4. Habitat classification with supervised learning
4.2. Classification taxonomy definitions, study areas, and data
Lo que el Jesús, supuestamente histórico, pueda haber predicado -si es que predicó algo- y cuántas de las sentencias bíblicas acerca de los ri- cos y de los pobres provienen de él mismo, es algo que ni sabemos, ni podemos conjeturar con cierto margen de seguridad.
Lo que sí sabemos es que los discursos anticapitalistas de los sinópti- cos, los del Jesús de Lucas en especial, están inmersos en la tradición de la literatura profética y esenia. Sabemos que ese Jesús bíblico vive en la más completa pobreza; que no tiene ni donde reposar su cabeza; que se presenta como desposeído entre los desposeídos, como amigo de los mar- ginados, de los desheredados, de los pecadores. Juzga de la riqueza de forma diametralmente opuesta a la del judaismo oficial de su época. No la ensalza nunca ni en ningún lugar. Al contrario. Son reiteradas sus in- vectivas contra el «mammón injusto», contra la «riqueza engañosa». El evangelio de Lucas pone en sus labios una lamentación múltiple acerca de los ricos. Y en el Magníficat se profetiza una época en la que Dios «derriba a los potentados de sus tronos y ensalza a los humildes. Llena de bienes a los hambrientos y a los ricos los despide con las manos vacías», Jesús exige renunciar a toda propiedad: «Vended vuestras posesiones y dadlas a los pobres». «Ninguno de entre vosotros puede ser mi discípulo si no renuncia a cuanto posee.» Llama loco a quien se jacta de sus tesoros; es más fácil, predica, que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico al reino de los cielos.31
Todo ello es inequívoco. Pese a ello los teólogos de hoy en día -en dependencia de su actitud doctrinal, de su carácter, o falta de carácter- lo interpretan de modo más o menos radical; habitualmente de la manera más laxa posible.
Sin embargo, y ya desde un principio, había círculos cristianos que rechazaban el derecho a la propiedad remitiéndose para ello a la predica- ción de Jesús. No es casual que en la comunidad primitiva, aquella sobre la que su doctrina acerca del dinero y la propiedad y su forma de convivir con sus discípulos debía tener las repercusiones más directas, se practica- se una especie de comunismo religioso, denominado también «comunis- mo del amor», una especie de comunidad de bienes. Presumiblemente no todos lo entregaban todo; muchos, posiblemente, sólo una parte de sus
bienes. Había, en todo caso, una caja común y cada cual recibía según sus necesidades. A la vista del inminente fin de los tiempos, la preocupa- ción por la propiedad se había convertido de por sí en algo inesencial. El libro de los Hechos de los Apóstoles idealiza, de seguro, las cosas aunque sólo sea por no quedar atrás respecto a las comunas, más antiguas, de grie- gos y judíos: «La muchedumbre de los que habían creído tenía un cora- zón y un alma sola, y ninguno tenía por propia cosa alguna, antes todo lo tenían en común [...]. No había entre ellos indigentes, pues cuantos eran dueños de haciendas o casas las vendían y llevaban el precio de lo vendi- do, y lo depositaban al pie de los apóstoles y a cada uno se le repartía se- gún su necesidad».32
Por lo demás abundan en el Nuevo Testamento otros elementos so- cialrevolucionarios de índole muy diversa y se exige la más radical re- nuncia a las necesidades con palabras como estas: «Si tenemos el vestido y el alimento, bástenos con eso. Pues quienes quieren ser ricos caen en los lazos de la tentación, dan en placeres insensatos y nocivos, que abis- man a los hombres en la perversidad y condenación. El dinero es, en ver- dad, la raíz de todos los males». O bien se lanza este clamor: «¿Acaso no son justamente los ricos quienes os tratan violentamente y quienes os lle- van ante los tribunales?» La carta de Santiago les amenaza furibunda- mente con el juicio final. «Vuestra riqueza está podrida; vuestros vesti- dos consumidos por la polilla; vuestro oro y vuestra plata, comidos del orín y el orín será testigo contra vosotros y roerá vuestras carnes como fuego [...]. Habéis vivido en delicias sobre la tierra y, entregados a los placeres, habéis engordado para el día de la matanza» La historia entera, opina Selín, «apenas si conoce un arrebato más feroz» que esta «exulta- ción, plena de odio, de la carta de Santiago, exultación por la segura ruina de los potentados en el próximo día de la matanza».33
