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5.1 Introduction

5.3.3 Gene model correction

5.3.3.4 Novel genes

El interés que sentían los griegos por Olimpia hizo brotar los relatos más fantásticos sobre el origen de sus juegos. Es posible que algunos de estos relatos estén basados en hechos reales, pero la transmisión oral de los mis­ mos fue deform ándolos hasta co n ferirles carácter sobrehum ano. Los investigadores actuales tratan de desentrañar la verdad en medio de esa m a­ raña de leyendas.

Un siglo después de la institución de la ekekheiría, tregua sagrada, el año 776 a. C. comenzaba a escribirse en Olimpia el primer capítulo de la Historia griega. En esa fecha, la primera que registra como segura la Historia de Oc­ cidente, un ciudadano de Elis, Corebo, fue campeón en la carrera a pie, en la modalidad de un estadio. Este dato constituye el primer resultado oficial de una competición en el mundo del deporte. Es la primera vez que se registra

oficialmente un acto ritual agonal y constituye el punto de partida de una era cronológica. A partir de este año los historiadores antiguos comienzan a si­ tuar los acontecimientos históricos en una determinada Olimpíada. Como la carrera del estadio era la única prueba en los 13 primeros Juegos Olímpicos históricos, cuando hubo más pruebas el vencedor de esta carrera conservó el privilegio de encabezar la lista de los diversos campeones y de dar su nombre a la Olimpíada.

A partir de ese m omento los Juegos Olímpicos se celebrarán cada cua­ tro años. Los períodos de cuatro años que m ediaban entre los sucesivos Juegos Olímpicos se denom inaron Olim píadas. Este cambio se debió, se­ gún Drees, a la necesidad de adaptar los antiguos ritos anuales de la ferti­ lidad al nuevo culto a Zeus y a los im perativos del calendario vigente en esta época. La periodicidad anual de los cultos agrarios y la fiesta extraor­ dinaria cada ocho años fue sustituida por fiestas celebradas cada cuatro años. Durántez (1977), en cam bio, opina que el pacto logrado por ífito perm itía com petir a atletas de pueblos diferentes. La celebración anual habría podido interferir con otros concursos locales. Es probable, pues, que los Juegos Olímpicos se organizaran cada cuatro años para añadirles m agnificencia.

El sofista Hipias redactó por vez prim era, hacia finales del s.v a. C., una lista de vencedores olím picos. U na centuria después, Timeo puso la lista de los olim piónicos en arm onía con la de los éforos de Esparta, los arcontes de Atenas y las sacerdotisas de Hera en Argos, con virtiéndola en la base del sistem a cronológico. La era de las Olimpíadas no cesó de cons­ tituir el punto de referencia de la H istoria griega desde el año 776 a. C. hasta el 393 d. C., fecha en que el em perador Teodosio suprim ió los Jue­ gos Olímpicos.

Preparación de los juegos

Un año antes del comienzo de las competiciones, los atletas que aspira­ ban a participar en ellas debían entrenarse en su propio país y, un mes antes de las pruebas, en Elis. Es probable que fuera el atleta mismo quien se inscri­ bía en las modalidades deportivas elegidas, tras haber demostrado su aptitud en estos entrenamientos previos de Elis. Este mes obligatorio de estancia en Elis se estableció a partir del año 477 a. C., fecha en la que probablemente los eleos fundaron la capital de su Estado. Elis era una ciudad situada a unos 50 km de Olimpia, en la orilla izquierda del río Peneo. Sus ruinas se encuen­ tran cerca de la actual ciudad de Amalias.

Olimpia, entrada al estadio.

La condición de griego era ineludible para poder participar en los Juegos Olímpicos. Sin embargo, la conquista romana diluyó este prejuicio racial. Junto a los romanos, fueron admitidos atletas egipcios, sirios, frigios, etc. El armenio Varazdat, de la familia real de los Arsácidas, fue el último vencedor de los Juegos Olímpicos. No faltaron casos de exclusión de atletas griegos, como ocurrió en la Olimpíada 75 (480 a. C.) con Hierón, tirano de Siracusa, por no haber colaborado en la lucha contra los persas. Sin embargo, en la Olimpíada siguiente sus caballos lograron la victoria.

