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Las siguientes son las palabras del primer juez de menores del país (alrededor de 1920) respecto a la situación de la niñez en Bogotá, las fuentes que cita son los diarios de la ciudad:

No perdamos de vista que la criminalidad, el vicio y la corrupción se han apoderado de la niñez: los diarios de la ciudad relatan con frecuencia hechos horrorosos: Ya es un adolescente que da muerte a un camarada por despojarlo de una suma insignificante; ya es otro que atenta contra la vida de su madre, enfurecido por las represiones que le hace; ya es una niña que toca de puerta en puerta ofreciendo en venta su virtud y decoro: todos estos pilluelos que andan por nuestras calles son ladrones y rateros; verdaderos apaches, son el terror de los honrados habitantes de los suburbios de la ciudad, en donde viven en guaridas especiales que les permiten entregarse, además, a las más depravadas y vergonzantes prácticas contra la moral y la decencia. (Saenz Obregon, 2007, pág. 24)

La descripción anterior dibuja como peligrosos a los niños y adolescentes de la calle de inicios del siglo XX. Un siglo después, los titulares de prensa durante el periodo comprendido entre los años 1990 y 2008 en “El Tiempo”, el periódico de más amplia circulación en Colombia, dejan ver un cambio de escenario, la escuela reemplaza a la calle como centro de actuación de aquellos niños y adolescentes percibidos como peligrosos; a decir de este diario: “La educación está en emergencia” (1990); “De zona escolar a zona roja (Navia, 1991); “El crimen inunda las escuelas” (AFP, 1993); “La escuela, un semillero de violencia” (Jerez, La escuela un semillero de violencia, 1996); “La violencia otra cátedra escolar” (1999); “La pandilla, nueva alumna” (Jerez, 1999); “Del manoteo al matoneo” (1999). Según los mismos titulares se hace necesario que las escuelas, prevengan la violencia juvenil (EFE, 2000), impartan lecciones contra la

violencia escolar (2008), o sigan promoviendo campañas como “Aprender sin miedo” que buscan “frenar los alarmantes niveles de violencia escolar” (Mojica, 2008) “Matoneo, mal que debe prevenirse”.

En el contexto noticioso descrito por Jerez (1995) en un artículo publicado en el diario “El Tiempo” en la sección Educación señalaba:

A diferencia de años anteriores, cuando los jóvenes infractores eran población

desescolarizada hoy, un alto porcentaje, son muchachos que han desertado del colegio. Es decir, han tenido alguna relación escolar. Ello indica que los colegios están tomando la decisión más fácil: deshacerse del problema. Por eso, lo que ofrecen los planteles educativos no debe ser una réplica de lo que ya fracasó sino algo nuevo y diferente (Jerez, 1995)

Así las cosas, los artículos periodísticos reseñados diagnostican el aumento de los niños y jóvenes que cometen contravenciones, desde los tropeles en el colegio hasta la participación en pandillas, rotulando a los planteles educativos como grandes responsables de esta situación, arguyendo que la mayoría de los muchachos pasaron por la escuela, pero el sistema no logró retenerlos porque les pareció aburrido, castrante e insuficientemente práctico. El panorama descrito por estos artículos figura a la escuela como un espacio para el señalamiento despectivo de la diferencia, la exposición peyorativa frente al otro, la ofensa, la agresión y la marginación, actitudes que violan los derechos humanos y forman niñas y niños propensos a hacer justicia por su propia mano. Uno de estos artículos es ellos es bastante significativo:

Justicia reparativa, reconciliación, perdón, conciliación. A tal grado ha llegado el problema de la violencia escolar, que esos términos, más familiares en procesos de paz que en salones de clase, empiezan a volverse populares entre los niños de colegio. Las pruebas Saber del

2005, aplicadas por el ICFES, evidenciaron que, de cada 100 estudiantes de quinto y noveno, 22 habían reportado ser víctimas de intimidación en los últimos dos meses, 21 habían intimidado y 53 habían sido testigos de intimidación en sus clases (Mojica, 2008).

Hay más aún, investigadores de la educación con espacio para divulgar su análisis, lejos de realizar una deconstrucción de violencia escolar como categoría que explicaría las vicisitudes escolares, la instauran en el espacio público como matriz que explica la gran mayoría de las problemáticas en los contextos escolares. Por ejemplo Francisco Cajiao (2013), celebre filósofo y economista colombiano que ha centrado sus reflexiones sobre la educación, en artículo de

opinión que círculo en el diario “El Tiempo” afirmaba:

Ahora surgen nuevas sensibilidades, que descubren, finalmente, que los centros escolares están lejos de esa pureza angelical que muchos quisieran preservar, y que allí ocurren cosas terribles: los niños se golpean, niñas de 12 años se agreden por celos, hay bandas de micro tráfico, se habla de redes de prostitución, los adolescentes tienen relaciones sexuales, no son extraños incidentes de extorsión desde muy temprana edad. (...) Valdría la pena preguntarse si los modelos de evaluación que amenazan continuamente tanto la continuidad escolar como el sentido de autoestima de los estudiantes son suficientes para reducir la violencia y fomentar la convivencia. O si la obsesión por homogenizar a todos los niños y niñas bajo patrones académicos y disciplinarios únicos no produce una constante sensación de fracaso, que, de alguna manera, se convierte en rabia y deseo de

destrucción. (pág. 1)

De lo anterior es posible concluir que los discursos periodísticos reproducen e instauran los discursos interesados en instaurar a <<la violencia escolar>> como el producto de la destilación de los problemas escolares más diversos. Sin embargo, con estos análisis se logra reforzar la

hipótesis de algunos investigadores respecto a que la función primera de la escuela es más de orden político y moral que de enseñanza de conocimientos o lugar de educación, lo cual es expresado de manera contundente bajo la siguiente máxima: “la escuela es el primer ramo de la policía” (Martinez Boom, Alteraciones y diluciones en la educación de hoy, 2010, pág. 119).

En términos más generales es posible afirmar a partir de lo expresado en los párrafos anteriores que la percepción y posterior designación de <<la violencia escolar>> como problema social y asunto público ha realizado dos giros, a saber: 1) De la pobreza a la violencia y 2) un traslado de escenario, a saber: de la calle a la escuela.