Materials and Methods
2.11. Classical genetic mapping
sustitución de la personalidad. La locura se llamó "mal sagrado”.
Al despojarse el hombre de toda relación con Dios, se ha quedado en mero proyecto de ser; a esto se le llama "existencia”. En Heidegger y aun más extremadamente, apurando la situación, en Sartre, la nada es la total soledad.
Y la cuestión que se presenta es si el hombre puede, en verdad, estar entera, absolutamente, solo. A su lado, va “el otro”, el otro sombra de sí mismo, como Unamuno alumbrara en esa su tragedia —una de las raras tragedias modernas logradas— El otro. ¿Quién es “el otro”? El hermano invisible, o per dido, aquél que me haría ser de veras si compar tiera su existir conmigo; si nos integráramos en un ser único, a quien ya no le podría ser dirigida la pregunta terrible: “¿Qué has hecho de tu herma no?” Los otros que constituyen el infierno en la tragedia de Sartre; en ambos casos, el alguien irreductible y enigmático, réplica y espejo de nues tro enigma. La resistencia no de nada, sino de lo más lejos de la nada, que no es el algo, sino el
alguien. El alguien que se es, y que halla en el otro
espejo y resistencia, siente la ausencia del Alguien, sin más. Estar solo es estarlo de ese alguien, dibu jado por la ausencia, por el hueco.
Más allá de “el otro” se extiende el desierto de la ausencia de un alguien. A esa ausencia, hueoo sin límites, llama el hombre de hoy: la nada. La nada; el silencio en que se hunde su palabra, todas las palabras de todos los unos y los otros, fundidas, deshechas en rumor; la inanidad de toda acción. Y de esa inanidad del presente surge como rea lidad única, no perecedera en el seno de la nada, lo que pareció siempre la imagen de lo perecede ro: el pasado, la historia. Menos que nunca tendría hoy sentido entonar la elegía del pasado, las lamen
taciones del olvido. Lo amenazado por el olvido sale a flote en la memoria más despierta y minu ciosa que nunca hayamos conocido; el pasado en todas sus formas, el inmediato y aquellos tiempos remotos que las épocas de madurez ni sospechaban, son el pasto de la atención del hombre de hoy, como si en ellos encontrase una resistencia a la nada. Recordar, historiar, que viene a ser un con trario olvido.
Parece como si el hombre de hoy librase con la nada un cuerpo a cuerpo, como si hubiera inti mado con ella más que hombre alguno. La nada ha perdido su carácter de postrimería.
Aunque nunca fue en el mundo creyente en lo divino una postrimería; entre ella y la vida pre sente se alzaba la eternidad del infierno y del pa raíso. Y, así, el derrumbe de la eternidad la ha hecho aparecer como algo inmediato, que circun da al ser humano, al hombre, sin más.
Y en ella hay algo del infierno y del paraíso, un paraíso instantáneo que se hunde y hace aparecer el infierno. Y hay más todavía de la eternidad, pues mientras se siente es eterna. Porque es como un éxtasis de lo negativo donde el tiempo tam bién se hunde. La amenaza de la nada es absorber el tiempo, reducirlo a simple pasar que pesa. Y, así, el hombre se prende al menudo episodio, al acontecimiento, sin más, y hasta se siente salvado cuando puede establecer un “hecho”. Hechos, cosas, cantidades, son las defensas que inconscientemente levanta el hombre frente a ese vacío que su sentir le acusa. Y existe la “puritana” forma de reacción, la que construye la conciencia frente al sentir ori ginario, perdiéndose en un laberinto de deberes. Es la forma más refinada de reacción, pues entre la defensa que se parapeta en los hechos y los deberes de la conciencia están los ‘‘quehaceres’’, el hacer que puede llegar hasta la obra de arte. La obra de
arte que no arrastra consigo la nada de donde toda creación ha de salir —ese silencio del alma que precede a toda obra— sino esa inanidad de su suer te; el haber nacido sin necesidad, el no ir dirigida a nadie; el no ser, ni poder ser ofrecida.
Los productos de la activa época que pasamos, tan entregada a la más vertiginosa actividad, lle van el sello de no poder ser por nadie consumidos, como frutos de inanición. Esa inanición, ese ham bre que azota nuestro mundo, productor como nunca de cosas, de obras de arte, de alimentos.
