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2 CHAPTER TWO

2.4 COMMAND MENU

I

Por la lectura de los precedentes capítulos, es fácil prever cuáles son las consecuencias que hemos de sacar de nuestra teoría, y que reservamos para la tercera parte de la obra, porque, antes de llegar a estas conclusio- nes, tenemos que discutir, desde diferentes puntos de vista, las ideas que dejamos expuestas. En efecto, es posible aceptar el principio de la anomalía psicológica del criminal, sosteniendo, al propio tiempo, que esta anomalía no es irreducible. Hay muchos filósofos que creen también posible modificar los sentimientos morales por la educación o por las influencias del medio, así como también creen posible modificar el medio social mediante el poder del Estado. De donde surgen dos cuestiones, una psicológica, otra social y, sobre todo, económica, las cuales merecen un examen detenido.

Vamos a comenzar por la cuestión del influjo que la educación puede tener sobre las inclinaciones del criminal, a fin de poder apreciar lo que hay de verdadero y de aceptable en la teoría penal que se llama correccionalista.

El problema de la educación tendría, en efecto, una grandísima impor- tancia para la ciencia penal, si fuese posible transformar, mediante la ense- ñanza, el carácter de un individuo que ha salido ya de la infancia.

Desgraciadamente, parece demostrado que la educación no repre- senta sino una de las influencias que obran en los primeros años de la vida, y que, lo mismo que la herencia y la tradición, contribuyen a formar el ca- rácter. Una vez que este se ha fijado, lo mismo que cuando se ha fijado la fisonomía en lo físico, permanece durante toda la vida. Y hasta es dudoso que, en el periodo de la primera infancia pueda crearse por la educación un instinto moral de que carezca el individuo Por lo pronto, cuando se trata de la infancia, la palabra educación no debe tomarse en el sentido pedagógi- co; más bien significa un conjunto de influencias exteriores, toda una serie de escenas que el niño ve desarrollarse continuamente, y que le imprimen hábitos morales, enseñándole experimentar y casi inconscientemente cuál es la conducta que hay que seguir en los diferentes casos. Más que la en- señanza, obran sobre su espíritu y sobre su corazón los ejemplos de la familia. Pero aun dando a la palabra educación un significado tan amplio, no

podemos estar seguros de sus efectos, o, por lo menos, no hay posibilidad de medir estos efectos83.

Puede observársenos que casi todos los niños parecen desprovistos de sentido moral en los primeros años de su vida; conocida es, por ejemplo, su crueldad para con los animales, así como su tendencia a apoderarse de lo que pertenece a los demás; son enteramente egoístas, y cuando se trata de satisfacer sus deseos, no se preocupan absolutamente nada de los dolo- res que pueden experimentar los otros por su causa.

En la mayor parte de los casos, todo esto cambia cuando se aproxima la adolescencia; pero ¿puede decirse que esta transformación psicológica sea efecto de la educación, o debe verse en ella no otra cosa que un simple fenómeno de evolución orgánica, semejante a la evolución embriogénica, que hace recorrer al feto todas las formas de la animalidad, desde las más rudimentarias hasta llegar al hombre? Se ha dicho que la evolución del in- dividuo reproduce en compendio la de la especie84. Así, en el organismo

psíquico, los instintos que primero aparecen serán los de la bestia; luego, los más egoístas, los del hombre primitivo, a los cuales irán añadiéndose, sucesivamente, los sentimientos ego-altruistas y los altruistas, adquiridos por la raza primero, por la familia después, y, por último, por los padres del niño. Habrá, por consiguiente, una serie de yuxtaposiciones de instintos y de sentimientos, que no serán debidos, sin embargo, a la educación o a la influencia del medio ambiente, sino únicamente a la herencia. “La concien- cia, dice M. Espinas, crece con el organismo y paralelamente a él, ence- rrando aptitudes, formas predeterminadas de pensamiento y de acción, que son emanaciones directas de conciencias anteriores eclipsadas un instante, es cierto, en la oscuridad de la trasmisión orgánica, pero que aparecen de nuevo a la luz con caracteres no equívocos de semejanza, muy pronto con- firmados más y más por el ejemplo y la educación. Una generación es un

fenómeno de sisiparidad transportado a la conciencia85. “

Esta hipótesis no es inverosímil, aunque sea imposible demostrarla rigurosamente, pues para esto sería necesario que en el desarrollo moral

83 Para que la educación ejerza todo su influjo, es necesario que ningún vicio de conformación, ningún estado patológico ni ninguna condición hereditaria que haya persistido durante una larga serie de generaciones, hayan hecho a ciertos centros (nerviosos) absolutamente inexcitables.” Ponencia de SciaManna, en las Actes du premier Congrès d’Anthropologie criminelle, Roma, 1887, p.201

