4.3 Results of the knowledge management assessment
4.3.1 Knowledge management processes
4.3.1.1 Close ended questionnaire results on KM processes
expresión adusta y resuelta del hombre que habla
en serio. Después de todo, era un marino y un lu-
chador, y si de verdad anhelaba hacerse perdonar
su pasado, era el mejor de cuantos hombres po-
dían elegirse para realizar aquel trabajo.
-Maese Craddock, se trata de una empresa de enorme peligro.
-Si en ella encuentro la muerte, quizá sirva para limpiar el recuerdo de una vida mal emplea- da. Tengo mucho que hacerme perdonar.
El gobernador no vio manera de contradecirle, y le preguntó:
-¿Cuál es su plan?
-Ya estará usted enterado de que el Happy De- livery es un buque que pertenecía a este mismo puerto de Kingston.
-Sí, perteneció a Mr. Codrington y fue apresa- do por Sharkey, que desfondó su propio balandro y transbordó a esta embarcación porque era más rápida -dijo sir Edward.
-En efecto; pero lo que quizá ignora usted es que Mr. Codrington posee un barco gemelo, el White Rose, actualmente en el puerto, y que tiene tal semejanza con la embarcación pirata que na- die sería capaz de distinguirlas, a no ser por una franja de pintura blanca.
—¿Ah, sí? ¿Y qué se puede hacer con él? -pre- guntó con vivo interés el gobernador, como si es- tuviese a punto de comprender su idea.
-Gracias a este barco, el pirata caerá en nues- tras manos.
-Borraré la franja de pintura del White Rose y haré que no se diferencie en el más pequeño detalle del Happy Delivery. Después, zarparé para la isla de La Vache, donde se encuentra nuestro hombre, matando toros salvajes. Cuando descubra mi bar- co lo confundirá con el suyo, que tiene que ir a buscarle, y acudirá a bordo para su propia ruina.
Era un plan sencillo, pero el gobernador creyó que muy bien podría dar result ado. Concedió permiso a Craddock, sin vacilar, para que lo lleva- se a cabo y adoptase cualquier medida encamina- da a la mejor realización del proyecto. Sir Edward no se mostró muy optimista, porque habían sido muchas las tentativas realizadas para apresar a Sharkey, y sus resultados habían venido a demos- trar que era hombre tan astuto como implacable. Pero aquel enjuto puritano de tan triste historia era también astuto e implacable.
La pugna de astucias entre dos hombres como Sharkey y Craddock interesó vivamente al gober- nador, que era hombre de alto espíritu deportivo, y aunque en su interior estaba convencido de que su hombre llevaba todas las de perder, lo apoyó con la misma lealtad con que lo habría hecho con un caballo o con un gallo de su propiedad.
Ante todo era preciso darse prisa, porque la la- bor de carenar podía terminarse en cualquier mo-
mentó, y los piratas se harían a la mar. Pero la ta- rea de preparación del buque no era complicada, y fueron muchas las manos que se ofrecieron vo- luntarias, de modo que dos días después el White Rose zarpaba y se internaba en mar abierto. Eran muchos los marinos de aquel puerto que cono- cían la línea y el aparejo de la embarcación pirata, y ninguno de ellos observó la menor diferencia con ese otro barco falsificado. Habían borrado la franja lateral blanca, los mástiles y vergas habían sido ahumados para darles el sucio aspecto de los del barco pirata, y en la vela desplegada sobre la copa de trinquete se había incrustado un gran re- miendo en forma de diamante.
La tripulación estaba compuesta de voluntarios, muchos de los cuales habían servido anteriormente a las órdenes de Stephen Craddock; el primer ofi- cial, Josua Hird, antiguo traficante de esclavos, ha- bía sido cómplice suyo en muchos viajes, y ahora había embarcado a petición de su antiguo jefe.