Las vísperas de los Juegos Olímpicos, jueces, atletas y entrenadores aban­ donaban Elis y se dirigían a Olimpia. Pasaban por la fuente de Pieria, donde ofrecían sacrificios y después, por la Vía Sagrada, llegaban al santuario, en donde eran objeto de un recibimiento multitudinario.

Además de las Heraria, los juegos que se celebraban en Olimpia reserva­ dos a las mujeres, a los que hemos aludido anteriormente, existen dos pasajes en Pausanias que han suscitado diversas hipótesis acerca de la participación de la mujer, como simple espectadora, en los Juegos Olímpicos.

En el primero, el autor de la Descripción de Grecia, nos relata la anécdo­ ta protagonizada por una madre que acompañó, como entrenador, a un joven atleta: «Se dice que ninguna mujer fue sorprendida presenciando los Juegos

Olímpicos, salvo Callipateira [...] esta mujer, que era viuda, se disfrazó per­ fectamente de entrenador gimnástico y acompañó a su hijo, que participaba en los concursos de Olimpia. Peisirrodos, que así se llamaba el joven, resultó vencedor. Callipateira, al saltar por encima del cercado, en que los atletas, encerrados, aguardaban a sus entrenadores, mostró su condición de mujer. Sin embargo, la dejaron en libertad, impune, por respeto a su padre, a sus hermanos y a su hijo, ya que todos ellos habían sido vencedores de Olimpia. Ahora bien, se promulgó una ley, según la cual los entrenadores debían des­ nudarse antes de entrar en la arena» (V, 6, 7-8).

En el segundo texto, Pausanias trata de justificar la presencia en el estadio de la sacerdotisa de Deméter Cámine, diciendo que «A las jóvenes doncellas no se les prohibe contemplar los Juegos Olímpicos» (VI, 20, 9).

¿Por qué no sólo se exceptuaba de la prohibición a la sacerdotisa de Demé­ ter, sino que, además, se le otorgaba un asiento de honor? En Olimpia, el tem­ plo de Deméter debía de estar fuera del Altis, es decir, del santuario de Zeus propiamente dicho. Cuando, a mediados del siglo iv a. C., fue ampliado el estadio, éste ocupó probablemente el terreno perteneciente a este santuario, que se vio precisado a desplazarse más al este. Es muy probable que, como compensación, se otorgase a la sacerdotisa de la diosa el privilegio único de presenciar los juegos desde el sitial expresamente construido con este objeto, probablemente en el lugar que ocupaba el antiguo templo. Las damas más pudientes de la nobleza helénica suspiraban por alcanzar tamaño privilegio.

Ahora bien, si las mujeres, en general, podían ser espectadoras, ¿por qué tuvo que disfrazarse de hombre Callipateira? Si sólo podían hacerlo las sol­ teras, ¿cómo se controlaba su estado? Todo conduce a creer que las mujeres, excepto la sacerdotisa de Deméter, estaban excluidas del espectáculo. Por otro lado, disponían de sus propios Juegos, las Heraias.

Al referirse a los sacrificios en el altar de Zeus, Pausanias dice: «La subida a la prodixis pueden realizarla las doncellas e igualmente las casadas, si no se les ha prohibido la entrada en Olimpia» (V, 13, 10). Es de suponer que tal pro­ hibición fuera la que regía, sin duda, durante el desarrollo de las competiciones olímpicas. Las mujeres, en efecto, podían subir a la prodixis durante la celebra­ ción de otros sacrificios en honor de Zeus, pero no en el sacrificio solemne que constituía uno de los actos más grandiosos de los Juegos Olímpicos.

