7.1.1. El Efecto de Autorreferencia
La evidencia predominante y más citada sobre la que se fundamente la existencia de los autoesquemas son los resultados de ciertos experimentos de memoria que parten del trabajo de Rogers et al. (1977) sobre lo que se conoce como el “efecto de
autorreferencia”. En su artículo, Rogers et al. utilizaron un paradigma experimental adoptado del marco teórico de los niveles de procesamiento propuesto por Craik y Lockhart (1972), un paradigma que ha tenido una gran influencia en la investigación
posterior sobre los autoesquemas. Es más, puesto que ese paradigma ha sido
profusamente utilizado para evidenciar la realidad psicológica de los autoesquemas
depresivos y ansiosos (e.g., Davis, 1979a,b; Derry y Kuiper, 1981; Kuiper y Derry, 1982; Ingram et al., 1983; Ingram et al., 1987; Ingram et al., 1990) y puesto que ha sido
utilizado en tres de los experimentos que forman la segunda parte del presente trabajo
(Experimentos l~, 2~ y42), parece conveniente detenerse un momento en su descripción.
Craik y Lockhart (1972) ofrecen en su trabajo un “marco de referencia” para el
estudio de la memoria. Entienden la memoria desde un punto procesual, insistiendo en
el aspecto dinámico de los procesos y operaciones que se realizan sobre el material a
retener. La huella de la memoria no es otra cosa que el resultado del análisis perceptual-semántico que el sujeto realiza sobre el material. La noción de los “niveles de
procesamiento” alude a un continuo de análisis cualitativamente distinto. Cada uno
supone una operación diferente o un conjunto de operaciones escalonadas, teniendo como resultado codificaciones distintas del estímulo más o menos complejas. Por tanto,
los niveles se pueden ordenar según el grado de “profundidad” del procesamiento: los niveles más “superficiales” codifican las propiedades físicas y sensoriales de la
información (e.g.. líneas, brillo, tono, tamaño, etc.) mientras que los niveles más “profundos” implican un análisis de propiedades semánticas. En este contexto, la
principal predicción de la teoría es que la codificación más profunda genera trazos de
memoria más fuertes y duraderos. La forma de inducir a los sujetos a procesar los
estímulos adiferentes niveles es mediante las tareas o instrucciones de orientación. Las
instrucciones de orientación no inducen de forma exclusiva un nivel de procesamiento
dado, pero sí indican hacia donde se dirige el nivel procesual (Zaccagnini y Aparicio,
1980).
El paradigma experimental básico (Craik y Tulving, 1975; Bernia, 1980, 1981) consiste en una serie de ensayos en cada uno de los cuales el sujeto debe responder (normalmente “sí” o “no”) a una pregunta o instrucción de orientación que antecede a la presentación de una palabra. Las instrucciones de orientación más frecuentemente usadas, las cuales se suponen que corresponden a otros tantos niveles de procesamiento, son las sensoriales-visuales (e.g.,”¿está escrita la palabra en letras mayúsculas?” -- nivel
estructural --), sensoriales-fonéticas (e.g., “¿rima la palabra con ...?“ -- nivel fonético --),
categoriales (e.g., “¿significa esa palabra lo mismo que ...?“ -- nivel semántico --) y oracionales (e.g., “¿encaja la palabra en la siguiente oración: la niña puso la ... en la
mesa?” -- nivel semántico --). No obstante, se han utilizado una gran variedad de instrucciones de orientación que supuestamente corresponden a otros niveles de procesamiento distintos (e.g., decidir la función sintáctica más frecuente que una palabra cumple en una frase -- nivel semántico-sintáctico-- o evaluar las palabras en una escala que incluye las categorías agradable/neutra/desagradable -- nivel semántico-afectivo o evaluativo --). Nelson (1977) enuncia hasta 13 niveles de procesamiento que parecen distintos a priori según las instrucciones de orientación que las definen operacionalmente, aunque no justifica ni lógica ni empíricamente su distinción en eficacia real ni su jerarquía. Por otro lado, a un mismo nivel se puede acceder a través de distintas preguntas. Por ejemplo, para inducir un análisis semántico otra instrucción que se ha utilizado distinta a la presenta con anterioridad es pedir a los sujetos que clasificaran cada palabra en una de varias categorías conceptuales (e.g., “¿Es la palabra un nombre de animal?”; Bernia, 1981).
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frecuencia el paradigma de aprendizaje incidental que el de aprendizaje intencional. De
ahí que a los sujetos se les informa normalmente que la tarea es un experimento de
percepción y velocidad de respuestas, o bien se les da cualquier otro tipo de consigna
que encubra el verdadero propósito del experimentador. Las medidas que se suelen tomar en este tipo de estudios son: 1) los tiempos de reacción empleados por el sujeto
en enjuiciar cada palabras según la instrucción de orientación asignada, y 2) el recuerdo de las palabras mediante tests de recuerdo libre o de reconocimiento, aunque en los últimos años se han empleado también la técnica del recuerdo ayudado por índices o señales (Bernia, 1981).
