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4. Habitat classification with supervised learning

5.3. Experimental setup

5.4.1. Le Cesine study area

Ahí tenemos, sin ir más lejos, hacia finales del siglo i, la sedicente carta de Clemente Romano, que aboga ya sin paliativos en pro de la desi- gualdad social imperante: «Que el fuerte vele por el débil y que el débil se preocupe por el fuerte; que el rico apoye al pobre, pero que el pobre dé gracias a Dios de que éste haya dado al rico lo necesario para remediar su penuria». Con razón se ha visto ya en tal expresión la eficacia del «meca- nismo de la explotación». Y está en consonancia con ello el que Clemen- te ordene también a las mujeres «que amen a sus esposos de recta mane- ra» y que «se mantengan en los límites de la sumisión». Como lo está también el que incluya a las autoridades paganas en la extensa oración con que concluye la epístola.52

Hacia mediados del siglo n la sedicente segunda carta de Clemente exhorta, ciertamente, a no ser codicioso, sino a dar limosnas que borren los pecados. Con todo, esta homilía, la más antigua en absoluto de las conservadas del cristianismo, explica a su manera el hecho irritante -ya lo era en el Antiguo Testamento- de que los malvados sean a veces ricos y los hijos de Dios, pobres: los buenos obtienen su recompensa en el cie- lo. Si ya la obtuvieran aquí, la veneración de Dios degeneraría en nego- cio cuyo objetivo no sería la piedad sino el lucro. ¡Pues y qué es todo este asunto sino un negocio, el mayor de todos, en busca de lucro!53

La Didaché o «Doctrina de los doce apóstoles» ordena, en verdad, «compartir todo» con el hermano, no tener nada por propio y, lo que es más, amar al prójimo más que a la propia alma. Pero, por cierto, exige también lo siguiente: «¡Deja que la limosna sude en tus manos hasta que j^^" no sepas bien a quién se la das!». Y es acabalmente ese modo de pensar el que nos topamos nuevamente en los Doctores de la Iglesia San Agus- tín y el papa Gregorio I, quienes lo citan como pasaje bíblico, muy repe- tido hasta bien entrada la Edad Media.54

El apologeta Arístides de Atenas entona ciertamente una larga loa a la virtud de los cristianos ante el emperador Antonino Pío (138-161) y su ante- cesor Adriano. Pero también entona ya un himno al imperio, al «orden esta- tal común a todos» y en la más antigua de las apologías que conservamos del cristianismo asegura al regente, a la vista de las desorbitantes diferencias entre ricos y pobres, que «de esa manera, la situación vigente, tanto por lo que respecta a los pobres como a los ricos, es naturalmente beneficiosa y útil y no hay otro modo de vivir»: «Un testimonio realmente conmovedor del cristianismo antiguo [...] todavía débil y desmañado y con todo de segu- ro instinto para el futuro» (canónigo de la colegiata real Kaspar Julius).55

Todo ello trae a la mente otra apología que san Jusüno, hacia el año 150,

dirigió probablemente al mismo emperador, a quien promete la «alegre obediencia» de los cristianos. A éstos los recomienda como los más fir- mes pilares del trono debido a su temor a los castigos eternos: «En todo el orbe no podréis contar con mejores colaboradores y aliados para el mantenimiento del orden vigente que nosotros [...]». «Procuramos ade- lantarnos a los demás en el pago de tasas e impuestos a vuestros funcio- narios [...].»56

También Taciano, su discípulo, continúa en la misma línea: «El em- ; perador ordena pagar los impuestos: estoy dispuesto a pagarlos; el señor • exige servirle y obedecerle: yo conozco los deberes del subdito». Y este cristiano sabe meridianamente lo que conviene al esclavo: «Si soy escla- vo, soportaré mi servidumbre». Taciano domina ya el arte de apaciguar a los pobres como si hubiera sido obispo de Roma. La riqueza no es en ab- soluto tan ventajosa, escribe. Y cuando el rico se sacia, siempre quedan en último término algunas migajas para el pobre. Más aún, mientras que el rico siente las mayores necesidades, no siempre fáciles de contentar, el pobre obtiene fácilmente lo poco que él necesita.57

