Son varios los autores e investigadores bíblicos que utilizan la formulación que titula este nuevo y último apartado del segundo capítulo de Ya en el principio. Lo hacen teniendo en cuenta el conocido relato de Éx 32-34, en el que se narran episodios tan decisivos e importantes para el pueblo de Israel como la construcción del becerro de oro y la posterior revelación de Dios como «clemente y misericordioso, tardo para la ira y lleno de lealtad y fidelidad» (Éx 34,6).
Es este, sin duda, un relato paradigmático, ejemplar, una de cuyas partes menciona de manera más especial y explícita el pecado de Israel (Éx 32,1–33,6), entendido como la gran y repetida propensión al mal que, desde el comienzo de su existencia, muestra el citado pueblo. Así pues, ya en el principio, ya en el corazón de su existencia, están presentes la desobediencia y la rebelión de Israel[152]
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El primer aspecto que queremos destacar de Éx 32 es su contenido. De modo particular, el de Éx 32,1-6, donde se hace referencia al pecado cometido por Israel en el desierto del Sinaí, cuando se encuentra en camino hacia la Tierra Prometida:
«El pueblo, viendo que Moisés tardaba en bajar de la montaña, se reunió en torno a Aarón y le dijo: “Anda, haznos un Dios que vaya delante de nosotros, porque ese Moisés, el hombre que nos ha sacado de Egipto, no sabemos qué ha sido de él”. Aarón les respondió: “Recoged los pendientes de oro que vuestras mujeres, vuestros hijos y vuestras hijas llevan en las orejas, y traédmelos”. Todo el pueblo se desprendió de los
pendientes que llevaba en las orejas y se los llevó a Aarón. Este los tomó en sus manos, los fundió, los trabajó a cincel e hizo un becerro. Ellos dijeron: “Israel, ahí tienes a tu Dios, el que te sacó de Egipto”. Aarón, al ver esto, edificó un altar ante el becerro y anunció: “Mañana, fiesta en honor del Señor”. Al día siguiente se levantaron temprano y ofrecieron holocaustos y sacrificios de reconciliación. El pueblo se sentó a comer y beber y se levantaron después para divertirse».
Dos versículos de los anteriormente citados, Éx 32,1 y Éx 32,4, resaltan los tres elementos principales que caracterizan el citado pecado.
El primero tiene que ver con el modo como Dios se revela, aspecto que aparece en Éx 32,1, versículo que se encuentra en oposición con el segundo precepto del Decálogo, que prohíbe la elaboración de imágenes de Dios. Recordamos ambos textos:
«Anda, haznos un Dios que vaya delante de nosotros, porque ese Moisés, el hombre que nos ha sacado de Egipto, no sabemos qué ha sido de él»
(Éx 32,1). «No te harás escultura ni imagen alguna de lo que hay arriba en el cielo, o aquí abajo en la tierra o en el agua bajo tierra. No te postrarás ante ella ni le darás culto…»
(Éx 20,4-5a).
¿Dónde está dicha oposición y, sobre todo, por qué prohibir la realización de imágenes de culto, cuando hacen presente la memoria u objetivan a aquel a quien se quiere recordar? ¿No es esto un poco extraño? ¿No hacemos también nosotros, hoy en día, imágenes a las que invocamos y ante las que nos postramos?
La respuesta a estas y otras preguntas que un lector se puede formular y, por tanto, la interpretación del citado precepto, incluye estos aspectos:
– No tiene tanto que ver con el hecho de que Dios no pueda ser reducido a una cosa por ser infinito e incomprensible, pues ello es ajeno a la mentalidad de Israel y a la de los pueblos a él circundantes. En el Antiguo Testamento se puede ver cómo Dios se revela en la zarza ardiente, en la montaña del Sinaí, en Betel o en Jerusalén, sin que de ese modo exista contradicción entre lo infinito de Dios y lo contingente de su revelación. Por otra parte, las teofanías veterotestamentarias indican que no hay una oposición radical entre el Infinito de Dios y la limitación de su revelación. Respecto a los pueblos cercanos a Israel hay que decir que no es cierto que identificasen la divinidad con los objetos que la representaban, es decir, que confundieran el objeto con el dios al que representa.
