• No results found

4.5 Theme three: What is competence?

4.5.1 The competent self

La creencia en la existencia de diferencias de género asumiendo que los hombres son superiores a las mujeres tiene una larga historia (Baron y Byrne, 2005). En la tradición judeocristiana, los hombres fueron originariamente elegidos como los dueños de sus familias (Wolf, 1992). Rojas Marcos (1995) recoge algunos de los proverbios que han contribuido a la infravaloración de la figura femenina, por ejemplo, una oración hebrea dice “adorado seas, Señor, nuestro Dios, Rey del Universo, que no me has hecho mujer”. En el Talmud, a los judíos se les enseñó que las categorías de la propiedad incluían ganado, esclavos y mujeres. En el Antiguo Testamento se señala que Dios dijo a la mujer: “Multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Parirás con dolor los hijos y buscarás con ardor a tu marido, que te dominará” (Génesis 3, 16). En el Nuevo Testamento, en la carta del apóstol Pablo a los Efesios (5:22-24) se transmite la siguiente premisa:

Sométanse así las esposas a sus maridos, como al Señor. El hombre es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, cuerpo suyo, del cual es así mismo salvador. Que la esposa, pues, se someta en todo a su marido, como la Iglesia se somete a Cristo. (5:22-24)

Según Andrés-Pueyo y López (2005), en la tradición judeocristiana la figura que encarna los valores del bien es Dios. Este Dios es varón, padre, con capacidad de engendrar a su hijo. En nuestra sociedad, es el padre el encargado de la ley en la casa y quien castiga. La figura femenina, María, no es diosa. Está subordinada a Dios padre e hijo y no realiza ningún acto prodigioso o divino. Otro símbolo de la mujer es Eva, la esposa, subordinada al hombre; hecha por Dios no a su imagen y semejanza, sino de Adán, por lo tanto, diferente y de menor valor. Representa la seducción, el placer y el pecado, siendo culpable de las desgracias humanas (Andrés-Pueyo y López, 2005).

En la tradición helénica se repiten similares arquetipos. La máxima jerarquía del Olimpo es Zeus, encargado de imponer el orden en la esfera divina y humana. Es quien aplica justicia de forma violenta, incluso a la hora de emparejarse y engendrar. Utiliza el engaño para seducir, y cuando no lo logra, rapta y viola a diosas y a mortales. Atenea, aunque guerrera, no es violenta. Representa la estrategia, lo mental; aunque es una diosa

13

varonil, virgen; no nacida de madre sino de la cabeza de Zeus. Afrodita es la diosa del amor, encarnando la seducción (Andrés-Pueyo y López, 2005).

Rojas Marcos (1995) narra otros ejemplos procedentes de la mitología griega. Así, Filomena fue violada por Tereus, rey de Tracia, quien le cortó la lengua para que no pudiera contar lo ocurrido. La joven Kainis, violada por Poseidón, pidió a su dios violador que la convirtiera en hombre con el fin de evitar dicha deshonra en el futuro. “Las múltiples violaciones y sometimientos perpetrados por los dioses del Olimpo y su conquista de los templos de las diosas simbolizan el triunfo del patriarcado” (Rojas Marcos, 1995, p. 72). El mismo autor muestra otros ejemplos en el folklore popular español, con adivinanzas como ésta: “¿En qué se parecen las mulas a las mujeres? En que las dos funcionan mejor después de haber recibido una buena paliza”. Por lo tanto, la diferencia entre ambos géneros tiene una base patriarcal, es decir, se encuentra jerarquizada social y económicamente por el varón (Andrés-Pueyo y López, 2005). En el sistema patriarcal predomina la asimetría y la desigualdad respecto a quién domina (hombre) y quién es dominada (mujer), dando por resultado una jerarquía y una división de roles masculinos y femeninos que se sustentan en el monopolio del poder del patriarca o cabeza de familia (Morales-Bonilla, Rojas y Ramírez, 2013).

