2. Remote sensing for biodiversity monitoring
3.5. Results and Discussion
3.5.1. Experiments with the full feature set
Puesto que toda creencia en el diablo, toda demonología, conduce in- defectiblemente a la magia, el cristiano se protege de toda aparición in- fernal mediante bendiciones eclesiásticas, mediante encantamientos, por así decir, más o menos oficiales, pero también mediante amuletos y todo un repertorio de recursos de la magia pagana, la cual «conoció, enrique- cida con elementos cristianos, un nuevo florecimiento» (Léxico de con- ceptos para la Antigüedad y el cristianismo)^1
La cruz era, desde luego, el sortilegio más importante contra los «es- píritus malignos».
La imagen de la cruz era algo que ya existía mucho antes del cristia- nismo. La cruz era un símbolo muy difundido del sol, del cielo y del viento, ya en la prehistoria. Ninguna representación de la cruz cristiana, en cambio, está documentada con seguridad antes del siglo ni. Seguro es que, desde época muy antigua, la cruz servía de signo protector en algu- nos sarcófagos judíos y que, en términos generales, en la Palestina judía se conocía la cruz como protección contra el mal.'82
Según la creencia, muy difundida, de los Padres de la Iglesia, la cruz era un arma de gran efectividad en la mano de los cristianos. Con ella se ahuyentaba a los demonios. El tramo vertical servía de apoyo, mientras que el horizontal hacía justamente de estaca en ese uso especial contra los «espíritus malignos». Las mujeres y las doncellas alejaban a galanes y amantes importunos mediante la señal de la cruz. Actuaba asimismo como medio para combatir la posesión demoníaca. También el distintivo monacal, el cíngulo, se lleva formando una cruz en prevención de los de- monios, pese a lo cual está expuesto a ataques especiales. San Antonio recomendaba la señal de la cruz contra los asedios nocturnos del demo- nio. Cirilo de Jerusalén la denomina derechamente «espantadiablos» y afirma: «Se espantan apenas ven este signo», a la par que aconseja: «Haz esa señal al comer, al beber, cuando te sientes y cuando te acuestes, cuan- do te levantes, cuando hables, cuando te marches. Para decirlo en una pa- labra: cuando hagas cualquier cosa». Juan Crisóstomo recomienda a los
cristianos portar una cruz en vez de los usuales amuletos antiguos, pues aquélla abre las puertas cerradas, las del cielo y las del infierno, destruye los venenos mortales, sana las mordeduras de los animales salvajes, corta los «tendones del diablo». La señal de la cruz se llegó a grabar, incluso, en conjuros mágicos como «señal viva de nuestro Señor» para protegerse de los espíritus infernales.183
Al nombre mismo de Cristo se le atribuía ya un poder que expulsaba los demonios. Ahuyentaba a los compinches de Satán de los cuerpos y las almas. El carácter impreso por el bautismo protegía de forma duradera contra los «espíritus malignos», a los que, en los misterios órficos, se tra- taba de alejar mediante pieles y máscaras de animales. Y toda la prepara- ción para el bautismo cristiano -un catecumenato que duraba cuarenta días en algunas comunidades y tres años en otras- no era en absoluto otra cosa que un cotidiano conjuro contra los demonios aplicando sal bendecida, per- signaciones y soplos de aire. Esos soplos jugaban un amplio papel en la hechicería. Ya el mago babilónico quemaba serpientes mediante el soplo. De ahí que a la señal de la cruz, como ceremonia preliminar de las bendi- ciones y las preces, le fuese inherente el soplo contra el diablo. También la esputación de saliva tenía la virtud de alejar a los demonios y era por ello usual en el rito bautismal del cristianismo primitivo. En el romano, el sa- cerdote toca al catecúmeno con saliva. (También los santos mártires gus- taban de escupir sobre las imágenes de los dioses, esos demonios malig- nos. Ello era no sólo expresión de mofa, repulsa y desprecio, sino también un gesto exorcista de protección contra los espíritus.) El bautismo cristia- no se recibía -y así ha sido en Occidente hasta el siglo xm (¡en Oriente hasta hoy mismo!)- completamente desnudo, debiendo las mujeres dejar su pelo suelto no fuese que algo «extraño», un demonio eventualmente oculto en él, echase a perder el agua del «renacimiento». Todavía hoy el catolicismo lanza toda una serie de conjuros en el caso del bautismo de adultos y sus sacerdotes siguen conjurando a los «espíritus malignos», tanto en la bendición dominical del agua como en la consagración de los «santos óleos» en Jueves Santo. Y el «gran exorcismo» se sigue practi- cando con especial solemnidad en el caso de los «endemoniados».184
