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4.2 Pipeline design and development

4.2.2 Database design

Los juegos de agón (competición) forman parte del sustrato de los modos y comportamientos de guerra, donde lo que al final importa es la victoria. Los

vencedores pueden ser admirados directa o indirectamente, pero sólo valoran los que entienden.

Actualmente, en los juegos de competición, se diferencia entre los llama­ dos juegos del cuerpo y los juegos de estrategia. Los agones griegos son una fusión de ambos aspectos; aunque en sentido estricto deberíamos considerar­ los exclusivamente como juegos del cuerpo

Una de las peculiaridades más íntimas de los antiguos griegos es su espí­ ritu agonístico. La voz griega agón, equivalente a la latina certamen, se aplica a toda lucha que enfrenta a dos adversarios, a desafíos de fuerza o de destreza entre camaradas, a debates en las asambleas públicas, a procesos ante la justicia, a rivalidades en el campo de batalla y, sobre todo, a los con­ cursos de todo tipo que acompañaban a las grandes fiestas nacionales y reli­ giosas. En la época homérica las competiciones atléticas aparecen con carác­ ter de juegos fúnebres, en la Ilíacla, y con el de regocijos públicos, en la

Odisea, sin tener relación alguna con cultos o santuarios particulares.

En esta primera etapa, los juegos no tienen todavía ninguna de las dos características esenciales de los juegos clásicos: religiosidad y periodicidad. Los antiguos juegos no van precedidos, ni seguidos, por ceremonia religiosa alguna y solamente se celebran en circunstancias excepcionales, como los funerales de un jefe o la recepción de un huésped. Sus concursos son pura­ mente de destreza física, aunque vayan acompañados de cantos de aedos y de danzas.

Los juegos públicos alcanzan su plenitud en el período comprendido entre la invasión doria y la muerte de Alejandro Magno, es decir, en la época que estudiamos. En este largo período guardan estrecha relación con la reli­ gión y el culto. Los juegos que acompañaban a las fiestas, no sólo servían de ornato y atractivo, sino que eran, en sí mismos, una forma de honrar a los dioses. Pensaban, en efecto, que a éstos tenían que agradarles tanto las mani­ festaciones de la fuerza y de la belleza, como las del espíritu. Su sentimiento de la belleza era tan vivo, que todo aquello que contribuyera a desarrollarla y manifestarla en su perfección tenía para, ellos un carácter divino.

En general, los juegos se celebran en honor de una divinidad o de un muerto heroizado, van acompañados de sacrificios y de procesiones y, como las propias fiestas de las que forman parte, se celebran con cierta periodici­ dad. Los griegos confieren origen mitológico a la mayor parte de sus grandes juegos. En realidad, se ignora la fecha y las circunstancias de la fundación de los diversos juegos. Sólo a finales del s. iv a. C., la adulación a los soberanos helenísticos hará surgir la idea de organizar juegos en honor de grandes per­ sonajes aún vivos. Los juegos públicos constituyen un elemento más del culto y, como tales elementos, están abiertos a todos los fieles.

Desde el punto de vista religioso, su categoría se corresponde con la del santuario en que tienen lugar. Se denominan panhelénicos los celebrados conjuntamente por todos los helenos: Olímpicos, Píticos, ístmicos y Ñemeos. A ellos nos referiremos más tarde. Juegos federales o anfictiónicos los celebra­ dos por una federación de ciudades: los de Apolo, en Delos; los de Artemis, en Efeso. En ellos sólo pueden participar los ciudadanos de aquellas ciudades que constituyen la confederación o anfictionía. Por último, existen juegos celebra­ dos por una sola ciudad: Panateneas, en Atenas; Heraias, en Argos; Carneias, en Esparta. En ellos sólo pueden tomar parte los ciudadanos de la propia ciu­ dad. No obstante, como prueba de amistad hacia otra ciudad, solía admitirse a los ciudadanos de ésta a participar en sus juegos; con este objeto, se enviaban invitaciones y los invitados eran libres de aceptarlas o no.

