5.6 Limitations of the current study
5.6.1 Critique of the methodology
La violencia de género tiende a aumentar en frecuencia e intensidad, y su aparición se da de manera precoz dentro de la relación de pareja (Echeburúa, Corral y
Amor, 2002a). En el estudio realizado por Amor, Echeburúa, Corral, Zubizarreta y
Sarasúa (2002), el 74% de las víctimas de violencia de género comenzó a sufrir episodios de violencia en los dos primeros años de noviazgo o vida en común. Para Trias et al. (2013), si bien los primeros años de la relación aglutinan la mayoría de episodios de violencia, estos continúan con una frecuencia decreciente según aumenta la duración de la relación de pareja. Según Bosch y Ferrer (2003), en la mayoría de los casos, el maltrato comienza en torno al primer año de convivencia. Otros autores (Fontanil et al., 2005) destacan los casos en los que los episodios de violencia se dieron a lo largo de noviazgo (18,9%). Matud (2004b) encontró que el 50% de las mujeres que participaron en su estudio fueron víctimas de violencia de género antes de los 23 años y el 25% antes de los 19 años.
La respuesta de la víctima evoluciona en el transcurso del tiempo. Cuando se inicia la relación, la violencia surge de forma sutil pudiendo hacer que la víctima se acostumbre de manera progresiva (Echeburúa et al., 2002). El trabajo de Rey-Anacona (2013), con 902 adolescentes y jóvenes de entre 15 a 35 años, muestra que el 85,6% había sido objeto de maltrato, al menos, una vez. Otros trabajos evidencian que la violencia de género está muy extendida entre los jóvenes y se manifiesta ya en la adolescencia (Cornelius y Resseguie, 2007). En general, las investigaciones muestran que la violencia en el noviazgo tiende a caracterizarse por actos menos graves respecto a las parejas que ya conviven (Corral, 2009). La forma de violencia más frecuente en el
34
noviazgo es la psicológica, seguida de la física y la sexual (Rey-Anacona, 2009). El maltrato tiende a incrementarse y afianzarse en la relación de pareja con el transcurso del tiempo.
Cuando la violencia se instaura en la dinámica de la pareja, ésta se entremezcla con episodios de arrepentimiento y ternura, lo que conduce a la víctima a una situación de dependencia emocional, también denominada “apego paradójico” (Saltijeral, Ramos
y Caballero, 1998) o “unión traumática” (Dutton y Painter, 1981). Esta situación
desarrolla psicopatologías y sesgos cognitivos en la mujer debido a que, al no explicarse el motivo por el que es víctima de violencia, puede autoculparse y atribuirse el no tratar adecuadamente a su pareja. Si la violencia se manifiesta de manera explícita, la víctima puede llegar a soportar la convivencia con el agresor durante años con la esperanza de
que su pareja vaya a cambiar (Echeburúa et al., 2002a). Finalmente, cuando la víctima
asume que la violencia continúa y que aumenta en intensidad y frecuencia, la percibe como incontrolable. La víctima pierde la esperanza en el cambio y entra en una espiral de trastornos psicopatológicos (depresión, trastorno por estrés postraumático, etcétera) (Echeburúa et al., 2002a).
Una vez se instaura la violencia en la pareja se presenta un patrón cíclico y repetitivo donde cada una de las fases se produce cada vez en espacios más cortos de tiempo y con mayor intensidad, lo que se conoce como “ciclo de la violencia” (Walker, 1984). Esta autora explica cómo se produce y se mantiene la violencia (Walker, 1979). Su trabajo se desarrolló en una casa refugio para mujeres víctimas de violencia de género y observó cómo éstas describían un patrón muy parecido en el proceso de maltrato y cómo este proceso tenía una forma cíclica. La tensión entre la pareja suele darse de forma paulatina hasta alcanzar altas cotas de violencia, yendo del maltrato psicológico a la agresión física. Esta teoría se desarrolla en tres fases (Walker, 1984).
La primera de las fases es denominada por la autora como la fase de tensión,
caracterizada por un ascenso gradual de la violencia. El hombre, de forma progresiva acumula mayor hostilidad, no siempre existiendo una razón para que se produzca tal tensión. La víctima, para poder explicarse la situación y adaptarse, realiza atribuciones propias apoderándose de un sentimiento de culpa y justificación del agresor, así como buscar respuesta en variables externas que merman importancia a la agresión. Estos
35
actos agresivos comienzan de forma aislada y la mujer cree que los puede controlar. Esta fase puede prolongarse en el tiempo.
