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Classification results for dataset IVb

CROSS-CORRELATION BASED LOGISTIC REGRESSION METHOD FOR CLASSIFICATION OF MI TASKS

5.4 Results and Discussions

5.4.2 Classification results for dataset IVb

En este punto se pretende desarrollar con mayor precisión los efectos diferenciados que tiene la guerra en la vida de las mujeres, aunque se hacen unas apreciaciones generales sobre los niveles de afectación que produce en sus cuerpos y en sus vidas el conflicto, se aborda de manera particular las modalidades y las consecuencias producidas por la violencia paramilitar, al ser el actor armado que generó los niveles más altos de victimización en las comunidades donde hace presencia el Comité Cívico del Sur de Bolívar (CCSB).

Tal como lo relata el informe del CIDH del año 2006,

hombres y mujeres sufren violaciones de sus derechos humanos y cargan con las consecuencias del conflicto, pero los efectos son diferentes para cada uno. La fuente de esta diferencia es que las mujeres colombianas han sufrido situaciones de discriminación y violencia por el hecho de ser mujeres desde su nacimiento y el conflicto armado se suma a esta historia ya vivida. Para las mujeres, el conflicto armado es un elemento que agrava y perpetúa esta historia. (p.16)

Es decir, las características que han hecho históricamente vulnerables a las mujeres tales como sus diferencias corporales, su capacidad reproductiva, su situación civil, política, económica y social, son aprovechadas y explotadas por los actores del conflicto armado en su lucha por el control de territorios y recursos (CIDH, 2006).

“En Colombia, al igual que en países como Perú y Guatemala que han vivido conflictos armados en las últimas décadas, la violencia sexual ha sido una constante durante todo el transcurso de la confrontación armada” (Sisma Mujer, 2009, p.30). Esto se debe principalmente a que los actos de violencia sexual obedecen a una estrategia de guerra cuyo objetivo “es humillar, aterrorizar y lesionar al <enemigo>, ya sea el núcleo familiar o la comunidad a la que pertenece la víctima” (CIDH, 2006, p.18).

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Esta violencia sexual y de género ejercida en Colombia, principalmente por los grupos paramilitares,

no ha sido homogénea y ha adquirido diversos matices; obedeciendo principalmente a las diversas configuraciones que tomó el proyecto paramilitar en regiones y momentos determinados y de las diferentes relaciones que ostentaron dichos grupos con un territorio específico y su población femenina. Esto hace que la violencia sexual ejercida por estos tenga variaciones regionales y temporales, y que los paramilitares adapten sus repertorios de guerra según las oportunidades que encuentren en el uso del cuerpo femenino como escenario de guerra. (Sisma Mujer, 2009, p.30)

Es decir, los grupos paramilitares generaron mecanismos, estrategias y lógicas diferentes de violencia sexual según “fuese un territorio que se quería recuperar por comprometer real o presuntamente una alta presencia guerrillera; una región en la cual se ejercía un dominio consolidado; un territorio del cual se buscaba captar rentas que contribuyeran al financiamiento del aparataje armado y la disputa por corredores geográficos” (Sisma Mujer, 2009, p.31). Todo estos tipos de violencia sexual y de género se materializaron y adquirieron distintas formas que en general tienen como objetivo generar daños físicos, sicológicos y sexuales; profundizando la lógica de que el cuerpo de las mujeres es parte del botín de guerra.

Dentro de los tipos de violencia sexual y en los que en general coinciden la CIDH, Sisma Mujer y otras organizaciones para la defensa de los derechos humanos de las mujeres, son:

La violencia de género y la violencia sexual para imponer el control social; fue una estrategia utilizada principalmente en territorios donde se sospechaba de presencia guerrillera o en territorios donde los paramilitares ejercieron su dominio pleno; ya que como lo sostiene Sisma Mujer (2013) en su Informe Colombia: Mujeres, Violencia Sexual en el Conflicto y Proceso de Paz”. “El uso de la violencia sexual para imponer control social y territorial sobre las actividades cotidianas de las mujeres no suele ser una estrategia utilizada por los grupos guerrilleros, pero sí ampliamente por los grupos paramilitares, incluyendo las bacrim” (p.3).

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Las violaciones entonces, se “constituyeron como un método represivo y un mecanismo de terror de largo alcance” (Sisma Mujer, 2009, p.51) y de castigo. Su objetivo principal “no se agotó únicamente en la apropiación del cuerpo de una mujer y la vulneración de su integridad sexual, sino que para lograr una eficiencia en la difusión e implantación del terror era imprescindible dejar huellas de tortura extrema en los cuerpos femeninos” (Sisma Mujer, 2009, p.55).

Este tipo de violencia fue ejercida con la finalidad de subordinar y desarticular a la población y sus redes sociales, puesto que a través de este mecanismo se intimidó a la población como estrategia de guerra (Sisma Mujer, 2009).

