Para erradicar la violencia de género se hace necesario modificar las relaciones de género, la posición de las mujeres en la sociedad y las definiciones de lo que es ser hombre o mujer, transformando los condicionantes culturales que mantienen esta violencia (Espinar, 2007). Por todo esto, es relevante la teoría de Johan Galtung (1990), quien distingue tres formas de ejercer la violencia de género, interrelacionadas entre sí, sobre las cuales sería necesario actuar para poner fin a dicha violencia:
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- Violencia directa: violencia física y/o verbal, fácilmente observable a través de la
conducta del sujeto que la ejerce. Algunas de estas conductas pueden englobarse en comportamientos tales como la intimidación, la agresión, el aislamiento, el abuso económico, el uso de amenazas y el empleo de los niños como forma de extorsión.
- Violencia estructural: vinculada a situaciones de discriminación o dominación,
frecuentemente extendida en las culturas basadas en el patriarcado, donde el papel de la mujer está relegado al cuidado del hogar y la crianza de los hijos; y donde los trabajos de las mujeres están menos remunerados.
- Violencia cultural: justificaciones que fomentan o permiten las distintas formas de
violencia, tanto directa como estructural.
Galtung (1990) explica que estas formas de ejercer la violencia (directa, estructural y cultural) están interconectadas, de modo que las tres producen la misma consecuencia: la violencia de género que están sufriendo las mujeres como colectivo. Reconocer que el problema de la violencia de género es social se encuentra en las características del entorno en el que se produce.
Según el mismo autor, las posibles actuaciones para erradicar la violencia de género no pueden limitarse tan solo a la protección de las víctimas, sino que será necesario hacer frente al cambio de los fundamentos estructurales y culturales que la sostienen. Por todo lo anterior, habría que modificar las relaciones entre ambos géneros, el posicionamiento que adquieren las mujeres en los distintos ámbitos que ocupan en la sociedad, las relaciones familiares y los roles que desempeñan, las definiciones tradicionales de lo que es ser hombre y ser mujer, y las expectativas como que el hombre ha de responsabilizarse de los gastos de la familia o que la mujer ha de encargarse del cuidado de los hijos y el mantenimiento del hogar (Galtung, 1990).
De las tres formas que distingue Galtung (1990), con las que se ejerce violencia hacia la mujer (directa, estructural y cultural), se extrae la idea de dominación del hombre, que justifica una jerarquía en la sociedad y dentro de las familias en las que el hombre tiene el rol dominante, lo que le permite justificar la violencia que ejerce en determinadas circunstancias (Escobar et al., 2011). Por lo tanto, la cultura respalda estos cánones de conducta de género y los valida, evitando cuestionarlos y permitiendo su reproducción a través de generaciones. La vigencia de la cultura patriarcal, como algo
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todavía extendido, es un factor determinante que explica la violencia de género (Haimovich, 1995). En opinión de Gálvez (2011), la violencia de género es un fenómeno multicausal que se basa en determinadas estructuras de poder y dominación en la que las personas están inmersas y que se define como patriarcado.
Como subproducto del patriarcado, el machismo se refiere al conjunto de creencias, actitudes y conductas que manifiestan la superioridad del hombre sobre la mujer en áreas consideradas importantes para dichos hombres (Castañeda, 2007). No obstante, la visión del machismo en los últimos tiempos no es tan radical como en el pasado. “El machismo al que nos enfrentamos ahora es un machismo encubierto, donde se ejerce presión psicológica en contra de la mujer a quien se considera inferior, es
luchar en contra de la mujer, demeritarla y tratar de dominar y humillar” (Díaz
Rodríguez, Rosas y González Ramírez, 2010, p. 36).
Luis Bonino (1995) identifica otras formas de ejercer la violencia a las que denomina “micromachismos”. Los micromachismos son aquellas “conductas sutiles y cotidianas que constituyen estrategias de control y microviolencias que atentan contra la autonomía personal de las mujeres y que suelen ser invisibles o, incluso, estar
perfectamente legitimadas por el entorno social” (Bonino, 1995, p. 191). Se refiere a
prácticas patriarcales y un sistema androcéntrico en la vida cotidiana cuyo fin último es mantener el poder y la supuesta superioridad del hombre sobre la mujer. Estos comportamientos se denominan “micro-abusos” o “micro-violencias” y actualmente siguen legitimados por el orden social imperante; luego, siguen siendo efectivos. Se ejercen hasta llevar a una disminución de la autonomía de las mujeres y muchas veces son tan sutiles que pasan inadvertidos para quien los padece y/o para quien los observa. Al tratarse de maniobras habituales, en ocasiones encubiertas, no parecen dañinas.
