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Changes in Study Habits Due to the Use of Multiple Devices

Chapter 5 UOC Case Results

5.6 Sequential and Simultaneous Device Use

5.6.3 Multivariate Analysis of Sequential and Simultaneous Frequency Use

5.6.4.4 Changes in Study Habits Due to the Use of Multiple Devices

Tratándose del método de San Ignacio, es de todo punto imposible prescindir de un elemento psicológico de primera fuerza, cual es la reflexión. Su conversión y el proceso íntegro de su santidad llevan impreso el sello de una honda observación interna que ha sido trasladada sin menoscabo alguno a sus Ejercicios.

En primer término viene el examen, y puede asegurarse con toda certeza que no hay método ascético alguno que le dé tanta importancia como el de San Ignacio. En el suyo se hacen ocho exámenes al día: dos veces el examen particular, una por lo menos el general, cinco de un cuarto de hora cada uno al final de las cinco meditaciones, dándonos en conjunto dos horas cabales de reflexión sobre sí mismo. Supone esto en el ejercitante un vigor y un equilibrio interior nada vulgares, si los hace como es debido desechando de sí toda debilidad y toda preocupación. Una palabra al menos sobre cada uno de ellos.

El examen particular, llamado así porque atiende a solo un defecto y éste escogido con tino y con la mira de combatirlo con más eficacia y hacerlo desaparecer con mayor seguridad, supone en el que lo lleva un hábito y una finura de introspección muy notables, así para descubrir el defecto, como para seguir la técnica ideada por San Ignacio para desarraigarlo. Dijimos que este examen se había de hacer dos veces al día, antes de comer y antes de cenar; pero en verdad no son dos, sino tres, porque el Santo pone una especie de examen previo, ordenando que en el momento mismo de levantarse de la cama, se piense en aquel defecto, estudiando el modo y manera de no caer en él.

Y aun añadiríamos, que son sinnúmero las veces que nos hemos de examinar, porque el Santo no quiere esperar al examen del mediodía y de la noche para contar las faltas

cometidas, sino que en el mismo momento de deslizarse uno en una de ellas aconseja que se haga un acto interior de arrepentimiento acompañado de otro exterior disimulado, porque así se acostumbrará el hombre a una presencia de espíritu moralmente continua. La ascética cristiana no ha dado con un procedimiento más eficaz que el presente, tanto para purificar el espíritu, como para llegar a un íntimo conocimiento propio y para afinar la vista espiritual y acostumbrarla a una vigilancia poco menos que instintiva.

Examen general. Cuando por primera vez, a los cinco años justos de haber sido escrito, fué citado a juicio ante un tribunal eclesiástico de teólogos y juristas el libro de los Ejercicios, y cuando San Ignacio no contaba en punto a ciencias sagradas más que con principios sumamente pobres, lo único que en él llamó la atención de aquellos jueces fué la intrepidez con que en el libro se analizaban y aclaraban los actos más delicados y finos del pensamiento, definiendo en cada caso su grado de responsabilidad. Estas finuras y exquisiteces de observación se hallan en el examen general. Ya en el mismo título declara San Ignacio, que el examen no se limita a preparar al ejercitante para que haga una hermosa confesión, sino que atiende a conseguir la pureza del alma; y en efecto, los cinco actos prescritos acerca del modo cómo se ha de hacer, están tan sabia y acertadamente elegidos y hermanados, que más que un balance de defectos, es un ramillete de actos internos llenos de vida y preciosísimos. Conviene advertir que los dos exámenes de que acabamos de tratar están puestos a continuación misma del Principio y Fundamento; o sea junto a la síntesis maravillosa del ideal de perfección más esencial que darse puede. ¡Qué contraste y qué eficacia a la vez! Según esto los Ejercicios comienzan por los dos exámenes dichos y con ello quiere indicarnos San Ignacio, que ocupan en su sistema un sitio principalísimo. Debió sin duda recordar el Santo que su conversión tuvo sus comienzos en aquella serie de análisis internos con los que examinaba y comparaba los diferentes movimientos de su alma. A ciertos ejercitantes y atendiendo a sus condiciones personales, les dispensa de algunas cosas más difíciles y pesadas. Del examen, jamás dispensa a nadie.

En el capítulo V trataremos del examen de la oración.