Por otro lado, la violencia en razón al género adquirió uno de sus puntos más altos al imponer pautas de control social a las comunidades, especialmente a las mujeres; manifestadas a través de códigos de conducta que transforman el estilo de vida de las comunidades, reguladas constantemente por castigos que pueden llegar al asesinato, tortura o tratos crueles y degradantes (CIDH, 2006). “Es así como en este contexto, los actores del conflicto vigilan regularmente el comportamiento y la vestimenta de las mujeres y de las adolescentes y se emplea la violación sexual como castigo y ejemplo en advertencia general a la población femenina dentro de la comunidad bajo control” (CIDH, 2006, p.37). “Entre las consecuencias más notorias para las mujeres y que perduran a largo plazo, es que estas formas de control fomentan estereotipos de género arraigados culturalmente y reafirman valores conservadores” (CIDH, 2006, p.38) que promueven la desigualdad entre hombres y mujeres.

Violencia sexual y esclavitud sexual: Este tipo de violencia se vio materializado principalmente en zonas donde los paramilitares ejercieron dominio y control y en territorios destinados a captar rentas y recursos (zonas de extracción minera o de cultivos ilícitos).

En estos casos muchas niñas y mujeres jóvenes han sido sustraídas de sus familias, mediante la seducción o la fuerza y posteriormente sometidas a la

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prostitución controlada. Esto a través de empresas controladas por los mismos paramilitares y que a su vez tienen vínculos en una compleja red de crimen organizado (Sisma Mujer, 2013).

En muchas ocasiones muchas mujeres y niñas después de haber sido reclutadas como esclavas sexuales, en vez de verse obligadas a ejercer la prostitución, fueron asesinadas, en algunos casos decapitadas y sus restos desechados en lugares remotos o ríos (Sisma Mujer, 2013).

En el caso particular de Monterrey, tal como lo relata una de las mujeres de la comunidad, los paramilitares llevaban prostitutas y esclavas sexuales de San Pablo o lugares aledaños, para realizar servicios sexuales los sábados y las regresaban el lunes, no sin antes realizar ellos mismos exámenes para verificar si tenían algún tipo de enfermedad, la mujer que resultara enferma era asesinada al igual que la que se escapara y fuera encontrada después del lunes.

Violencia sexual dentro de las operaciones armadas: Este tipo de violencia se generó principalmente en las tomas armadas a poblaciones y territorios como mecanismo de control y para infundir miedo.

Siguiendo con lo anterior el objetivo principal de estos actos se centró en generar terror en la población, debido primordialmente a su alta visibilidad: la desnudez del cuerpo femenino, la ocurrencia colectiva, la combinación con otras formas de violencia sexual como mutilaciones, desnudez forzada, y requisas en los genitales de las mujeres, situaciones en general caracterizadas por una crueldad extrema (Sisma Mujer, 2009) y que generan fuertes impactos en la estructura social de la comunidad.

Esto, debido a “que la violencia sexual contra la mujer, en las confrontaciones armadas, tiene como objeto enrostrar la victoria a los hombres del otro bando que no han sabido proteger a sus mujeres. Es un mensaje de castración y mutilación al mismo tiempo. Es una batalla entre hombres que se libra en los cuerpos de las mujeres” (CIDH, 2006, p.19).

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Sumado a lo anterior, un agravante de los impactos devastadores que tiene la violencia sexual en las mujeres es el estigma social al que son asociadas, promovido sobre todo por actitudes que se han arraigado a través de un sistema patriarcal y machista; que resultan en el silencio de la víctima respecto al crimen (Sisma Mujer, 2013), dando origen a un alto subregistro del tema en donde las estadísticas oficiales disponibles no dan cuenta de su gran magnitud (CIDH,2006).

Además de las cuestiones anteriormente planteadas, también es importante considerar el desplazamiento forzado como una de las problemáticas que padecen las mujeres en el marco del conflicto armado, cuyas consecuencias particulares en razón al género no se consideran con suficiente cuidado.

Esta problemática es realmente preocupante en la medida en que “las mujeres constituyen aproximadamente la mitad de la población desplazada. Asimismo, el Gobierno ha reconocido que cuatro de diez familias en situación de desplazamiento poseen jefatura femenina” (CIDH, 2006, p.26).

La CIDH (2006) es bastante clara al establecer que,

entre las consecuencias más palpables para las mujeres víctimas de desplazamiento se encuentran el cambio en la dinámica de los roles familiares y conyugales y responsabilidades debido a la muerte o pérdida del esposo o compañero, el trauma físico y psicológico producido por hechos de violencia y las amenazas padecidas, las necesidad de adaptarse social y económicamente a una nueva comunidad y el posible rechazo de ésta. (p.29)

Esto como consecuencia de la necesidad imperiosa de satisfacer las necesidades básicas de su núcleo familiar y sobrevivir.

Las apreciaciones anteriormente planteadas no solo tienen como objeto dar cuenta de las inequidades y exclusiones que han vivido las mujeres de nuestro país, especialmente las mujeres que pertenecen al entorno de nuestro estudio de caso, sino también generar un panorama que permita comprender como el mismo conflicto ha exacerbado imaginarios de género profundamente machistas, evidenciados en la cosificación de las mujeres como botín de guerra y en la degradación profunda que sufrieron en razón a su género.

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Esto es importante tenerlo en cuenta, en la medida en que ayuda a entender todas las situaciones complejas que han tenido que soportar las mujeres de estos cinco corregimientos de Simití, como personas y como comunidad, y lo que esto ha representado a la hora de empoderarse.