La embarcación vengadora navegó por el mar Caribe. En cuanto veían la vela cangreja remen- dada, las pequeñas embarcaciones con las que se cruzaban en alta mar escapaban a derecha e iz- quierda igual que truchas asustadas en un estan- que. Al atardecer del cuarto día estaban a cinco millas al Este y al Norte del cabo Abacou.
El quinto día anclaron en la bahía de las Tortu- gas, en la isla de La Vache, donde Sharkey y cua- tro de sus hombres habían estado cazando. Era un lugar muy boscoso, y las palmeras y el bosque bajo llegaban hasta la delgada media luna de are- nas plateadas que contorneaban la costa. Habían izado la bandera negra y el gallardete rojo, pero nadie les hizo señal alguna desde tierra. Craddock aguzó la vista, con la esperanza de que en cual- quier momento saliese de la costa una lancha con Sharkey sentado al timón. Pero pasó la noche, y pasaron otro día y otra noche, sin que se descu- briera señal alguna de los hombres a los que ha- bían tendido aquella trampa. Se habría dicho que no estaban en la isla.
A la segunda mañana, Craddock se dirigió a tierra para ver si encontraba señales de que Shar- key y sus hombres seguían aún en la isla. Lo que descubrió le tranquilizó mucho. Cerca de la playa había una armazón de madera verde, de las que se construyen para ahumar la carne, y un gran depó- sito de tiras de carne asada de buey que colgaban alrededor de aquél, atadas con cuerdas. El barco pirata no había cargado, pues, sus provisiones, y, por consiguiente, los cazadores seguían en la isla.
¿Por qué razón no se habían dejado ver? ¿Ha- bían descubierto acaso que aquél no era su barco?
¿O se encontraban cazando en el interior de la isla y no esperaban todavía la llegada de sus compañe- ros? Craddock estaba indeciso entre aquellas dos alternativas, cuando llegó un indio caribe con las noticias que necesitaban. Según les dijo, los pira- tas estaban en la isla, acampados a un día de mar- cha de la costa. Le habían robado la mujer, y toda- vía estaban frescas en su espalda las señales de sus latigazos. Consideraba que los enemigos de aque- llos hombres eran, pues, sus amigos, y estaba dis- puesto a conducirlos hasta ellos.
Craddock no podía desear mejor oportunidad, y a la mañana siguiente se internó en la isla guiado por el caribe y al frente de un pequeño grupo de hombres armados hasta los dientes. Durante todo el día se abrieron paso por entre el bosque bajo y treparon por las rocas, avanzando cada vez más ha- cia el corazón de aquella isla solitaria. Aquí y allá encontraban rastros de los cazadores, consistentes unas veces en huesos de un vacuno muerto o en huellas de pies en un terreno pantanoso. En cierta ocasión, a punto ya de oscurecer, les pareció oír el traqueteo lejano de armas de fuego.
Aquella noche durmieron bajo los árboles, y en cuanto amaneció siguieron avanzando. A eso del mediodía llegaron a las chozas de corteza que, según el caribe les había dicho, formaban el cam-
pamento de los cazadores; pero las encontraron abandonadas y en silencio. Seguramente sus ocu- pantes habían salido de caza y regresarían por la noche, en vista de lo cual Craddock y sus hom- bres permanecieron emboscados dentro del monte bajo que las rodeaba. Pero no vino nadie, y tu- vieron que pasar otra noche en el bosque. No era posible hacer nada más, y a Craddock le pareció que, tras una ausencia de dos días, era tiempo de regresar a su embarcación.
El viaje de retorno fue menos difícil, porque siguieron el sendero que habían abierto a la ida. Antes de que anocheciese llegaron otra vez a la ba- hía de las Tortugas y vieron que su barco seguía anclado donde lo dejaron. La lancha y los remos estaban entre los arbustos; procedieron, pues, a botarla al agua y se dirigieron remando hacia su embarcación.
-¿De modo que no hubo suerte? -les gritó Jo- sua Hird, el primer oficial, mirando desde la popa con rostro pálido.