Desarrollo de los juegos

Entrada ya la mañana, un nutrido cortejo, formado por los hellanódicas, ár­ bitros, atletas, padres y hermanos de los concursantes, se dirigía al Buleutérion,

para prestar el solemne juramento ante el altar de Zeus Horquios. A los pies de la estatua del dios, una plancha de bronce llevaba una inscripción que infundía pavor a los perjuros.

Grabado de la estatua de Zeus en Olimpia.

El festival olímpico comenzaba con el concurso de los heraldos y trompete­ ros, en el que los aspirantes a heraldos oficiales hacían gala de voz potente y pulmones de hierro. Partiendo de las hipótesis más lógicas, que suponen para los Juegos Olímpicos una duración de seis días, es posible recomponer un programa aproximado de las diversas ceremonias y pruebas atléticas.

El prim er día, por la mañana, los atletas más piadosos realizaban sacrifi­

cios de purificación y presentaban sus ofrendas a las divinidades cuya protec­ ción y ayuda invocaban.

El segundo día, los espectadores van acudiendo al estadio desde antes del

amanecer, para ocupar las mejores localidades. Al rayar el alba hace su en­ trada en el estadio el cortejo de los hellanódicas, que, presididos por el de más edad, se dirigen con andar parsimonioso a la tribuna oficial, situada en el centro del talud sur. Frente a ellos, en el centro del talud norte, la sacerdo­ tisa de Deméter Cámine, única mujer presente en los concursos, toma asien­ to en el sitial sagrado que le está reservado. Los trompeteros elegidos en el concurso del día anterior quiebran los albores del día con el eco de sus trompe­

tas. Se hace el silencio y un heraldo de recia voz lanza a los aires la proclama oficial: «Domine ahora el agón soberano de los brillantes concursos y el Cairos [dios del momento propicio] os invita a no demoraros más. Escuchad nuestra llamada, id y enfrentaos con el adversario para la decisión. ¡Zeus vigilará la meta y la victoria!».

Este segundo día está reservado a las pruebas de paídes. En los antiguos Juegos Olímpicos era la edad el único factor que decidía la inclusión del parti­ cipante en la categoría de paídes o de ándres, según tuvieran menos o más de 18 años. En algunos otros juegos panhelénicos se solía intercalar, entre am ­ bas categorías, la de los agenéioi, o «imberbes». Pausanias afirma que la in­ clusión de concursos para jóvenes fue una innovación, «pues no poseían ningún precedente autorizado en la antigua tradición, pero fueron sin embar­ go establecidos por los propios eleos de común acuerdo».

En la Olimpíada 37 (632 a. C.) se añadió, en la categoría de los paídes, la carrera del estadio y la lucha; en la Olimpíada 38 (628 a. C.), el péntathlon; en la 41 (616 a. C.), el pugilato; y en la 145 (200 a. C.), el pancracio. El p é n ­

tathlon para jóvenes sólo se practicó en la Olimpíada 38, ya porque lo

considerasen una prueba demasiado dura para adolescentes, ya porque, al ser tan compleja, alargaba demasiado el programa del segundo día de los juegos. Esta admisión de los adolescentes en los concursos olímpicos suscitó la enér-

gica protesta de los intelectuales, especialm ente la de los pedagogos y filósofos. Estimaban que el ejercicio físico excesivo y continuado, requerido por la dureza de los entrenamientos, era contraproducente; que impedía el desarrollo natural y armónico del cuerpo de los adolescentes, que sólo m e­ diante ejercicios moderados y una dieta sana y adecuada a su edad pueden alcanzar la madurez necesaria. Tal era la opinión de Aristóteles, que añadía que sólo dos o tres olimpiónicos de la categoría de «juveniles» habían podido revalidar su título en las pruebas para ándres. Filóstrato afirma que los entre­ nadores agobiaban a los paídes con entrenamientos pesados, propios de los

ándres, sometiéndolos, además, a una sobrealimentación que agarrotaba sus

músculos y les privaba de flexibilidad.

