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Chapter 5. Conclusion and further work

5.2 Recommendation

Hace poco, una muchacha de quince años me dijo: “Si uno tiene buenos padres, Summerhill hace que se les ame más; pero si los padres son malos, Summerhill hace que uno se vea a través de ellos y entonces ya no se les puede amar mas. Ella tenía padres “malos”. Yo le pregunté por qué creía que eran malos y ella me dijo: “Por que ellos sólo creen en la libertad según sus conveniencias. Me enviaron aquí para que me liberara, pero cuando vieron que yo estaba siendo demasiado independiente, se rebelaron contra la escuela. Ellos sabían que aquí se va a clase cuando se quiere, y que ni siquiera se aconseja ir, pero ellos continuaban fastidiándome con las clases. Ya sé por qué ellos están preocupados: temen que no seré nadie sin el certificado de secundaria. Eso está bien, pero entonces, ¿por qué me mandaron a esta escuela? Además, creo que soy bastante lista para aprobar un examen, cuando éste me interese, si me preparo.”

Lo que ha dicho esta muchacha casi contesta la pregunta acerca de mi actitud hacia los padres. Padres ideales... he tenido muchos... Suelen ser aquellos que apoyan a la escuela con todo su corazón. Jamás se preocupan del progreso en las clases, o de la falta de aseo en las habitaciones; tampoco preguntan por qué no incitamos a los niños a que cuelguen de las paredes cuadros de Cezanne o Rembrandt; ni tampoco nos piden que condenemos la música pop y que los estimulemos a que oigan a Bach y a Beethoven. En suma, tales padres creen en nosotros y en que los niños deben ir creciendo a su tiempo. Esa es la clase de padres que da gusto tratar, mientras que la otra clase nos cansa; se preocupan por todo aquello que no es esencial. Que por qué no enseñamos a los niños a comportarse; que si la etiqueta, que si el tenedor con la mano derecha, que hay que decir “gracias” y por “favor”. Ellos creen que los niños libres no

pueden tener urbanidad. Ningún pupilo de Summerhill hablaría de la cuerda que hay en la casa de una viuda, con la que el marido ha sido ahorcado. Nadie de nuestros muchachos podría ser rudo con un judío o con un negro; a nadie se le ocurriría burlarse de una vieja que sea excéntrica.

De todos modos, estoy en contra de los padres cuando veo que están demasiado apegados a sus hijos. Además me he percatado de un hecho algo desagradable: cuando a un hijo le gusta mucho Summerhill, algunos padres se ponen celosos. Cierto que los nuevos pupilos carecen frecuentemente de tacto cuando están en casa; de suerte que a menudo recibo quejas de los padres de que sus hijos se aburren en casa durante las vacaciones, y tienen la poca delicadeza de confesármelo así. Claro que muchos se aburren en casa; están confinados en un piso, recién llegados del internado, y se encuentran todavía sin amigos. Muchos han de tener forzosamente restricciones en sus casas... El médico, por ejemplo, tiene que decir a sus hijos que no armen lío en su clínica. Los niños aceptan todas esas limitaciones, pues saben que son necesarias. Por otro lado, algunos padres son demasiado intranquilos. Si, por ejemplo, Mary, de quince años, un día se retrasa del baile, sus padres pueden imaginársela ya violada o flirteando en el camino de regreso a casa. En realidad, el gran obstáculo para la libertad del niño es la excesiva intranquilidad de los padres. No sólo por lo que se refiere al sexo, sino también respecto a la enseñanza. Sé muy bien que no se puede juzgar a los padres por sus actitudes acerca de ciertos aspectos de la vida. Sin embargo, se tiende a creer que si alguien se mantiene desafiante en algo, ya lo tiene que ser en todo. Por ejemplo, los humanistas que cuestionan la existencia de Dios. Yo conozco humanistas que, no obstante, están tan en contra del sexo como los cristianos. Conozco también comunistas que veneran a los diosecillos marxistas con tanto fervor y ceguera como los católicos lo hacen con la Virgen María.

Es verdad que todos somos capaces de pensar y de vivir por compartimentos. Todos somos culpables de esta especie de desdoblamiento de la personalidad en la conducta. Todos tenemos nuestros complejos. Recuerdo haber leído en Erich Fromm que el mismo Freud solía estar con una hora de anticipación en la estación cuando iba a abordar el tren, lo cual demuestra que ni Freud se salvó de los complejos.

Los padres a menudo me desconciertan. No sé cuanto he perdido en deudas en los últimos cuarenta y cinco años, pero debe sumar miles el importe de las cuotas que los

padres no pagaron. Tal vez sea porque hay muchos niños que son odiados... ¿Por qué pagar por un niño que no es amado? Y el término “escuela libre”, además, quizá haya tenido algo que ver para ellos con “libre de pagos”.

Summerhill jamás indispuso a un niño en contra de sus padres; tal indisposición, si la hubo, tuvo lugar bastante antes de que el niño ingresara en la escuela; lo que tal vez haría nuestra escuela sería hacer consciente aquella indisposición. Los padres nunca se dan cuenta de que son ellos mismos los que pierden el amor de sus hijos; y eso por los métodos con que los tratan: castigo, mimos, prohibiciones, restricción sexual, y el ocultarles las verdades. La institución familiar, pues, viene a ser una abominación cuando se torna paternalista, restrictiva, incapaz de emanar amor. Los pupilos que han gozado de un hogar libre no parecen sufrir ese desgarramiento que siempre sobreviene a los niños que han estado psicológicamente atados. Los padres que han perdido el amor de sus hijos es porque ellos mismos se lo han buscado.

Cuando mi hija hace travesuras suelo darle un par de azotes. ¿Esta