Según el Manual de violencia de género de los Servicios a la Comunidad (2012), en un inicio la violencia comienza a producirse sobre objetos más que sobre la mujer. La violencia va desplazándose hacia la pareja, siendo habitual el aumento del abuso verbal y físico. Esto conduce a la mujer a modificar el comportamiento a fin de evitar los episodios de violencia, incrementando los sentimientos de culpa de la mujer. “Es común que el agresor trate de aislar a la víctima de su familia así como de sus amistades” (Servicios a la Comunidad, 2012, p.72).
La fase de tensión es seguida de una nueva etapa llamada fase de explosión violenta o agresión. A lo largo de esta fase, la tensión se incrementa y crece paulatinamente hasta que se producen comportamientos violentos que producen lesiones físicas/psíquicas/sexuales; aunque las psicológicas se suelen venir produciendo en el continuo de la relación de forma generalizada (Walker, 1984). “Es un momento de castigo, sometimiento y aislamiento que paraliza emocionalmente a la víctima, que se ve impotente e incapaz de predecir las consecuencias de sus actos. Es una fase breve
pero intensa” (Escobar et al., 2011, p.51). No obstante, la frecuencia de esta fase
depende de cada caso, produciéndose un incremento de dicha frecuencia con el paso del tiempo si el agresor aprende que no existen consecuencias y lo interioriza como conducta normalizada en la relación que establece con su pareja (Walker, 1984).
Para algunos autores, ante la cuestión sobre por qué la mujer mantiene una relación donde existe maltrato, equivale a responsabilizar de dicho maltrato a la mujer, además de confirmar que un elevado porcentaje no abandona la relación (Medina, 2002). Webster, Dickens y Addario (1985) han encontrado la existencia de un patrón de incremento en la frecuencia o en la gravedad de las agresiones asociado a la reincidencia violenta.
Walker (1984) identifica una última fase conocida como fase de calma o reconciliación (“luna de miel”). En esta fase el agresor muestra arrepentimiento y realiza la promesa de que no volverá a ocurrir para evitar la ruptura de la pareja, por lo que la mujer permanece en una situación de ilusión sobre un posible cambio. Como relata la literatura en materia de género, a medida que estas conductas violentas se consolidan, la fase de reconciliación va desapareciendo y los episodios violentos se
36
hacen más frecuentes (Walker, 1984). Con el tiempo, la fase de agresión se repite más frecuentemente sin fase de reconciliación. Cuando esto sucede, algunas mujeres deciden solicitar ayuda. Hasta llegar ese momento pueden haber transcurrido años (Nogueiras, 2005).
El ciclo de la violencia podría explicar por qué las mujeres retiran la denuncia que interponen en la fase de tensión al encontrarse con el arrepentimiento y la promesa de cambio que se da en la fase de luna de miel. También el por qué las mujeres, tras verbalizar que son víctimas de violencia de género e iniciar la toma de decisiones para acabar con la relación, disculpan y minimizan el comportamiento violento del agresor o lo justifican, volviendo a la primera fase de este ciclo (Nogueiras, 2005). Por otra parte, puede suceder que el agresor tome conciencia de su responsabilidad por lo sucedido en la fase anterior, de ahí que la mujer pueda albergar esperanza en que se produzca algún cambio en la situación de la pareja de cara a un futuro (Servicios a la Comunidad, 2012).
Se ha descrito, sobre la reincidencia violenta, la importancia de revisar todos los episodios violentos que se han dado en la historia del agresor (Rice y Harris, 1992). En muchos casos se demuestra la existencia de una permanencia de la violencia en la trayectoria de la pareja (Greenland, 1985). Para Nogueiras (2005), si el ciclo no se rompe a tiempo, las agresiones se repetirán más a menudo y con mayor intensidad, aumentando el riesgo para la mujer tal y como se muestra en la Figura 1.1.:
37
Figura 1.1. (Nº1) El ciclo de la violencia
Fuente: Elaboración propia a partir de Nogueiras (2005, p. 53). Según la misma autora (Nogueiras, 2005), durante este ciclo se produce un esquema de control y poder que se inicia con la intimidación a la mujer, provocándole miedo a través de miradas, acciones, gestos, gritos, rompiendo cosas y destruyendo sus pertenencias. Durante el ciclo de la violencia pueden producirse abusos tales como el económico, impidiéndole tener trabajo y forzando a la mujer a pedir dinero; abuso sexual, tratándola como un objeto sexual; y abuso psíquico o emocional, tal y como se describieron en los tipos de violencia que aparecen en el presente capítulo.
