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Chapter 4 Research Methodology

4.8 Validity, Reliability and Credibility

Lo primero que se advierte en el arte ignaciano, es la singular manera y la habilidad especial con que hace contribuir en la labor ascética a todas las facultades humanas. No hay pedagogo ni sistema educativo alguno que hayan dado tanta importancia como San Ignacio y sus Ejercicios a la formación del hombre entero, sin dividirlo ni desequilibrarlo. Recorramos brevemente todas las potencias humanas.

Nos encontramos en primer término con los sentidos externos. Cuando hablemos del recogimiento, ponderaremos el cuidado delicadísimo con que atiende a regular el funcionamiento de estas facultades, mayormente la de la vista, que es entre todas ellas la principal. Sin que esto sea dividir la materia, hablaremos ahora de los dos sentidos más groseros y propensos al desorden, cuales son el gusto y el tacto, atendidos y regulados por San Ignacio de una manera peculiar. Dos virtudes ponen en orden el sentido del gusto, que es el más material, y son éstas: la templanza y la penitencia. De una y otra nos da San Ignacio preciosas explicaciones.

La templanza que nos propone y recomienda San Ignacio, no es la ordinaria y de todos conocida, sino la que eleva a una perfección digna de los santos. Las reglas que sobre ella dejó escritas, van al final de la tercera semana, y en la entrada de la cuarta, que es semana

de gloria, para significarnos que semejante virtud, comprendida en su total perfección, nunca debe echarse en olvido, ni aun en los días de mayor alegría. La altura a dónde quiere llegar en esta materia es, a no comer más de lo necesario para conservar la salud y las fuerzas; y para no errar en punto tan difícil, nos enseña dos procedimientos.

El primero consiste en fijar o medir la cantidad de lo que he de comer y beber, no antes de las comidas, cuando más vivo está el apetito, sino después de comer, cuando el hombre se halla ya satisfecho. El segundo, pasa más adelante y aspira a la abstinencia quitando hasta de lo conveniente, cosa que ya toca a la penitencia; y esto por dos razones: primero, por la gracia especial que Dios le dará para acertar, atendiendo a sus esfuerzos; y segundo, porque el procedimiento que sigue es sumamente apto para iluminar el asunto de que se trata y dar al que delibera la posesión del justo medio. Bueno ciertamente es todo esto, pero lo más importante de estas reglas está en el medio que proporcionan y sugieren para levantar el espíritu sobre el hecho material del comer, dando al alma un nuevo alimento de altos pensamientos y sentimientos, mientras se sustenta el cuerpo. Este no es otro que la dulce compañía de Jesucristo, a quien el ejercitante debe imaginárselo acompañado de sus apóstoles y comiendo a su mismo lado.

Sobre la templanza y como motivo de mayor mérito, está la penitencia. “Cuando quitamos, dice el Santo, lo superfluo, no es penitencia, mas temperancia; penitencia es cuando quitamos de lo conveniente y quanto más y más, mayor y mejor, sólo que no se corrompa el subiecto, ni se siga enfermedad notable” [83]. Más adelante volveremos a hablar del valor que tiene la penitencia en los Ejercicios; contentémonos con señalar de presente la importancia grande que atribuye el Santo al dominio y mortificación del gusto material para llegar a la claridad y libertad de espíritu que va buscando y persiguiendo en los Ejercicios.

A la mortificación del tacto, que solemos llamar penitencia, la pone San Ignacio como una de las “adiciones para mejor hacer los Ejercicios y para mejor hallar lo que desea” [73]. Distingue y aconseja tres clases de penitencia. La primera en el comer, tal cual lo hemos comentado más arriba. La segunda en el dormir y a este propósito dice: “No es penitencia quitar lo superfluo de cosas delicadas o moles, mas es penitencia cuando en el modo se quita de lo conveniente, y quanto más y más, mejor, sólo que no se corrompa el subiecto, ni se siga enfermedad notable, ni tampoco se quite del sueño conveniente, si forsan no tiene hábito vicioso de dormir demasiado, para venir al medio” [84]. La tercera manera de penitencia es “castigar la carne, es a saber, dándole dolor sensible, el qual se da trayendo cilicios o sogas o barras de hierro sobre las carnes, flagelándose o llagándose y otras maneras de asperezas” [85] usadas siempre por las almas santas. Como más convenientes, aconseja San Ignacio aquellas mortificaciones que dan dolor sensible por de fuera pero sin dañar el organismo [86]. Cuando él y sus primeros compañeros hicieron los Ejercicios, se adelantaron mucho en esto de la penitencia.