Este diáfano argumento resurge a lo largo de dos mil años de «litera- tura social» cristiana. Aparece verbigracia en san Cipriano, decapitado el año 258. Por supuesto que Cipriano, como todos los de su laya, aboga enérgicamente por la caridad, califica de peligrosos los bienes terrenales y tiene como ideal la comunidad de bienes de la comunidad primigenia de Jerusalén. Siendo él mismo muy acaudalado vendió su patrimonio, aun- que no en su totalidad, en beneficio de los pobres. Pero, ¡oh Dios!, ¡cuán- tas preocupaciones -expone el santo obispo y antiguo maestro de retóri- ca- acarrea la riqueza, cuántos horrores de los que el pobre no tiene ni idea! A lo largo de toda su vida, en medio de sus francachelas y placeres el rico lleva el miedo pegado como una lapa, le atormenta el temor de que un salteador pueda expoliar sus bienes, de que un asesino esté a su acecho, de que la envidia, la calumnia o cualquier otra circunstancia lo agobien con procesos legales.58

Como un gran progresista en esta cuestión de la riqueza y la pobreza se nos presenta el Padre de la Iglesia Clemente de Alejandría, muerto en- tre el 211 y el 215, inspirado sin duda por la atmósfera de aquella ciudad comercial fundada por Alejandro Magno, el emporio más importante del imperio romano por su situación entre el Este y el Oeste. De entre sus aproximadamente 800.000 habitantes casi una décima parte estaba cons- tituida por ricos señores del comercio y grandes terratenientes, quienes aparte de extensos latifundios poseían asimismo de diez a veinte casas. Otra décima parte eran pobres y el resto, pequeña burguesía en su casi to- talidad.59

del joven rico aspirante a discípulo, pusieran en aprietos a los acaudala- dos cristianos alejandrinos. Por ello mismo, Clemente modifica el evan- gelio al gusto de esta sociedad objeto de sus cortejos y muestra en una homilía redactada hacia ei 200, Quis dives salvetur («Qué rico puede sal- varse»), que Jesús tampoco cierra las puertas del paraíso al capitalista, tan importante para la Iglesia.60

«Ve y vende cuanto tienes [...]» ordena -en vano- el Señor a aquel jo- ven del evangelio y Clemente pregunta: «¿Qué significa esto? Él no le ordena, como algunos interpretan superficialmente, que deseche los bie- nes que posee renunciando a esa posesión, sino que aleje de su alma los pensamientos posesivos, el amor pasional por aquellos, el anhelo irrepri- mible de ellos, la desazón enfermiza por ellos, espinas de la vida terrenal que ahogan la semilla de la vida eterna».

El teólogo e historiador de la Iglesia francés M. Clévenot presenta a un negociante alejandrino, comerciante de importación y exportación, escuchando las frases de Clemente -un ufano sexagenario- y haciendo este comentario: «Eso es justamente [...] lo que yo siempre pensé. El evangelio no condena la riqueza; lo importante es no apegarse a ella [...]. Yo gano dinero a manos llenas, mi mujer practica la caridad y así ambos nos ganamos el paraíso [...]».61

Clemente defiende la riqueza privada con energía. La riqueza en sí misma no es censurable; sólo la codicia. La riqueza, el bienestar son más bien una buena cosa, tanto más cuanto que el rico puede ser compasivo. ¡No es el rico quien por ello queda excluido del reino de los cielos sino el pecador que no se convierte! Clemente no omite reconvenir a los pobres que se alzan contra los ricos; no omite calificar de «rico» al apóstol Ma- teo ni enseñar que la humanidad ni tan siquiera podría existir si nadie po- seyera nada.62