84 Ver haeckel, Antropogenia, París, 1877, p. 48. 85 eSpinaS, A., Des sociétés animales, conclusión, § 2.

de un niño pudiera distinguirse lo que se debe a la herencia de lo que se debe a la educación. ¿De qué manera habría de lograrse esta distinción, supuesto que ambas influencias obran de ordinario en el mismo sentido, en cuanto que casi siempre provienen de las mismas personas, esto es, de los

padres? La educación doméstica no es otra cosa sino la continuación de la herencia, lo que no se ha transmitido orgánicamente se transmitirá por la

fuerza del ejemplo y de una manera igualmente inconsciente. Nunca será posible decir hasta qué punto ha venido una de estas dos fuerzas en auxilio de la otra.

Por esto es por lo que, por un lado, Darwin tiene derecho para decir que si se transportase a un mismo país un cierto número de irlandeses y de escoceses, al cabo de cierto tiempo, los primeros serían diez veces más nu- merosos que los segundos; pero estos a causa de sus cualidades heredita- rias, se hallarían a la cabeza en el gobierno y en las industrias. Y por lo que, por otro lado, ha podido replicar Fouillée: “Colocad a los niños irlandeses en las cunas de los escoceses, sin que los padres se aperciban del cambio; haced que se eduquen como los escoceses, y quizá, con gran asombro vuestro, el resultado sea el mismo”86. Mas este segundo experimento no se

ha hecho todavía, y es probable que no llegue nunca a hacerse. Sin duda, hay miles de niños que no son educados por sus padres, pero, por lo regular, estos últimos son desconocidos. Por fin, hay que atribuir también su parte a los fenómenos de atavismo, los cuales se hallan todavía en la oscuridad, y que no puede determinarse; por manera que todo conspira a que el proble- ma quede sin resolver.

Ocurre con frecuencia que los instintos paternos son contrarrestados o atenuados por los ejemplos maternos; otras veces ocurre lo contrario. Pero esto no prueba nada en favor de la eficacia educativa, pues con la misma apariencia de verdad puede sostenerse que tal efecto es debido sencilla- mente a la superioridad final de una de las dos herencias.

Lo que si puede perfectamente afirmarse es que la influencia heredi-

taria sobre los instintos morales es una cosa demostrada, en tanto que la

de la educación es dudosa, aunque probable, siempre que se entienda en el sentido de ejemplos y hábitos, que se considere que es cada vez menor,

a medida que se avanza en edad, y que se le atribuya únicamente una ac-

86 fouillé, “La philanthropie scientifique au point de vue du darwinisme” en Revue des Deux Mondes, 15 septiembre, 1882.

ción capaz de modificar el carácter, es decir, que puede disminuir, pero no

extirpar los instintos perversos, los cuales quedarán siempre latentes en el organismo psíquico. Así se explica que la perversidad, acaso atávica, que muestran tener algunos niños desde su más tierna edad, no haya podido co- rregírseles en toda la vida, no obstante la conducta ejemplar de sus padres y de las personas con quienes dichos niños tratan, y a pesar de los cuidados más exquisitos y asiduos y de las mejores enseñanzas87. Por el contrario,

parece comprobado que la influencia deletérea de una mala educación o de un medio social depravado puede ahogar por completo el sentido moral transmitido y poner en su lugar los peores instintos. De manera que la crea-

ción artificial de un buen carácter resulta siempre poco estable, mientras

que la de un mal carácter es completa. Lo cual se explica fácilmente, según Ferri, teniendo en cuenta que los malos gérmenes o instintos antisociales, que corresponden a la primitiva edad de la humanidad, son los que se hallan más profundamente arraigados en el organismo psíquico, precisamente por- que se remontan a una época más anterior en la raza. Por lo tanto, son más fuertes que aquellos con los que les ha ido sustituyendo la evolución. De aquí que los instintos salvajes, “no solo no se hallan nunca completamente sofocados, sino que apenas el medio ambiente y las circunstancias de la vida favorecen su expansión, estallan con violencia porque decía Carlyle la civilización no es más que una envoltura bajo la cual puede estar ardiendo, con fuego infernal, la naturaleza salvaje del hombre”88.

Ahora, si la influencia de la educación, en lo tocante al sentido moral, es dudosa, aun durante la infancia, ¿qué sucederá cuando ya se ha salido de este periodo?