Aparte de los sentidos externos, están los internos, que tienen en nuestra alma una influencia poderosa. Durante los Ejercicios, quiere San Ignacio que se lleve examen

particular sobre ellos, parte para que no molesten con sus distracciones, parte para que también ellos ayuden en la obra espiritual.

Ocupa lugar preferente la imaginación plástica, especie de mirada interna de mayor fijeza y penetración que la externa de los ojos corporales, y San Ignacio le hace tomar parte en todas las meditaciones y contemplaciones.

Su primer cometido es formar o construir lo que llamamos composición de lugar, es decir, colocar los hechos históricos y las circunstancias que los rodean en su sitio y con la mayor viveza; y cuando se trata de meditar una verdad abstracta, formar de ella una imagen sensible que de alguna manera nos la presente como si fuera realidad material. Porque muchos no tienen esta facilidad de crear, nadie debe empeñarse en lo que tal vez sea un imposible para él; los que la poseen hallarán en las composiciones de lugar que trae San Ignacio un auxiliar poderoso de la atención y del sentimiento íntimo del alma.

Notemos de paso el sentido geográfico y arqueológico, tan del gusto de nuestros días, de que reviste San Ignacio la composición de lugar. Él no las presenta a manera de vistas fijas, sino como una proyección cinematográfica rica en pormenores y viveza. Veámoslo en la del Nacimiento de Nuestro Señor: Aquí será “con la vista imaginativa ver el camino desde Nazaret a Bethlem, considerando la longura, la anchura, y si llano, o si por valles o cuestas sea el tal camino. Asimismo mirando el lugar o espelunca del nacimiento, quán grande, quán pequeño, quán bajo, quán alto, y cómo estaba aparejado” [112]. Como se ve, deja campo a la consideración de cada uno para que por su cuenta complete el esquema con pormenores que aumenten su devoción. De él sabemos la infinita curiosidad con que hizo su viaje a Tierra Santa y su gran diligencia en anotar hasta las cosas más menudas.

En todas las contemplaciones de la vida de Jesucristo, el primer punto es considerar las personas que intervienen en aquel misterio, y el tercero contemplar sus acciones. Tiene aquí la imaginación plástica una ocupación provechosísima y un entretenimiento sobremanera dulce, cual es representarse la humanidad santísima de Nuestro Señor, encantarse con su belleza, contemplar llena de amor, su cara, su mirar y su manera de obrar en todo, de tal modo que la presencia del dulcísimo Redentor le sea tan familiar, tan real y tan viva, cual si la viera con los mismos ojos corporales. Hasta este punto tan elevado llegó San Ignacio y de esta amorosa contemplación sacó él las reglas admirables de la modestia que dejó a sus hijos, como si las copiara de lo que veía en Nuestro Señor. Su ideal en este punto es, que no se miren las escenas que se contemplan como cosas lejanas y de tiempos pasados, sino como actuales y vivientes y en las que el ejercitante toma parte amorosamente. En la contemplación del Nacimiento expone este su pensamiento con las siguientes palabras: Me figuraré ser yo “un pobrecito y esclavito indigno, mirándolos, contemplándolos, y sirviéndolos en sus necesidades, como si presente me hallase, con todo acatamiento y reverencia posible” [114].

A las veces la imaginación plástica no es tan viva, y lo es más la auditiva, que hace el oficio de oído interno a cuyo cargo corre el segundo punto de las contemplaciones históricas, que consiste en oír lo que hablan las personas que intervienen en el misterio.