El tercer día, desde el amanecer, el hipódromo aparece abarrotado de

público, dispuesto a no perderse un solo detalle del espectáculo olímpico más emocionante. Era la jornada aristocrática por excelencia, la de la carrera de carros, cuya historia discurre sin pausa desde los remotos tiempos homéricos hasta las gestas medievales del imperio bizantino. Como en los concursos hípicos, el vencedor era el dueño de la cuadriga o del caballo ganadores, a veces podía serlo una mujer. Acabadas las pruebas hípicas, esa misma tarde, en el estadio tenía lugar la prueba del péntathlon, cuyo vencedor sería el rey de los vencedores.

E l cuarto día es la jornada más importante desde el punto de vista reli­

gioso. Constituye el núcleo del festival olímpico. Todo ha sido meticulosa­ mente preparado de antemano para la gran solemnidad del sacrificio en honor a Zeus. Su gran altar ha sido acrecido una vez más. Ante el altar, el xyleús ha formado una ingente pira de álamo blanco, en la que arderán las víctimas propiciatorias.

Un majestuoso cortejo, encabezado por los altos magistrados de Elis, se­ guidos de los sacerdotes y de los hellanódicas, se dirige desde el Prytaneíon hacia la explanada que se abre entre la fachada oeste del gran templo de Zeus y su gran altar. Desfilan a continuación los enviados extranjeros con sus ofren­ das y los jefes de las delegaciones oficiales acompañados de sus vistosos sé­ quitos. Cierran la marcha los atletas y aurigas, sus padres y hermanos, árbi­ tros, empleados subalternos, heraldos, peregrinos y curiosos.

El gran sacrificio ritual, la inmolación de los cien bueyes, se hace inter­ minable. Arden en la inmensa pira las patas de las víctimas, mientras una densa humareda se eleva hacia la mansión de los dioses, que contemplan jubilosos el entusiasmo con que los hombres manifiestan su amor y devoción hacia su soberano y padre. Acabado el solemne sacrificio, llegadas las oscu­ ras sombras de la noche de tan luminoso día, se celebra un espléndido ban­ quete en el Prytaneíon.

Sacrificio en un altar.

El quinto día transcurre en el estadio, escenario en el que compiten los

atletas en la carrera pedestre para andres. Tan importante era la victoria en la carrera del estadio, que en cierta ocasión un atleta de Argos, Ageus, tras ha­ berla alcanzado, siguió corriendo para comunicárselo personalmente a sus conciudadanos, recorriendo más de 100 km. en una sola jornada.

Tras el estadio, o carrera pedestre simple, cuyo vencedor daba su nombre a la Olimpíada, venían la carrera doble, díaulo, y la larga, o de fondo, dólico. Los vencedores de las pruebas eliminatorias competían en una prueba final, que decidía la victoria. En el dólico, en ausencia de un circuito que perm itie­ ra disputar la carrera mediante un determinado número de vueltas, los corre­ dores recorrían 24 veces la longitud del estadio en ambos sentidos, con me­ dias vueltas cerradas en los extremos de la pista. El éxito dependía tanto de la velocidad del corredor, como de su habilidad para los virajes alrededor de los postes y para evitar los resbalones y los empujones de sus rivales.

Venían a continuación la lucha, el pugilato y el pancracio. El doble triun­ fo, en la lucha y en el pugilato, en la misma Olimpíada, honor que la leyenda atribuía a Heracles, se consideraba una proeza excepcional. La jornada de­ portiva finalizaba con una hoplitodromía, que clausuraba los juegos. Proba­ blemente suponía un recorrido doble del estadio. Acabadas estas pruebas, el heraldo pronuncia la fórmula tradicional con que se clausuran de los Juegos Olímpicos: «Cese el agón, motivo de los juegos». Acto seguido, el agudo son del clarín rasga el aire con los bélicos acentos del eníalos, que anuncian el fin de las contiendas deportivas y presagian la reanudación de las atávicas riva­ lidades fratricidas entre los hijos de la Hélade.