Todo parece pues indicar que Clemente «ha entregado a los ricos una coartada teológica en pro de su bienestar», una «teoría de la limosna» (Hausschild). Y ciertamente, lo que a la larga quedó en el terreno de los hechos, aunque no sólo en el caso de Clemente, sino en general, era la simple limosna.63

Desde luego que esto lo había ya entre los griegos, pero éstos no lo consideraron virtud. Y por parte romana ha llegado a nosotros esta sen- tencia de Herodes Ático, un amigo del emperador Adriano: «El dinero de los ricos ha de servir a la dicha de los pobres». En el cristianismo, sin embargo, la caridad raras veces, o nunca, estuvo motivada socialmente. El motivo era casi siempre religioso. No se daba para eliminar los males de la sociedad, para elevar el nivel de vida, para fomentar el arte, la cien- cia o la cultura, sino para lograr la propia salvación del alma. ¡Uno se hacía el regalo a sí mismo! El dinero, enseña Cirilo, que durante casi cuaren- ta años -de 348 a 386- fue obispo de Jerusalén, abre una puerta al cielo

si con él se practica la caridad. Lo decisivo, y los Padres de la Iglesia no se cansaban de recalcarlo, era esto: dar para obtener la dicha. No aquí, sino en el cielo. Era el egoísmo (religioso). Dicho más finamente, a la manera teológica: era la justificación por las obras. «Quien da a un pobre, presta al Señor y obtiene su lucro», sentencia de san Basilio y plenamen- te representativa de la actitud de la patrística. «Todas las acciones fueron contempladas desde este punto de vista» (Bogaert).64

Y es eso justamente lo que hace tan repulsiva toda esa actitud preten- ciosa de la caridad cristiana. Por lo general no se basa en nada sino en el principio do ut des, en el dogma (en el fondo ya veterotestamentario) de la recompensa, en la moral del premio y el castigo, totalmente banal, pri- mitiva, pero muy efectiva entre las masas, moral que ya Marción repudió con toda vehemencia. Pero, con toda energía e insistencia, el cristianismo conjura, justamente, una y otra vez esa fuerza salutífera de la limosna, el ¡pro salute animad Una y otra vez, y especialmente la Iglesia paleoca- tólica (más o menos de 150 a 312), propaga la buena obra, la «labor cari- tativa», la beneficencia, como sacrificio que extingue el pecado. Los po- seedores de bienes sólo tienen que dispensar una parte, una pequeña par- te, de los mismos para ser recompensados por Dios.65

Algunos como Gregorio de Nisa, el hermano menor del Doctor de la Iglesia Basilio, anunciaban la divina recompensa ya para este mundo, lo cual tendría un atractivo no menor, sino más bien superior. Gregorio sabía ciertamente que los pobres, los Lazan, los predilectos de Dios, ya- cían a millares ante las puertas de los ricos, acostumbrados a un lujo si- barítico. De ahí que él recomiende los donativos, la beneficencia; y contra la codicia, el ayuno. Ahora bien, este santo nos informa también de que su abuelo perdió bajo Diocleciano su vida y todo su patrimonio, a despecho de lo cual la «fe» hizo prosperar de tal modo la hacienda de sus herederos que ninguno de sus antepasados había llegado a tal rique- za. Hay más: aunque esa hacienda fuese dividida en nueve lotes entre sendos hijos, la bendición de Dios hizo aumentar cada lote hasta el pun- to de que todos los hijos llegaron a tener un patrimonio superior al de los padres.66

A lo largo del siglo ni, y más aún durante el iv, se impuso de forma cada vez más inequívoca el afán de seguir, por una parte, conduciendo de forma paternalista a la masa de los pobres -que a lo largo de los tiempos ha constituido el grueso de la cristiandad- y, por la otra, de no espantar a los ricos. Ahí radica también una de las razones para explicar el radicalis- mo ético de Jesús como una directriz dada para los «perfectos», los asce- tas, los monjes, lo cual no debía preocupar a los ricos: no, el cielo abre sus puertas a todos, si tienen fe, si son «buenos» cristianos.67