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Chapter 5. Conclusion and further work

5.1 Conclusions

No. Sin embargo, últimamente, Man Bernstain publicó en “Id” un estudio estadístico de antiguos pupilos. Al respecto voy a transcribir la opinión de estos pupilos, es decir, las de los que dijeron que no sacaron mucho de nuestro sistema. Veamos: cuatro dijeron que no había suficiente protección contra los pendencieros; tres hablaron de que el personal docente era cambiado con demasiada frecuencia, y hubo uno que dijo que había sido muy influenciado por los compañeros irresponsables respecto de las tareas académicas.

Bernstain añade: “Estas personas suelen ser las más explícitas y las menos, antes y después de que pasaran por Summerhill.”

No sabiendo quiénes son estos, no me puedo imaginar ni juzgar los condicionamientos de su infancia, ni sus capacidades mentales. Tampoco puedo decir el tiempo que ellos estuvieron en la escuela. Lo que sí haré será contestar a sus críticas.

Respecto al primer punto, todos saben que el muchacho pendenciero es fácilmente tratado bajo un sistema disciplinario y de miedo, y que con la libertad se convierte en un problema. Muy seguro de ello, con frecuencia se me ha ocurrido que el muchacho que mete miedo a niños más pequeños no debería estar en la escuela, pero jamás tomé una resolución al respecto, principalmente porque no me podía imaginar que él fuera a otra escuela sin ser tratado ásperamente. Ya sé que hay infinidad de internados que tratan a los niños sin aspereza, pero no suelen admitir a niños expulsados. Otto Shaw y George Lyward se encargan de estos niños-problema, pero nunca suelen tener plazas, y, además, sólo admiten a muchachos con un alto índice intelectual. Por lo demás, normalmente el pendenciero no tiene un grado de inteligencia muy elevado.

Por nuestra parte hacemos todo lo que podemos para controlar al muchacho pendenciero, culpándole en las reuniones o en nuestros tribunales, haciéndole ver lo que la opinión pública piensa de él. Sin embargo, en un par de ocasiones algo serias tuvimos que expulsar ese tipo de muchachos. Esa afición a intimidar es uno de los principales problemas en nuestra escuela; pero actualmente, ya no se le permite la permanencia entre nosotros a ningún muchacho pendenciero.

El cambio frecuente de personal, por otra parte, ha sido perjudicial para los pupilos. Pero es comprensible, pues hace algunos años, muchos profesores no podían permanecer mucho tiempo en la escuela por razones económicas; hoy día, sin embargo, la situación ha mejorado, y ya podemos pagarles un sueldo razonable.

La última objeción que me presentan es la de ese ex pupilo que afirma haber sido influenciado por compañeros que eran irresponsables con respecto a la labor académica. Sobre esto puedo decir que eso sí puede ocurrir a veces. Cuando hay un muchacho o muchacha sobresaliente que, con toda su energía, aborrece las clases, a causa, normalmente, de pasadas experiencias, puede mantener a otros niños alejados de las clases.

Pero esto me mueve a preguntar algo que hasta ahora no me he atrevido a hacer: ¿Es Summerhill una escuela principalmente para niños inteligentes? El niño que se deja conducir o influenciar no suele ser muy brillante. Los que no asisten a las clases suelen ser por lo general, aquellos que sienten que no son buenos en ellas. Y se me antoja pensar que estas personas que Bernstein entrevistó fueron precisamente las que protestaban por la falta de educación en Summerhill. Añádase a esto que hace años acudió a verme una chica, ex pupila, una vez que se había ya casado. Se quejó de que Summerhill había arruinado su vida, de que ella no había recibido ninguna educación. Le pregunté quiénes había en su clase, y resultó que de entre ellos salieron dos médicos, dos conferenciantes y dos artistas. Entonces le dije: “¿Por qué ellos recibieron educación en Summerhill y tú no?” Y no era una chica torpe, más bien era inteligente, pero, seguramente, no fue muy asidua a las clases.

No nos cruzamos de brazos ante los pupilos que persuaden a otros para que no asistan a las clases. A veces en las reuniones, algún profesor o pupilo los culpa de infringir la regla de que la asistencia a las clases ha de ser totalmente voluntaria. Por tanto, del mismo modo que ningún profesor exige al niño que asista a clase, igualmente

ningún pupilo debe instar a otro a que no vaya.

Por otro lado y esto es algo más positivo Bernstein descubrió que la mayoría de los ex alumnos se encontraban satisfechos de la educación que recibieron. He aquí algunos de sus hallazgos: ocho afirmaron que la escuela les había dado una postura sana respecto al sexo; siete dijeron que habían perdido el miedo a la autoridad (cinco se referían a la autoridad de los maestros en posteriores escuelas que frecuentaron). Otros siete opinaron que Summerhill los había rodeado de un ambiente en el que pudieron desenvolverse de acuerdo con su naturaleza; cinco que la escuela les ayudó a comprender mejor a sus propios hijos y a educarlos de un modo sano. También hubo cinco que dijeron que gracias a la escuela se habían liberado del deseo continuo de estar jugando y así asentar la cabeza; tres manifestaron que Summerhill les había hecho poner un interés activo en todas las cosas que ocurrían en el mundo dos pensaban que el contacto con la escuela les había permitido trabajar exentos de toda hostilidad y de otros sentimientos antisociales; y uno de nuestros antiguos pupilos, Karl Kruytbosch, residente ahora en California, está reuniendo material para iniciar un estudio exhaustivo de todos los ex pupilos y de sus vidas. Sólo espero vivir lo suficiente para poderlo leer.