La mayor parte de la literatura que analiza la violencia de género lo hace desde la perspectiva del patriarcado (Alberdi y Matas, 2010), concepto que acompaña desde el principio a las ciencias sociales (Talego, Del Corral y Sabuco, 2012). Los mismos autores consideran que como producto de la socialización, los varones aprenden a ser violentos e imperativos mientras las mujeres son enseñadas en la mansedumbre y la sumisión. Por lo tanto, el dominio patriarcal supone un contexto idóneo para que la violencia que ejercen hombres contra las mujeres sea una constante, aunque no la única posibilidad relacional (Talego et al., 2012). El patriarcado es un sistema de organización social en el que los puestos de poder se encuentran en manos de varones. Es un sistema meta-estable, es decir, sus formas se van adaptando a los distintos momentos históricos (Puleo, 2005). Se trata de una discriminación intemporal que tiene su origen en una estructura social determinada, el patriarcado (Maqueda Abreu, 2006). Ateniéndose a estas características, todas las sociedades humanas conocidas son patriarcales. Se han distinguido dos tipos de patriarcado: de coerción y de consentimiento. Los primeros mantienen unas normas muy rígidas de los papeles de hombres y mujeres. El patriarcado de consentimiento se relaciona con sociedades más avanzadas. En opinión

14

de Lizana (2012), el elemento más determinante a la pregunta de por qué maltratan los hombres tiene que ver con la existencia de una cultura patriarcal que sustenta el maltrato sobre las mujeres. Es el factor clave para entender la violencia de género como un fenómeno estructural que afecta a otros factores: a nivel social, desde la influencia del patriarcado, muchas instituciones (sanidad, justicia, policía, etc.) tienen dificultades para identificar la violencia de género; y a nivel familiar, aparecen factores de riesgo como haber sido testigo de dicha violencia.

Por otro lado, la historia de las ideas se ha visto, desde sus orígenes, abanderada por el pensamiento misógino (Escobar et al., 2011). Se entiende por misoginia el odio, rechazo, aversión y desprecio de los hombres a las mujeres y todo lo relacionado con lo femenino. La palabra misoginia está formada por la raíz griega “miseo”, que significa odiar, y “gyne”, que significa mujer (Ferrer y Bosch, 2000). Grandes pensadores (Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, Rousseau, Nietzche) han negado cualquier atisbo de igualdad entre géneros, justificando la desigualdad e incluso la violencia de género y naturalizando la situación de subordinación de las mujeres (Escobar et al., 2011). Algunos ejemplos que ilustran esa tradición se muestran en la siguiente Cuadro 1.1:

Cuadro1.1 (Nº1) Antecedentes históricos

Frases machistas y misóginas a lo largo de la historia Fuente

Y dijo Dios a la mujer: Por haber comido del árbol que te prohibí comer, parirás con dolor, irás detrás de tu marido y él te dominará.

Biblia Génesis 3,16 hace 3.000 años.

La mujer es mala. Cada vez que se le presente la ocasión, la mujer pecará.

El cuerpo de la mujer es sucio y no puede ser depositario de la ley.

Siddhartha Gautama Buda, fundador del Budismo hace 2.500 años.

Durante su infancia la mujer debe depender de su padre. Durante su juventud, de su marido. Si ha muerto su marido, de sus hijos. Si no tiene hijos, de los parientes de su marido. Una mujer no debe nunca gobernarse libremente.

Leyes del texto sagrado del Hinduísmo hace 3.000 años.

Las mujeres deben adorar al hombre como a un dios. Nueve veces por la mañana, de pie ante sus maridos, con los brazos cruzados, deben repetirle: ¿Qué quieres, señor mío, que haga?

Zoroastro, fundador de la religión persa hace 2.800 años.

Los hombres son superiores a las mujeres porque Dios les ha otorgado la preeminencia sobre ellas. Los maridos que sufran desobediencia de sus esposas, pueden castigarlas, dejarlas solas en sus lechos y hasta golpearlas.

Corán, Sura 4,38, hace 650 años.

Existe un principio bueno que creó el orden, la luz y el hombre, y un principio malo que creó el caos, la oscuridad y la mujer.

Pitágoras, filósofo y matemático hace 2.500 años.

Las mujeres, los esclavos y los extranjeros no son ciudadanos. Pericles, estadista ateniense hace 2.450 años.

