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2 CHAPTER TWO

2.2 FILE MENU

2.2.7 TABLES

I

Al concluir el capítulo anterior; hemos dicho que nuestra noción del de- lito nos llevaba naturalmente a la idea de la anomalía moral del delincuente. Los adversarios de nuestra teoría podrán decirnos que esto es una supo- sición, una afirmación gratuita. Aun cuando el delincuente haya violado un sentimiento moral, no por eso estamos autorizados para concluir que tenga una organización psíquica diferente de la de los demás hombres. El crimi- nal podrá ser un hombre perfectamente normal, que ha tenido un momento de extravío, pero que podrá arrepentirse. Nosotros no hemos demostrado que la inmoralidad de la acción sea un espejo perfecto de la naturaleza del agente y que el criminal no sea susceptible de los sentimientos que él mismo ha violado. Además, podría decírsenos, aun aceptando la teoría na- turalista, que hace de la voluntad una resultante, “el acto voluntario —según un psicólogo contemporáneo— supone la intervención de todo un grupo de estados conscientes o subconscientes que constituyen el yo en un momento determinado”. Ahora, estos estados de conciencia ¿no pueden variar hasta el punto de producir nuevos actos voluntarios completamente opuestos a los primeros? ¿No puede el criminal de hoy ser el hombre virtuoso de mañana? ¿Qué es lo que prueba la ausencia completa del sentido moral, o el defecto orgánico, o simplemente la debilidad de uno o de otro de los sentimientos al- truistas elementales? ¿No ha podido la fuerza de ciertos motivos vencer, en un determinado momento, la resistencia del sentido moral, sin que sea ne- cesario imaginar, en algunos hombres, una organización psíquica diferente? Lo que hace que se pueda dar a estas preguntas una contestación de- cisiva es que nosotros no conocemos únicamente al criminal por el acto que lo ha revelado, sino por toda una serie de observaciones que demuestran la coherencia de un acto de este género con ciertos caracteres del agente; de donde se sigue que el acto no es un fenómeno aislado, sino el síntoma de una anomalía moral.

Una rápida ojeada a la antropología y a la psicología criminal servirá para aclararnos este punto.

Aun cuando desde la más remota antigüedad se ha tratado de buscar una correlación entre ciertas formas de perversidad y ciertos signos físicos exteriores, puede decirse que la concepción del criminal como una variedad de la especie humana, como una raza degenerada, física y moralmente, es completamente moderna, mejor dicho, contemporánea. La teoría de Gall es muy distinta de la de los nuevos antropólogos. Sabido es que Gall localizaba cada uno de los instintos e inclinaciones humanas en una parte del cerebro, y que su particular desarrollo podía apreciarse por la forma del cráneo en la región correspondiente. Como todos los demás, cada instinto perverso de- bía tener su prominencia. Jamás se propuso Gall describir al criminal como un degenerado. Esta última idea es más reciente, y se debe a las investi- gaciones de varios observadores, como Lauvergne, Ferrus, Lucas, Morel, Despine, Thomson, Nicholson, Virgilio y otros. Lombroso ha creído que mu- chos caracteres que se encuentran frecuentemente en los criminales le au- torizaban para hablar del criminal como de un tipo antropológico. Este autor ha indicado muchos de dichos caracteres de los cuales los principales son: la asimetría del cráneo o de la cara, la submicrocefalia, la anomalía en la forma de las orejas, la carencia de barba, las contracciones nerviosas de la cara el prognatismo (es decir la prolongación, la prominencia o la oblicuidad de las mandíbulas), la desigualdad de las pupilas, la nariz torcida o chata, la frente hundida, la excesiva estatura el desarrollo exagerado de los arcos cigomáticos, el color oscuro de los ojos y de los cabellos.

Ninguno de estos caracteres es constante, pero comparando los de- lincuentes con los que no lo son, se advierte una frecuencia bastante mayor en el mundo criminal25.

Otros trabajos, entre los cuales debemos mencionar los de Benedikt, Ferri, Marro y Corre, han contradicho o confirmado total o parcialmente las conclusiones de Lombroso. Lo que parece que todos admiten es que los criminales tienen un desarrollo mayor de la región occipital en compara- ción con la frontal. Lo cual significa como dice M. Corre, predominio de la actividad occipital, en relación probable con la sensibilidad impulsiva, sobre

25 loMBroSo, Uomo delinqente, p. 284, 4.ª ed., ital., Turín, 1889. De los demás caracteres estudiados por él y por sus discípulos, me parece muy digno de notarse el siguiente, que ha indicado Ottolenghi: “la escasez de cabellos blancos y de cabezas calvas entre los criminales, lo mismo que entre los epi- lépticos y los cretinos, lo cual, dice él, está conforme con su menor sensibilidad” (Apéndice al Uomo

la actividad frontal, que hoy día se reconoce ser enteramente intelectual y ponderadora26.

