Chapter 5 UOC Case Results
5.5 Devices, Learning Locations and Learning Activities
5.5.2 Chi-Square Tests
Vamos a dar un paso más en la investigación del arte ignaciano. Logrado ya el acoplamiento de todas las facultades en orden al trabajo que deben realizar en los Ejercicios, lo primero que hace es quitarlas o apartarlas de todo lo que pudiera desviar o debilitar su actividad.
La ascética cristiana se apoya en una virtud general llamada recogimiento, que regula en gran parte el funcionamiento de nuestras facultades, al menos en la parte negativa consistente en quitarles estorbos y ponerlas en condiciones de plena libertad. San Ignacio toma el recogimiento en el sentido más universal de apartar cada una de las facultades de todo objeto que pueda disminuir su efecto útil, y en consecuencia establece una legislación muy cuidadosa sobre el contacto con personas y cosas mientras se hacen los Ejercicios.
Antes de que el hombre comience sus Ejercicios, quiere San Ignacio que en lo concerniente a la habitación que ha de tener durante ellos, disponga las cosas no como solemos hacerlo de ordinario, sino totalmente al revés. Recomienda el aislamiento y la soledad y si ésta puede ser total, mejor. Puede sin embargo darse el caso excepcional de una persona dotada de grandes cualidades y ocupada en negocios que en manera alguna pueda abandonar; y entonces da para estas circunstancias reglas especiales [19].
escrito lo que sigue: “Por vía ordenada, tanto más se aprovechará cuanto más se apartare de todos amigos y conocidos, y de toda solicitud terrena; así como mudándose de la casa donde moraba, y tomando otra casa o cámara para habitar en ella, cuanto más secretamente pudiere... Del cual apartamiento se siguen tres provechos principales entre otros muchos: el primero es que, en apartarse hombre de muchos amigos y conocidos, y asimismo de muchos negocios no bien ordenados, por servir y alabar a Dios nuestro Señor, no poco meresce delante de su divina Majestad; el segundo, estando así apartado, no teniendo el entendimiento partido en muchas cosas, mas poniendo todo el cuidado en sola una, es a saber, en servir a su Criador, y aprovechar a su propia ánima, usa de sus potencias naturales más libremente, para buscar con diligencia lo que tanto desea; el tercero, cuanto más nuestra ánima se halla sola y apartada, se hace más apta para se acercar y llegar a su Criador y Señor; y cuanto más así se allega, más se dispone para rescibir gracias y dones de la su divina y summa bondad” [20].
La anotación copiada, equivale ella sola a todo un libro precioso sobre la soledad espiritual, y sobre ella vamos a hacer un breve comentario juntando aquí otras expresiones de San Ignacio.
El primer cuidado del que quiere recogerse a la soledad interior, ha de ser guardar bien la vista. En este punto manda San Ignacio: “Refrenar la vista, excepto al rescibir o al despedir de la persona con quien hablare” [81]. Aun en el caso de no tener que tratar con persona alguna, y en la contemplación de las mismas cosas naturales, quiere que el hombre regule su proceder, no por el gusto o deleite natural, sino mirando al provecho espiritual que se puede sacar, conforme sea la materia que se contempla. “La persona que contempla, tanto se debe guardar en tener oscuridad o claridad, usar de buenos temporales o diversos, cuanto sintiere que le puede aprovechar y ayudar para hallar lo que desea” [130]. Y porque en la primera semana entiende que es más provechoso un mayor recogimiento, ordena: “Privarme de toda claridad para el mismo efecto cerrando ventanas y puertas, el tiempo que estuviere en la cámara, si no fuere para rezar, leer y comer” [79]. Para la cuarta semana, en la que la materia de las contemplaciones es de gloria y de resurrección, dispone: “Usar de claridad o de temporales cómodos, así como en el verano de frescura; y en el hibierno de sol o calor, en cuanto el ánima piensa o coniecta que la puede ayudar para se gozar en su Criador y Redentor” [229]. Advirtamos lo racional que es la doctrina y la práctica de San Ignacio: en lo tocante a las cosas externas que prescribe, no se detiene en lo material de ellas, sino que todo lo encamina al fin espiritual que se persigue, sin dar entrada a ninguna clase de fanatismos o supersticiones.