-Su campamento estaba abandonado, pero quizá vengan más tarde hacia nosotros -dijo Craddock, con la mano en la escalera para subir a bordo.
De pronto, alguien se echó a reír en la cubier- ta, y el primer oficial dijo:
-Creo que es preferible que esos hombres se queden en la lancha.
-¿Porqué?
-En cuanto suba usted a bordo lo comprende- rá, señor.
El primer oficial se expresaba con extrañas va- cilaciones.
La enjuta cara de Craddock se cubrió de rubor y gritó, saltando de la lancha a la escalera:
—¿Cómo es eso, maese Hird? ¿Qué significa el dar órdenes a los hombres que tripulan mi lancha?
Pero en el momento mismo en que pasaba por encima de la borda, con un pie en la cubierta y una rodilla en el antepecho, un hombre de barba blon- da, al que no había visto nunca en su barco, le arrancó súbitamente la pistola de un tirón. Crad- dock agarró al individuo por la muñeca, pero en el mismo instante su primer oficial le arrancó el ma- chete que llevaba al costado.
-¿Qué canallada es ésta? —gritó Craddock, mi- rando furioso a su alrededor.
Pero la tripulación formaba pequeños grupos por la cubierta, riendo y cuchicheando, sin mos- trar la menor intención de acudir en su ayuda. Craddock observó en aquella rápida ojeada que la tripulación vestía de una manera extraña, con lar- gas levitas de montar, túnicas amplias de terciopelo
y cintas de color en las rodillas, es decir, más como currutacos que como marineros.
Al ver aquellas figuras grotescas, frunció el ceño y apretó los puños para asegurarse de que es- taba despierto. La cubierta parecía mucho más sucia que cuando él la dejó, y unas caras descono- cidas y tostadas por el sol se volvían a mirarle des- de todas partes. No conocía a nadie, aparte de Jo- sua Hird. ¿Acaso el barco había sido capturado en su ausencia? ¿Eran los hombres de Sharkey los que le rodeaban? Convencido de aquella posibili- dad, se abrió paso con ímpetu furioso y trató de saltar por la amurada hacia su lancha, pero un ins- tante después se veía aferrado por una docena de manos y empujado hacia la popa, donde lo intro- dujeron en su propio camarote.
Pero el interior era totalmente distinto al ca- marote que él había dejado: el piso, el techo, los muebles, todo era diferente. El suyo era sencillo y austero; este de ahora era suntuoso, pero sucio, y los cortinajes de terciopelo estaban salpicados de manchas de vino, mientras que los ricos artesona- dos habían sido agujereados a balazos.
Encima de la mesa había una gran carta maríti- ma del mar Caribe, y junto a la mesa, con un com- pás en la mano, se hallaba sentado un hombre de cara pálida y totalmente afeitado, que llevaba en la
cabeza un gorro de piel y vestía una levita de damas- co del color del vino clarete. Craddock se puso lívi- do bajo sus pecas al contemplar aquella nariz larga, delgada, y de ventanas muy salientes, y aquellos ojos bordeados de rojo que le miraban con una mi rada fija y divertida, propia de un jugador maestro que ha arrinconado a su adversario.
-¿Sharkey? -exclamó Craddock.
Los delgados labios de Sharkey se dilataron y estalló en la risa chillona y atolondrada que le ca racterizaba. Luego gritó:
-¡Grandísimo idiota!
Adelantó el cuerpo hacia Craddock y le gol- peo una y otra vez en el hombro con la punta del compás.
-¿ P e r o e s q u e p r e t e n d í a s e n f r e n t a r t e conmigo, tú, pobre idiota sin ingenio alguno?
No fue el dolor de las heridas, sino el despre cio con que le hablaba Sharkey, lo que volvió a Craddock loco furioso. Se arrojó sobre el pirata, bramando de rabia, dando puñetazos y punta piés, retorciéndose y echando espuma por la boca. Fueron necesarios seis hombres para derri barlo entre los restos y astillas de la mesa, y nin- guno de los seis se libró de alguna señal produci
da por los golpes del preso. Pero Sharkey seguía mirándole con el mismo desdén. Entonces se
escuchó en cubierta un crujir de maderas y un clamor de voces sobresaltadas.
