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Interaction effect plot for FAME yield using NaOH catalyst

Chapter 4. Results and discussion

4.5 Effect of process conditions on FAME yield

4.5.2 Interaction effect plot for FAME yield using NaOH catalyst

Sí y no. Pero digamos primero que los niños son fundamentalmente iguales en todo el mundo. Todos buscan felicidad, cariño, libertad; todos quieren jugar y jugar. Siempre están ávidos de aprender cosas que les interesan. .. y a los pobrecitos les dan aburridas clases de historia, de matemáticas o de geografía. Encuentro, sin embargo, que sí hay diferencia en la educación dada en Norteamérica con respecto a la de Gran Bretaña. El 60% de mis pupilos son americanos; casi todos ellos leyeron el libro Summerhill y solicitaron ingreso. Al principio empezamos a encontrar dificultades, especialmente con los mayores. Estos pensaban que como nuestra escuela se llamaba libre podían hacer lo que quisieran. Nos llevó nuestro tiempo meterles en la cabeza la idea de que libertad no significa hacer lo que a uno le viene en gana. Entonces se dieron cuenta de que autogobierno significa obedecer las reglas que han sido impuestas por toda la

edad límite de ingreso es de doce años, en virtud de que casi todos los pupilos de más de catorce años, anteriormente admitidos, se adaptaron demasiado tarde a nuestro sistema de libertad; estuvieron demasiado tiempo bajo un período de represión y a menudo exteriorizaban la libertad que habían encontrado con una conducta antisocial, con apatía, con pereza. Por lo tanto, frecuentemente he dicho que si fuéramos lo suficientemente ricos no aceptaríamos a nadie de más de siete años.

El contraste más acusado entre el pupilo americano y el inglés radica en que aquél tiene mucho dinero, lo cual provoca una división en la escuela. Una muchacha inglesa de doce años, por ejemplo, suele tener siete veces menos dinero en el bolsillo que su compañera americana. Por este motivo en algunas escuelas se ha vedado el envío de dinero.

Los adolescentes americanos dan la impresión de enfrentar una reacción más notoria hacia sus hogares. Algunos me dicen que no se encuentran felices en sus casas, que sus padres no los comprenden. Yo pienso que todo esto es debido, en bastantes casos, al horroroso sistema americano que fuerza a los jóvenes a que emprendan una carrera universitaria como condición sine qua non. Los padres suelen alarmarse con el futuro de sus hijos y en algunos casos este alarmarse ha impedido que esos hijos obtengan de Summerhill todo el provecho que debieran alcanzar. Así, el niño se halla poseído de un conflicto dilemático. La escuela le dice: “Eres libre de ir a clase; el deseo de aprender debe venir de ti mismo”; pero si los padres escriben a la escuela presionando sistemáticamente al hijo para que aprenda mucho, entonces sobreviene una infelicidad que se traduce en deseo de no asistir a ninguna clase. Entendiéndolo así, hace poco le dije a un padre que o dejaba de decirle a su hijo que asistiera a las clases o lo sacara de la escuela. Al final lo sacó.

Con relación a diferencias, creo que los niños americanos son mucho más aficionados a los juegos mecánicos que los niños ingleses. Pero esta opinión podría ser producto de un complejo mío asociado a la idea de que en mis días de infancia no poseíamos para jugar más que algunas canicas y pelotas de trapo. Tan era así que para comprar mi primera bicicleta tuve que estar ahorrando durante años; y en aquellos días no había radios, cine, autos, magnetofónicos ni tocadiscos. Así crecimos, y quizá sea por ello que no puedo superar un sentimiento de disgustillo cuando veo que los niños reciben tantas cosas sin siquiera levantar la mano. Y una consecuencia de esta

prodigalidad es que muchas veces los juguetes carecen de valor para los niños. Creo, además, que no es prudente darle a un muchacho de once años una bicicleta muy cara, porque antes que pasen tres semanas habrá olvidado dónde la ha puesto.

Los regalos costosos, a la larga raramente son apreciados. ¿Cuántas guitarras habrá, pongamos por caso, de esas que piden los fanáticos de los Beatles, medio olvidadas en las casas y en las escuelas? Creo que podría encontrar dos o tres en mi propia escuela. Otra consecuencia inconveniente es que los niños conceden demasiada importancia al dinero y a lo que éste puede comprar.

No estoy diciendo que los padres británicos no den a sus hijos más cosas de las que realmente necesitan, sólo digo que los ingleses son en general más pobres que sus primos los estadounidenses. Por regla general, entre la juventud de ambos países hay muy poca afición al ahorro. Esto se puede deber, más o menos inconscientemente, a la idea de que la vida es demasiado precaria. En consecuencia con esto, presiento que la aparición de la bomba “H” ha operado un profundo efecto en la juventud mundial, y, en gran parte, la actual rebeldía del joven, o sea el presente aumento de la delincuencia, puede provenir de esa misma idea, es decir de que la vida quizá sea para ellos muy precaria y muy corta.