El manual de violencia de género de los Servicios a la Comunidad (2012)
describe el ciclo de la violencia en seis etapas iniciándose con una fase de abuso que
puede ser psicológico, físico o sexual, al que le sigue una fase de culpabilidad. Cuando
Acumulación de tensión (inicio del
ciclo) Sentimientos de angustia, ansiedad, miedo y desilusión. Explosión Sentimientos de miedo, odio, impotencia, soledad y dolor. Reconciliación Sentimientos de confusión, ilusión, lástima y culpa.
38
se habla de culpa habría que diferenciar la culpa que experimenta la víctima, respecto del agresor.
La fase de culpa es seguida de la de razonalización, en la que el agresor se
excusa y culpa a la víctima de su comportamiento. Algunas de las excusas más frecuentemente utilizadas están vinculadas al consumo de alcohol o de haber sido objeto de abusos en la infancia (Servicios a la Comunidad, 2012). El objetivo de esta etapa es evitar la responsabilidad de su comportamiento. A la fase anterior le sigue la fase de
normalización del comportamiento, ya que tras haberse producido episodios de violencia, el agresor puede convertirse en una persona considerada, mostrándole detalles y convenciéndola de que va a cambiar. Una de las últimas fases es la denominada
fantasía y planeamiento, en la que el agresor experimenta poder cuando piensa sobre la próxima vez que se produzca un hecho violento entre la pareja. Para finalizar, la fase
denominada trampa es en la que el agresor fuerza situaciones para generar conflictos y
excusas para agredir, encontrando cualquier argumento, como los celos o la falta de dedicación a él, que justifique el acto violento.
Para Walker (1984) en cualquier intervención hay que enseñar a la mujer a romper ese ciclo de violencia, incrementando su percepción acerca de la tensión que le conduce ser víctima permanente y haciéndola conocedora de que ese ciclo se incrementa si permanece oculto por las condiciones socioculturales que la justifican.
Además de la teoría del “ciclo de la violencia” existen otras teorías que explican la permanencia de las mujeres en la relación violenta. Una de ellas es la teoría de la “indefensión aprendida” extrapolada de los estudios de Seligman (1975). Basándose en esta teoría, Walker (1979) señala que las mujeres víctimas de violencia de género, tras haber sido sometidas a padecer una continua violencia, aprenden que nada va a servir para escapar de la agresión. Esta pérdida de control les induce a pensar que serán incapaces de abandonar la relación y que no se valdrán por sí mismas.
Otra de las teorías es “la teoría de la unión traumática”, basada en un enfoque socio-psicológico que aborda la creación de vínculos emocionales entre individuos pese a que esos vínculos sean perjudiciales, ya que se basan en la dependencia y el control sobre los miembros de la relación. Dutton y Painter (1981), autores de la teoría, establecen dos características principales de estas relaciones violentas: a) el desequilibrio de poder entre los miembros de la pareja, lo cual refuerza la dependencia
39
con el agresor; y b) el maltrato intermitente padecido se alterna con periodos de normalidad que refuerzan la imposibilidad de separación o ruptura de la pareja.
La teoría de “la trampa psicológica” (Navarro, 2009) describe cómo las mujeres argumentan la permanencia en la pareja para justificarse a sí mismas, aferrándose al esfuerzo depositado para que la pareja funcione al afecto. La trampa va en aumento ya que, a medida que se suceden episodios de violencia, las mujeres tratan de ignorarlos y siguen haciendo esfuerzos por buscar la armonía en la pareja. Las mujeres se inducen a pensar que aún hay posibilidades de que la relación funcione.
Según Rhodes y Baranoff (1998) ninguna teoría es capaz de aportar la comprensión de por qué la mujer permanece pasivamente en un contexto de violencia. Montero (2000) alude a que, más que por razones económicas o por la protección de los hijos, las mujeres permanecen en las relaciones violentas por cómo interiorizan a su pareja, colocándola en un lugar de seguridad y confianza del que no pueden sacar a los agresores por mucho daño que les hagan.