Todos los juegos se celebraban en fechas fijas. Unos eran anuales; otros tenían lugar cada dos, tres o cuatro años. Eran juegos anuales las Panateneas y Dionisias, en Atenas; las fiestas Eleusinias, en Eleusis; las Apolonias, en Délos. A veces, aunque fueran anuales, cada cierto tiempo revestían especial magnificencia. Tal era el caso de las Grandes Panateneas, celebradas en A te­ nas cada cuatro años. Se celebraban cada dos años los Juegos ístmicos y Ñemeos. Los más famosos de los juegos panhelénicos eran los Olímpicos y los Píticos, que se celebraban cada cuatro años.

Importancia social de los juegos

Los juegos, parte esencial de las fiestas oficiales de las ciudades, ocupan un lugar muy importante en la vida pública de las mismas. Los organizan y presiden sus magistrados, que representaban en ellos al Estado o a la anfic­ tionía correspondiente.

Los juegos ejercen una gran influencia en las relaciones entre los diversos Estados. Se acude a ellos desde los rincones más remotos del mundo helénico y, para que los peregrinos y los curiosos puedan hacerlo con seguridad, se establecen treguas de carácter sagrado. La más famosa es la tregua de los Juegos Olímpicos, pero existían tantas como juegos, ya que normalmente los organizadores de las fiestas enviaban mensajeros a toda Grecia, procurando atraer visitantes, lo cual implicaba garantizarles su seguridad durante el viaje y una estancia pacífica.

Los juegos públicos eran una excepcional ocasión de acercamiento entre los diversos Estados griegos. Constituían el alma de las relaciones interhelé­ nicas, puesto que equivalían a verdaderas asambleas generales del pueblo griego. Cumplían una función análoga a la desempeñada por los grandes orá­

culos, como el de Delfos, que formaban centros de reunión y contacto por su importancia y significado y por la afluencia de consultantes. Las ciudades que deseaban estar representadas en los juegos enviaban embajadas, llama­ das theorias.

Los miembros que la forman son los theorói, al frente de ellos está el

arkhitheorós, cuyas funciones, en Atenas, constituían una liturgia, es decir,

una pesada carga pública. Además, se unían frecuentemente a ella numerosos peregrinos. La theöria viaja en condiciones suntuosas. Los miembros que las componen son coronados de flores. El Estado asume una parte de los gastos de viaje, pero el arkhitheorós toma muy a pecho el distinguirse por su prodi­ galidad. La delegación recibe la hospitalidad de la ciudad a la que llega. Asiste, en nombre de la ciudad a la que representa, a los juegos y a los sacri­ ficios. A menudo debe consultar al oráculo.

Existen muchos ejemplos de theorias en el mundo antiguo. Vemos, por ejemplo, por una inscripción del templo de Samotracia, cuán numerosos eran los Estados que enviaban theorias al santuario. Las más conocidas son la

theoías atenienses enviadas a las fiestas de Delfos y Delos. Del v al m siglo

a. C., salvo algunos períodos, Atenas envía regularmente su theoria a Delfos. Es una procesión que sigue el camino terrestre a través de Beocia y la Fócida. Los dioses mismos dan la señal de partida: un resplandor sobre el Parnés. La theoría se llama la Pythaíde. Comprende magistrados y sacerdotes y los ciu­ dadanos que deben participar en los juegos. Debe llevar también el fuego sagrado para el altar de la ciudad. Es bien conocida por las inscripciones del tesoro de los atenienses en el santuario de Delfos.

La theoría ateniense va a Délos en un barco especial. Durante su viaje no debe cumplirse en Atenas una ejecución capital. Plutarco refleja los gastos considerables hechos el año 417 por Nicias, nombrado arkhitheórós', deja en la isla de Délos ofrendas suntuosas, entre otras una palma de bronce. Regala al templo un campo valorado en 10.000 dracmas. Los Estados griegos envían también al extranjero unos representantes especiales encargados de anunciar las fiestas religiosas de su patria y de hacer proclamar la tregua sagrada.