En todo caso ningún otro factor contribuyó como éste a asegurar el éxito de la misión cristiana: el pathos social del evangelio, que la Iglesia traicionaría después para siempre. El grueso de las comunidades, su es- trato básico, vivía en la indigencia, y hasta finales del siglo ll se compo- nía de pobres, esclavos en su mayoría, permanentemente atenazados por las tribulaciones, la penuria, las levas forzosas y las revueltas militares. También por las guerras civiles y las incursiones de los bárbaros; por ham- brunas, pestilencia, proscripciones y saqueos. Muchísimos de entre ellos se vieron desheredados, desarraigados, llevados al borde de la ruina o a la ruina misma. Se convirtieron en colonos, en vagabundos y no pocas veces en salteadores (latrones), de quienes informan frecuentemente las fuentes de los siglos u y ni. Tal fue el sustrato en el que germinó la semi- lla cristiana, la buena nueva de la paz, del amor al prójimo, del «mammón injusto», del rechazo de la riqueza; de los potentados a quienes debían de- rribar de su trono; de los pobres a quienes debían ensalzar. Pero también
las sentencias de los apologetas surtían efecto. Pues estos cristianos no tuvieron el menor reparo en negar, quizá con la mayor sinceridad, hasta lo más obvio; de hacer pasar sus sermones por una práctica efectiva, y de afirmar, por ejemplo, que «[...] si antes estimábamos el dinero contante y la propiedad por encima de todo, ahora lo ponemos todo al servicio de la comunidad y hacemos partícipes a todos los necesitados» (Justino). O de jactarse así: «Somos también hermanos por la comunidad de bienes, mien- tras que entre vosotros estos últimos son los que desgarran los lazos de la fraternidad. Todo lo tenemos en común salvo las mujeres: lo único que vosotros tenéis en común» (Tertuliano). Capaces también de declarar que si entre ellos hay un pobre «y ellos no tienen nada sobrante, entonces ayunan dos y hasta tres días para que el necesitado pueda cubrir su necesi- dad de alimento» (Arístides). Justamente eso, ¿verdad?, eso es lo que hoy observamos entre los cristianos: por eso nadie sufre ni muere de hambre sobre la Tierra. La masa de los pobres, de los oprimidos, anhelaba un mun- do nuevo y mejor en el que el rico se tostaría en las llamas y el pobre go- zaría de placeres paradisíacos, justamente lo que prometía el cristianismo. Éste creció en medio de un mundo de creciente depauperación y extrajo ventajas de ello: y de forma perpetua y generalizada ha extraído y sigue extrayendo ventajas de la miseria. «Allá donde el mundo se desangra por mil heridas, allá suena la hora de la Iglesia católica» (cardenal Faulhaber).34
Sólo los círculos heréticos y los estigmatizados como tal, si dejamos aparte los monjes, hicieron realmente un deber de la carencia de bienes.
Los ebionitas, «los pobres», sucesores de la comunidad original, hacían remontar su pobreza práctica a los apóstoles. Los gnósticos Carpócrates y su hijo Epifanes, difamados por san Ireneo como mensajeros del dia- blo, exigían la comunidad de bienes. También los apotácticos, los apos- tólicos de los siglos u y m, que querían seguir en todo las huellas de los apóstoles y se expandieron ampliamente por Asia Menor durante el siglo iv, reprobaban íntegramente la propiedad. (A quienes abjuraban durante las persecuciones, no volvían ya a readmitirlos.) Según los encratitas, el di- nero era algo superfluo y sólo conducía al vicio y la contaminación peca- minosa. Quien lo tenía, debía repartirlo entre los pobres. Maniqueos y pelagianos juzgaban asimismo negativamente el dinero. También Tertu- liano, posteriormente un «hereje», se presenta como mucho más hostil al dinero que los Padres de la Iglesia «ortodoxos» y por cierto por razones puramente religiosas. Su rigor es mayor que el del evangelista Lucas. «Su principio es el del desprecio del dinero, la comtemtio pecuniae» (Bo- gaert). En cambio, mientras que en África y en el siglo m el mismo san Cipriano sigue aún llamando pecado a la riqueza, al igual que Tertu- liano, allí mismo, pero ya en el siglo iv, obispos como Optato de Mileve o Agustín son ya declaradamente conservadores, archirreaccionarios, en lo social.35
Incluso en los albores del siglo v hallamos aún voces cristianas que elevan clamores apasionados lamentando la injusticia social, entre otras el escrito De divitiis, de procedencia italiana, cuyas fogosas proclamas de signo social-comunista están religiosamente motivadas por los manda- mientos y la vida de Jesús, el ejemplo de la comunidad primitiva y las doctrinas de los Padres de la Iglesia. Allí se ataca con vehemencia a la clase de los propietarios y se reprueba la riqueza. La desigualdad domi- nante por doquier se considera resultado de la injusticia humana y no de la voluntad divina, que desearía la igualdad incluso en la posesión de los bienes terrenales.36
