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4. Habitat classification with supervised learning

5.3. Experimental setup

5.4.2. Transferability to Lago Salso study area

Gregorio de Nacianzo, hijo de un obispo, censura ciertamente la ga- nancia injusta, fustiga a quienes especulan con el trigo o a los mercaderes que usan dos pesos o dos medidas. Reprueba que se atesore el dinero por amor al dinero y que el corazón se apegue a él. El sabe por otra parte, sin embargo, que Dios bendice a los píos con abundancia de bienes. Siendo él mismo muy acaudalado, Gregorio ve en la riqueza un don de Dios. La ri- queza permite al hombre la independencia material y la ayuda a los ne- cesitados. Desde luego, este santo acomodado no exige ninguna cuota determinada para distribuir entre los pobres en merma del propio matri- monio. Es más, ni siquiera muestra gran insistencia en la distribución de limosnas. «Al menesteroso, dale sólo un poco -dice interpretando el evan- gelio a su manera-, pues ello no será poco para quien padece la necesi- dad.» En determinados casos, ya basta con la «buena voluntad». Además, quien está acostumbrado a la desgracia -otra ventaja y, nada desdeñable, de los pobres- no necesita tanta ayuda como aquel que ya fue pudiente y después cayó en la penuria. De ahí que Gregorio exhorte a hacer diferen- cias en la caridad y a tratar mejor a los que, debido a una desgracia, a un naufragio, a un asalto o a la inmisericordia de los usureros, pasaron brus- camente de la riqueza a la pobreza. Éstos necesitan más misericordia y más ayuda que los demás pobres. Quien desde su misma cuna está habi- tuado a la miseria, la soporta mejor que el rico que pierde súbitamente su riqueza. De ahí que éste deba tener más prerrogativas. A los pobres, desde luego, les promete el obispo Gregorio «los lugares supremos en el reino de los cielos y no cargos en esta ciudad pequeña e insignificante».68

¡Oh sí, el cielo, la gran dicha de los pobres! En la tierra, en cambio, las cosas son, sin más, como son y Gregorio es también suficientemente realista como para no hacerse ilusiones. «Aunque todos tenemos la mis- ma piel, a unos les está dado mandar; a los otros, ser mandados. A los unos les es dado fijar los impuestos; a los otros, el pagarlos. Los primeros quedan impunes si cometen una injusticia. A los otros sólo les queda el recurso de hacer lo posible para sufrir lo mínimo».69

También el colega de Gregorio, Ambrosio, obispo de Milán y Doctor de la Iglesia, es suficientemente desapasionado como para ver las cosas como son, es decir para practicar la política social de los de su esfera. Aboga virilmente, eso sí, en favor de los pobres, pero cuida de no indispo- nerse con los ricos de cuya parte está aunque sea tan sólo por su alcurnia y posición. Ambrosio ha sido, sin la menor duda, uno de los más consu- mados maniobreros que la Iglesia y el mundo hayan visto jamás.

Por una parte, el popular obispo ataca duramente, en ocasiones, la ri- queza y el dinero. Es más, niega resueltamente que la propiedad privada esté basada en la naturaleza. Ésta «ha producido los alimentos [...]. Todo ello lo ha entregado gratuitamente a todos en común para que tú no te arrogues la propiedad de nada en particular» (hace communia dedil ne tibí aüqua velut propia vindicares). Toda propiedad privada es antinatural y se basa en la arrogancia y la codicia. Según el designio de Dios, la huma- nidad debería vivir en comunidad de bienes y poseer la tierra en común. «La naturaleza creó el derecho de la propiedad común, la usurpación hizo de ello el derecho a la propiedad privada.» Según este «comprome- tido abogado de los pobres y de los oprimidos» (Wacht), la comunidad de bienes responde a las intenciones del creador y la propiedad privada in- compatible con la ley divina y contraria a la naturaleza. «No es tu propie- dad lo que repartes entre los pobres; te limitas a devolverles lo que es suyo. Pues tú has arrebatado para tu particular usufructo lo que fue con- fiado a todos para beneficio de todos. La tierra pertenece a todos y no a los ricos.»

Todo ello suena muy radical, casi revolucionario. Ahora bien, este santo, descendiente de una de las más nobles familias romanas -su padre había sido gobernante de Las Galias-, mantenía él mismo estrechas rela- ciones con los emperadores y durante ciertas épocas despachaba casi co- tidianamente con ellos o les servía a menudo de guía. De ahí que no de- seara en realidad la comunidad de bienes. Se limitaba a exigir la caridad y valoraba de forma básicamente positiva la propiedad inmueble. Y la ri- queza no sería en modo alguno despreciable en sí misma, ni mala en ab- soluto sino, antes bien, un don de Dios, un viático para la vida eterna, si se hace buen uso de ella y se ayuda a los pobres.

Huelga decir que Ambrosio no desea la lucha contra los ricos, sino sólo limosnas. «Quien se acrisola en la riqueza -enseña-, es en verdad perfecto y digno de la fama.» En el nombre del Señor el pobre vale cier- tamente tanto como el rico, el débil tanto como el poderoso; el jornalero no es, en principio, diferente del latifundista, pues también éste es un «jornalero de Cristo» (frase que podemos leer nuevamente, casi idéntica, en Pío XII, gran capitalista en su ámbito privado). Ni la miseria ni la es- casez deben afligir a los pobres. «¡Que nadie se queje de su penuria, de que tuviera que abandonar su casa con la bolsa vacía! La golondrina es todavía más pobre, que no posee ni un ochavo y está sobrecargada de tra- bajo [...].» Otro de los famosos símiles ambrosianos, tomados del mundo de los animales. Pues así como el ave fénix sirve de prueba de la inmorta- lidad, el buitre lo es de la virginidad de María y la tórtola de la auténtica fidelidad en la viudez, la golondrina por su parte es más pobre que el más pobre y, sin embargo, construye su casa. ¡Sin poseer un ochavo!

El Doctor de la Iglesia presupone como lo más natural del mundo el 112

orden social basado en la propiedad privada, aceptando el statu quo eco- nómico que explica como resultado del pecado original: las personas de su laya no pierden nunca el aplomo. ¡Tanto más justa resulta así la pro- piedad de la Iglesia, pues ella está al servicio del prójimo y todo lo da a los pobres! Ambrosio afirma con la mayor seriedad del mundo que lo único que ella posee en exclusiva es la fe: «Nihil ecciesia sibi nisifidem possidet [...]».70

El semisocialista Doctor de la Iglesia Juan Crisóstomo