En cuanto a los datos empíricos obtenidos en este tipo de investigaciones, se aprecia una diferencia estable en el recuerdo entre las instrucciones que exigen un procesamiento semántico y aquellas que demandan una codificación perceptiva, con un mejor recuerdo en el caso de las instrucciones semánticas (Bernia, 1980, 1981; Craik y Tulving, 1975; Llobe, 1980; Eysenck y Eysenck, 1980; Nelson, 1977). Pero, apane de esta distinción grosera, no se ha podido establecer niveles funcionales que especifiquen con más detalle los procesos semánticos y perceptivos. Algunos estudios (e.g.. Bernia, 1981; Rogers et al., 1977) han encontrado que el hecho de evaluar el agrado-desagrado de las palabras (nivel semántico-afectivo o evaluativo) produce un mejor recuerdo que el hecho de clasificarlas en categorías (nivel semántico-categorial). Es más, parece que este efecto es comparativamente mayor que la diferencia existente entre la codificación a nivel semántico-categorial y a nivel perceptivo-estructural. No obstante, esta última matización no está lo suficientemente documentada ya que sólo se ha encontrado en el
trabajo de Bernia (1981).
A pesar de la existencia de datos empíricos que apoyan en líneas generales el modelo de memoria propuesto por Craik y Lockhart (1972), este enfoque teórico pronto fue matizado y cuestionado por la aparición de una serie de resultados experimentales y por la constatación de una serie de defectos en la formulación original de dicho
enfoque. A partir de las reformulaciones sucesivas de la hipótesis de los niveles de
autores (e.g., Eysenck, 1979; Eysenck y Eysenck, 1980; Baddeley, 1978), se coincide en señalar que el recuerdo no sólo depende del tipo cualitativo de codificación (nivel)
sino de otros parámetros, entre los que destacan:
(a) La elaboración o riqueza o extensión del análisis y, por ende, de la
codificación. Eysenck (1979) señala que las codificaciones semánticas tenderán a ser
más elaboradas o extensas que las codificaciones fonémicas debido a que el número de
características semánticas potencialmente codificables de una palabra es
considerablemente mayor que los atributos potencialmente fonémicos de la misma, de
ahí la diferencia en recuerdo que se halla en los experimentos.
(b) La congruencia o compatibilidad entre la huella y el contexto de
recuperación. Craik y Tulving (1975) observaron que en las tareas de orientación
semántico-oracionales, los items de respuestas afirmativas se recordaban mejor que los
items de respuestas negativas cuando en un test de recuerdo ayudado por índices se
volvía a presentar la oración como señal. En los items afirmativos la palabra y la frase
son semánticamente congmentes y, por tanto, constituyen un único trazo de memoria
rico y elaborado. Por el contrario, en los items negativos la palabra y el contexto no
pueden integrarse y se codificanpor separado.
(c) La distintividad o el valor de contrastación de un código informacional en
relación a uncieno fondo de comunalidad. Eysenck y Eysenck (1980) descubrieron que
la codificación semántica de una palabra tiende a ser más distintiva o única que la
codificación fonémica. La razón que dan de este hallazgo consiste en que la codificación
semántica de una palabra dentro de un contexto especial es diferente de las
codificaciones semánticas de la misma palabra cuando ésta se presenta en otros contextos. En el caso de codificaciones fonémicas, la discriminabilidad de los rasgos es
probablemente mucho menor.
En muchos casos, no sólo se ha enfatizado el papel funcional de otros parámetros
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los niveles a simples diferencias en la elaboración del trazo (Winograd, 1981) o en distintividad (Moscovitch y Craik, 1976).
Estas ampliaciones o alternativas a la formulación inicial de Craik y Lockhart son de gran interés a la hora de especular sobre un posible mecanismo explicativo de las diferencias en la persistencia de los trazos de memoria, y en este sentido ‘van a ser
adoptadas, con una especia] predilección por el concepto de elaboración, por los
investigadores que, partiendo del paradigma de los niveles de procesamiento, han tratado
de demostrar que el yo es una estructura o esquema cognitivo.
Para los propósitos del presente trabajo no parece muy relevante desarrollar otras críticas que se han planteado al modelo de los niveles de procesamiento, las cuales tienen que ver más con la formulación de 1972 y que parecen haberse solventado en reformulaciones posteriores (cf de Vega, 1984). En cuanto a la tan manida crítica de
la ausencia de una medición apropiada e independiente del constructo “profundidad”
(definir operativamente los niveles en términos de recuerdo peca de circularidad por
cuanto la persistencia del trazo forma parte de la propia definición conceptual del constructo: cf. Baddeley, 1978). Eysenck y Eysenck (1980) hacen notar que los otros
constructos que se han propuesto sufren las mismas críticas. Lo importante en este caso sería el valor hermenéutico de los constructos a utilizar, es decir, cómo relacionan los datos empíricos y qué información nos dan sobre los procesos y mecanismos involucrados.
