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La civilización helénica tiene su origen en las culturas cretense y micéni- ca. Durante el segundo milenio a. C. tuvieron lugar dos grandes migraciones de pueblos indoeuropeos al M editerráneo Oriental: la de los aqueos, un pue­ blo de habla griega y de origen indoeuropeo en sus comienzos, y la de los

dorios, al final. La cultura minoica o cretense se desarrolló en la isla de Cre­ ta, a partir de la Edad del Bronce. Se trataba de una cultura de tipo oriental, no indoeuropea. En ella no hay señales de murallas ni decoraciones con te­ mas bélicos, sino testimonios de una civilización propia de una sociedad rica y refinada. Desde el punto de vista del ocio, Creta es la tierra donde se desa­ rrollan los llamados «juegos del toro», una celebración en la que hunde sus raíces la tradición festiva mediterránea.

En Creta y, sobre todo, en el palacio de Cnossos, se desarrollaron nume­ rosos mitos. A una de esas figuras míticas se refiere Homero (Od. XIX, 178- 9): «Cnossos, gran ciudad de este rey M inos, a quien el gran Zeus, cada nueve años tomaba por confidente». En los mitos cretenses, el toro fue rela­ cionado con las hierogamias, «uniones con un dios», de Europa y de Pasífae, en quienes las mitologías vieron dos manifestaciones de una diosa lunar y, en la unión de ambas con un toro, la unión del sol con la luna, en dos de las fases de ésta, la llena y la nueva.

La abundante iconografía cretense, si bien no prueba la existencia de un culto al toro, como ser divino, es, al menos, un indicio de una veneración relacionada con la religiosidad popular y la magia. Todo permite suponer una ancestral creencia de que ciertos contactos con el toro favorecían la fecundi­ dad humana. Esta creencia en su poder mágico hizo que el toro ocupase un lugar privilegiado en ciertos ritos. Con el paso del tiempo, la pérdida de su carácter religioso, unida a su carácter lúdico, acabó plasmándose en los fa­ mosos «juegos del toro».

Los «juegos del toro» se desarrollaban frecuentemente en lugares sagra­ dos, reconocidos como tales por la presencia de mástiles, fijados en las facha­ das por ligaduras rectangulares, decoradas con pequeños discos; también aparecen columnas sagradas. Graham cree que el escenario, o «arena», era el patio central del palacio de Cnossos. Consistían en puros ejercicios gimnás­ ticos, que sólo entrañaban riesgo para los atletas que los practicaban. No eran, pues, semejantes a las actuales corridas de toros, en las que las diversas «suertes» de la lidia conducen a la de matar al animal. Eran demostraciones de agilidad y destreza y, a juzgar por el gran número de representaciones plásticas de tales acrobacias, estaban tan extendidos por el mundo del Egeo, que constituían el espectáculo preferido por los reyes minoicos y sus súbdi­ tos. Las tauromaquias griegas y asiáticas, así como las practicadas en los anfiteatros romanos estaban más próximas a las actuales corridas de toros.

Para organizar los «juegos del toro» era preciso capturarlo previamente en el campo. El arte nos ha dejado escenas que reflejan con gran verismo tales cacerías. Estas requerían una destreza muy peculiar y el empleo de trampas y otros artificios, ya que no se debía causar al animal ningún daño que lo inutilizase para el espectáculo a que estaba destinado. Las trampas consistían en redes muy fuertes y en fosos recubiertos de ramaje y tierra. Se recurría también a la emboscada en el abrevadero y al señuelo de una vaca. Para provocar su embestida se agitaban telas rojas, como hacen los actuales lidiadores en las corridas de toros.