En el ritual del bautismo de la Iglesia Ortodoxa Griega, el sacerdote pronuncia estas palabras: «A ti, diablo, te reprende el Señor que vino al mundo [...]. Es Él mismo quien te ordena por boca nuestra: espántate, sal y aléjate de esta criatura. No vuelvas más a ella, no te ocultes en ella, no te topes con ella, no obres sobre ella, ni de día, ni por las mañanas, ni al mediodía; regresa más bien a tu Tártaro hasta el gran día del juicio que te está preparado. Ten espanto de Dios [...], ante quien tiemblan el cielo y la tierra y todo cuanto en ello habita. Sal fuera y aléjate de este recién signado atleta de Cristo, nuestro Dios [...]. Sal fuera y aléjate de esta cria- tura con todo tu poder y todos tus ángeles [...]».185
Según una antigua superstición, también la fumigación ahuyenta los «espíritus malignos». La fumigación es por ello usual en Nueva Guinea, en Babilonia, en Persia, en Egipto (patria y centro por antonomasia de la fumigación espantademonios). También Roma fumigaba y en el sur de Alemania, con motivo de la festividad de los Reyes Magos (el 6 de ene- ro) se siguen «purificando con humo» las casas católicas con un artificio de fumigar especialmente bendecido para el caso. Se sabía que los demo- nios gozan de un olfato especialmente sensible, de ahí que se les hostigara con malos olores. Pero como se barruntaba que se sentirían bien justa- mente entre malos olores, se usaron también los buenos contra ellos, cre- yendo que también con ello se les podría ahuyentar: con ello y también, claro está, con buenas acciones, las cuales exhalan un olor grato al olfato de Dios, al igual que el incienso.186
También el óleo de los santos protegía eficazmente de los «espíritus malignos» y como lugar para practicar la expulsión de los demonios se escogían con especial predilección las iglesias, en la proximidad de las reliquias. También el bronce y el hierro resultaban peligrosos para los malignos (temerosos de los productos de culturas más recientes) y asimis- mo el fuego, los ajos y las cebollas. Estas últimas eran ya sagradas para los egipcios y pasaban por ser un expediente especialmente aquilatado por la experiencia. Muy efectiva a la hora de combatir a los infiernos era la abstención de la carne de cerdo, pues en Oriente y en más de un lugar de Grecia, el cerdo era considerado animal demoníaco. El repique de campanas tenía asimismo importancia profiláctica: como el resonar de los tambores entre los «primitivos» de la jungla. La secta de monjes mesopo- támicos denominados «orantes» («mesialianos» en sirio y «euquitas» en griego) conjuraba al demonio mediante la danza, el chasquido de los de- dos y el esputo con intención profiláctica.187
Había, en suma, mil posibilidades y, lamentablemente, también mil urgencias para mantener en jaque a la legión de los «espíritus malignos». Había, en cambio, una única razón para el amplio embrutecimiento de los cristianos mediante todo esos métodos discutidos en los últimos cua- tro capítulos, es decir, a través de las falsificaciones, las patrañas sobre los milagros y las reliquias, la superchería de las peregrinaciones y los ata- ques contra la ciencia antigua. Esa razón única era y sigue siendo la de la sujeción de las masas con el propósito de explotarlas.
CAPÍTULO 2
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EXPLOTACIÓN
«¿Qué es lo que el cristianismo ha enseñado al mundo? "Ametrallaos
los unos a los otros. Proteged las sacas de dinero de los ricos. Oprimid a los pobres; quitadles la vida en mi nombre si se vuelven
excesivamente poderosos [...]. ¡La Iglesia debe amontonar tesoros a costa del sufrimiento de sus hijos! ¡Debe bendecir los cañones y las granadas, levantar una fortaleza tras otra, ir a la caza de puestos,
meterse en política, regodearse en la corrupción y agitar mi pasión como un látigo!»