Sin embargo, está muy lejos de existir un acuerdo completo entre ellos. Y la prueba la tenemos en el congreso de Antropología criminal, ce- lebrado en París en 1889. Con frecuencia ocurre que los caracteres que indican algunos autores como propios de los criminales los encuentran en mayor número otros observadores en los no delincuentes. Sin embargo, hay que convenir, como ha dicho Marro, en que “todos cuantos se ocupan en el estudio físico del criminal llegan a la conclusión de que los delincuentes son seres aparte”. Únicamente aquellos que no han visitado nunca un presidio ni una cárcel, son los que pueden afirmar lo contrario. Yo no puedo analizar todos los trabajos que han visto la luz acerca del particular. Únicamente resumiré los caracteres, sobre los cuales se hallan generalmente contestes los observadores y que yo mismo he podido comprobar por la observación

directa. Mi libro no contendrá sino pocos datos, pero, en cambio, estos ten-

drán más exactitud.

El primer hecho que no ofrece duda es que en una prisión es fácil dis- tinguir los asesinos de los demás delincuentes. “Aquéllos, como dice Lom- broso, tienen casi siempre la mirada fría, cristalizada, alguna vez los ojos in- yectados de sangre, la nariz frecuentemente aguileña o encorvada, siempre voluminosa, las orejas largas, las mandíbulas fuertes, los arcos cigomáticos separados, los cabellos crespos, abundantes, los dientes caninos muy de- sarrollados, los labios finos, frecuentemente tienen tics nerviosos y contrac- ciones en un solo lado de la cara, que producen como efecto el descubrir los dientes caninos, dando al rostro una expresión de amenaza o de burla27.”

Este tipo se destaca de tal manera, que los asesinos difieren general- mente de los demás hombres de su país bastante más que estos últimos difieren de la población de otro país, aun cuando sean distintos etnográfica- mente.

Así, por ejemplo, los asesinos del Mediodía de Italia difieren bastante más de los soldados de estas mismas provincias que lo que difieren estos últimos de los soldados de la alta Italia, en cuanto al diámetro frontal, al índi- ce frontal, al diámetro de la mandíbula y al desarrollo del cuerpo28.

26 corre, Les Criminels, París, 1887, p. 37.

27 loMBroSo, Uomo delinquente, Turín, 1889, 4.ª ed., p. 232. 28 ferri, Nuovi Orizzonti, p. 246

La clase de los homicidas en general tiene con frecuencia los mis- mos caracteres, excepto la inmovilidad del ojo o lo vago de la mirada y la finura de los labios. En toda esta clase, hay un predominio muy acentuado de arcos superciliares prominentes, de cigomas separados, lo cual es un carácter de ciertas razas inferiores, como los malayos29, de pequeñez de

la frente30; pero, sobre todo, resalta la excesiva longitud de la cara con re-

lación al cráneo31, y las mandíbulas excesivamente voluminosas. Ningún

observador niega este último carácter, que es un carácter particular de los hombres sanguinarios. Lo que se discute es únicamente su proveniencia, atribuyéndolo unos a la degeneración (Lauvergne), otros al atavismo (Ferri y Delaunay), otros, por fin, sencillamente al hecho de que existen siempre tipos retardados en el movimiento de evolución que perfecciona una raza o un pueblo (Manouvrier).

Sea lo que quiera de esto, lo cierto es que “En la humanidad toda entera, como también en nuestra raza, la pequeñez de la frente y el tama- ño relativamente grande de la mandíbula coinciden con la disposición al homicidio (Foley)”. Emilio Gautier, el cual estuvo encerrado en una prisión por motivos políticos, declara, después de algunos años, que tiene todavía en el fondo de la retina la fotografía compuesta del tipo criminal, pero que, sobre todo, se acuerda de sus grandes mandíbulas32. Basta echar una ojea-

da a las fotografías de los homicidas para advertir lo frecuente que es esta particularidad. Se nota también su existencia en los autores de estupro, lo que se explica fácilmente teniendo en cuenta que el estupro no es otra cosa más que un efecto de estos mismos instintos de violencia que llevan a otros individuos a atentar contra la vida de las personas.

Por el contrario, los ladrones se caracterizan muy frecuentemente por las anomalías del cráneo, que podrían llamarse atípicas, tales como la sub-

microcefalia, la oxicefalia, la escafocefalia y la trococefalia. Su fisonomía

se distingue por la movilidad del rostro, la pequeñez y la vivacidad del ojo, el espesor y la proximidad de las cejas, la frente pequeña y huida, la nariz larga, torcida o chata, y el color pálido, incapaz de enrojecer (Lombroso).

29 topinarD, Anthropologie, París, 1879, p. 492. 30 ferri, L´omicidio, todavía inédito.

