La abundante literatura recoge, principalmente, tres tipos de violencia de género: violencia física, violencia psicológica y violencia sexual (Escobar et al., 2011).
En primer lugar, la violencia física implica todo tipo de conductas intencionales que produzcan daño corporal o lesión a través de golpes de diversa intensidad, con las manos, objetos o armas: empujones, patadas, puñetazos, palizas, mordeduras, quemaduras, cortes, intentos de estrangulamiento, etc., consideradas como conductas activas. Las conductas pasivas suponen la omisión de cuidados médicos durante una enfermedad, incluidas las lesiones que se producirían de las conductas activas. Este tipo de violencia es la más explícita y la más fácil de identificar (Escobar et al., 2011). El
informe del Center for Communications Programs, de la Universidad John Hopkins
(Heise, 1999), señala que entre un 10% y un 69% de las mujeres en el mundo habían recibido maltrato físico (18% a 58% en países europeos).
En segundo lugar, la violencia psicológica o emocional hace referencia a conductas tales como insultar, humillar, realizar burlas públicamente, críticas constantes, desprecios, abandono y aislamiento emocional, incomunicación, gritos, chantajes, amenazas de tipo económico, control de lo que dice, etc. Este tipo de violencia es más implícita y presenta mayor dificultad su demostración, sobre todo cuando las mujeres no son conscientes de estar siendo maltratadas y contribuyen ellas mismas a su invisibilidad. Las manifestaciones más frecuentes asociadas a este tipo de violencia son la inestabilidad, mareos, sensación de ahogo, palpitaciones, taquicardia, miedo a morir o a perder el control, hipervigilancia, insomnio o hipersomnia, sentimientos de culpa, manifestaciones somáticas, intentos de suicidio y disminución de la energía (Escobar et al., 2011).
Anteriormente, Ferreira (1992) abordó el estudio de la violencia psicológica asociada a conductas vinculadas a los ámbitos social, ambiental y económico. En opinión de esta autora, la violencia psicológica ejercida en el ámbito social trata de humillar y descalificar a la mujer en público. En el ámbito ambiental el agresor ejerce la violencia hacia los bienes y posesiones de la mujer. Finalmente, en el ámbito económico el maltratador gestiona y administra el dinero, impidiéndole el acceso a éste, controla el patrimonio familiar, toma decisiones sobre su uso, se apodera de los bienes, le impide trabajar relegando, en exclusividad, a la pareja a las labores domésticas y crianza, y le
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asigna una cantidad pidiéndole cuentas de los gastos que realiza. El trabajo de Fontanil et al. (2005), con 421 víctimas de violencia de género del Principado de Asturias, muestra un menor porcentaje en la perpetración del maltrato físico (42,7%) que del maltrato psicológico, ya que en un 52,2% de los casos se atentó contra la libertad de acción, un 55,7% de las mujeres vio restringida su independencia y participación y el 28,7% recibió maltrato psicológico por el daño a bienes y posesiones.
Payueta (2000) analiza una sucesión de fases asociadas a la violencia de género de tipo psicológico en las que la intensidad de la violencia va incrementándose. En la primera de las fases, el agresor trata de impedir la comunicación para mantener el mito de superioridad y el control, recurriendo a conductas como ignorar lo que la mujer dice (sordera y olvido selectivo) o negarse a discutir aquello que no le conviene, negar el conflicto y minimizar la comunicación. En las últimas fases, el agresor impide que la víctima reciba información y ayuda del exterior y trata de “aniquilarla” insultándola cruelmente, culpándola de su cólera y haciéndola sumisa a sus órdenes. Dada la invisibilidad del maltrato psicológico y la repercusión que tiene para la víctima, son pocas las denuncias que se interponen, puesto que esta tipología de maltrato es difícil demostrar o evidenciar (Payueta, 2000). Para Pico-Alfonso, García-Linares, Celda- Navarro, Herbert y Martínez (2004), la violencia psicológica es la más frecuente y puede tener un impacto sobre la salud de igual o mayor repercusión que otros tipos de violencia.
En tercer y último lugar, la violencia sexual consiste en conductas que abarcan desde la imposición de relaciones sexuales, hasta el abuso y la violación por medio de la fuerza física (Escobar et al. 2011). Las manifestaciones asociadas a la violencia sexual son el abuso, la agresión y el acoso haciendo uso de otras manifestaciones de violencia física. El estudio de la OMS (2005) en diez países (Bangladesh, Brasil, Etiopia, Japón, Namibia, Perú, Samoa, Serbia y Montenegro, Tailandia y República Unida de Tanzania) con una muestra de 24.000 mujeres, evidencia que la violencia sexual se producía a través de la fuerza física en casi el 50% de los casos, si bien en Etiopía y Tailandia hubo un mayor porcentaje de mujeres que declararon haber tenido relaciones sexuales por temor a sus parejas. Una consecuencia de la violencia sexual es la dificultad para protegerse de embarazos no deseados, de ahí que ser víctima de violencia sexual sea el precedente de tener muchos hijos en Nicaragua (Ellsberg, 1999).
