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Comparison between different laser set up parameters

La aceptación de la Nación de la Representación por parte de la economía mundial sugiere que la política universitaria de la identidad de mi generación se redujo finalmente a un conjunto de objetivos polí- ticos modestos, a menudo (y engañosamente) envueltos en una retóri- ca y una táctica impúdicas. Esto no es un mea culpa de izquierdas; me siento orgullosa de las pequeñas victorias que logramos para mejorar la

24. Wall Street Journal, 26 de junio de 1997.

25. Dirk Smillie, «Turning in First Global TV Generatíon, Chnstian Science Monitor, 4 de junio de 1997.

iluminación de la universidad, para que hubiera más mujeres en el

claustro de profesores y para que los programas fueran menos euro- céntricos (para exhumar una expresión de aquellos días). Lo que cues- tiono son las batallas que los luchadores norteamericanos de la cultura nunca peleamos. La pobreza no era un tema del que se hablara mucho entonces; por supuesto, de vez en cuando, durante nuestras cruzadas contra el trío de ismos, alguien planteaba el «clasicismo», y los demás agregábamos obedientemente el «clasismo» a la lista de temas en cues- tión. Pero nuestras críticas se centraban en la representación de las mu- jeres y de las minorías en las estructuras de poder y no en las causas económicas de esas estructuras. «La discriminación contra la pobreza» (nuestra idea de la injusticia tomaba generalmente la forma de la dis- criminación contra alguien) no se podía solucionar modificando las percepciones ni la lengua, y ni siquiera, estrictamente hablando, la con- ducta individual. Las exigencias básicas de la política de la identidad tomaban un cariz multitudinario. En las décadas de 1970 y de 1980, esas multitudes habían existido, y las mujeres y las personas de color po- dían luchar por la distribución del pastel colectivo. ¿Los hombres blan- cos iban a aprender a compartirlo o seguirían acaparándolo? Pero en la política de la representación de la Nueva Economía de la década de 1990, tanto las mujeres como los hombres, los blancos como las perso- nas de color, luchaban por un trozo cada vez más pequeño del pastel, sin preguntar jamás qué sucedía con el resto. Nosotros los estudiantes, para afrontar los problemas básicos del «clasismo» hubiéramos debido considerar los temas básicos de la distribución de la riqueza; y a dife- rencia del sexismo, el racismo o la homofobia, eso no era lo que solía- mos llamar «un problema de conciencia».

Así es que el clasismo desapareció del programa, junto con todos los análisis económicos —o corporativos— serios. Es verdad que en nuestras filas había personas con objetivos revolucionarios. Como los radicales de la contracultura de la década de 1960, que creían que al arrojar ácido conmovían los cimientos de la civilización occidental, un grupo de profesores y de estudiantes de la política de la identidad pen- saban que «se están dando fuertes golpes contra el capitalismo en el campo teórico», como lo expresó el crítico Gayatri Spivak.27 Y Dinesh

D'Souza y sus congéneres no resistieron la tentación de denominar «neomarxistas» a estos militantes, aunque en realidad nada estaba más

27. Tim Brennan, «"PC" and the Decline of the American Empire», SocialPolicy, verano de 1991, pág. 16.

lejos de la verdad. La perspectiva de tener que cambiar unos cuantos productos y contratar unas cuantas mujeres y personajes étnicos en las

oficinas y en la televisión no significaba ninguna amenaza especial para los principios de rentabilidad de Wall Street. «El verdadero pecado del movimiento de la identidad (...)», escribía el profesor de literatura Tim Brennan en 1991, «no era su supuesta intolerancia ni su rigidez, sino que no era lo suficientemente político; que era una simulación de la lu- cha política».28

Ese pecado fue grave, porque todas las tendencias económicas que tanto se aceleraron durante la década pasada se relacionaban con la re- distribución y la estratificación masivas de los recursos mundiales: de los puestos de trabajo, los bienes y el dinero. Todo el mundo, menos quienes ocupan los puestos superiores de la élite empresarial, gana menos.

Y en retrospectiva, lo más sorprendente es que en los mismos años en que la política de la identidad se encerraba más en sí misma, el res- to del mundo hacía algo muy diferente: miraba hacia afuera y se ex- pandía. En el momento en que el campo de visión de los progresistas más a la izquierda se estrechaba e incluía solamente los temas que más inmediatamente próximos le eran, el horizonte de las empresas mun- diales crecía y abarcaba el mundo. Mientras los ejecutivos soñaban con abrir Big Macs en Rusia y Benetton en Shangai y mientras se pro- yectaban logos en la Luna, las lentes políticas de muchos militantes y teóricos se estrechaba hasta tal punto que, con la excepción de un bre- ve período durante la guerra del Golfo, la política exterior y la econó- mica quedaron fuera de la pantalla del radar. En América del Norte hasta la lucha contra el libre comercio consistía en proteger a los tra- bajadores y a los recursos canadienses y estadounidenses, y no se ocu- paba de los posibles efectos del acuerdo comercial con México ni los que otras medidas de liberalización rápida ejercían en el mundo en vías de desarrollo. Cuando la izquierda perdió el debate sobre el libre comercio, se sumió aún más en sí misma y seleccionó temas todavía más minúsculos por los que hacerse fusilar. Esta retirada reflejaba una parálisis más extendida provocada por las intimidantes abstracciones del capitalismo mundial; irónicamente, se trataba de los temas que más urgentes deberían haber sido para cualquiera que se preocupara por el futuro de la justicia social.