31 Algunas veces se encuentra el tipo opuesto, la braquiprosopia o excesiva pequeñez de la cara. Yo la he advertido en algunos asesinos, los cuáles presentaban al mismo tiempo un diámetro frontal muy corto en relación con el diámetro bicigomático

32 gauthier, E. “Le monde des prisons”, en los Archivos de Antropología criminal de Lyon, 15 de diciembre de 1888.

¿Se quiere comprobar por propia experiencia las afirmaciones de los antropólogos? No hay más que dirigirse a una prisión, y, mediante los signos que acabo de indicar, se distinguirá casi al primer golpe de vista a los conde- nados por robo de los condenados por homicidio. Por mi parte, declaro que me he equivocado, de cada cien veces, siete u ocho.

Se ha ido todavía más lejos: Marro, en un libro reciente, asigna par- ticulares caracteres nada menos que a once clases de criminales; pero es preciso decir que los signos distintivos más caracterizados no son todos físicos, y que se han sacado en su mayor parte de las inclinaciones de los criminales, de sus usos, de su codicia, del grado de su inteligencia e instruc- ción, etc.

En lo que no hay duda es en que las tres clases que acabo de indicar se distinguen fácilmente por su fisonomía, y que, si no poseemos el tipo

antropológico del criminal, al menos tenemos con toda seguridad tres tipos fisionómicos: el ASESINO, el VIOLENTO, el LADRÓN.

Ahora, si examinamos los delincuentes, o, mejor, los prisioneros, en conjunto, y los comparamos con los hombres libres, encontraremos que mu- chos de los caracteres que hemos notado son más frecuentes entre los primeros que entre los segundos. Sin embargo, aun entre los mismos pri- sioneros, la proporción de las anomalías no es más que de cuarenta y cinco o cincuenta por ciento; de manera que el mayor número de criminales no tiene estas anomalías. He aquí el reproche más importante que se ha hecho a Lombroso, y el que ha dado lugar a que los adversarios crean ganado el pleito. Por ejemplo, M. du Bled, en la Revue des Deux Mondes (1° de No- viembre, 1886), después de haber citado mi nombre junto con el de Ferri, y aun reconociendo la importancia de las investigaciones antropológicas de Lombroso, se pregunta: “¿Cómo puede hablar este sabio de tipo criminal, cuando, según él mismo dice, un sesenta por ciento de criminales no tienen los caracteres que les asigna?”

Ya antes se habían hecho objeciones análogas, sin que hubiesen quedado incontestadas. El punto capital de la cuestión es demostrar que la

proporción. de las anomalías congénitas es mayor en un número dado de condenados, que en un número igual de no condenados, porque es evidente

que estos últimos no pueden ser considerados todos como personas honra- das, sino que hay entre ellos muchos individuos con tendencias criminales prontas a estallar. Sabido es que la justicia no logra conocer ni aun la tercera

parte de los delitos comprobados, los cuales, a su vez, no son más que una

pequeña parte de los delitos que se cometen, pues la mayoría de estos no se descubre o ni aun siquiera se denuncian a la policía. Por último, se ha dicho perfectamente que hay clases sociales cuyos instintos criminales se revelan bajo otras formas, amparándose en el Código penal. “En lugar de matar con el puñal, se hará que la víctima se comprometa en aventuras pe- ligrosas; en vez de robar en la vía pública, se harán trampas en el juego; en vez de violar, se seducirá, para abandonar después a la joven traicionada33.”

“Se persistirá cobarde o tontamente, dice M. Corre, en no reconocer el asesinato, el robo, los delitos de todas clases bajo la arrogancia y la brillante librea de las altas posiciones políticas y financieras. Parece que el delito se va amenguando hasta dejar de ser tal delito, a medida que más se eleva y que los culpables son más merecedores de reprobación y castigo, según las convenciones sociales. Es una verdad tan banal como triste que ninguno de los miserables que comercian con los derechos de sus semejantes vive en las cárceles ni en las prisiones; un grandísimo número de ellos representa personajes virtuosos en el escenario del mundo honrado y opulento. Esto es lo que hará difícil la aplicación de los principios antropológicos al estudio de los criminales... ¡Cuántas personas que pasan por honradas son infames, que merecen el grillete mucho más que aquellos pícaros a quienes ellos se lo han remachado!34

En pocas palabras, es un gran error el querer comparar los condena-

dos con los no condenados; pues, en vez de hacerlo así, para obtener dos

términos opuestos, habría que poner de un lado a los verdaderos criminales y de otro a las personas honradas. Esta última clase es, sin duda alguna, la que más difícilmente puede señalarse con certeza; pero tampoco la pri- mera es tan numerosa como la de los condenados. Los dos términos que poseemos son, el primero, de gentes honradas en su mayoría, el segundo, de criminales en su mayoría. Después de esto, ¿qué de extraño es que, si la criminalidad tiene su sello físico, no todos los que presenten este sello formen parte de la población de las cárceles? Por otra parte, si es cierto que tales estigmas se encuentran más frecuentemente entre los criminales, ¿no se debe tratar de explicar este hecho de una manera científica? ¿Y cómo se atreverá nadie a decir que todo es ilusión cuando todos los observadores han afirmado el hecho en su conjunto?

