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Estoy sentado en el patio de mi casa leyendo una novela, mi perro deambula por ahí. De pronto, el gato de mi vecino está en mi patio, como llegó no lo sé, pero mi perro salta tras el gato el cual corre y sube al árbol que se encuentra al costado de mi patio. Mi perro ladra y salta tratando de subir por el tronco del árbol, mientras el gato sube más y más por el árbol. Observo la escena y me pregunto ¿estará en la mente de mi perro lo que está en mi mente, pero, desde la perspectiva de mi perro?

Los filósofos de la mente parecen negar esta posibilidad, es decir, que en la mente de mi perro estén al menos los mismos elementos que en mi mente construyen la escena que observo, pero, dado que este no es el tema de la presente tesis, es decir, si los animales como perros y gatos pueden tener estados racionales, incluso si podemos hablar que tengan mente, regresemos al tema de esta tesis y revisemos a la primera persona, el hablante, es decir, yo. Primero estoy ‘hablando conmigo mismo’ en mi pensamiento, donde ocupo el lenguaje en la verbalización mental de palabras que forman ideas, conceptos y constructos. En mi mente están las palabras/conceptos de perro, gato, árbol, correr y otros que, unidos por artículos y preposiciones, construyen un relato racional: ‘que mi perro corre porque quiere alcanzar al gato y cree que el gato está en la copa del árbol’. Cuando pienso en el concepto de perro, lo asocio con la palabra para perro que en español está formada por las letras

31 p-e-r-r-o y en ingles por d-o-g y así, cada idioma tiene signos que refieren al mismo animal que va tras el gato, pero, no es cualquier perro, es mi perro, por el cual tengo cariño, no así por el gato, que no me gusta, por ello, tengo perro y no gato, como también, no quiero que mi perro persiga al gato ya que interrumpe mi lectura con sus ladridos, pero, en fin, cada vez que pienso en mi perro indudablemente no es sólo el elemento pensado, también este pensamiento va acompañado de una emocionalidad, de tal forma que el concepto ‘perro’ al ser pensado y/o dicho desoculta las emociones, muestra ‘una verdad’, la verdad de que quiero a mi perro y odio al gato del vecino y, por lo tanto, cuando pienso o digo ‘mi perro ‘inmediatamente surge, se

muestra, obra en dicho pensamiento ‘una verdad’ en forma de sentimiento en este caso de amor y cariño por mi perro y aversión a los gatos.

Además, podemos imaginar que mi hija sale al jardín y ve la escena entre el perro y el gato en torno al árbol, entonces ella ríe con la gracia de mi perro y me comenta lo asustado que deberá estar el gato en el árbol. No tengo duda que lo que está en su mente es lo mismo que está en la mía, ella también quiere a su perro, nuestro perro. Cuando le digo a mi perro que no ladre, mi hija me mira interpretando el contenido de mis palabras, entre mi hija y yo, puede decirse que hay en ese caso una comprensión que no es sólo intelectual, basada en el significado de los términos de la oración que utilizo, si no genuinamente emocional.

Pero, ¿si esos sentimiento no florecieran? La intersubjetividad originada en nuestra conversación ¿alcanzaría los mismos significados? ¿Podríamos comprender cabalmente nuestras mutuas acciones e intenciones? Dado que el lenguaje es un instrumento de interacción social, donde el significado de palabras y conceptos no son suficientes por si sólo (como Davidson admite al hacer necesaria la interpretación racional como marco en el cuál puede ser comprensible el lenguaje), el compartir los significados no sólo implica el acuerdo sobre el signo/concepto, por ejemplo, sobre el uso correcto del término “perro”, sino que, además, es necesario saber si nos gusta o no, si lo

32 queremos o no, etc., para comprender las situaciones comunicativas en donde usamos el término. Más aún, necesitamos evidenciar nuestra relación con el mundo, más allá de que las palabras y conceptos nos permitan denominar objetos y espacios, ya que somos el resultado de nuestras experiencias originadas en la interacción con los otros y con el mundo en que habitamos, interacción que no es plana, no es solo limitada a signos y conceptos, sino que con un valor concreto en el que se traducen las emociones.

Retomando el ejemplo planteado en el Capítulo I, cuando establecíamos una conversación durante la reunión social, quien lleva el discurso en la condición de primera persona o el hablante no sólo hará uso de un lenguaje verbal, además incorporará emocionalidad por medio de un lenguaje gestual en su rostro y cuerpo, aportará énfasis gráficos con sus manos, modificará con diferentes énfasis los tonos de su voz, dentro de un tipo personalizado de tono de voz, junto con otros elementos que se originan en la interacción humana, por lo tanto, quien escucha, la segunda persona o interprete, dentro del contexto de comprensión pública del lenguaje (la tercera persona), no sólo recepcionará sonidos lingüísticos, sino que, un conjunto integrado de elementos que darán forma a un lenguaje mucho más complejo que sólo sonidos verbales, incorporando además al ámbito de su comprensión gestos, énfasis, y en general, múltiples elementos emocionales y de contexto que enriquecerán la comunicación.