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El trabajo presentado por Medina y Barberet (2003) en España muestra que de los 2.015 casos que componían la muestra de mujeres mayores de 18 años, el 42,5% había sufrido violencia psicológica y el 15,2% violencia psicológica grave. La violencia física se había producido en el 8% de los casos y la violencia física grave en el 5%. Finalmente, el 11,5% había sido víctima de violencia sexual y el 4,7% de la muestra había sido víctima de violencia sexual grave. Un estudio realizado en España por Andrés-Pueyo et al. (2008), sobre una muestra de 102 expedientes con denuncias sobre violencia de género de los Juzgados Penales de la Audiencia Provincial de Barcelona entre el 2004 y 2005, refleja la realidad crónica y repetitiva de este tipo de violencia. Un 73% de las víctimas habían sido agredidas con anterioridad a la denuncia interpuesta, de éstas, el 85,3% había sido víctima de maltrato psicológico. Finalmente, el 44% de las mujeres agredidas no se separaron de la pareja a pesar del largo historial de malos tratos (una media de convivencia con el agresor de 13,7 años). Para Medina y Barberet (2003), mientras que un 80% de las mujeres agredidas físicamente por sus parejas se reconocen víctimas de este tipo de violencia, solamente un 4% de las mujeres se reconocen víctimas de violencia psicológica.
También en España, la macroencuesta realizada telefónicamente a 2.090.767 mujeres mayores de 18 años por el Instituto de la Mujer (2000), proporcionaba la cifra de un 14,2% de mujeres consideradas “técnicamente” maltratadas, frente a un 4,2% que se declaraban como tales (Ruiz-Pérez, Blanco-Prieto y Vives-Cases, 2004). La diferencia podría indicar que la violencia es vivida por las mujeres como algo normalizado en su relación. El mismo organismo (Instituto de la Mujer) en el año 2002 señalaba un 8,7% de mujeres maltratadas frente al 2,3% auto-percibidas como maltratadas (datos no publicados) (Ruiz-Pérez et al., 2004). Las mismas autoras realizan una síntesis de estudios que han abordado los distintos tipos de violencia y la prevalencia de las mismas tal y como muestra la Tabla 1.1.:
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Tabla 1. (Nº1) Estudios sobre la prevalencia de los distintos tipos de violencia ejercida sobre la mujer
Autores y año Tipo de maltrato Prevalencia %
Richardson et al. (2002). Físico. Control. Amenaza.
41 74 46 Coker, Smith, Mckeown y King
(2000). Físico y sexual. Emocional y psicológico. Violencia pasada. 55,1 77,3 22,7 Petersen, Gazmararian y Clark
(2001).
Todo tipo de maltrato. 28
Coker y Derrick (2000). Todo tipo de maltrato. 25,3
Mazza, Dennerstein, Garamszegi y Dubley (2001).
Todo tipo de maltrato. 28,5
Mata y Ruiz (2002) Todo tipo de maltrato.
Psicológico. Físico. Sexual. 22,8 22,3 9,8 5,1
Fuente: Ruiz-Pérez et al. (2004, p.7). No todas las mujeres víctimas de violencia de género sufren todos los tipos de abuso, aunque es muy frecuente que se puedan producir de manera conjunta (Matud, 2004a). Tanto la violencia física como la psicológica están ligadas, ya que una persona sufre daños psicológicos cuando es golpeada (Dutton y Golant, 1995). Para Matud (2004b), es frecuente que se solapen el maltrato físico y psicológico, lo cual se observó en el 46% de una muestra española de 270 víctimas de violencia de género. Un 33% de mujeres sufría los tres tipos de maltrato y un 16% eran maltratadas psicológicamente. El estudio de Pico-Alfonso (2005) reflejó que el 100% de mujeres maltratadas físicamente, también lo fueron psicológicamente, y que fueron víctimas de abusos sexuales en el 32% de los casos.
Ruiz-Pérez et al. (2006) realizaron un estudio con 1.402 mujeres que acudían a centros de atención primaria, obteniendo que el 32% había sufrido algún tipo de maltrato a lo largo de su vida. La violencia física y psicológica se había presentado conjuntamente en el 7% de los casos; la violencia psicológica en el 14%, la violencia psicológica y sexual en un 3%, y los tres tipos de violencia se habían dado en el 6% de las mujeres. Olaiz, Rojas, Valdez, Franco y Palma (2006) realizaron una investigación en México con una muestra de 820 mujeres mayores de 15 años, de las cuales el 60,4% había sido víctima de violencia alguna vez en su vida. El 42,2% sufrió violencia física y el 37,9% fue víctima de violencia psicológica en la infancia. En este estudio, el porcentaje de los tres tipos de maltrato psicológico, físico y sexual fue del 19,6%, 18,5% y 17,3%, respectivamente, en edad adulta.
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Según Domínguez, García y Cuberos (2008), el tipo de violencia más habitual es la psicológica (52%), seguida de la física (18%). Unger y Crawford (1992) señalan que la violencia física y la psicológica se consideran de manera separada porque, aunque doloroso, el maltrato psicológico no conlleva lesiones como ocurre en el físico, y este último es más fácil de medir que el psicológico. Para Smith, Thornton, DeVellis, Earp y Coker (2002), la mitad de las mujeres que han sido víctimas de violencia física, también lo han sido de violencia sexual. Cuando la mujer es víctima de un único maltrato, el más frecuente es el psicológico, seguido del físico y, por último, el sexual (Fontanil et al., 2002).