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4.3 Results of the knowledge management assessment

4.3.1 Knowledge management processes

4.3.1.3 Interview results on KM processes

ción navegaba a toda vela, empujada por los ali-

sios. En tal caso debían de estar ya para entonces

muy cerca de Jamaica. ¿Qué proyectos se traía

Sharkey entre manos, y de qué manera pensaba

servirse de él? Craddock apretó los dientes y juró que, aunque había sido en tiempos un canalla por propia elección, al menos no lo sería nunca obli- gado por otros.

A la segunda mañana, Craddock se dio cuenta de que el barco había recogido una parte de su tra- po y que navegaba dando lentas bordadas, reci - biendo de través el soplo de una brisa ligera. La distinta inclinación del depósito de velas y los rui- dos que le llegaban desde la cubierta iban indi- cando a sus sentidos veteranos con toda exactitud lo que el barco hacía. Las bordadas cortas le indi- caban que estaba maniobrando cerca de la costa, y que se dirigía a un punto previamente determina- do. En ese caso, era seguro que habían llegado ya a Jamaica. ¿Pero qué podía estar haciendo el barco en aquel lugar?

Súbitamente estalló en la cubierta un coro de saludos entusiastas, y retumbó de pronto por en- cima de su cabeza el disparo de un cañón, al que luego contestaron desde lejos, por encima de las aguas, los retumbos de otros cañonazos. Crad- dock se incorporó y aguzó el oído. ¿Había entra- do el barco en combate? Sólo se había disparado un cañonazo, y aunque fueron muchos los de contestación, no percibió el estrépito característi- co que produce una bala al dar en el blanco.

D e t o d o a q u e l l o d e d u j o q u e n o s e t r a t a b a d e u n c o m b a t e , s i n o d e u n m u t u o s a l u d o . P e r o ¿ q u i é n era capaz de saludar al pirata Sharkey? Únicamen-

te podía hacer tal cosa otro barco pirata. En vista de eso, Craddock volvió a tumbarse con un gemi do y continuó trabajando para soltarse de la esposa que seguía sujetándole la muñeca derecha.

Oyó súbitamente ruido de pisadas en el exte

rior, y tuvo el tiempo j usto para volver a enganchar .

los eslabones flojos alrededor de la mano libre. Abrieron el cerrojo de la puerta y entraron dos pi- ratas. Uno de ellos, en el que Craddock reconoció al corpulento cabo de mar, preguntó al otro:

-¿Has traído el martillo, carpintero? Pues en tonces quítale las esposas de las piernas. Es prefe rible que siga con las muñecas esposadas, porque así está más seguro.

El carpintero le aflojó los hierros de las piernas a fuerza de martillo y cortafrío.

-¿ Q u é v a n a h a c e r c o n m i g o ? -preguntó Craddock.

-Ven a cubierta y lo verás.

El marinero le agarró de un brazo y lo arrastró brutalmente hasta el pie de la escalera de escotilla. Por encima de su cabeza descubrió un trozo cua- drado de cielo azul y la vela cangreja empenacha- da con una bandera que ondeaba al viento. Pero la

vista de aquella bandera dejó a Stephen Craddock sin aliento. Era la de Inglaterra y ondeaba por en- cima de otra bandera, la de los piratas. ¡La bande- ra honrada por encima de la criminal!

Craddock se detuvo un instante, atónito; pero un empujón brutal de los piratas, que se habían colocado detrás, le hizo caminar escaleras arriba. Al salir a cubierta, sus ojos se volvieron hacia el palo mayor, y también allí la bandera británica ondeaba por encima del gallardete rojo, y todas las jarcias y obenques estaban engalanados de ga- llardetes.

¿Es que se habían apoderado del barco pirata? Eso era imposible, porque ante su vista estaban los piratas formando pequeños enjambres a lo lar- go de las amuras de babor y agitando jubilosos sus sombreros en el aire. El que se hallaba en el lugar más destacado era el renegado primer oficial, que estaba de pie en el castillo de proa, gesticulando alocadamente. Craddock miró por encima de la borda para ver a quién saludaban, y entonces comprendió, como en una visión relampaguean- te, lo crítico del momento.

