La cortina que existe sobre la historia de la infancia puede extenderse, aunque con menor intensidad al papel de la mujer en distintas sociedades. Sin detenimientos sobre las problemáticas de género, se partirá de la idea de que el papel de la mujer en distintas épocas se ha sujetado, en gran parte de los casos, a las acciones masculinas, sobre las cuales se construye la memoria porque fueron ellos quienes realizaron las hazañas mientras la mujer se reservaba al espacio doméstico. El hombre ha figurado en las acciones públicas: administradores de los recursos familiares, garantes de los ingresos, responsables jurídicos, héroes de batalla; ellos habitaron una sociedad distinta a la de la mujer, se apartaron de las relaciones familiares, de la crianza de los hijos y sin embargo fueron quienes dictaron el deber ser de la mujer. Estaban aparentemente más capacitados y sus decisiones se cumplían como una ley, dirigían las cuestiones relevantes de la familia, respondían por las acciones de la mujer en lo público, y además destinaban a la mujer a las actividades manuales al no considerar sus facultades intelectuales: “Las mujeres devotas y de pocas luces, demasiado sensibles al sentimiento, tentadas por las pasión, acechadas por la locura, el padre –el varón– ha de mantener los derechos de la inteligencia” (Ariès y Duby, 2001, p. 130. La mujer ha desempeñado el papel de testigo y acompañante del hombre; sin embargo, en esta marginación de los hechos públicos, la mujer se adueña de un lugar determinante en la vida de los pueblos, encargada en la vida doméstica, la mujer es madre, la madre de los pueblos, la madre de cada uno de sus hijos. Es pues ella quien recibe al niño.
141 El rol maternal marca una diferenciación frente al hombre porque jamás puede ponerse en duda la maternidad, mientras que la paternidad sí. Este ha sido un asunto que se resuelve desde lo jurídico, especialmente antes de disponer de los análisis genéticos para su comprobación. La mujer perpetúa y garantiza la continuidad de reinos y poblados, su cuerpo se ha dispuesto para recibir la vida y además ella dispuso para cumplir a este propósito, por tal motivo le fue encargada la labor de recibir, acoger y cuidar del niño “*…+ la mujer era quien llevaba en su seno al niño, quien lo alumbraba y quien seguidamente lo alimentaba, desempeñaba un papel esencial; era ella la depositaria de la familia y de la especie” (Ariès y Duby, 2001, p. 293). La mujer construye entonces un territorio en donde es soberana: administra la vida íntima del hogar. Pero, paradójicamente, este espacio de libertad y dominio fue a su vez su principal limitación.
Esta tradición de dirigencia masculina tiene un punto de inflexión cuando la familia pasa a tomar un lugar importante en la sociedad. Antes y durante la revolución francesa, desde distintas acciones, se da una separación del núcleo familiar frente a la vida pública y se constituye el hogar como una institución diferente al poblado, al país. De manera silenciosa la mujer administraba los asuntos privados en el hogar y los saberes sobre la vida en familia, lo que fue posibilitándole tomar algunas decisiones sin la intervención del hombre. Además, por su permanencia en casa, sostiene relaciones de camaradería y complicidad con los hijos y así la familia adopta un nuevo valor que vuelve la mirada sobre ella y la manera como ha asumido su papel. Desde finales del Siglo XVII y el XIX la mujer empieza ingresa en la vida laboral, y al igual que los niños, es menos valorada y sometida a abusos por parte de los empleadores. De todas formas esta se convierte en la oportunidad de ingresar recursos al hogar, lo que empieza paulatinamente a modificar la relación del hombre y la mujer en la familia, al menos en términos económicos. En su momento este distanciamiento de la madre se consideró una pérdida para la familia y fue altamente criticado, en la actualidad esta compatibilidad de la actividad maternal, profesional, y laboral de la mujer es aceptada e incluso promovida en distintos contextos. Sin embargo se hará patente que ante la imposición biológica de procrear, la mujer, se ha visto
142 involucrada en las más diversas ambivalencias, no siempre la madre se impone sobre las aspiraciones de la comunidad, entonces aquel niño sacrificado por razones místicas es ofrendado por su propia madre, el niño trabajador dispuesto en situaciones laborales con las mínimas garantías, es apoyado por la madre que requiere de los ingresos generados por él, y en las épocas actuales, tras la salida de las mujeres del hogar y la dedicación a su formación, la crianza ha sido delegada por ella misma, quién se aparta de la intimidad familiar para pertenecer a la colectividad laboral y profesional.
La relación de la mujer con el niño, pertenece en definitiva a la intimidad, a la historia del hogar, y en esta privilegiada posición ella ha influenciado la actual noción de niño. La mujer es quién tramita su situación, al ser ella la encargada de preservar su existencia, al ser ella el primer contacto con la sociedad y la cultura a la que él pertenece. Como interlocutora del niño cuando aún no se expresa y como encargada de enseñarle el lenguaje, es pues el umbral requerido para que finalmente el niño ingrese de manera significativa en los asuntos sociales. Efectivamente en este campo de intimidad, la mujer es intérprete y traductora de los primeros balbuceos del niño, pues entiende sus primeras manifestaciones de necesidad y deseo: “El rol de la madre era el de alimentadora. Cuando un bebé no estaba en la cuna, su lugar era los brazos de la madre. El trabajo de ésta consistía en mantener al niño caliente, alimentado y limpio, de acuerdo con las normas de la época” (Duby y Perrot, 2003, p. 61). La madre, atenta y guiada por su instinto, supera incluso las barreras del lenguaje para comunicarse con el hijo. Este papel como primera mediadora, antes de la conquista del lenguaje por parte del niño, la convierte en un importante vehículo por el cual este empieza a integrarse paulatinamente a la sociedad, así lo afirman Duby y Perrot: “Las madres también eran decisivas en la transmisión de las creencias populares. Ellas contaban cuentos a sus hijos, los advertían contra brujas y diablos, les enseñaban a dejar tazones de leche para los dañinos seres fantásticos y los ponían en guardia contra lo que para ellas era malo” (Duby y Perrot, 2003, p. 67). Ella relata sus aprendizajes, registra su proceso y lo divulga con el fin de dar a conocer que el
143 niño da muestras claras de progreso, enseña al niño las palabras, muestra lo objetos y ejemplifica los comportamientos que más adelante el deberá asumir.
Representa pues una mirada única frente al niño puesto que la mujer le entiende cuando esta parece un labor imposible, ella es una creadora de idea de niño pues ha sido quién ha dictado las pautas de la relación con ellos “*…+ concebir y educar los hijos era una de las sus principales tareas, la ‘profesión’ de las esposas” (Duby y Perrot, 2003, p. 363) y de esta manera es ella quién puede recibir sus primeras preguntas y quien le enseña a continuar en sus pesquisas, en principio naturales y posteriormente de toda índole. En este sentido el vínculo entre la madre y el binomio niño-pregunta tiene una configuración particular, que en sus primeros años es más bien un trinomio, siendo ella la primera interprete de sus inquietudes e interrogantes: ¿Qué es eso? ¿Cómo se llama? ¿Para qué sirve? Son preguntas guías de las primeras conversaciones, primero mudas, entre madres y niños. La atención de la mujer sobre el comportamiento del niño hace de ella un medio indispensable en la conquista del lenguaje y de la condición de humanidad, como consecuencia de una actitud permanente de diálogo en donde la interpretación, traducción y entendimiento con el niño le da la posibilidad a este de elevar su situación anónimo para ser nombrado e incluido en la sociedad.