El que todo ocurra como si no ocurriera; que la palabra se borre sin haberse hecho carne, ali mento del alma. El que todo se le haga nada al hombre de hoy, crea o no en ella; el que se vea a ella sometido, sin ser ella su fe, hace de ella una espede de dios adverso, como si fuera lentamente ocupando el lugar reservado al demonio en los siglos de plenitud de la creencia cristiana. Y anti cipa el infierno, con su minuto de gloria en re beldía, de la que se precipita quien la goza.
Porque la nada no puede hacerse en la vida humana, ni en la conciencia, ni en el alma y menos aún en las entrañas, donde el gemido subsiste eterno, e pur si muove, frente a todo decreto de la condencia. La nada es la sombra de la concienda enteramente desasida de cosa alguna y de aquello que la sostiene; su trasfondo. El pretender v í v í p
sólo desde la conciencia ha hecho aparecer su vacío, cuando se desprende y al par se cierra. Pues el vivir según la conciencia aniquila la vida, los motivos reales, las cosas tal y como son vividas. La condencia ha ido diciendo al hombre “inconscien temente”: “No, no es nada”. Y todo, cualquier con tenido de una fe, aun inmediata, se ha ido redu ciendo a nada.
Inversamente, las cosas que no son nada, son algo cuando se las padece. Hasta el vacío, hasta
la ausencia cobra carácter positivo y se semeja a la presencia hasta convertirse en su promesa. El hueco del ser despertó en la mente griega la idea del ser, el vacío de las cosas y el de los dioses. Frente a los dioses de Grecia más que nunca el hombre podía haber sentido la nada, si el sentir de la nada pro viniese de afuera.
Y es de adentro de donde brota, de lo más hondo del interior del hombre, de su infierno irre ductible, la nada. Brota incesantemente en un fluir manso e implacable porque une sin fundirlos a los contrarios. Cede y es implacable; es la negación del ser y para quien se deje fascinar por ella, acaba siendo todo el ser en la aniquilación.
La armonía de los contrarios es la unidad en plenitud, el todo donde la nada aísla a cada con trario del otro, dejándolo suelto, sin referencia. Y así después de haberse comenzado viendo en ella algo, este algo se transforma en su contrario; mas siempre negativamente. Sustrae de cada contrario su positividad y lo mantiene en lo que tiene de ne gativo. Por eso vivimos tiempos de “and”, en que sólo prospera y crece lo que se yergue negando otra cosa y en tanto que la niega.
La armonía de los contrarios son las nupcias en que no sólo se manifiesta lo que de positivo tenía cada contrario, sino en que surge algo nuevo no habido; la armonía es más rica que la previa disonancia. No sustrae, sino que añade algo im previsible; es el milagro incesante de la vida que ha hecho soñar, anhelar un milagro total. El arte ha seguido la llamada de esta nostalgia que el cum plimiento de la armonía no buscada nacía sentir al hombre. Mientras que, desde hace tiempo, el arte corre fascinado —en lo más representativo— por la disonancia sin solución, por los contrarios que muestran, de una parte, su irrecluctibilidad, y la negación, imprevisible también, que adviene de su
tenaz disonancia. £1 milagro de la armonía tiene su equivalente en la negación imprevista, en el vacío que crece diabólicamente en la disonancia irreduc tible. Es otra forma de “actuación” de la nada
En todo movimiento creador —y la armonía de los contrarios es a lo menos el instante necesario que produce algunos de ellos— el engendrar tiene la positividad de lo negativo; de lo negativo surgió algo positivo. En la disonancia irremediable dentro de la nada, se produce lo contrario: lo negativo surge positivamente; es la positividad de lo ne gativo.
Así, se hace ostensible, por ejemplo, en la música atonal, en la pintura de ciertas épocas de Picasso. Es la aventura del arte moderno.
Y todo parece indicar que al destruir el hombre toda resistencia en su mente, en su alma, la nada se le revela, no en calidad de contrario del ser, de sombra del ser, sino como algo sin límites dotado de actividad y que siendo la negación de todo apa rece positivamente. Algo indeterminado, ambiguo, amenazador, y que al ser nombrado parece ceder. Pues sucede al contrario de como piensan quienes no la han sentido. La nada es de ese género de “cosas” que al ser nombradas producen un alivio como sucedió con los dioses demoniacos, devorado- res insaciables del hombre; su solo nombre y su figura, por espantable que fuese, eran mejor que el no conocerlos. La naaa se comporta como lo sa grado en el origen de nuestra historia.
El fondo sagrado de donde el hombre se fuera despertando lentamente como del sueño inicial re aparece ahora en la nada. El vivir desde la con ciencia hizo el vacío en torno al hombre, fue reduciéndolo todo a ideas sostenidas en la duda.'2