En este nuevo contexto globalizado, las victorias de la política de la identidad se han reducido a redistribuir el mobiliario mientras la casa arde. Sí, hay muchos programas televisivos multiétnicos y hasta más ejecutivos negros, pero cualquiera que sea el grado de mejora cul- tural posterior, no se ha evitado las rebeliones de los marginados ni que el problema de los sin techo alcance proporciones de crisis en muchos centros urbanos estadounidenses. Es verdad que los medios de comu- nicación y la cultura popular ofrecen mejores modelos a las mujeres y a los homosexuales, pero la propiedad de las industrias de la cultura se ha consolidado tan rápidamente que, según William Kennard, presi- dente de la Comisión Federal de Comunicaciones de EE.UU., «los grupos minoritarios y comunitarios y las pequeñas empresas en gene- ral tienen menos oportunidades de integrarse en ellos».29 Y aunque

puede ser cierto que las adolescentes gobiernan en América del Nor- te, siguen sudando en Asia y en América Latina, fabricando las cami- setas con el eslogan impreso «Las chicas Mandan» o las zapatillas Nike que en último término permiten a las chicas integrarse en el juego.

Todo esto no es simplemente una traición del feminismo, sino una traición de los principios mismos sobre los que descansa el movimien- to feminista. Aunque la política sexual con la que me crié en la década de 1980 se ocupaba casi exclusivamente de que las mujeres tuviesen representación igualitaria en las estructuras de poder, la relación entre el género y la clase no siempre ha sido tan descuidada. Pan y rosas, que era el grito de guerra del movimiento feminista, se origina en el es- logan de un cartel que se vio durante la huelga de las trabajadoras tex- tiles de Lawrence, Massachusetts, en 1912. «Lo que quiere la mujer trabajadora», explicó la histórica militante Rose Schneiderman en un discurso de ese año, «es el derecho de vivir, y no simplemente de exis- tir».30 Y el 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer, se seleccionó

para conmemorar el aniversario de la manifestación de 1908 en que «las obreras de la industria del vestido recorrieron las calles de Nueva York para protestar contra las pésimas condiciones de trabajo, contra el trabajo infantil, las jornadas laborales de doce horas y los salarios paupérrimos».31 Las jóvenes que crecieron leyendo El Mito de la Be-

lleza y que consideraban los trastornos alimentarios y la poca estima

de sí mismas como los subproductos más perniciosos de la industria

29. New York Times, 8 de diciembre de 1997, pág. D12.

30. Sarah Eisenstein, Give Us Bread But Give Us Roses, Nueva York, Routledge. 1983,

pág. 32.

de la moda tendían a olvidar a aquellas mujeres que salieron a la calle

el 8 de marzo, y quizá ni siquiera conocían su existencia.

Cuando recordamos todo esto, parece tratarse de una ceguera vo- luntaria. El abandono de los fundamentos económicos radicales del movimiento feminista y de los derechos humanos debido a la unión de causas que llegaron a ser conocidas como lo políticamente correcto educó a una generación de militantes en la política de la imagen y no de la acción. Y si los invasores del espacio no tuvieron problemas para penetrar en nuestras escuelas y comunidades, eso se debió, al menos en parte, a que los modelos políticos de moda en el momento de la in- vasión nos habían equipado mal para enfrentar temas más relaciona- dos con la propiedad que con la representación. Estábamos demasiado ocupados analizando las imágenes que se proyectaban en la pared para advertir que habían vendido hasta la pared misma.

Pero si las cosas fueron así hasta hace poco, ahora ya no lo son. Como veremos en la cuarta parte, en los colegios secundarios y en las universidades está apareciendo una nueva cultura política radical. En vez de poner el acento en ese juego de espejos que pasa por ser la ver- dad empírica (como hicieron los académicos posmodernos), y en vez de luchar por espejos mejores (como los luchadores de la identidad), los militantes actuales de los medios de comunicación se dedican a conmover la superficie impenetrablemente brillante de la cultura de las marcas, a recoger los despojos y a utilizarlos como armas afiladas en una guerra de acciones, y no de imágenes.