-¿Qué ocurre? -preguntó Sharkey.
—Han desfondado la lancha, y sus ocupantes han caído al agua.
-Pues que sigan allí -dijo el pirata-. Y ahora, Craddock, ya sabes dónde te encuentras. Estás a bordo de mi barco, el Happy Delivery, a mi mer- ced. Sabía que eras un marino valeroso, antes de que decidieras dar este paseíto por alta mar, gran- dísimo bergante. En aquel entonces tus manos no estaban más limpias que las mías. ¿Quieres firmar contrato con nosotros, como lo ha hecho tu pri- mer oficial, para trabajar juntos, o quieres que te tire por la borda para que vayas a reunirte con el resto de tu tripulación?
-¿Dónde está mi barco? -preguntó Craddock. -Desfondado y hundido en la bahía.
—¿Y los tripulantes? -También en la bahía.
-Pues entonces, ¡a la bahía también yo!
-Desjarretadlo y tiradlo por la borda -gritó Sharkey.
Un buen número de manos rudas arrastraron a Craddock a la cubierta, donde el contramaestre Galloway había sacado ya su alfanje para dejarlo inválido; pero en ese momento salió Sharkey pre-
cipitadamente de su camarote y gritó con expre- sión ansiosa:
-¡Podemos hacer algo mejor con este sabueso! ¡Que me maten si no es magnífica la idea que se me ha ocurrido! Arrojadlo al cuarto de las velas, bien esposado, y tú, contramaestre, ven aquí para que te diga lo que se me ha ocurrido.
Craddock, magullado y herido en cuerpo y en alma, fue encerrado en el oscuro depósito de las velas, tan bien esposado que no podía mover mano ni pie. Pero su sangre norteña hervía con fuerza en sus venas, y su espíritu adusto aspiraba únicamen- te a terminar su vida de un modo que pudiera ser- vir de expiación a los daños que durante ella había causado. Permaneció toda la noche en aquella cur- va de la sentina escuchando el ruido de las aguas y el cimbreo de la madera que le anunciaba que el barco se había hecho a la mar y navegaba a toda vela. En las primeras horas de la mañana, alguien se le acercó reptando en la oscuridad por encima de los montones de velas.
-Aquí tiene ron y bizcochos —le dijo la voz de su antiguo primer oficial-. Se los traigo arriesgan- do en ello mi vida, maese Craddock.
-¡Fuiste tú el que me tendió la trampa y me hizo caer en el lazo! -dijo Craddock—. ¿Cómo vas a responder por lo que has hecho?
-Lo hice con la punta de un cuchillo entre mis dos omóplatos.
-Que Dios perdone tu cobardía, Josua Hird. ¿Cómo caíste en sus manos?
-El barco pirata llegó después de carenar el mismo día en que usted nos abandonó. Se lanza- ron al abordaje, y como éramos pocos y usted se había llevado a tierra los mejores hombres, fue poca la resistencia que pudimos presentarles. Al- gunos murieron a machetazos, y fueron los más felices. Los demás fueron asesinados después. A mí me salvó la vida el haber firmado el contrato
para servir con
—¿Y desfondaron mi barco? -Lo desfondaron, y luego Sharkey y sus hom- bres, que nos habían estado acechando desde el bosque, junto a la orilla, vinieron al barco. Había recelado desde el primer momento, porque en el último viaje que hicieron se rompió su mastelero mayor y tuvieron que empalmarlo, mientras que el nuestro estaba entero. En vista de aquello, pen- só en hacerle caer a usted en una trampa igual a la que usted le había preparado a él.
Craddock dejó escapar un gemido y murmuró: -¿Cómo no me fijé yo en ese detalle del mas- telero mayor empalmado? ¿Y qué dirección lle- vamos?