Sergi cree que el carácter está formado de capas superpuestas, que pueden cubrir y ocultar por completo el carácter congenital; el medio am- biente, la educación experimental, la misma enseñanza podrían producir una nueva capa, no solo durante la infancia, sino durante toda la vida del hombre89. Esta hipótesis no es admisible, a mi entender, sino en cuanto se

suponga que las capas o estratos más recientes no alteran nunca el tipo ya formado del carácter. Sin duda, el organismo psíquico tiene su periodo de formación y de desarrollo, lo mismo que el organismo físico. El carácter, igual que la fisonomía, se declara desde muy tierna edad. Podrá hacerse más flexible o más duro, embotar sus puntas o aguzarlas, disimularlo en la vida ordinaria; pero ¿cómo es posible que pierda su tipo? Ahora, un tipo

87 Ver la nota B, al final del libro.

88 ferri, Socialismo y criminalidad, p.104.

aparte de carácter es el del hombre desprovisto de los sentimientos morales más elementales, se trata de un defecto orgánico que proviene de la he- rencia, del atavismo o de un estado patológico. ¿Cómo es posible suponer que las influencias exteriores suplan este defecto congénito? La producción

artificial del sentido moral perteneciente a la raza, pero del que el individuo

está desprovisto por excepción, sería una creación ex nihilo.

Mas es difícil, y aun imposible, concebir que ocurra esto cuando, no se trata de un niño sin que por ello neguemos el poder de la educación ¿quién puede poner puede poner en duda sus prodigios cuando se trata de perfec- cionar un carácter, de hacer más delicados los sentimientos que ya existen, en una palabra, de elaborar el material bruto? Lo que no podemos conceder es que pueda sacar algo de la nada.

Acerca de este particular, ha incurrido en la más lamentable contra- dicción, a mi modo de ver, un ilustre psicólogo, el doctor Despine. Él es el que nos ha proporcionado una multitud de observaciones sobre los crimi- nales, que confirman la anomalía de estos; él es el que ha formulado una teoría muy semejante a la nuestra sobre la carencia del sentido moral, no solo en los asesinos a sangre fría, sino también en los grandes criminales violentos90. El mismo es también quien ha afirmado que “la educación me-

jor entendida no puede crear facultades; no puede hacer más que cultivar las que ya existen al menos en germen. Las facultades intelectuales por si solas no proporcionan los conocimientos instintivos que dan las facultades morales; no tienen poder para ello”; que “es fácil reconocer en las facultades morales el origen de los motivos de acción que deben presentarse al espíritu del hombre en las diferentes circunstancias en que este puede hallarse”91, y,

por fin, que “todos los razonamientos, todos los actos intelectuales no serán suficientes para probar el sentimiento del deber, como tampoco probarán los afectos, el temor, la esperanza, el sentimiento de lo bello92”.

Y, sin embargo, el mismo Despine es quien ha propuesto un tratamien- to moral paliativo y curativo de los criminales, tratamiento que ha resumido de la manera siguiente: Impedir toda comunicación entre los individuos mo- ralmente imperfectos. No dejarlos en la soledad, porque en su conciencia no tienen ningún medio para la enmienda. Hacer que estén continuamente en contacto con personas morales, capaces de vigilarlos, de estudiar su natu-

90 DeSpine, De la folie au point de vue philosophique, etc., París, 1875, primera parte, p.39. 91 Idem, p. 40.

raleza instintiva, de imprimir a ésta y de dar a sus pensamientos una buena dirección, inspirándoles ideas de orden y despertando en ellos el gusto y el hábito del trabajo.

El Estado debería, pues, tomar a su cargo estos cuidados asiduos y constantes con los detenidos; vigilar sus progresos, como se hace en un colegio de niños o jóvenes; procurar, mediante los ejemplos, la experiencia, la instrucción, endulzar su carácter, hacerlos afectuosos, honrados, llenos de caridad y celo.

La idea de la aplicación desemejante terapéutica moral a muchos mi- les de criminales es prácticamente una utopía. ¿No sería necesario colocar al lado de cada detenido, digámoslo así, un ángel consolador? Las personas llamadas a desempeñar una misión semejante deberían hallarse dotadas de las más nobles cualidades, de las cualidades más raras entre los hombres la paciencia, la vigilancia, la severidad, etc.; y junto a un conocimiento pro- fundo del corazón humano, deberían poseer instrucción y abnegación. Pero ¿dónde se encontrarían en cantidad suficiente tales médicos de almas?

¿Qué presupuesto sería capaz de soportar tan enormes gastos? Y aun suponiendo que las dificultades prácticas no opusiesen obstáculos in- superables a este sistema, ¿cuáles serían sus efectos?