– Sí tiene que ver, en cambio, con el importante momento de la revelación de Dios en Éx 19,18 o Dt 4,11; 5,23. Como se ha señalado ya en el apartado 2.3 del capítulo 1
(El Decálogo), dichos pasajes afirman que, cuando Dios se muestra y da a conocer a
su pueblo, este no lo ve visualmente (por medio de una imagen), sino que ve únicamente el humo y, sobre todo, escucha su voz. Jugando con los términos que se acaban de utilizar, y recordando especialmente el desarrollo de Dt 4, Israel puede ver a Dios escuchando su voz. Por eso, fabricar un ídolo (Éx 32) supone desnaturalizar a Dios (hacer presente a Dios de otra manera, quizá en una dimensión humana) y desnaturalizar al hombre mismo (que reconoce y adora a Dios en el lugar en donde
este no está).
– Sí tiene también que ver con el contexto más amplio de Éx 32-34 y con Éx 32. El libro del Éxodo presenta en Éx 19,1–24,11 un relato que cuenta la revelación de Dios sucedida en el Sinaí y la oferta de alianza que aquel ofrece a Israel, su pueblo, y que este acepta y ratifica. En los capítulos siguientes, Éx 24,12–40,38, el segundo libro de la Biblia detalla el modo como se hace visible la citada alianza: por medio de la entrega de las tablas de la ley y de la construcción del santuario. Las tablas contienen las leyes y preceptos escritos por Dios y son una expresión cualificada de la alianza que le ofrece a su pueblo, es decir, el documento de la misma. Escuchar dichas leyes y preceptos es el mejor modo de recibir el don ofrecido por Dios y de vincularse a él en alianza. Pues bien, hay un interesante contraste entre Éx 32,4 y Éx 32,16: en ambos se utilizan dos raíces verbales hebreas, cuya traducción más adecuada sería «hacer» y «grabar» o «esculpir». Ahora bien, mientras que en el último versículo mencionado se usan en relación con Dios, que es quien hace y graba las tablas, en Éx 32,4 las dos raíces indicadas se usan en referencia a la construcción del becerro de oro. Dicho contraste significa: mientras que Dios ha fabricado las tablas, el pueblo de Israel se ha construido un becerro con sus propias manos. Por eso, mientras que las tablas son un medio para encontrarse con Dios, que se comunica no por medio de la imagen, sino de su palabra, el becerro de oro, en cambio, no lo es, puesto que quiere representar mediante una imagen al Dios que se comunica hablando.
En definitiva, Israel prefiere estar cerca de un Dios al que pueda ver y tocar y no de un Dios que se revela mediante la voz y la palabra. Ese es precisamente su pecado, un pecado que, como señalan numerosos autores, es de idolatría (falsa concepción de Dios) y no, en cambio, de politeísmo (multiplicidad o pluralidad de dioses): Israel pide un ídolo y no quiere estar ante el Dios verdadero, al que ciertamente rechaza[153]
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El segundo elemento que caracteriza el pecado de Israel es el de la presencia/ausencia de Dios en medio de su pueblo en Éx 32-34, en particular en Éx 32,1–33,6, versículos que hablan sobre todo de la ausencia de Dios en Israel y del desencanto y desamparo que este último siente[154]
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El tema de la presencia de Dios en medio de su pueblo es característico de Éx 24,12– 40,38, la gran unidad en la que se enmarca Éx 32-34, y expresa o manifiesta de modo especialmente destacado la relación de alianza o vinculación establecida por Dios con Israel (Éx 19,1–24,11). Una presencia que se hace particularmente palpable en el santuario o tabernáculo, cuya construcción se relata en Éx 25-31 y Éx 35-40[155]
. Pues bien, entre la orden divina de construcción del santuario (Éx 25-31) y su realización (Éx 35-40), se encuentra Éx 32-34, en donde se puede considerar la construcción del becerro de oro como expresión de la presencia divina deseada y añorada por Israel en su camino por el desierto. Una presencia que probablemente le tranquilice y pacifique del nerviosismo que le crea la larga estancia de Moisés junto a Dios en la montaña, pero que subraya la confusión de planos en que incurre Israel, quien pretende unificar en uno solo dos planos: el de Dios (la montaña) y el humano (la llanura). De ese modo, intenta hacer
habitar a Dios en la llanura, pensando que así humaniza a Dios y diviniza el citado lugar, olvidando que dicha acción desnaturaliza el ser de ambos mundos.
El tercer y último elemento está expresado en Éx 32,4:
«Todo el pueblo dijo: “Israel, ahí tienes a tu Dios, el que te sacó de Egipto”».