En su aplicación del paradigma de los niveles de procesamiento al estudio del yo, Rogers et al. (1977) utilizaron, como estímulos verbales, adjetivos de personalidad y, junto a las típicas instrucciones estructurales, fonémicas, semánticas y evaluativas, a
los sujetos se les pedía que juzgaran el grado de autorreferencia de los adjetivos
mediante la instrucción “¿Le describe a Vd. esta palabra?”. Bajo estaúltima instrucción,
el recuerdo posterior de las palabras se incrementaba en comparación con las otras
instrucciones orientadoras más convencionales. Este efecto ha sido posteriormente replicado en muchos otros estudios (e.g., Bower y Gilligan, 1979; Kuiper y Rogers,
1979; Keenan y Baillet, 1980; Klein y Kihlstrom, 1986). Es más, otras investigaciones han demostrado que las instrucciones autorreferentes producen un mejor recuerdo que
instrucciones que inducen a los sujetos a procesar los adjetivos de personalidad en
referencia a otras personas que no son muy familiares para el sujeto o no son muy
significativas para él (e.g., Bower y Gilligan, 1979; Ferguson et al., 1983; Keenan y
Baillet, 1980; Kuiper y Rogers, 1979). Estos datos sugerían que la participación del yo
durante la codificación de los adjetivos producía un trazo de memoria más fuerte y rico.
En un principio, la razón que se invocó para explicar este poderoso efecto
mnésico fue la existencia de un autoesquema. es decir, de una estructura cognitiva muy
diferenciada, rica y articulada que, en virtud de tales características, permitía una mayor
“elaboración” de la información y una codificación más “profunda” cuando la
información estimular se integraba en dicho esquema. En esta explicación se aunaban
los dos constructos a los que se aludía antes, profundidad y elaboración, sin entrar en
disquisiciones sobre el solapamiento e indiferenciación operacional de ambos~. Sin
embargo, posteriores explicaciones del efecto de autorreferencia dentro del marco de los autoesquernas (cf. Kihlstrom et a]., 1988), se han decantado por una explicación en términos de “elaboración”: los adjetivos se recuerdan mejor porque las instrucciones de
autorreferencia producirían codificaciones más elaboradas, es decir, tales instrucciones
permiten que el estímulo se una a una gran cantidad de otros trazos de memoria, permitiendo que el trazo del estímulo pueda recuperarse a partir de múltiples rutas; lo que implicaría, según los defensores de los autoesquemas, que el yo es una estructura cognitiva altamente elaborada, con muchas conexiones. Sin embargo, es importante señalar que el hecho de que la información estimular, cuando se procese en relación al yo, se conecte con una gran cantidad de conocimiento preexistente sólo implica que existe mucho conocimiento relacionado con el yo, pero no que dicho conocimiento esté
26Lockhart, Cnxik y Jacoby (1976) han señalado que la profundidad del procesamiento se referiría a los tipos de procesamiento cualitativamente diferentes (es decir, a dominios cualitativamente diferentes de manera que un análisis en los dominios sensoriaies superficiales precedería a un análisis en los dominios semánticos), mientras que la elaboración se refiere a un pmcesamiento rico o empobrecido dentro de cualquiera de los dominios cualitativos (es decir, a un análisis ulterior dentro de un dominio dado).
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interrelacionado entre sí formando un esquema. En este sentido, los argumentos que dan Higgins, Van Hook y Dorfman son especialmente esclarecedores:
“Aunque hay algún desacuerdo sobre si ciertas características específicas son necesarias para que un constructo sea una “estructura cognitiva”, tales como si es necesario que los elementos estén ordenados jerárquicamente, hay un acuerdo general de que para que la información almacenada o las unidades de conocimiento formen una estructura cognitiva deben estar organizadas teniendo interrelaciones regulares o interconexiones entre las panes ... Debería notarse que la cuestión no es si los atributos del autoconcepto reflejan alguna clase de unidad cognitiva. Obviamente cada atributo del yo está independientemente asociado con el yo. De otra manera, no sería
producido cuando a una persona se le pide que describa su yo. Por definición, entonces, todos los atributos del yo tienen en común una asociación con el yo como una categoría central.
Pero esto no significa que los atributos del yo están entre ellos
mismos estructuralmente interconectados. Una distinción similar
entre una mínima unidad cognitiva y una estructura organizada
se ha realizado respecto a las representaciones de los atributos
de otras personas (véase Wyer y Gordon, 1984). La cuestión,
entonces, es si los diferentes aspectos del autoconocimiento de
los individuos, o los atributos del autoconcepto, están
interrelacionados o interconectados entre ellos mismos.”(p. 178,
l-liggins, Van Flook y Dorfman, 1988).