Clases de concursos

La mayor parte de los espectáculos oficiales organizados en Grecia toma­ ron la forma de concursos, que adoptaron las siguientes modalidades:

1. Concursos ecuestres: consistían en carreras de carros o de caballos montados por jinetes.

2. Concursos gímnicos o atléticos: se componen de pruebas de fuerza, de destreza o de ambas cosas (carrera, lucha, pentathlon, etc.). Los con­ cursos ecuestres y los gímnicos son los más antiguos. Aparecen des­ critos ya en los poemas homéricos.

3. Concursos musicales: son los de música, canto y danza. El espíritu com­ petitivo llega a la literatura y la música. En los tiempos homéricos, ae­ dos y rapsodos se disputaban el premio recitando en banquetes, fiestas y funerales las andanzas de dioses y héroes. En Olimpia, desde el año 396 a. C., había concursos de heraldos y de trompeteros y en la Olim­ píada 26 hubo concursos de música. Más tarde, mientras en Olimpia, modelo de conservadurismo deportivo, no hubo competiciones nuevas, en otras fiestas panhelénicas se introdujeron pronto certámenes musica­ les y literarios. Eran fruto de la educación recibida en el gimnasio, en donde se compaginaban las actividades intelectuales con las deportivas y en donde se celebraban exhibiciones y concursos de tipo cultural. Especialmente en Delfos y en Atenas tenían lugar importantes concur­ sos de música instrumental y vocal, poesía, arte dramático y danza. La fiesta de Apolo Pítico era, en su origen, un concurso de canto y cítara. Los Juegos Ñemeos e ístmicos incluían concursos de poesía y música; en las Panateneas, éstos datan de la época de Pericles.

El desarrollo de concursos se vio favorecido, en un alto grado, por la paulatina proliferación de fiestas como las Dionisias, que tenían lugar en todo el ámbito helenístico y que, en Atenas concretamente, tenían un matiz predominantemente literario. Estos certámenes musicales y litera­ rios constituyen la innovación primordial de la época helenística, en la que los concursos musicales e hípicos van imponiéndose gradualmente sobre los puramente atléticos. Los concursantes son, cada vez más, pro­ fesionales especialistas. En los concursos musicales, los coros se van desdibujando ante la actuación de instrumentistas o cantores solistas, con los que sólo los aurigas pueden competir en fama y honores. 4. Concursos de belleza: los textos nos informan acerca de tales concur­

sos, que tenían lugar en muchas ciudades griegas. En Elide participa­ ban en ellos mujeres y hombres. En Busilis (Arcadia), Lesbos y Téne- dos, sólo mujeres. En Atenas, en las Panateneas sólo participaban hombres. Según Ateneo, se valoraba la estatura y el vigor del cuerpo. Aristóteles dice que el premio era un escudo. En Mégara hubo incluso un concurso de besos.

Para paliar la excesiva disparidad entre los concursantes, se establecían varias categorías. En los s. v y iv a. C., se dividían en ándres (más de 18

años), agéneoi (de 15 a 17) y patdes (de 12 a 14). A veces se hacían subdivi­ siones. No sólo en Esparta disputaban concursos deportivos los niños de 9 a 10 años; en general, la educación física iba unida, en todo el mundo griego, a la literaria desde los 7 u 8 años. Lo mismo ocurría con las niñas y las jóve­ nes. Las pruebas practicadas por los niños y las jóvenes eran menos duras que las que realizaban los adultos.

Los agones thematítai ofrecen premios de valor intrínseco. En época histórica se siguen otorgando, en muchos lugares, recompensas similares a las que vemos en los poemas homéricos. En Ceos, en donde había juegos militares para jóvenes, se entregaba armas y dinero. En Atenas, el elegido en el concurso de belleza, viejo o joven, para figurar en la procesión de las Panateneas obtenía para su tribu un buey. Los premios para el concurso de ditirambos eran un toro y un trípode. En Delfos, el vencedor en los juegos Píticos recibía primitivamente un trípode, que aparece en vasos pintados junto a la figura alada de la victoria. El trípode debía consagrarse a Apolo, por lo que la recompensa resultaba puramente honorífica.

