El proceso de formación de símbolo se inicia con las primeras proyecciones e identificacio- nes. La formación de símbolos ya implica una inhibición del decurso de la energía pulsional y un desplazamiento del fin hacia otros objetos aptos para los fines sublimatorios.
Este proceso de encontrar objetos y crear nuevas metas es creación del niño. Se pone de manifiesto tempranamente cuando el bebé crea su objeto sobre los que ofertó la madre o el entorno. Podemos observar que eligen algunos descartando otros. El bebé rechaza o acepta los objetos con conductas tales como mirar para otro lado, retirar el cuerpo, empujar con la mano y otras expresiones de malestar como el lloriqueo, o por el contrario hace intentos de tomar el objeto, mirarlo con detenimiento, chuparlo. Ya la mirada inquieta denota el deseo de apoderamiento más allá de las posibilidades neurológicas y musculares. Los movimientos de excitación del cuerpo por entrar en contacto con el objeto son observables del desplazamiento e incorporación de estas actividades e intereses.
Es mediante estos contactos, en el primer tiempo facilitados por el adulto, que se generan en forma casi constante nuevas vías de derivación de la descarga de excitaciones que en la mente toman la forma de fantasías. Vemos que se ha producido un cambio en la organización psíquica desde la descarga pulsional directa (llanto ante la falta de la teta) a descargas media- tizadas: llanto moderado como conducta de llamada, chupetear un sonajero, manipular objetos.
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Estamos en los comienzos del proceso de formación de símbolos que se inicia muy tempra- namente y se va modificando en sus características y en sus funciones al tiempo que cambia el Yo en su estructura y en la forma en que se relacionará con los objetos (Segal, 2013). Lo ob- servamos en forma privilegiada en el juego simbólico.
Para que la formación de símbolos sea libre y constante, permanentemente tienen que crearse transcripciones y retranscripciones simbólicas de lo inscripto.
El niño demanda el pecho, si no lo encuentra se produce un sentimiento de frustración. La madre oferta objetos que estimulan otras zonas y funciones de lo corporal que así se van inte- grando al funcionamiento psíquico, un sonajero musical con luces. Se produce una situación de espera un aplazamiento de la satisfacción inmediata; luego se reencuentra con el objeto. Esta frustración regulada por la madre, introduce temporalidad, desplazamientos hacia ecuaciones simbólicas y posteriormente símbolos.
Hay un trabajo progresivo de síntesis del psiquismo temprano en establecer semejan- zas/diferencias entre los elementos de sus vivencias; es desde el modo relacional establecido entre la madre y el bebé que se van a crear “acuerdos simbólicos”: ciertos gestos, actitudes, tipo de llanto etc., advienen como conducta de llamada, ante la presencia de un estado de ten- sión/frustración. Luego serán nominados en la medida que va adquiriendo el lenguaje (repre- sentación palabra).
El niño en su afán de apoderarse y dominar objetos fuentes de placer se torna cada vez más curioso, le atraen las diferencias (primeras manifestaciones de la pulsión de epistemofíli- ca). Aquí cobra nuevamente relieve la función del adulto quien facilita, propicia la amplitud de nuevos logros tanto afectivos como motrices e intelectuales. La satisfacción pulsional metafori- zada, está cada vez más alejada de la satisfacción directa abriendo vías para la sublimación en los tiempos en que la represión originaria impone sus pautaciones limitantes a las satisfaccio- nes de las pulsiones parciales orales y anales. Su deseo de conocer y experimentar placer puede sortear la represión al estar mediatizada por intereses culturales y sociales temprana- mente adquiridos mediante simbolización en las actividades de juego, modelado, dibujo, habili- dades motrices y la adquisición del lenguaje. Podrá llegar a formar talentos.
La capacidad para formar símbolos, la capacidad del Yo de crear y la capacidad de subli- mación están entrelazadas. La actividad sublimatoria está entramada con las actividades que la sociedad acepta y promueve como valiosas (ideales sociales de la época).
Cuando el pensamiento es invadido por la inmediatez, se interrumpe o malogra el pro- ceso creativo; se anula la separación sujeto/objeto y se regresa al pensamiento omnipoten- te, a la idealización y la negación como mecanismos primitivos. Se produce una pérdida en la capacidad de discriminación de la realidad y se recurre excesivamente a la identificación proyectiva como mecanismo de estabilización del funcionamiento psíquico. Esto lleva al empobrecimiento del Yo.
Conclusiones
A través de la modificación del funcionamiento primitivo se accede a la creación de símbo- los, donde un elemento presente remite a algo que está ausente. El significado está posibilitado por el acuerdo entre el entorno y el niño, como se pone de manifiesto en el contenido de una escena de juego.
El trabajo psíquico en búsqueda de otros objetos amplía la gama de simbolizaciones. Los di- ferentes modos de canalizar la energía le posibilitan la apropiación de habilidades corporales y nuevas funciones psíquicas. El entorno, aprueba y estimula a través de modos afectivos, las acciones del niño. Incluso acompaña y sostiene en el momento en que una frustración podría advenir; anticipando y facilitando la continuidad de la experiencia. Se amplía el campo de pen- samiento y acción del niño para producir placenteramente modificaciones en el mundo median- te la pulsión de apoderamiento sublimada en diversas actividades del Yo. Los diferentes modos de canalización de la actividad hacen a la singularidad de cada sujeto. Un niño puede usar sus habilidades físicas, por lo que despliega energía en la psicomotricidad, otro niño escribe poesía y canaliza a través de su imaginación su propia energía. En ambos el Yo narcisiza funciones corporales e intelectuales.
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