Esta imaginación no debe limitarse a reproducir las palabras que pronuncian, sino que en cierto modo debe crear lo que según las circunstancias debieron hablar. Así lo hace San Ignacio tratando del inefable misterio de la Encarnación, quien después de recordar el coloquio habido entre el ángel y nuestra Señora, quiere que oigamos también las turbulentas conversaciones de los hombres en todo el mundo y hasta las voces del decreto altísimo de la Santísima Trinidad por el que se determina la redención del linaje humano [107].

Y aún no se satisface con todo esto San Ignacio; quiere más. Quiere poner en movimiento los sentidos internos del alma, quiere acostumbrarlos a vivir las cosas espirituales y hacerles gozar plenamente de los deleites íntimos del espíritu, en pureza y elevación muy superiores a los de los sentidos externos; para lograr su intento, crea expresamente un ejercicio propio de ellos, llamado por él, aplicación de sentidos, y es como sigue: ocupado el ejercitante durante el día en contemplar uno o dos misterios de la vida de Nuestro Señor, a la caída de la tarde lo regala San Ignacio con un entretenimiento lleno de fruición, concediéndole una hora entera para que aplique los sentidos interiores a saborear las dulcedumbres escondidas en Jesús y en María y aun las escondidas en la misma divinidad. Copiemos las palabras mismas del Santo: “Oler y gustar con el olfato y con el gusto la infinita suavidad y dulzura de la Divinidad, del ánima y de sus virtudes y de todo, según fuere la persona que se contempla” [124]. “Tocar con el tacto así como abrazar y besar los lugares donde las tales personas pisan y se asientan” [125].

Después de lo dicho, a nadie maravillará que el sentimiento interno intervenga en los Ejercicios de San Ignacio tan a menudo y con tanta intensidad. El Santo jamás se da por satisfecho con que el entendimiento conozca las verdades y la voluntad las ame: quiere que causen en el alma un sentimiento íntimo, parecido, en cuanto es posible, a los instintos naturales. Fijémonos en la expresión tan significativa del tercer ejercicio de la primera semana: “que sienta interno conocimiento de mis pecados y aborrecimiento dellos” [63]; sentir interno conocimiento, es lo mismo que llegar a un conocimiento tan hondo, que se confunda con el sentimiento. El mismo sentido tiene la frase siguiente: “que sienta el desorden de mis operaciones” [63]; al entendimiento toca advertir el desorden, pero Ignacio quiere algo más; pide “conocimiento interno del Señor que por mí se ha hecho hombre” [104], es decir un conocimiento tal, que sea algo así como la vida misma de Jesús vivida y sentida por mí. Sabía muy bien San Ignacio, que el sentimiento que llega a fundirse en uno con una gran verdad y una gran voluntad, es del todo irresistible.

Pero las facultades a que da San Ignacio mayor importancia y las que quiere que de manera especial ponga en acción el Ejercitante son las espirituales, memoria, entendimiento y voluntad. Al primer ejercicio de la primera semana lo llama él “meditación con las tres potencias” [45] y este modo de meditar ha venido a ser un sistema antonomásticamente ignaciano; pero sería exagerar las cosas y aun pecar de ignorancia, entender con ese apelativo, que ese sistema de oración enseñado por San Ignacio sea el único o principal y más frecuente. Lo innegable es que la intensa y ordenada actividad a que somete el Santo a las tres principales facultades del alma, da a los Ejercicios el

carácter de fuertemente psicológicos y eficaces.

Por la memoria al entendimiento y por éste a la voluntad. He ahí el engranaje insubstituible de todo sistema racional y bien fundado y el camino invariable que han seguido los grandes hombres que han dado cima a las gestas gloriosas de la historia humana. Los sistemas impresionistas, los de estallidos y brillo intermitente, los de libre vuelo, sólo producen espíritus entecos, sin consistencia y superficiales; jamás caracteres de temple y fortaleza probada, cual los necesita la santidad.