33 FERRI, L´ Omicidio todavía inédito.

Creo que no será inútil presentar aquí algunas cifras que indican las sensibles diferencias existentes entre el mundo que se presume criminal y el que se presume honrado.

Entre las anomalías que tienen un carácter regresivo, el doctor Virgilio ha encontrado 28 por 100 de frentes huidas en criminales vivos; M. Bordier ha encontrado una proporción un poco mayor entre los ajusticiados: 33 por 100. Ahora bien, entre los no condenados, esta anomalía no llega más que a la proporción del 4 por 100. Y la razón de que la proporción sea mayor entre los ajusticiados es, sin duda, la siguiente: que entre estos últimos debía ha- ber un número mayor de verdaderos criminales, por cuanto no se les había concedido indulto. Lo cual no obsta para que, aun entre los ajusticiados, haya podido existir un cierto número de delincuentes inferiores o de simples

insubordinados (revoltés); pero esta clase abunda más, sin duda alguna, en-

tre los detenidos que no se han hecho merecedores de la muerte. También el desarrollo de la parte inferior de la frente ha sido estudiado por Lombroso, con el nombre de prominencia de los arcos superciliares y de senos fronta- les, y advertida en 66, 9 por 100 casos en cráneos de criminales35; la propor-

ción que de este carácter da Bordier se aproxima mucho a la de Lombroso (60 por 100); Marro la ha encontrado en un 23 por 100 de detenidos y en un 18 por 100 en los no criminales36. El eurignatismo (distancia exagerada de

los puntos cigomáticos) llega, según Lombroso, al 36 por 10037. Marro ha

encontrado esta misma anomalía de un modo excesivo en cinco criminales entre 141, sin que haya podido encontrar un solo caso entre los no crimina- les38. Este último observador nos asegura que en un 13,9 por 100 de crimi-

nales, ha advertido la carencia absoluta de barba, no siendo la proporción entre los no criminales más que de 1,5 por 10039. Ha encontrado la frente

pequeña entre los primeros en la proporción del 41por100, y en los no cri- minales en la de 15 por 10040. Lombroso ha encontrado entre los criminales

varios casos de microcefalia y un gran número de casos de submicrocefalia; y sabido es que ordinariamente estas anomalías son excesivamente raras41.

En las prisiones de Waldheim, de 1.214 detenidos, 579 presentaban desviaciones físicas del tipo normal (Knecht, 1883). Entre 400 personas que

35 Uomo delinquente, 3.ª ed., 1885, pp.1731, 174. 36 Caratteri dei delinquenti, 1887, pp. 156, 157. 37 Uomo delinquente, p. 170.

38 Caratteri, etc., p. 128. 39 Caratteri, p. 149. 40 Caratteri, pp. 125, 126.

pasaban por honradas, solo se encontró una que tuviese la fisonomía típica de los grandes criminales (Lombroso).

Cuanto a las deformaciones craneanas que se puede llamar teratoló- gicas o atípicas, tales como la plagiocefalia, la escafocefalia, la oxicefalia, Marro las ha encontrado en número casi igual entre los detenidos y las gen- tes que se supone honradas.

Resulta, pues, que se ha notado que un conjunto de varias anomalías, ora sean degenerativas, ora teratológicas, se encuentra con bastante más facilidad en el sujeto criminal que en otro cualquiera individuo.

En efecto, habiendo comparado Ferri 711 soldados con 699 deteni- dos y presidiarios, ha encontrado sin anomalía alguna el 37 por 100 de los primeros y el 10 por 100 de los últimos; se advirtieron tres o cuatro rasgos irregulares en los soldados en la proporción de 11 por 100, y entre los pre- sidiarios en la de 32,2 por 100; pero los primeros no presentaban nunca un número mayor de anomalías, mientras que los segundos tenían con fre- cuencia hasta seis o siete, y aún más42.

Si ahora se pregunta en qué puede consistir la relación entre una es- tructura particular del cráneo y una organización psíquica anormal, contes- taré que es un misterio.

Debemos limitarnos a consignar los hechos.

Se ha comprobado, pues, la existencia de algunas diferencias cuya profunda significación no puede negarse. Poco importa que este hecho no tenga por el momento interés práctico, por cuanto no nos ofrece un medio para poder distinguir a un criminal entre la muchedumbre.

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