Complemento importantísimo del recogimiento de que hablamos es el lugar o habitación escogidos para hacer los Ejercicios. San Ignacio quiere que se deje la morada ordinaria, bien cambiándose a otra casa elegida a propósito, o si esto no puede hacerse, mudando al menos de habitación para apartar de la vista espectáculos y reminiscencias anejas a la vida ordinaria y para dar al espíritu plena libertad para entregarse a las cosas sobrenaturales. Cuando el Santo los hizo en Manresa, se retiró a la Cueva; después él y sus compañeros, lo mismo en París que en Venecia y Roma dejaban su casa y se recogían en sitios apartados.
Nos hablan los poetas de la psicología del sitio y del paisaje; los Santos sienten cosas más altas de psicología sobrenatural.
La soledad que San Ignacio ha procurado al ejercitante con todo lo dicho, es material, aunque ordenada a la espiritual; y no se para ahí, sino que pretende y quiere dejar al alma completamente a solas con su Dios y Señor apartando hasta el influjo espiritual que podrían tener en ella las cosas y personas espirituales.
Primeramente quita las cosas espirituales que podrían turbar la quietud del alma cuando Dios le habla en las meditaciones y contemplaciones de los Ejercicios. Las verdades que en ellas propone San Ignacio, son grandes, fundamentales, trascendentales, e importantísimas con relación al fin que persigue, y por lo mismo no tolera que vengan a distraerla o perturbarla otros pensamientos extraños aunque sean buenos. Dios y el alma, y entre el uno y la otra, solamente aquella verdad que sale de Dios y se encamina al alma para penetrarla y transformarla. Cualquier otro pensamiento debe ser apartado inmediatamente.
Dice el Santo en la primera semana: “No querer pensar en cosas de placer ni alegría, como de gloria, resurrección, etc.; porque para sentir pena, dolor y lágrimas por nuestros pecados, impide cualquier consideración de gozo y alegría; mas tener delante de mí quererme doler y sentir pena, trayendo más en memoria la muerte, el juicio” [78]. Paralelamente a esto, señala en cada una de las tres semanas siguientes, la materia en que pueden extenderse nuestros pensamientos y cuáles de éstos deben ser apartados. En la undécima de las anotaciones generales dijo: “Al que toma exercicios en la primera semana aprovecha que no sepa cosa alguna de lo que ha de hacer en la segunda semana; mas que ansí trabaje en la primera para alcanzar la cosa que busca, como si en la segunda ninguna buena esperase hallar” [11]. Y sigue concretando más aún. Dentro de la misma semana quiere que se discurra solamente sobre la verdad o misterio que constituyen la materia de la presente meditación o contemplación y que no se piense en lo que ha de venir después. Estas son sus palabras: “Es de advertir para toda esta semana (la segunda) y las otras siguientes, que solamente tengo de leer el misterio de la contemplación que inmediatamente tengo de hacer, de manera que por entonces no lea ningún misterio que aquel día o en aquella hora no haya de hacer, porque la consideración de un misterio no estorbe a la consideración del otro” [127].
Tampoco quiere San Ignacio que el ejercitante se enrede con los libros. Sabía él por propia experiencia que fueron muy pocos los libros espirituales que le hicieron algún provecho; y por esto y porque su intento es que el alma concentre toda su actividad en un solo pensamiento, no habla nunca de lecturas, fuera de la nota que pone en la entrada de la segunda semana: “Para la segunda semana, y así para adelante, mucho aprovecha el leer algunos ratos en los libros de Imitatione Christi o de los Evangelios y de vidas de Santos” [100]. Estos fueron sus libros espirituales y tanto se enamoró del Kempis cuando lo leyó en Manresa, que nunca jamás quiso otro. Decían de él los que bien le conocían, que su vida no era otra cosa que la Imitación de Jesucristo puesta en práctica.