Ignacio fué un carácter extraordinario y su libro es un forjador de caracteres; el uno y el otro lo deben al ejercicio ordenado y racional de las facultades anímicas así en las cosas naturales como en las sobrenaturales. La ascética cristiana, más que ningún otro sistema de formación necesita poseer una racionabilidad muy fuerte para huir de los dos escollos que la cercan; a saber, un empirismo ciego y casi del todo materialista, y un sentimiento soñador y delicuescente. La ascética ignaciana los ha superado, gracias sobre todo a esta cualidad, tal vez la más característica de los Ejercicios.

La memoria está regulada por la fidelidad absoluta que se debe a la historia [2], y se mueve obediente siempre al mandato de la voluntad que le ordena recordar tan sólo lo que conviene al fin de la meditación [50].

El entendimiento ejercita continuamente cuatro actos peculiares suyos. El primero es discurrir; o sea deducir de verdades ya conocidas otras que piden y necesitan mayor claridad, siendo esto más necesario en la meditación de materias morales o espirituales que no impresionan los sentidos [50-53].

El segundo acto del entendimiento es ver, intuir y contemplar de manera muy semejante a la visión sensitiva; lo cual tiene lugar de una manera particular en las realidades históricas o en las verdades que se presentan llenas de luz, ya por ser de evidencia inmediata, ya debido a la fuerza de una demostración bien comprendida. Todas las contemplaciones de la segunda, tercera y cuarta semanas, y la aplicación espiritual de sentidos, particularmente del de la vista, son actos de visión, de intuición y contemplación, mucho más reposados y mucho más profundos que los de la meditación.

El tercer acto es considerar; es decir, advertir, parar mientes, ponderar y gustar tantas cosas como de ordinario vemos, sin darnos cuenta de ello. Son numerosos los lugares de los Ejercicios donde San Ignacio prácticamente inculca aquella máxima de Balmes, de que la sabiduría está más que en el saber, en advertir y caer en la cuenta de lo que sabemos.

Por último, el cuarto acto del entendimiento es reflectir, o sea aplicarse uno a sí mismo las verdades meditadas o contempladas. Esta operación interna del entendimiento, la repite San Ignacio en los diferentes puntos de un mismo ejercicio de forma casi pesada y fastidiosa [106-108-122-125], pero ello es debido a que la introspección es su acto característico y al que se ordenan todos los demás. Al final del presente capitulo hablaremos con más detención de este acto importantísimo.

Hay veces que en una misma frase, junta el Santo dos y aun tres de estos actos de entendimiento; consideración y contemplación [4], ver y considerar [106], mirar, advertir y contemplar [115], meditar y contemplar [122]. Lo cual prueba, que el entendimiento entra en ejercicio bajo todas las formas y con la mayor intensidad. Pero sabido es, que entre todas las facultades espirituales, la más ejercitada por San Ignacio y la que en todo lleva la dirección, es la voluntad.

Proponerse el, hombre la consecución de un fin elevado y difícil, elegir los medios para alcanzarlo y ponerlos en ejecución sin regateos ni desfallecimientos; darse perfecta cuenta de los obstáculos que cierran el paso y encararse resueltamente con ellos y luchar hasta dominarlos; elegir una estrategia ofensiva y el sistema que el Santo llama “hacer el oppósito per diametrum” [325]; he aquí un hecho, fruto él del imperio de la voluntad. A cada meditación precede siempre un preámbulo en el que San Ignacio se propone a sí mismo y pide a Dios “lo que quiere” sacar de ella [48]; y acaba ésta con un coloquio o coloquios en los que se busca encender por todos los medios el afecto, y se multiplican las preces y la intercesión con el intento de confirmar más y más la voluntad. La preferencia la tiene siempre la gracia de Dios con la que se debe contar ante todo y que San Ignacio nos manda pedir con insistencia; pero supuesta ella, la santidad es un problema de voluntad, y ningún sistema ascético tiene este carácter tan marcadamente como los Ejercicios ignacianos.