El sexto día, antes de disolverse la concentración deportivo-religiosa, se

procede a conceder el galardón a los vencedores en las diversas pruebas. És­ tos, reunidos ante la entrada del templo de Zeus, aguardan anhelantes el mo­ mento supremo de su vida, aquel en que ceñirá sus sienes la corona de ramas del olivo sagrado. Sus nombres pasarán a la posteridad, grabados en las listas de los olimpiónicas y en los pedestales de las estatuas votivas.

Tras la entrega de premios, esa misma mañana se celebran profusamen­ te sacrificios de acción de gracias en los numerosos altares esparcidos por todo el Altis. Por la noche, en el Prytaneíon, los vencedores comparten con los hellanódicas y otros relevantes personajes el festín de despedida. A ca­ bado este último acto oficial, se produce la diáspora de todos los asistentes al festival.

La victoria

Si participar en los juegos era ya un honor inestimable, lograr la victoria era un regalo de los dioses, más preciado que la propia vida. La proclamación de los resultados de las competiciones era a veces muy delicada. No sólo se valoraba la simple superioridad de fuerza o de destreza, sino que, en ocasio­ nes, se apreciaba también el «estilo», es decir, la naturalidad y la elegancia del atleta. Para evitar protestas ante las decisiones de los jueces, los concur­ santes juraban previamente que acatarían el veredicto de los hellanódicas. Parece que en s. iv a. C. se podía apelar de sus decisiones ante el Consejo Olímpico.

Tras la decisión de los jueces, el heraldo anunciaba el nombre del ven­ cedor, el de su padre y el de su patria. A partir de ese momento se convertía en un olimpiónico, epíteto que le acompañaría toda su vida, con los privile­ gios que ello suponía. A la fama y la gloria iba unida una serie de recompen­ sas, que variaron según las épocas. En Olimpia no se otorgaban premios de valor material.

En las Olimpíadas prim itivas, según la tradición, se concedía como prem io al vencedor una manzana, hasta que Ifito consultó el oráculo de Delfos. Éste respondió: «Ifito, no des más la fruta del manzano como pre­ mio al vencedor; prém ialo en su lugar con una corona del olivo silvestre y fértil que ahora está envuelto en telarañas». Al regresar a Olimpia, Ifito vio entre los olivos uno que cumplía los requisitos exigidos por Apolo. Orde­ nó, pues, cercarlo y consagrarlo a tal fin. Estrabón y Flegón de Tralles consideran árbol autóctono al Olivo y a Ifito como creador de tal recom ­ pensa.

A tleta coronándose a sí mismo. Hacia el 460 a. C.

Más tarde se puso de moda entregar al vencedor una rama de palma. Pausanias nos cuenta lo siguiente: «En la mayoría de los juegos, sin embargo, se da una rama de palma y en todos ellos la palma es colocada en la mano derecha del vencedor. Se dice que el origen de esta costumbre es que Teseo, a su regreso de Creta, celebró en Délos unos juegos en honor de Apolo y coronó con palmas a los vencedores». Los hellanódicas inscribían en el regis­ tro oficial de los olimpiónicos, o vencedores de los Juegos Olímpicos, los nombres de los campeones. El último acto en honor de los vencedores era el banquete-homenaje en el Prytaneíon, ya comentado, que probablemente iba precedido de un sacrificio de acción de gracias a Zeus.

Al margen de los incentivos materiales, la gloria y los honores que podían ser alcanzados en las competiciones panhelénicas estimulaban la ambición has­ ta extremos inconcebibles. El vencedor en una de estas pruebas, convertido en héroe nacional, hace su entrada triunfal en su ciudad en loor de multitud, sobre un caiTO tirado por cuatro caballos blancos, cubierto con un manto de púipura,