Incluso se presentan antes de que afloren situaciones de violencia. Entre estas
maniobras, el autor destaca la insistencia abusiva o la intimidación, que pueden ser tan encubiertas que la mujer muestre dificultad para interpretarlas de forma correcta (Bonino, 1995). Con el fin de describirlos, Bonino (1995) estableció una tipología de los micromachismos clasificándolos en tres grupos:
- Micromachismos coercitivos (o directos), que incluyen los que el hombre utiliza para adquirir la fuerza moral, psíquica, económica o de su personalidad y para doblegar a las mujeres. Éstas padecen un sentimiento de derrota después de comprobar
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la pérdida, ineficacia y falta de capacidad para defender sus propias razones. Algunas de las conductas empleadas dentro de esta categoría estarían la intimidación (maniobra atemorizante con la que se dan indicios de que si no se obedece “algo” podrá pasar utilizando la mirada, el tono de voz, la postura o cualquier otro indicador verbal o gestual que pueden servir para atemorizar), la toma repentina del mando (ejercicio más o menos sorpresivo de anulación de las decisiones de la mujer basada en la creencia del varón de que él es el único que toma decisiones), apelación al argumento lógico (se recurre a la lógica varonil y a la razón para imponer ideas, conductas o elecciones desfavorables para la mujer), insistencia abusiva (conocida como ganar por cansancio, es decir, la mujer acepta lo impuesto a cambio de un poco de paz), control del dinero (maniobras utilizadas por el hombre para monopolizar el uso o las decisiones sobre el dinero, limitando el acceso de la mujer o dando por hecho que el hombre tiene más derecho que ella) y uso expansivo del espacio físico (esta práctica se apoya en la idea de que el espacio es posesión masculina y que la mujer precisa poco).
- Micromachismos encubiertos (de control oculto o indirectos), que incluyen aquellos en los que el hombre oculta su objetivo de dominio pero consigue que la mujer genere una dependencia afectiva, y provoca en ella sentimientos de culpa y confusión que hacen que su autoestima decaiga. Por ejemplo, comentarios de descalificación, chantaje emocional, invasión de espacios de intimidad, paternalismo, etc. Este modo de violencia en ocasiones es tan sutil, que pasa inadvertida y puede incluso llegar a ser más frecuente que los micromachismos directos. Algunos de estos micromachismos serían el abuso de la capacidad femenina de cuidado (maternalización de la mujer e inducirla a “ser para otros”, es decir, la delegación de la carga doméstica y la crianza de los hijos, definiéndose el hombre como un mero ayudante), maniobras de explotación emocional (culpabilización del placer de la mujer cuando él no está, asentando la creencia de que la mujer sólo puede disfrutar con su compañero afectivo), maniobras de desautorización (conducen a la inferioridad de la mujer a través de descalificaciones procedentes de la cultura tradicional, descalificación de cualquier transgresión del rol tradicional femenino y creación de situaciones conflictivas con los que la mujer tiene vínculos afectivos a través de historias sesgadas o secretos), terrorismo (comentarios repentinos que dejan indefensa a la víctima por su carácter abrupto), engaños (ocultando lo que no conviene que la mujer sepa), autoindulgencia (como “hacerse el tonto” o empleando comparaciones ventajosas, apelando a que hay hombres peores).
