5.5 knowledge management strategy suitable for MIUC
5.5.3 Formulating a KM strategy for MIUC
a bordo de este buque.
-¿Que no lo he descubierto? Capitán Hardy,
que me maten si no le rebano el hígado como no
haga usted buenas esas palabras. ¿Dónde está ese
tesoro del que me habla?
í,. ¡í.
-No se trata de monedas de oro, sino de una
bellísima joven, que quizá le agrade tanto o más
que el oro.
-¿Dónde está? ¿Por qué no estaba con los de-
más?
-Se lo voy a explicar. Esa joven es la hija única del conde y la condesa de Ramírez, a los que usted ha asesinado ya. Se llama Inés Ramírez, y es del mejor abolengo de España, porque su padre era gobernador de Chagre, adonde se dirigía con su familia. Durante el viaje se enamoró, como les ocurre a las muchachas, de un hombre de condi- ción muy inferior a la de su familia; sus padres, que eran gente muy poderosa, a los que nada se les podía negar, me obligaron a encerrarla en un ca- marote especial detrás del mío. Allí la han tenido rigurosamente encerrada, sin que viese a nadie, y sirviéndole en su mismo camarote los alimentos. Le digo esto como un último regalo, aunque no sé qué impulso me ha llevado a hacérselo, porque la verdad es que usted es el rufián más sanguinario, y me consuela morir con el pensamiento de que será usted, con toda seguridad, carne de horca en este mundo y carne de infierno en el otro.
Dichas estas palabras, se acercó rápido a la amurada y se lanzó de cabeza al mar tenebroso, pidiendo a Dios, mientras se hundía en sus pro- fundidades, que no tomase como un grave peca- do la traición que cometía con aquella joven.
No habría llegado aún el cadáver del capitán Hardy a cuarenta brazas de profundidad, cuando los piratas se precipitaban por el pasillo de los ca-
marotes. Al llegar al final descubrieron una puerta cerrada, en la que no habían reparado durante su búsqueda anterior. No tenía llave, pero los asaltan- tes derribaron la puerta a culatazos, mientras en su interior se oían alaridos y más alaridos de mujer. La luz de sus linternas iluminó la figura de una mujer joven, en lo más florido de su juventud, aga- zapada en un rincón, con los cabellos sueltos col- gando hasta el suelo, los ojos negros y brillantes de temor, y un cuerpo magnífico que retrocedía ho- rrorizado ante aquella invasión de hombres salva- jes manchados de sangre. Unas manos rudas la afe- rraron, la hicieron ponerse en pie de un tirón y la arrastraron sollozante hasta donde John Sharkey estaba esperándola. El capitán pirata proyectó lar- go rato y con gran regodeo la luz sobre aquella cara. Después lanzó una carcajada, se inclinó hacia adelante y le dejó en las mejillas la huella roja de su mano:
—Moza, ésta es la marca con que el pirata señala a sus ovejas. Llevadla al camarote y tratadla bien. Y ahora, muchachos, desfondad esta embarcación y salgamos otra vez en busca de fortuna.
El magnífico barco Portobello se estuvo hun- diendo durante una hora, y no se detuvo hasta que se reunió con sus pasajeros asesinados, sobre las arenas del fondo del mar Caribe, mientras la
embarcación pirata navegaba hacia el Norte en busca de otra víctima, con la cubierta convertida en un mercadillo con todos los objetos del botín.
Aquella noche se celebró una francachela en el camarote del Happy Delivery, y tres hombres be- bieron de firme. Aquellos hombres eran el capi- tán, el cabo de mar y el Calvo Stable, médico, que estuvo establecido en Charleston hasta que huyó de la justicia por haber abusado de un enfermo, y dedicó su habilidad médica a los piratas. Era un hombre grueso y abotargado, con una gran papa- da y una gran calva brillante, que le había valido su apodo. Sharkey había dejado por el momento de pensar en el motín, pues sabía que ningún ani- mal demasiado bien comido tiene instintos fero- ces, y que mientras el botín recogido en aquel gran barco constituyese una novedad para la tri- pulación, nada tenía que temer de ésta. Se entre- gó, pues, al vino y a la francachela, gritando y vo- ciferando con sus compañeros de juerga. Los tres estaban calenturientos y enloquecidos, maduros para cualquier diablura, cuando la imagen de la cautiva cruzó por la imaginación del pirata. Shar- key ordenó a gritos al camarero negro que se la trajese al instante.
Inés Ramírez era ya consciente de todo lo ocu- rrido: la muerte de su padre y de su madre, y su
propia situación en manos de asesinos. Sin em- bargo, ese conocimiento le devolvió la tranquili- dad y ya no había señal alguna de terror en su ros- tro altivo y moreno cuando la introdujeron en el camarote. Se advertía más bien una expresión ex- traña y resuelta en su boca y un brillo jubiloso en sus ojos, como si viese grandes perspectivas para el futuro. Sonrió al capitán pirata cuando éste se levantó y la abrazó por la cintura.