Hemos señalado en páginas anteriores que «Éx 14, punto de llegada de todos los capítulos anteriores, expresa abiertamente que, gracias a la acción de Dios, realizada por medio de Moisés, Israel puede llegar a ser un sujeto libre con capacidad de acción y decisión, dejando atrás su condición de esclavo, privado de toda posibilidad del ejercicio de la libertad» (p. 82). Hemos mencionado también que las dos versiones del Decálogo, la de Éxodo y Deuteronomio, comienzan con una referencia a dicha acción salvífica de Dios en favor de Israel. Ella es tan decisiva para la vida de este, ella es origen y fundadora de su existencia, que preside la promulgación de los diez preceptos del Decálogo a modo de memoria del don originario[156]
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Precisamente a ella se opone la afirmación de Israel de Éx 32,4, que niega la acción salvífica de Dios, la revelación divina sucedida en Egipto mediante la citada acción, no reconociendo así a Dios como el que le sacó de la esclavitud de Egipto[157]
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Presentadas las tres características principales del pecado de Israel en Éx 32, nos ocupamos a partir de este momento de una referencia a la que hemos dedicado ya unas páginas precedentemente y que parece estar también presente en Éx 32. Hemos señalado que «Dios aparece presentado en Gén 3 como el que tiene capacidad para percibir el sentido del pecado y para mostrarlo en toda su complejidad, incluidos los efectos que conlleva». Algo parecido ocurre en Éx 32, sobre todo si se tiene en cuenta un presupuesto y tres elementos o aspectos característicos de dicho capítulo.
El presupuesto tiene que ver con la afirmación de Dios en Éx 32,9:
«Ya veo lo que es este pueblo, un pueblo de cabeza dura».
El relato de Éx 32 utiliza repetidamente el verbo ver, referido a distintos personajes. Así, Israel ve que Moisés tarda en bajar de la montaña (Éx 32,1). Aarón ve el becerro de oro y la reacción del pueblo de Israel ante él (Éx 32,5). Moisés, por su parte, al acercarse al campamento de Israel, ve el becerro de oro y las danzas que allí se bailan (Éx 32,19). Pues bien, Dios es el primero que percibe, que ve, que se da cuenta del sentido del pecado de la construcción del becerro de oro, sustituto de la divinidad. Ni Aarón ni el pueblo son capaces de percibir lo que Dios ha visto: que Israel es un pueblo de cabeza dura o, como se traduce también, un pueblo de dura cerviz, es decir, un pueblo que rechaza escuchar, desobediente, insubordinado, rebelde y con una gran tendencia al mal y al pecado[158]
. Y, como desarrollamos en líneas posteriores, Moisés consigue ver lo que Dios ha visto cuando está en contacto con él.
Los tres elementos característicos, que guardan relación con los efectos del pecado de Israel, son:
este último, sino que también capta los efectos que conlleva la construcción del becerro de oro. Así, Dios afirma en Éx 32,7 que Israel ya no es su pueblo, sino que es el pueblo de Moisés, a quien parece responsabilizar de lo sucedido. Una afirmación que contrasta sobremanera con la realizada por el propio Dios al comienzo del Éxodo, cuando este afirma «he visto la opresión de mi pueblo en Egipto» (Éx 3,7). Si en Egipto, sin libertad y sin capacidad de decisión, Israel es el pueblo de Dios, en el Sinaí, cuando Israel es libre, Dios se desmarca de dicha particularidad al contemplar la construcción del ídolo. También en Éx 32,9 Dios vuelve de nuevo a tomar una brusca distancia de Israel, al referirse a él como «este pueblo».
– En el anterior marco de referencia se puede entender la afirmación de Dios en Éx 32,8: «Bien pronto se ha apartado (Israel) del camino que yo les había trazado». La frase puede comprenderse en relación con la voluntad de Dios y con los preceptos que la configuran; precisamente de ambos se ha apartado y alejado Israel[159]
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– En último lugar, en Éx 32,10 Dios se dirige a Moisés y le dice: «Déjame que se encienda mi ira contra ellos (Israel) y los aniquile, mientras que de ti haré una gran nación». Reconociendo la dificultad de interpretar este versículo, y dejando para un momento posterior la referencia más explícita a la mediación de Moisés y a la promesa que se le anuncia, se puede señalar que Dios está dispuesto a reaccionar contra Israel, condenándolo y destruyéndolo[160]
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Dios, sin embargo, no parece estar solo cuando percibe el pecado cometido por Israel y los efectos que produce; junto a él está Moisés en el papel de destacado mediador, que revela y da a conocer a Israel el citado pecado y los efectos mencionados.