Por el lado de babor, y a cosa de una milla de distancia, se veían las blancas casas y los fuertes de Port Royal, que exhibían por todas partes sus teja- dos empavesados con banderas. Enfrente mismo

estaba la boca de las empalizadas que flanqueaban la entrada a la ciudad de Kingston. A menos de un

cuarto de milla de distancia avanzaba un pequeño falucho luchando con un viento muy suave. En lo más alto de su palo llevaba la bandera británica y todas sus jarcias estaban adornadas con gallarde tes. En la cubierta del falucho podía verse una apretada muchedumbre que ovacionaba al barco

pirata agitando sus sombreros. Las manchas de

color escarlata indic a b a n q u e e n t r e l a m u l t i t u d s e encontraban los oficiales de la guarnición.

L a r á p i d a p e r c e p c i ó n p r o p i a d e l h o m b r e a c o s t u m b r a d o a l a a c c i ó n h i z o c o m p r e n d e r a l i n s t a n t e a C r a d d o c k l o q u e o c u r r í a . C o n l a a s t u c i a y a u d a c i a d i a b ó l i c a s , q u e e r a n u n a d e s us principales ca r a c t e r í s t i c a s , S h a r k e y e s t a b a r e p r e s e n t a n d o e l p a p e l q u e e l m i s m o C r a d d o c k h a b r í a r e p r e s e n t a d o si hubiese vuelto victorioso de su expedición. Las

s a l v a s s e d i s p a r a b a n e n h o n o r s u y o , y e n h o n o r suyo se habían colocado todos los gallardetes.

Aquel barco que se acercaba trayendo al goberna- dor, al comandante y a los jefes de la isla venía a

darle la bienvenida a él, a Craddock. Dentro de ''

diez minutos estarían todos ellos bajo el fuego de

l o s c a ñ o n e s d e l Happy Delivery, y Sharkey h abría hecho la más grande de las capturas que jamás hu-

-Traedlo aquí delante -gritó el capitán pirata, cuando Craddock apareció entre el carpintero y el cabo de mar-. Mantened cerradas las troneras, pero tened preparados los cañones de babor, y es- tad listos para disparar una andanada completa. En cuanto estrechemos dos cables más la distan- cia, son nuestros.

-Creo que nos han olido -dijo el contramaes- tre- y tratan de escapar.

-Eso se arregla pronto -dijo Sharkey, volviendo hacia Craddock sus ojos turbios-. A ver, colócate aquí..., aquí mismo, donde ellos puedan divisarte bien. Pon tu mano en la cuerda de retenida y salúdalos agitando el sombrero. Rápido, si no quieres que te vuele los sesos. Ned, métele en la carne una pulgada de tu cuchillo. ¿Qué, vas a sa- ludarles con el sombrero? Vuelve a metérselo, Ned. ¡Mátalo de un tiro! ¡Deténlo!

Pero era demasiado tarde. El cabo de mar, con- fiado en las esposas que sujetaban a Craddock, había soltado un instante el brazo de éste, mo- mento que aprovechó Craddock para zafarse del carpintero, saltar por encima de las amuras en medio de una granizada de balas de pistola, y na- dar desesperadamente. Había recibido varios ba- lazos, pero se necesitaban muchas pistolas para matar a un hombre resuelto y fornido que ha he-

cho el firme propósito de llevar a cabo una acción a n t e s d e m o r i r . E r a u n n a d a d o r m a g n í f i c o , y , a pesar de que iba dejando tras de sí una estela roja

e n l a s a g u a s , a u m e n t a b a r á p i d a m e n t e l a distancia que le separaba del pirata.

—¡Dadme un mosquete! -gritó Sharkey, lan- zando una blasfemia salvaje.

Era un tirador afamado, y sus nervios de hierro