-¡Por vida de..., que es ésta una moza valiente! -exclamó Sharkey, estrechándola contra sí-. Na- ció para novia de un pirata. Ven acá, pajarita mía, y bebe por nuestra más íntima amistad.
-¡Artículo seis! -hipó el médico—. Todas las bona robas en común.
-Sí, capitán Sharkey; le exigimos que lo cum- pla -dijo Galloway-. Así está escrito en el artícu- lo seis.
-A quien se interponga entre nosotros le haré picadillo -gritó Sharkey, clavando sus ojos vidrio- sos primero en uno y luego en su otro acompa- ñante—. Sí, moza, no ha nacido el hombre que te aparte de John Sharkey. Siéntate aquí sobre mis rodillas y rodéame el cuello con tu brazo: así. ¡Que me maten si no se ha enamorado de mí en cuanto me ha visto! Díme, hermosa, ¿por qué te maltrataron y te encerraron los del otro barco?
La mujer movió la cabeza, sonrió y jadeó: -No hablo inglés, no hablo inglés.
Había bebido todo el vaso de vino que Sharkey le ofreció y sus ojos negros relampagueaban mu- cho más que antes. Sentada sobre las rodillas de Sharkey, le rodeó el cuello con su brazo y le acari- ció los cabellos, la oreja y la mejilla. Hasta el extra- ño cabo de mar y el empedernido médico se horro- rizaron al verla, pero Sharkey lanzaba carcajadas de júbilo.
-¡Que me condenen si esta moza no es, de lo bueno, lo mejor! -exclamó, al tiempo que la apre- taba contra sí y la besaba en la boca, beso que la muchacha no rechazó.
Pero el médico, que la estaba mirando, adoptó una actitud de profundo interés, y su cara se puso rígida, como si le hubiera pasado por la mente un pensamiento terrible. Por sus facciones de bulldog se extendió una extraña palidez gris que eclipsó todo el color rojo de los trópicos y el ardor del vino.
-¡Capitán Sharkey, mírele la mano! -gritó-. ¡Por amor de Dios, fíjese en su mano!
Sharkey se puso a mirar aquella mano que le había acariciado. Tenía una extraña palidez, como de muerta, y entre los dedos había un color amari- llo brillante. Estaba toda ella cubierta de un polvi-
lio blanco que parecía pelusa, como la harina de un pan recién sacado del horno. Ese polvillo cu- bría también por completo el cuello y las mejillas de Sharkey. Éste dejó escapar un grito de repug- nancia y arrojó de sus rodilla a la mujer; pero ésta dio un salto de gato salvaje, y lanzando un grito de maldad victoriosa, se precipitó hacia el médico. Este desapareció dando gritos debajo de la mesa. Una de las manos engarabitadas de la joven agarró a Galloway por la barba, pero éste se libró de un gran tirón, empuñó una lanza y la mantuvo a dis- tancia, mientras ella farfullaba y hacía muecas con los ojos centelleantes, como una loca furiosa.
El camarero negro había acudido corriendo al oír el estrépito de aquella súbita zarabanda, y en- tre todos ellos obligaron a la enloquecida mu- chacha a meterse en un camarote, cuya puerta cerraron con llave. Luego, los tres compañeros de juerga se dejaron caer jadeantes en sus sillas y se contemplaron los unos a los otros con ojos de espanto. Los tres tenían en el pensamiento la misma palabra, pero fue Galloway el primero en expresarla:
-¡Una leprosa! ¡Nos ha tocado a todos la mal- dita!
-¡A mí, no! -exclamó el médico-. No logró to carme siquiera con un dedo.
—Si a eso vamos, a mí sólo me tocó los pelos de la barba, y voy a hacérmela rapar antes de que amanezca -dijo Galloway.
—¡Qué necios hemos sido! -gritó el médico, dándose de puñetazos en la cabeza-. Contagiados o no, no disfrutaremos de un solo instante de tran- quilidad hasta que se cumpla el año y haya pasado el peligro. ¡Vive Dios, que ese capitán mercante nos ha dejado señalados con su marca, y que he- mos sido unos estúpidos al creer que a una moza como ésta la iban a tener en cuarentena por la ra- zón que él alegó! Resulta fácil de comprender aho- ra que su enfermedad se manifestó durante el via- je, y que no les quedaba otro recurso, a menos que la tirasen por la borda, que emparedarla hasta que llegasen a un puerto que tuviese un lazareto.
Mientras hablaba el médico, Sharkey se había recostado en el respaldo de su silla y tenía una ex- presión cadavérica. Se pasó el pañuelo rojo por la cara, tratando de sacudir de ella el polvillo sinies- tro de que estaba tiznado.
—¿Y qué me va a pasar a mí? —refunfuñó—. ¿Qué me dices, Calvo Stable? ¿Tengo alguna pro- babilidad de librarme? ¡Maldito seas, canalla! Di lo que piensas o te daré una paliza que te dejará a una pulgada de la muerte, e incluso más cerca. ¿Tengo, sí o no, alguna probabilidad de librarme?