En efecto, en un caso que voy a contar ahora esta idea de brevedad vital era consciente. De suerte, que a una muchacha de 17 años le dije: “Estás fumando demasiado. ¿No temes un cáncer de pulmón?” Su contestación: “En absoluto; de todos modos si me abstuviera tampoco viviría mucho; ni nadie vivirá bastante.” Otro detalle importante es que durante la última crisis en Cuba mis pupilos americanos mostraban más recelo que los ingleses, lo cual ya significa una diferencia bastante notable.

Creo que los niños reflejan el modo de vivir de su propio país. Y pienso también que en cierto sentido Gran Bretaña es más libre que los Estados Unidos. Con Summerhill en Inglaterra durante 42 años jamás tuve problemas con el Gobierno ni con la Iglesia. Pero si en los Estados Unidos hubiera intentado abrir una escuela libre, mucho me temo que hubiera tenido líos con los católicos o los batistas o con Las Hijas de la Revolución Americana. Además, esa potencial escuela no hubiera podido evitar problemas con los racistas, precisamente porque una escuela libre debe aceptar cualquier raza o color. Por supuesto que ninguno de mis pupilos americanos procede de hogares racistas; sin embargo, en base de mi experiencia con ellos no podría juzgar al niño tipo americano.

Considero que en los pupilos americanos existe una evidente intranquilidad respecto al futuro; porque con la excepción de los más pequeños, todos tienen experiencia de los apremios que hay en las escuelas americanas; todos saben que su porvenir depende de la enseñanza y títulos universitarios. Y, así las cosas, tal vez suceda muy pronto que a un Picasso no le permitan ingresar en una escuela de arte por no tener hecha la preparatoria. Y lo que pasa en América se está propagando en todas partes. Digamos finalmente que recibo muchas cartas tristes, cartas de niños que están en escuelas americanas, de niños que me dicen: .... . ¿puedo ir a Summerhill? Aborrezco mi escuela y sus aburridas clases; me repugna esta enseñanza mecanizada que trunca cualquier intento de pensar o hacer algo original”. Algunos añaden: .... . mis profesores son demasiado sarcásticos”. Se puede hacer una carrera aquí sin que todavía se necesite pasar muchos exámenes, pero como digo, lo malo se está extendiendo.

¿Cree usted que, por naturaleza, los intereses de los chicos y de las

chicas son diferentes?

Sí. Antes pensaba que los intereses de unos y otros estaban determinados por la costumbre y por el ambiente. Veía que las muchachas eran aseadas y atendían al arreglo de sus camas, pero me daba cuenta de que los muchachos no suelen hacer nada de lo que se refiere a cualquier tarea doméstica. Al menos siendo muchacho esto era la norma. Ellos suelen estar siempre con sus bicicletas, ellas no. Las muchachas cosen o bordan; ellos juegan a las canicas.

Imaginaba entonces, que con la libertad estas diferencias desaparecerían; pero estaba equivocado. Los muchachos de Summerhill arreglan sus bicicletas, desarman aparatos de radio, hacen cantidad de objetos en el taller: pistolas, espadas, barcos, aviones, etc. Pero aun así, es muy raro ver una muchacha entrar en el taller, y más raro todavía, que un muchacho asista a clases de corte y confección. Ambos sexos, sin embargo, coinciden en la afición a modelar cacharros de cerámica o de latón. Y por lo que respecta al asunto académico, no hay muchas diferencias que hacer notar, si no es la poquísima afición entre las chicas por las matemáticas. Todavía hay algunas que gustan del álgebra, pero lo que es la geometría... Bueno, esto tal vez sea debido a lo mal que yo enseño esa materia. Lo realmente común a ambos sexos es la danza, la

pintura, la interpretación escénica y los juegos propios a la comunidad de ambos sexos. Muchos muchachos y algunas muchachas construyen cobijos en los troncos de los árboles. Una cosa que ellas nunca practican es la manía que tienen los chicos de cavar agujeros. Diríase mejor que cuando abandonan la escuela parece como si, en virtud del sexo, estuvieran predestinados ya para sus futuros empleos, de suerte que hemos tenido médicos, pero no doctoras; profesores de universidad, abogados e ingenieros, pero ninguna chica puso atención en alguna de estas profesiones. Ambos sexos, sin embargo, coinciden en dedicarse al arte como ocupación. Y si bien algunas ex pupilas se llegaron a especializar en cocina, nunca nos salió ningún alumno que quisiera ser cheff.

Por tanto, se puede concluir que la libertad no ha podido alterar lo que ya es innato en la persona, lo cual, por otra parte, quiere decir que ningún sistema escolar es capaz de cambiar los hábitos del mundo exterior.

Se supone que por Summerhill pasan muchos visitantes. ¿Cómo