De la mujer puede decirse que es un hombre inferior. La naturaleza sólo hace mujeres cuando no puede hacer hombres.

Aristóteles, filósofo y científico hace 2.350 años.

Las mujeres cállense en las iglesias porque no les es permitido hablar allí. Si desean saber algo, pregúntenselo a sus maridos en la casa. Pues

Primera Carta a Corintios, 20 años después de Cristo.

15

Frases machistas y misóginas a lo largo de la historia Fuente

es indecente que una mujer hable en público en la iglesia.

Mujer, la maldición que Dios pronunció sobre tu sexo todavía pesa en el mundo. Tú eres la puerta del infierno, la primera que violaste la ley divina, tú fuiste la causa de que Jesucristo muriera. Debieras ir vestida de luto y andrajos, anegada en lágrimas, por haber perdido al género humano.

Tertuliano, doctor de la Iglesia, 200 años después de Cristo.

La mujer es un ser inferior. Corresponde a la justicia, así como al orden natural de la Humanidad, que las mujeres sirvan a los hombres. ¡Cuán sórdido, inmundo y horrible es el abrazo de una mujer!

Agustín, padre de la teología occidental cristiana 400 años después de Cristo.

El padre tiene que ser más amado que la madre y merece mayor respeto porque su participación en la concepción es activa, y la de la madre es pasiva y material. La mujer es un defecto de la naturaleza, una especie de hombrecillo fallido y mutilado. Si nacen mujeres se debe a un defecto del esperma o a los vientos húmedos.

Tomás de Aquino, el teólogo católico más influyente Siglo XIII.

En la composición de la primera mujer había una falla: fue hecha de una costilla curva, curvada en dirección contraria a la del hombre. Por culpa de esa falla la mujer es un animal imperfecto y por eso no puede sino engañar.

Jakob Sprenger, monje dominico, inquisidor, condenó a la muerte a miles de mujeres

acusándolas de brujas Siglo XV.

No importa que las mujeres sufran por parir o hasta que mueran. Porque para parir han venido al mundo.

Martín Lutero, monje agustino inspirador de la Reforma Protestante. Siglo XVI.

Desde la edad de seis años, la mujer no crece más que en estatura. Una mujer amablemente estúpida es una bendición del cielo.

Voltaire, filósofo francés. Siglo XVIII.

La educación de la mujer habrá de ser organizada con relación al hombre. La mujer está hecha para someterse al hombre y soportar sus injusticias.

Jean Jacques Rousseau, ideólogo de la Revolución Francesa. Siglo XVIII.

Si vas con mujeres no olvides el látigo. Friedrich Nietzsche,

filósofo y poeta alemán. Siglo XIX.

El fin de la mujer es parir hombres y para tal fin hay que educarla. Mucho sol, aire, agua. Ella es, y no el hombre, la que tendría que dedicarse al ejercicio físico. Al hombre le basta con mover el cerebro.

Miguel de Unamuno Intelectual español Siglo XX

Muy pocas mujeres son creativas. No enviaría a mi hija a estudiar física. Estoy contento de que mi segunda mujer no sepa nada de ciencia. Porque la ciencia vuelve agrias a las mujeres.

Albert Einstein, físico alemán descubridor de la Teoría de la Relatividad. Siglo XX.

Fuente: Trabajadora social de la Comisaría de la Mujer de León (Nicaragua). Pese a ese pensamiento misógino, desde la Edad Media existen argumentos y reflexiones en torno a la situación de la desigualdad que propugnan la reivindicación de

los derechos de las mujeres, siendo un precedente la obra de Cristine De Pizan, La

ciudad de las damas, escrita en 1405, en la que la autora reflexiona sobre una ciudad ideal en la que no existen ni las guerras ni el caos promovido por el hombre (Escobar et al., 2011).

En 1673, Poulain de la Barre publica De la igualdad de los dos sexos, libro con

16

mujeres como medio para terminar con la desigualdad y como vía hacia el progreso (Beltrán y Maqueira, 2001). Un siglo más tarde, en plena Revolución Francesa, Olimpia

de Gouges publicó la réplica femenina a la Declaración de los derechos del hombre y

del ciudadano de 1789. La Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadanía, publicada en 1791, fue considerada una de las formulaciones más claras en defensa del derecho a la ciudadanía femenina (Varela, 2005).