Algunos sellos nos muestran cómo se atrapa y transporta un toro bravo, cómo se lo encierra en un cercado y se lo doma, un poco, para hacerlo idóneo para los juegos. Sobre la píxide de marfil de Catsamba está representada la lucha dramática para capturar un toro. En esta captura, o taurocatapsia, el caballo debía de representar un papel primordial, aunque no aparezca en los monumentos del Egeo explorados hasta ahora. En Heliodoro y en otros tex­ tos menos precisos, se relata el ejercicio cinegético con claridad. El cazador, a caballo, trataba de provocar la carrera del toro; después, asiéndolo por los cuernos, suspendido en el vacío, apoyado en ellos, trataba de derribarlo. Así se ve en un relieve de Esmirna que lleva la inscripción taurocatapsion heme-

ra : unos jóvenes a caballo practican este sistema peculiar de «acoso y derri­

bo» del toro bravo; otros lo cogen por los cuernos, saltando del caballo, y otros, por último, sujetan a un toro ya derribado en tierra.

De hecho, los «juegos del toro» constituyen una repetición, ante los es­ pectadores, de la lucha por capturar al animal. Para reducir la peligrosidad de éste, se le serraban las puntas de los cuernos. Así lo prueban los cuernos ha­ llados en Tilissos y Cnossos. Nihil novum sub sole. Basándose en los docu­ mentos gráficos ya enumerados, algunos investigadores han intentado re-

Toro de Creta.

construir las diversas fases y variantes del festejo taurino, llegando a conclusiones diversas. El conjunto artístico más notable es el hallado en un patio del ala oriental del palacio de Cnossos. Las diversas fases del espectá­ culo habían sido pintadas en un encuadre de rocas esquematizadas y posible­ mente se sucedían. El llamado Fresco de la tauromaquia representa la forma habitual del «juego del toro». Además de numerosos fragmentos de frescos similares, existe una magnífica representación en miniatura, pintada sobre el reverso de una placa de cristal de roca.

En lo concerniente a los acróbatas, hombres y mujeres, que participaban en los «juegos del toro», en un principio formaban parte probablemente de ciertas ceremonias religiosas y, posiblemente, pertenecían a la clase sacerdo­

tal. La destreza de tales acróbatas y las reacciones del bos primigenius, posi­ blemente distintas de las del actual toro de lidia, podrían explicar la existen­ cia de tan emocionante espectáculo. De todos modos, el riesgo debía de ser tan grande, que sólo un acto de consagración heroica obligaría a los acróbatas a arrostrarlo. En el caso de que se educase como acróbatas a jóvenes de países sometidos, podía considerarse esto como un tributo de sangre, lo cual podría dar lugar a mitos como el del Minotauro alimentado con carne humana.

Los «juegos del toro» alternaban con concursos atléticos que, según se deduce de los documentos gráficos, eran similares a los que tuvieron lugar en Grecia: carrera, salto, lucha y pugilato. En el rhyton cónico de Hagia Triada están representados tres concursos y, a la vez, «juegos del toro». Los púgiles llevan casco y guantes de boxeo y todos los atletas protegen sus piernas con una especie de polainas. Los luchadores, cuidadosamente peinados, llevan collares y brazaletes. El concurso que perduró hasta el final del poderío cre­ tense fue el de los «juegos del toro». El entusiasmo del pueblo queda refleja­ do en las numerosas manos levantadas, en actitud de júbilo, que aparecen en los frescos-miniatura de Cnossos. El apasionante espectáculo taurino sobre­ cogía, sin duda, de angustia y de emoción contenida, al nutrido grupo de es­ pectadores, que estallaban en delirantes manifestaciones de júbilo en caso de éxito total de los acróbatas.

El espectáculo pervive, con las variantes conocidas, en las regiones de Occidente que, ya en épocas remotas, entraron en contacto con el mundo minoico, como la península ibérica, en cuya parte meridional floreció Tarte- sos. Se han hallado grupos plásticos de acróbatas minoicos con toros en las Baleares. Marinatos sostiene que la taurocatapsia era más parecida a los actuales «rodeos» americanos que a las corridas de toros practicadas en Es­ paña e Hispanoamérica. Sea como fuere, los «juegos del toro» minoicos ofrecen peculiaridades que no vuelven a encontrarse a lo largo de la historia de la tauromaquia.