El contacto que se da entre Moisés y Dios y Moisés e Israel es sumamente estrecho: – Junto a Dios conoce Moisés de primera mano el pecado cometido por Israel, pues de
su boca escucha todo lo que este significa e incluye, sin excusarlo o mitigarlo en ningún momento.
– Una vez en la llanura, en el terreno en el que está Israel, Moisés vio la construcción realizada y, «enfurecido, tiró las tablas y las rompió al pie de la montaña» (Éx 32,19). Dicha cólera, dicha furia es similar a la que posee y manifiesta Dios a Moisés en Éx 32,10: «Déjame que se encienda mi ira contra ellos y los aniquile».
– La rotura de las tablas por parte de Moisés (Éx 32,19) expresa la ruptura de la relación entre Dios y su pueblo, el desencuentro que se produce entre ambos, fruto de la construcción del becerro de oro, que, como se ha señalado precedentemente, quiere sustituir la comunicación fluida entre ellos (por medio de la palabra) por una comunicación irreal, basada en la visión de Dios.
– Moisés «tomó el becerro que habían hecho, lo quemó y lo trituró hasta reducirlo a polvo, esparciéndolo en agua, que hizo beber a los israelitas» (Éx 32,20). Una primera y posible interpretación de este difícil versículo, que refleja un topos del antiguo Oriente Medio, se refiere a la total destrucción del becerro de oro y completa de ese modo la afirmación de Éx 32,19: Dios no quiere nada con Israel ni con lo que le pertenece. Otra manera de entenderlo, más literal, resalta lo penoso y doloroso del
pecado, subrayando así el sufrimiento que padece Israel por el pecado cometido. De igual modo, se puede comprender en relación con la voluntad de Moisés de acabar con un culto y una adoración que no debieron nunca darse en Israel. Se siga más o menos una u otra interpretación, el hecho importante es el fuerte mensaje de revelación y denuncia del pecado cometido por Israel que Moisés transmite a sus contemporáneos. – Éx 32,30 presenta una separación de los versículos anteriores, indicada en su
comienzo por una referencia temporal: «Al día siguiente, Moisés dijo al pueblo…: “Habéis cometido un gran pecado. Sin embargo, yo voy a subir al Señor; quizá alcance perdón para vuestro pecado”». Moisés, al estilo de Miqueas y otros profetas veterotestamentarios, presenta, revela y recrimina a Israel el pecado cometido (grande en su calificación), paso primero e importante para que se pueda recibir posteriormente el perdón de Dios[161]
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– En Éx 32,30-35, última sección de Éx 32, se produce un nuevo y difícil encuentro entre Moisés y Dios, en el que el primero reconoce el pecado de idolatría cometido por Israel (Éx 32,31) e intercede por él. La respuesta de Dios a Moisés puede leerse en Éx 32,33-34: «El Señor dijo a Moisés: “Al que ha pecado contra mí le borraré de mi libro. Ahora anda, conduce al pueblo al lugar que te he ordenado. Mi ángel irá delante de ti. Pero en el día de mi visita los castigaré por su pecado”». En estos últimos versículos se resalta más la justicia de Dios que su misericordia: de momento, Dios denuncia y no perdona el pecado de su pueblo, a quien, sin embargo, sigue sin considerar su propio pueblo, cuando habla de «el pueblo» en el momento en que se dirige a Moisés en Éx 32,34. Por eso afirma que él no irá delante de Israel, sino que quien lo hará es su ángel, su mediador, su sustituto[162]
. Un juicio que aparece rematado por la intervención del narrador en Éx 32,35: «Y el Señor castigó al pueblo por el becerro de oro fabricado por Aarón»[163]
. En el capítulo siguiente, Éx 33, Moisés intercede ante Dios para que cambie su actitud respecto al pueblo[164]
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En conclusión, Éx 32 cuenta que, estando en la montaña junto a Dios, Moisés ha aprendido a ver y sentir el pecado de Israel como lo ve y lo siente el mismo Dios. Y, una vez de regreso al lugar en el que se encuentran sus contemporáneos, Moisés manifiesta un rechazo frontal frente al pecado por ellos cometido, similar al expresado por Dios. Es, sin duda, la presencia cualificada de Moisés en el contexto temático en la que la hemos desarrollado un modelo de referencia quizá útil para la teología moral, para quien también puede ser de interés la reflexión y el desarrollo de todos los aspectos presentados en este apartado que ahora concluye.