada en continuidad con los otros espacios terapéuticos ya instalados.
La experiencia tal como había sido planificada, requería la participación activa y la adherencia de los padres, y, por consiguiente, las dificultades que ellos fueron planteando, fueron leídas en pos del desencuentro y las resistencias transferenciales que dichos vínculos ponen en escena, en los cuadros clínicos.
Al interior del equipo se valoró como positiva la experiencia de una oferta terapéutica reno- vada que encontrando anclaje en el hacer, ofertó intrínsecamente un espacio-tiempo destinado a ampliar las posibilidades de simbolización de los pacientes.
Serán aspectos a revisar y repensar por el equipo tratante la posibilidad de continuar con este dispositivo, abrir nuevos interrogantes y poder echar luz sobre los obstáculos recortados. Sin embargo, como registro de esta vivencia, recuperamos la posibilidad de experimentar en acto la potencia subjetivante del juego y el encuentro con otros desde una perspectiva clínica, invitándonos a pensar desde allí el campus teórico. Recuperar las dimensiones vinculares en el marco de la Salud Mental responde a la posición ética de entender al sujeto como sujeto social, sostenido en una grupalidad que debiera, en el mejor de los casos, brindar las herramientas de rehabilitación frente a los malestares intrínsecos que la cultura insondablemente ejerce. Consi- deramos que sigue siendo el juego, la herramienta privilegiada para intervenir y pensar la orga- nización de la psique en tiempos de su constitución.
En otras palabras, creemos que lejos de quedar atrapados en las polémicas “en juego” respecto al juego en la Clínica Psicoanalítica con Niños y Adolescentes, su historia y su significado, es fundamental considerar que es rescatando la singularidad de éste dispositi- vo, donde podrá leerse en coordenadas teórico-clínicas, sus efectos, su eficacia, así como también, los alcances y las limitaciones en su instrumentación, pues no se reduplica del mismo modo en todos los ámbitos ni en todos los casos. Será la capacidad por parte de cada equipo tratante, o del analista solitario en la consulta particular o en el hospital, de inventar, crear un artificio allí donde la escena de la clínica demande otra cosa que no sea la respuesta estereotipada y generalizada.
El niño que concurre a los talleres, o a cualquier otro dispositivo de atención clínica, viene a ejercer de niño y no de futuro adulto, tampoco viene a recibirse de analista, ni a situarse en tanto responsable pequeño que por sí solo pueda dar cuenta de su padecimiento. Desde una práctica orientada en el seno del corpus teórico del Psicoanálisis, tendremos el deber ético de acompañar a que cada niño/a que pueda, intervenciones mediante, montar una escena dentro de esa “otra escena” que es la infancia, más allá del tipo clínico o la dominancia estructural.
En tiempos de sobreabundancia de la medicalización de la infancia, propuestas que pro- muevan la posibilidad de cambios, sobre la consideración de formas fallidas de la organización de lo psíquico en constitución, darán cuenta de un hacer en la clínica creativo y creador de nuevas posibilidades.
FACULTAD DE PSICOLOGÍA | UNLP 86
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