33 CAPITULO III CONCLUSIONES.

La teoría semántica que elabora Donald Davidson, en términos de una teoría de la interpretación radical, requiere de una revisión de los pasos y argumentos que la constituyen, a fin de que garantice que nos permita explicar en forma simultánea el habla y las actitudes del hablante, teniendo presente que no puede constituirse en una teoría específica, restringida a un lenguaje actualmente existente. Por el contrario, debe ser una teoría que explique cómo es posible la interpretación en general de cualquier lenguaje posible.

A su vez, esta teoría debe proporcionarnos los argumentos que nos permitan responder cómo se estructura la relación entre creencia y significado desde una perspectiva interpretativa.

Elemento relevante de la teoría lo constituye el puente intersubjetivo que elabora el autor en la dimensión de la segunda persona, ya que este proporcionaría un elemento de triangulación necesario para validar el conocimiento objetivo y la comunicación lingüística con otros en relación a dicho conocimiento.

En los últimos años el debate sobre la propuesta de D. Davidson y la caracterización de su dimensión intersubjetiva, pareciera navegar entre quienes no objetan su constitución original, desligándose de la necesidad de caracterizar dicha intersubjetividad, a fin de diferenciarla claramente de las dimensiones subjetiva y objetiva, siendo el caso de Millán (2016) y Sada (2007) y quienes consideran que dicha dimensión debe ser revisada y enriquecida a fin que permita ir más allá de Donald Davidson y su propuesta filosófica, como son Pedace (2003), Pérez (2009), Navia (2010) y Ferrer (2014).

Es innegable que la emocionalidad está en la esencia del ser humano, es decir, la emoción “nos hace ser quienes somos” (Pedace, 2003, pág. 146), por ello, es un componente inherente a nuestro lenguaje, el cual, a su vez, no está compuesto sólo de fonemas y signos, sonidos y palabras, sino que, también de nuestra actitud corporal como entes participantes en el mundo y, en especial, durante la interacción con el otro.

34 Pedace se atreve, y los argumentos que esgrime la acompañan, a señalar que, “así como la historia de la filosofía ha dejado de lado las emociones” (Pedace, 2003, pág. 152), las que constituyen un elemento vital de nuestra autoimagen, Davidson nos da la posibilidad de reinstalar la reflexión respecto a quiénes somos, revisando su propuesta de triangulación, pero mejorando las premisas conceptuales a fin de dar más luz a nuestra búsqueda de la explicación de la relación mente – cuerpo.

Autores como Sada (2007), consideran que la propuesta de Davidson no hace referencia a la emocionalidad, dando un apoyo a la posición de Pedace (2003) y Millán (2016), quienes consideran que definitivamente la propuesta de Davidson no la incorpora. Por otra parte, autores como Ferrer (2014) estiman inserta en la propuesta de Davidson dicha emocionalidad, a diferencia de Pérez (2009) quien busca aportar con una nueva concepción normativista, la cual considera a las emociones como un elemento de regulación efectivo en la interacción intersubjetiva, no expresada formalmente en la propuesta de Davidson.

Donald Davidson no involucró expresamente la emocionalidad como elemento del nivel expresivo, al momento de introducir la dimensión intersubjetiva en la forma de la segunda persona, pero, dicha omisión no obedece a un olvido, por el contrario, es la tradición filosófica la que no ha relevado la importancia de la emocionalidad en los estados mentales y en el lenguaje, situación que ha ido cambiando a medida que la psicología social lo ha transformado en campo fértil de estudio.

La propuesta de Davidson se ve empobrecida al no identificar explícitamente dentro de los componentes de la dimensión intersubjetiva la emocionalidad. Mejor aún, su incorporación potencia la propuesta de Davidson al integrar a las características de la intersubjetividad componentes que permiten hacerla más única, aportando elementos que agudizan el nivel de interpretación que tenemos del hablante, configurando de forma más certera su vinculación con los objetos y el espacio, lo que a su vez permite asimilar en

35 mejor forma lo que entendemos al relacionar nuestra propia perspectiva con dichos objetos y espacio y, en definitiva, reconociendo la imbricación de los lenguajes verbal y no verbal.

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