Pero aún maravilla más la sobriedad que impone al Director en sus tratos con el ejercitante que dirige. Oigámosle en la segunda de las veinte anotaciones generales: “La persona que da a otro, modo y orden para meditar o contemplar, debe narrar fielmente la historia de la tal contemplación o meditación, discurriendo solamente por los puntos, con breve o sumaria declaración; porque la persona que contempla, tomando el fundamento verdadero de la historia, discurriendo y raciocinando por sí mismo y hallando alguna cosa que haga un poco más declarar o sentir la historia, quier por la raciocinación propia, quier sea en cuanto el entendimiento es illucidado por la virtud divina; es de más gusto y fructo espiritual que si el que da los ejercicios hubiese mucho declarado y ampliado el sentido de la historia; porque no el mucho saber harta y satisface el ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente” [2].
Esto es precisamente lo que dijimos antes: una sola verdad, pura e incontaminada, puesta entre Dios y el alma, y que ésta la convierta en carne y substancia propia por medio de la contemplación profunda y reposada. Y todo lo demás sobra y estorba, aun incluyendo en ello la misma voz del Director.
La actitud que debe guardar el Director con el ejercitante se reduce toda, según San Ignacio, a tener con él mucha atención y dulzura; “no queriendo pedir ni saber los propios pensamientos ni pecados” del que recibe los Ejercicios; observando sin embargo las perturbaciones o consolaciones que pueden sobrevenirle “porque según el mayor o menor provecho le puede dar algunos espirituales exercicios convenientes y conformes a la necesidad de la tal ánima así agitada” [17].
Al Director toca ver y determinar si es o no conveniente alargar o acortar la semana [4], si el número de meditaciones diarias ha de ser mayor o menor y a qué horas se han de hacer [72, 129, 133]; cuándo y cómo deben explicársele los documentos y reglas de discreción de espíritus atendido el estado en que se halla [8, 9, 10]; y en general todo lo que abarca la dirección externa del ejercitante. Pero no debe meterse en el interior de su alma si no le llaman, y aun llamado no debe poner nada de su cosecha, sino dejar expedito el camino para que Dios obre en ella directamente. Hace al caso la anotación quince: “El que da los exercicios no debe mover al que los recibe más a pobreza ni a promesa que a sus contrarios, ni a un estado o modo de vivir que a otro. Porque, dado que fuera de los exercicios lícita y meritoriamente podamos mover a todas las personas que probabiliter tengan subiecto, para elegir continencia, virginidad, religión y toda manera de perfección evangélica; tamen en los tales exercicios spirituales más conveniente y mucho mejor es, buscando la divina voluntad, que el mismo Criador y Señor se communique a la su ánima devota, abrazándola en su amor y alabanza, y disponiéndola por la vía que mejor podrá servirle adelante. De manera que el que los da no se decante ni se incline a la una parte ni a la otra; mas, estando en medio, como un peso, dexe inmediate obrar el Criador con la criatura y a la criatura con su Criador y Señor” [15].
Realmente hay que admirar la reverencia con que San Ignacio se retira delante de la comunicación íntima de Dios con el alma, su fe certísima en que el Señor la rige y dirige
por sí mismo en los Ejercicios, y la gran humildad del que siendo Director, se aleja y se queda en la puerta ajeno a toda curiosidad y omitiendo por completo intervenciones inoportunas. ¡Qué diferencia tan inmensa entre este proceder y otros sistemas de dirección! ¡Y qué ignorancia la de los que sin saber lo que son los Ejercicios y no conociendo a San Ignacio, tachan a aquéllos de sistema invasor que intenta hacerse con las almas para fines ocultos, y a San Ignacio de dominador despótico de los espíritus! Un tratado de dirección espiritual calcado en los principios que San Ignacio nos da en sus Ejercicios, reservaría para la acción divina el sitio principal y eficacísimo que sólo a ella pertenece; daría al alma la libertad y la independencia respecto de los medios humanos que ahora vemos muy menguadas en la práctica; y al Director le descubriría el tesoro de las virtudes que son necesarias para el perfecto cumplimiento de su ministerio, sobre todo la prudencia, la humildad y la reverencia del que pisa tierra sagrada y no camina delante como amo, sino que sigue detrás como servidor fiel del Espíritu Santo.