G anador de una com petición m usical, 440-430 a. C.

A las recompensas honoríficas, propias de los ag\3ies stephanítai, se añadían, a veces, premios de valor intrínseco, pagados frecuentemente en dinero. Parece que se acuñaron monedas para ser dadas como premio. Algu­ nas ciudades ofrecieron recompensas semejantes a los ciudadanos que ven­ cieran en los concursos convocados por otras ciudades. Así se hacía en Ate­ nas desde Solón. El epíteto talantiaioi o liemitalantiaioi aplicado a menudo,

en las inscripciones numerosas de la época imperial, a la voz agones, preci­ sando la suma de un talento o de medio, en que consistía el premio, puede ser probablemente retrotraído a usos de un tiempo más antiguo. Hay medallas de Tracia y Asia Menor en las que están representadas, con la mesa que servía para exponer los premios, bolsas, como símbolo evidente de la recompensa en dinero ofrecida para ciertos juegos. La mesa en donde se depositaban los premios está profusamente representada en monumentos, monedas e incluso en uno de los asientos de mármol hallados en Atenas, destinado a los agono-

tethes que presidían las Panateneas.

Los premios consistentes en coronas, de valor simbólico, corresponden a los juegos más célebres. Las coronas eran de olivo en Olimpia y en Atenas; de laurel, en Delfos; de apio, en los Juegos ístmicos y Ñemeos. Las palmas se decía que se dieron por vez primera, en Délos, en los juegos fundados en honor de Teseo y se convirtieron en signo de victoria universal mente adop­ tado (cf. la voz palmarès).

Al ampliarse el mundo griego, tras la creación de los reinos helenísticos, se amplia el ámbito de los juegos públicos. Los diadocos, continuadores de la obra política de Alejandro Magno, crearon juegos magníficos en muchas ciudades de Asia M enor, Egipto, Siria y otros lugares. Los de Alejandría, Antioquía y Pérgamo alcanzaron gran prestigio. Estos juegos habían perdido su carácter religioso. No se organizaban en honor de un dios o de un héroe divinizado, sino en honor de un hombre importante, generalmente un sobe­ rano, como Antigono, Atalo, Ptolomeo o Seleuco, personajes de los que to­ man su nombre. Incluso, para halagar al poderoso de turno, se llega a cambiar por el de éste el nombre de los antiguos juegos. En Atenas se llamaron D e­ metrias las antiguas Dionisias.

Cada ciudad griega, o de influencia griega, organizaba uno o varios con­ cursos con pretensiones de proyección al exterior. Atletas procedentes de to­ dos los rincones del mundo helenístico acuden a los certámenes más famosos. Estos desplazamientos exigían cuantiosos gastos, sobre todo en los concursos hípicos. El simple placer de competir no justificaba tan penoso esfuerzo.

Para hacerlo rentable, los atletas realizaban normalmente giras por las diversas ciudades y santuarios en donde se celebraban juegos. Pretendían, claro está, alcanzar una victoria de prestigio en Olimpia o Delfos, pero parti­ cipaban también en competiciones menos famosas, a las que acudían menos atletas de renombre y en las que tenían, por tanto, más probabilidades de éxito. De ese modo, raramente volvían a su ciudad de origen con las manos vacías y podían ampliar su palmarès personal. De ahí la masiva participación en los juegos de Beocia, región pródiga en competiciones y próxima a Del­ fos, Olimpia y Atenas.