Una vez separado el individuo de la sociedad, y una vez que no le ro- deasen ya las continuas tentaciones de la vida ordinaria, no experimentaría en su corazón las impulsiones criminales. Le faltaría la causa ocasional, pero el germen criminal continuaría residiendo en él en estado latente, dis- puesto a aparecer de nuevo tan pronto como se reprodujesen las condicio- nes precedentes de su existencia normal. Por tanto, la enmienda solo sería aparente, si es que no era simulada.

Tampoco es seria la idea de una pedagogía experimental, pues si es cierto que los instintos morales de la humanidad se han ido creando por vir- tud de millones de experiencias utilitarias hechas por nuestros antepasados durante millares de siglos, ¿cómo es posible imaginar que aquellas puedan repetirse artificialmente en un espacio de tiempo tan corto como la vida de un individuo, cuyo instinto no ha heredado el fruto de las experiencias de las generaciones pasadas? Y ¿cómo es posible pensar que tales experiencias las haga el detenido que se encuentra separado del mundo exterior y priva- do de todo contacto con este?

Se ha llegado a comprender que es inútil ensayar una curación moral de manera directa, conforme a la utopía de Despine; pero se ha creído que esta curación podía resultar como efecto de un buen régimen penitencia- rio, el aislamiento, el silencio, el trabajo, la instrucción podrían traer como consecuencia el arrepentimiento y las resoluciones honradas, capaces de regenerar a un condenado. Pero, en cuanto al aislamiento, “lo que le falta al pobre y al desgraciado, al hombre culpable y caído, dice elocuentemente Mittelstaedt, no es la separación de la sociedad humana, sino más bien el amor y el contacto con ésta...”

Y por lo que hace al trabajo, añade el mismo autor: A nuestros huma- nistas de la escuela correccional no les queda ya más que la desesperante oscilación de este dilema, es decir, entenderse acerca de las siguientes pa- labras: Trabajo educativo de los prisioneros. ¿Desean el influjo bienhechor del trabajo sobre las costumbres? En tal caso, es preciso que el trabajo se ejerza sin coerción y que se reemplace la detención por la libertad. O bien, ¿desean la coerción al trabajo? Entonces vuelve de nuevo a caerse en el terreno del dolor penal, y el objeto de la enmienda se borra93”.

Los correccionalistas sin embargo, replican que al trabajo obligatorio debe unirse la educación del espíritu y del corazón, por medio de escuelas en las cuales los condenados, de ordinarios rudos e ignorantes, puedan ad- quirir conocimiento de lo bueno y de lo verdadero de que carecen. Desgra- ciadamente, como vamos a ver muy pronto, la experiencia ha demostrado que la eficacia de la escuela sobre la moral individual es ordinariamente nula. Se trata de un delincuente adulto, privado de una parte del sentido mo- ral, del instinto de piedad, y se pretende inculcarle este instinto por medio de la enseñanza, es decir, repitiéndole que uno de los deberes, del hombre es ser compasivo, que la moral prohíbe que hagamos mal a nuestros semejan- tes, y otras cosas tan bonitas como estas… pero, con esto el delincuente no adquirirá más, si es que ya no lo tiene, que un criterio para saber conducirse con más seguridad conforme a los principios de la moral. En una palabra adquirirá ideas pero no sentimientos.

¿Y después? El hombre es bueno, no por reflexión sino por instinto, y precisamente es el instinto lo que le falta. ¿De qué manera se suplirá este

93 MittelStaeDt, Gegen die Freiheitstrafen, 1880. A este propósito dice Spencer (Moral de las pri-

siones): “Es una señal de miras limitadas obligar al condenado al trabajo; pues tan luego como se

vea libre, volverá a ser lo que antes era. Para que siga experimentando la impulsión buena fuera de la cárcel, es preciso que dicha impulsión parta de adentro”. Y lord Stanley exclama en un discurso parlamentario: “The reformation of man can never become a mechanical process” (la regeneración del hombre no puede convertirse jamás en un proceso mecánico).

defecto orgánico? Verá el bien, pero hará el mal, cuando el mal sea cosa que le convenga y que le proporcione placer.

Video meliora proboque; Deteriora sequor

Y de poco sirve que se le repita que el interés social tiene mucha más importancia que el interés individual; que, en último resultado, uno y otro se confunden; que, como miembros de la sociedad, debemos, en ciertos ca- sos, sacrificar nuestro egoísmo, a fin de que obren lo mismo con nosotros. O bien, apoyándose sobre un principio religioso, se le puede hablar de la felicidad de una vida futura para el hombre justo y de la condenación eterna que espera a los perversos.

En el fondo, todo esto se reduce a un razonamiento: si ejecutas) una

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