Hablando con propiedad, el examen no pasa de ser la parte negativa de la reflexión ignaciana o sea la ordenada a quitar defectos; hay otra positiva y dirigida a la perfección interna, que no tiene límite de horas porque abarca el día entero y singularmente las horas de oración. Tratando del sistema de oración de los Ejercicios, forzoso es decir que ésta es esencialmente práctica, pues en ella el fruto es lo verdaderamente esencial y un como fin superior que absorbe y ordena los actos todos del ejercitante.

Pues bien: a cada punto de la oración le sigue invariablemente como si fuera su sombra, un acto de reflexión. Esto de la reflexión, es para San Ignacio un tópico explícitamente repetido por él aun en los casos en que fácilmente podía sobrentenderse, y una voz que llama al ejercitante a “reflectar en sí mismo para sacar algún provecho” [123]. Sin dificultad se entiende, que el hombre, que sin cesar nos repite que nuestro conocimiento debe ser “interno” y que debe llegar a convertirse en “sentimiento”, tiene clavada la mirada en tal pensamiento, hasta verlo hecho carne dentro de una voluntad sincera y robusta.

Lo de la reflexión, no tiene en los Ejercicios tiempos señalados para hacerla, porque cualquier tiempo es bueno para ello; pero hay un momento, el de la elección, el más trascendental de los Ejercicios, que exige un equilibrio interior perfecto, tanto en los actos deliberados y conscientes, como en todo aquello que de manera subconsciente pueda escaparse a nuestra reflexión; y todo esto con la mira puesta en que nada torcido influya lo más mínimo en las determinaciones que se van a tomar. Es sencillamente admirable el conjunto de contemplaciones, documentos y advertencias que en este punto reúne San Ignacio, para asegurarse de que el ejercitante ve la verdad tal cual es y la quiere sincera y verdaderamente. Y cuando esto parece ya cosa hecha y que todas las cosas están en Su debido punto, nos sale entonces San Ignacio con otra meditación que él titula de tres binarios de hombres, ordenada por entero y exclusivamente al análisis completo de nuestra actual voluntad, para ver si es tal cual pensamos; no vaya a salirnos una voluntad que quiere el fin pero sin los medios; una voluntad que pone los medios por encima del fin; un querer que Dios venga a nosotros en vez de ir nosotros a Dios.

Vienen por último las llamadas reglas de discreción de espíritus, semejantes a experiencias de laboratorio psicológico ordenadas a descubrir el verdadero móvil de nuestros actos internos: si es Dios, el demonio o nosotros mismos. Allí se someten a los reactivos espirituales del maestro, la tristeza y la alegría, la sequedad y la consolación, el temor y la esperanza, los pensamientos cuya causa es desconocida y los que tienen su origen en causa precedente y averiguada ya.

Tal grado, de finura alcanza la percepción ignaciana, que llega a oír el golpe seco o suave de la gota de agua que cae en la piedra o en la esponja [335]; a darse cuenta en el largo proceso que sigue un pensamiento, del momento preciso en que el demonio deja ver su cola serpentina [334]; a verle a éste sus cuernos, aunque se presente transfigurado en ángel, y a distinguir perfectamente los momentos todos de una consolación, señalando con toda precisión, qué movimientos del alma se deben a la consolación presente, y cuáles son fruto y “reliquias” de la que ya pasó [336].

Son de una perfección psicológica insuperable, las comparaciones de las que San Ignacio se vale para declarar los movimientos espirituales, por medio de otros corrientes en la vida humana; como, por ejemplo, las variantes de la ira de la mujer que riñe con el hombre [325]. En estas ocasiones, no tan sólo los conceptos son exactos y de gran precisión, sino que el mismo lenguaje es sumamente notable. San Ignacio, dueño siempre de frases y palabras tan significativas que parecen ser fruto natural de una intuición clarísima o de un singular don suyo de ponderación, en punto a análisis interior se supera a sí mismo y presenta una riqueza y vida tales, que sin duda alguna nos descubren en él una aptitud natural para ello, especialísima.

Resumiendo las ideas expuestas, se ve con toda claridad, que el director ideal en los caminos del espíritu, será el que, como San Ignacio, no sólo conozca todos los pasos de la vía espiritual por experiencia propia, y por iluminación sobrenatural los haya contado y repasado todos, sino que además conozca a fondo a su dirigido y no aparte jamás la vista

4.

ELEMENTOS