Para Nuria Varela (2008), la obra de la británica Mary Wollstonecraft, de 1792,

Vindicación de los derechos de las mujeres, es considerada una obra fundadora del feminismo, donde se recoge la necesidad de la igualdad entre hombres y mujeres, la independencia económica y la necesidad de participación y representación parlamentaria. Según Varela (2008, p. 11), “no es tanto una obra de reivindicación de unos derechos políticos concretos, como de reivindicación moral de la individualidad de

las mujeres y de la capacidad de elección de su propio destino”.

Muchos otros autores, como D´Alembert, Condorcet, Madame de Lambert, Théroigne de Méricourt, John Stuart Mill o Simone de Beauvoir defendieron la igualdad entre los sexos y refutaron las ideas de la inferioridad natural de las mujeres (Escobar et al., 2011). Por lo tanto, el feminismo tiene su origen ante la crítica a la sociedad y a la desigualdad social tomando el género como concepto clave de este análisis (Vázquez García, 2011). Gracias a las diferentes teorías feministas, desde el siglo XIX se ha venido rebatiendo y desmontando el modelo androcéntrico que propugna la desigualdad y la negación del disfrute de los derechos humanos en igualdad de condiciones entre ambos géneros (Valcárcel, 2008).

Isabel Garrido (2011) describe los modelos más representativos de la historia del feminismo del siglo XX. Por un lado, el “feminismo de la igualdad” que engloba el “feminismo liberal” y el “feminismo bajo las teorías marxistas” y, por otro lado, el “feminismo de la diferencia”, que incluye el “feminismo radical”, “el feminismo cultural” y el “feminismo postmoderno”. En primer lugar, el “feminismo liberal” se desarrolla entre los años 50 y los años 60. Durante este periodo se propone la necesidad de erradicar la subordinación de la mujer, preocupándose por las jerarquías a favor de la igualdad de oportunidades y la aparición de la mujer en la esfera pública. El “feminismo en las teorías marxistas” denuncia las desigualdades estructurales, “observándose que la experiencia femenina individual se determina por condicionamientos económicos y

17

políticos que hacen de ese elemento experimental un elemento precario” (Garrido, 2011, p. 57). Desde este segundo modelo, la emancipación de la mujer es imposible mientras sea excluida del trabajo productivo y permanezca relegada al ámbito privado y las tareas domésticas.

Dentro del “feminismo de la diferencia”, el “feminismo radical” se desarrolla a partir de la década de los setenta. Durante este periodo se defiende que la forma de abordar el problema es a través de la reconstrucción de la sexualidad, ya que los hombres controlan los procesos reproductivos de las mujeres. El “feminismo cultural” incide en los roles y actitudes tradicionalmente femeninas desde un enfoque psicológico. Consideran que el papel reproductor asignado a la mujer garantiza la estructura patriarcal y su perpetuidad histórica. De esta manera, surgen investigaciones en las que se analizan la agresividad y la competitividad masculinas y la afectividad y sensibilidad de la mujer, a la que se denomina ética del cuidado. Finalmente, el “feminismo postmoderno” está de acuerdo con la idea de comparar a la mujer con las demás mujeres en vez de compararlas con los hombres (Garrido, 2011).

En conclusión, para Amelia Valcárcel (2008), la subordinación de género se encuentra en la propia jerarquía sexual, que a pesar de estar universalmente extendida, es éticamente ilegítima y en la actualidad es políticamente disfuncional. Según Eucaris (2013), es la lógica patriarcal la responsable de las desigualdades, injusticias y opresiones en las que se encuentran millones de mujeres en el mundo. La misma autora

afirma que la lucha feminista por el derecho a tener derechos se convierte en una

dinámica tensa y llena de contradicciones en políticas que afirman ser democráticas para las mujeres. La reivindicación femenina sólo tiene sentido cuando se cuestionan las relaciones de poder en su conjunto (Kappeli, 1993).