Ahora bien, todo ello son (en el mejor de los casos) ensueños deside- rativos, teoría, pura imaginación literaria, en última instancia, frente al que se yergue una realidad enteramente distinta y también, y no es lo úl- timo a tener en cuenta, una predicación cristiana de carácter enteramente opuesto. Pues mientras los unos, de buena o mala fe, con o sin segundas intenciones, sembraban la esperanza entre las masas, atrayendo y tutelan- do a los explotados, otras o, con harta frecuencia, las mismas personas, se entendían también con los explotadores. De ahí que en un mismo digna- tario eclesiástico -y toda precaución será poca a ese respecto- hallemos los pareceres más diversos, más opuestos entre sí, de los que, según inte- rese en cada caso, se puede sacar el provecho deseado. En efecto, no po- cos «Padres» abogaban sin más por el «omnia ómnibus communia» (todo es común para todos), pero sólo muy de vez en cuando, inconsecuente- mente y sólo cuando la ocasión les parecía oportuno. Si resultaba útil predicar lo contrario, lo predicaban también sin más. Practicaban el en- gaño con las consabidas fintas, con la doble moral de que tanto gustaban: ¡la que siempre han practicado desde entonces! A la vez que criticaban a los círculos de los poderosos y abrían en principio la perspectiva de una reconfíguración del orden social, glorificaban en cambio, sin considera- ción alguna a la vista de una miseria generalizada, la propiedad y apoya- ban el sistema económico capitalista, sistema que ellos mismos adoptaron y con el que prosperaron hasta hoy. Ésta es la situación real aunque la en- mascaren gustosamente. Eso si no la tergiversan en su totalidad como cuando afirman: «También la Iglesia, en cuanto corporación, tomó con- tacto con la riqueza. Las cargas que tenía que soportar eran cada vez más pesadas y tuvo que procurarse fuentes de ingresos» (Rapp).
Pero no es que la Iglesia tuviese que hacerse rica a causa de sus cre- cientes cargas, sino que al hacerse más rica, al aumentar su aparato admi- nistrativo, sus pretensiones y sus ansias de poder; al actuar simultáneamen- te como si fuese la «Iglesia de los pobres» -lo que le resultaba forzoso para conducir y mantener bajo sí a las masas- se fingía caritativa, evan- gélica, tenía que fingirlo así, y por cierto en tanta mayor medida cuanto menos lo era en realidad: al igual que hoy exhibe su compromiso social,
evangélico, su «caritas» aunque (¡y precisamente porque!) ello le reporta gigantescas ganancias. Las auténticas prestaciones caritativas, que real- mente se daban acá o allá en la Iglesia antigua, fueron posibles gracias a su prosperidad económica y no, desde luego, a la inversa. Toda esa pala- brería acerca de las siempre crecientes cargas que justificarían su riqueza se desmonta ante el hecho de que en la Iglesia antigua, tal y como suena ¡un solo obispo obtenía tanto como la totalidad de sus pobres!, ¡un solo obispo tenía tantos ingresos como todos los clérigos de su diócesis! Nota bene: dentro de la más completa legalidad, pues gracias a la ilegalidad la situación de algunos metropolitanos era todavía mucho más favorable.37
Hacía ya mucho tiempo que esta Iglesia había traicionado el milena- rismo, una especie de utopía social consistente en la vehemente espera de una felicidad puramente terrenal, una concepción de la fe que ejerció una enorme fuerza sugestiva, y no sólo sobre las masas, sino también sobre al- gunos obispos y Padres de la Iglesia en el cristianismo primitivo. Una uto- pía que favoreció la actividad misionera de un modo que apenas si cabe exagerar. Hacía mucho tiempo que esa Iglesia, ya rica y poderosa, había difamado ese milenarismo: como concepto judaico, camal, como «opi- nión particular», «malentendido», «extraviado y quimérico» hasta el pun- to de que llegó a falsificar la literatura milenarista para, finalmente, ha- cerla desaparecer casi por completo. Hacía ya mucho tiempo que «profe- tas», «inspirados» y sacerdotes hambrientos de poder tenían interés en la conversión de los pudientes. Hacía ya mucho tiempo que muchos autores cristianos se habían acomodado a la nueva situación, si no es que, al igual que Pablo, tendían ya a ella desde el principio. Pues en el mismo Nuevo Testamento hay ya presente una tendencia diametralmente opues- ta y manifestaciones favorables al dinero y a la propiedad. En él leemos acerca de la preferencia por los creyentes ricos respecto a los pobres en los oficios divinos y de comunidades que se ufanan así: «Soy rico, sí, me he hecho rico y no me falta de nada». Leemos de discordias, disputas, en- frentamientos. «Matáis -se dice- y envidiáis sin que, no obstante, se cumplan vuestros deseos [...].»38