Los programas de los nuevos concursos se inspiraban en los de Olimpia, que no habían variado esencialmente desde el s. vi a. C. Los juegos de pelota se consideraban de exhibición, no de competición. Tampoco se incluían en los concursos los ejercicios con armas y la gimnasia. Resulta extraño que en un país como Grecia, en donde «no saber ni leer ni nadar» era considerado, ya desde Platón (Leyes III, 689 d), como señal evidente de estupidez, no hubiera habitualmente competiciones de natación o relacionadas con un de­ porte acuático. En realidad, en las Panateneas se desarrollaban competiciones de naves ya antes de la época helenística y, en época tardía, hubo concursos y paradas náuticas organizadas por los efebos. Salvo las Actias, restauradas probablemente por Augusto, sólo en época romana hubo verdaderas compe­ ticiones navales.

Alejandro organizó concursos atléticos e hípicos en diversas ciudades, incluso en la India. Entre sus íntimos amigos y colaboradores figuraban va­ rios deportistas macedónicos y griegos. Arconte de Pela, que había vencido en concursos hípicos en los Juegos Píticos e Istmicos, llegó a ser sátrapa de Babilonia; Dioxipo, vencedor en el pancracio en Olimpia, participó en la expedición a la India; durante ella venció en una competición al macedonio Corago, que lo había desafiado.

Los diferentes concursos que se señalan aquí son la expresión extraordi­ naria de unas prácticas de ocio que ocupaban gran parte del tiempo ordinario entre fiesta y fiesta o celebración y celebración. Los concursos también da­ ban sentido a los arduos entrenamientos que los precedían y, en cierta m e­ dida, funcionaban como ámbitos de motivación y estímulo de los procesos educativos, con los que tenían una relación directa. En los siguientes apar­ tados, centrados en la práctica de los agones lúdicos corporales, nos deten­ dremos en las actividades que se desarrollaban en los tres más importantes: Los agones atléticos, los luctatorios (relacionados con la lucha) y los agones hípicos.

Agones atléticos

El atletismo de competición, o agonística, es una aplicación de la gimna­ sia. En la época en que se establecieron o restauraron los grandes juegos panhelénicos no existían atletas profesionales. La formación gimnástica constituye el núcleo esencial de la educación, tanto privada como pública, que comprende, entre otros ejercicios, la preparación para competir en la carrera, salto, lucha, etc. Este tipo de educación perseguía dos fines: salud física y preparación militar. El gimnasio era un lugar de esparcimiento.

Apolo del Belvedere, atribuido a Leócares, s. ív a. C.

En los primeros tiempos de los juegos deportivos, los concursantes que acudían a las competiciones pertenecían a las clases sociales privilegiadas. En Homero son los protagonistas de sus poemas los que participan en los certámenes atléticos. Los epinicios de Píndaro nos han dejado los nombres de muchos altos personajes que concurrieron en esas lides movidos exclusi­ vamente por el amor a la gloria. La evolución hacia el profesionalismo co­ mienza ya en los tiempos de Platón y se va acentuando paulatinamente.

En sentido estricto, atleta es aquel individuo cuya única profesión fue, en época más reciente, concurrir a los juegos públicos, es decir, el que hacía profesión de la práctica del deporte. La antigua gimnasia va cediendo paso a las actividades atléticas de competición, más bien espectáculo que ejercicio educativo, algo similar al actual deporte-espectáculo y muy alejado de las competiciones homéricas. Frente al tradicional paiclotíbés, maestro de gim ­

nasia y a la vez modelo de conducta y guía de sus discípulos por la vida, nace el gymnastés, entrenador de atletas semiprofesionales. Ambos, paidotríbes y

gym nastss, son pagados como profesores, no como humildes maestros.

En las épocas helenística y romana el atletismo de competición es exclu­ sivamente profesional, aunque los atletas sigan siendo de condición libre. Estos profesionales viven de los premios que conquistan o de las lecciones que imparten a los jóvenes en los gimnasios. Cuando el atletismo comenzó a p racticarse com o un fin en sí m ism o dio origen a profesionales mal proporcionados, a causa del desarrollo exagerado de alguna parte del cuerpo con relación a las otras. El atletismo profesional no respondía, por lo tanto, al ideal de belleza y armonía y esto dio lugar a reacciones desfavorables en los medios intelectuales.