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Los micromachismos encubiertos están asociados a conductas como que el hombre oculte su dominio a través de la imposición de las verdades masculinas, siendo devastadoras con mujeres dependientes de la aprobación masculina. Son maniobras de distanciamiento que evitan el riesgo de perder poder. Los micromachismos encubiertos más frecuentes son el silencio, imponiendo el no diálogo; el aislamiento, como encerrarse en algún espacio de la casa o en alguna actividad; la avaricia de reconocimiento, hacia la búsqueda de sobrevaloración; la inclusión invasiva de terceros, ocupando el espacio que une a la pareja con amigos, reuniones, asociada a la acusación hacia la mujer de ser poco sociable; desautorización, que busca desvalorizar a la mujer basándose en la creencia patriarcal de que el varón dispone de la razón; descalificación, denigrándola y no dándole el derecho a ser valorada a menos que obedezca a los deseos del varón; la culpabilización-inocentización, culpándola de lo que pasa siendo el hombre el juez y contribuyendo a disfunciones y desigualdades en lo cotidiano; impericias selectivas, consistente en evitar responsabilidades a partir de la declaración de inexperto para determinadas tareas; y la minusvaloración de los propios errores, fácilmente disculpados por el varón y exagerando los de la mujer (Bonino, 2005).
- Micromachismos de crisis, que tienen como objetivo restablecer el reparto y mantener la desigualdad cuando el hombre percibe un aumento del poder personal de la mujer por cambios en su vida, o por la pérdida de poder del hombre por razones físicas o laborales, para lo que utilizan, por ejemplo, prometer cambios, dar lástima, ayudar y ofrecer más colaboración con las tareas de la casa, etc.
Posteriormente, el mismo autor (Bonino, 2005) amplía las microviolencias incorporando los micromachismos utilitarios:
- Los micromachismos utilitarios engloban el conjunto de acciones que por omisión delegan en la mujer, como la no participación en lo doméstico y el abuso de la capacidad femenina de cuidado, es decir, obligar a que la mujer haga lo que en una relación igualitaria debería corresponder a dos personas. También se incluye en esta categoría la pseudoimplicación, consistente en que el hombre actúe como ayudante de la mujer.
Estos fundamentos estructurales y culturales tienen que ver con la profecía autocumplida (Rosenthal y Rubin, 1982), que se manifiesta basándose en que en todos los grupos sociales, la tradición cultural asigna normas de comportamiento que se
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espera que adopten sus miembros (Baron y Byrne, 2005). Generalmente implícitas, estas normas imponen códigos de conducta que no son fáciles de rehuir, por ejemplo, el que una mujer deba tener gestos delicados, como se desarrollará más en profundidad en
el Capítulo 2: Cognición social y violencia de género.
Vinculado al ámbito cultural, Vandello y Cohen (2003) desarrollan el constructo de “culturas del honor”, refiriéndose a culturas del Mediterráneo, las culturas árabes y de Oriente Medio, las culturas latinas y sudamericanas, y las de los estados del sur de Estados Unidos en las que se enfatiza el honor masculino y se fomentan los roles de género tradicionales que perpetúan la violencia contra las mujeres. Esto implica ejercer la violencia contra las mujeres en nombre del honor en culturas donde existe la idea del patriarcado y el control masculino, justificando la violencia hacia la mujer por un incumplimiento de su rol de género (Ferrer y Bosch, 2000). Según Rodríguez, Manstead y Fisher (1999), el honor femenino se centra en la vergüenza sexual (virginidad, modestia y restricciones sexuales); por el contrario, el honor masculino gira en torno a valores como la virilidad, la protección de la familia y la reputación de ser un hombre duro.
Vandello y Cohen (2003) realizaron dos estudios en los que comparan una “cultura del honor” (hispanos) frente a una “cultura de no honor” (norteamericanos) en función de la percepción de un hombre engañado por su mujer y su reacción violenta ante este hecho. Por otro lado, también realizaron una investigación sobre las reacciones de las personas ante una situación real de violencia. En el primer estudio, los resultados mostraban diferencias entre las diferentes culturas, pues en la “cultura de no honor”, los hombres que reaccionaban con violencia eran considerados menos “hombre”, mientras que en la cultura del honor, a través de la violencia, este honor se recuperaba. Respecto al segundo estudio, vinculado a las reacciones ante la violencia contra la mujer, aquellos que pertenecían a la “cultura del honor” tenían mejor impresión de la mujer que mostraba lealtad y arrepentimiento, mientras que en la “cultura del no honor” eran más favorables a las mujeres que manifestaban independencia y se proponían abandonar al agresor.
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