En conclusión, aunque el descubrimiento de que se recuerda mejor la información cuando ésta es codificada con referencia al yo que cuando es codificada en
función de otras instrucciones orientadoras, es consistente con la hipótesis de que el yo
se configure como un esquema puesto que dicha superioridad mnésica no depende de que dicho conocimiento esté estructuralmente interconectado entre sí en la memoria27
Rogers (1981) añade otra explicación, no incompatible con la hipótesis de la
elaboración, señalando que la información autorreferente va acompañada de una especial
actividad afectiva. Según Rogers (1981) existiría un “código emocional” (posiblemente
carente de elementos verbales) que se regida por reglas no equivalentes al “código
cognitivo”, un código emocional que iría asociado a la información autorreferente almacenada en la memoria pero al cual sólo se accedería mediante ciertas instrucciones que enfatizaran justamente la carga emocional de la información. Para este autor, el hecho contrastado empíricamente (e.g., Keenan y Baillet. 1980) de que la superioridad en el recuerdo de información autorreferente esté limitado a preguntas evaluativas sobre el yo y no ocurra, por el contrario, con preguntas factuales sobre el yo (e.g.,”¿Tiene Vd. un coche?”), resulta de que en estas últimas preguntas falta el componente afectivo.
Según Rogers, este componente amplificaría el componente cognitivo del trazo de
memoria resultante del procesamiento del adjetivo a un nivel profundo análisis, lo “embellecería”. Así, las instrucciones autorreferentes de tipo evaluativo permitirían codificar la información personal mediante dos señales, una cognitiva y otra afectiva, es decir, el trazo de memoria incorporaría ambos componentes, lo que explicaría su superioridad en el recuerdo frente a las instrucciones autorreferentes factuales. En cambio, la superioridad de las instrucciones autorreferentes evaluativas sobre otro tipo
de instrucciones evaluativas no autorreferentes, por ejemplo semántico-afectivas (e.g.,
27 Debe notarse que este tipo de argumentación se aplica también a la definición más específica de
autoesquemas de Markus (1977; Markus y Smith, 1981). Por un lado, Markus propone que el yo se conceptualiza como un sistema de autoesquemas, por lo cuál se supone la existencia de interrelaciones entre dichos autoesquemas. Por otro lado, el hablar de que un sujeto puede ser “esquemático” para el dominio de la “independencia”, es decir, que tiene un “autoesquema” sobre “independiente”, supone que
el conocimiento relacionado con dicho dominio estáestructuralmente interrelacionado. Aunque el efecto
de autorreferencia. como muchos otros efectos de los que se hablará más tarde, se han propuesto como aval empírico principalmente en relación a la hipótesis del yo como un esquema cognitivo. no en relación a un atributo del yo (e.g., independiente) como esquema cognitivo, tales avales, aun considerados en relación a esta última hipótesis, no son Jo suficientemente válidos puesto que no demuestran que los elementos que forman los autoatributos están interconectados entre sí (es decir, no demuestran que el conocimiento que una persona tiene sobre su “independencia” y que, en teoría, estada contenido en su
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Kirker y Rogers, 1978: citado por Rogers, 1981; McCaul y Maki, l984Vt se debería, según Rogers a que para tales conocimientos no existiría una estructura cognitiva, de modo que al trazo cognitivo le faltaría estructura y no podría incorporar el componente
afectivo.
Aunque las hipótesis de Rogers (1981) sobre la existencia de un código emocional ligado al conocimiento autorreferente almacenado en la memoria fuera
confirmada, de nuevo ésto no indicada que dicho conocimiento está representado en la
memoria en forma de autoesquemas, puesto que no implicaría que el conocimiento sobre el yo esté interconectado entre sí. Por otro lado, la superioridad mnésica de las
instrucciones evaluativas autorreferentes frente a los no autorreferentes se podría explicar en función de la gran cantidad de conocimiento relacionado con el yo, sin tener que asumir, como hace Rogers (1981), que tal conocimiento forma un esquema cognitivo (es decir, está interrelacionado entre sO y que, por el contrario, el conocimiento relacionado
con las características semántico-afectivas de las palabras no está representado en la memoria con un formato esquemático.
Por otro lado, recientes estudios señalan que la autorreferencia no es una condición ni necesaria ni suficiente para que el recuerdo de un input estimular se vea facilitado en comparación a su procesamiento con otras instrucciones semánticas (cf. Higgins y Bargh, 1987). No está claro que la superioridad mnésica que se encuentra cuando se usan instrucciones autorreferentes se deba al hecho de que los estímulos están siendo procesados en relación al yo, es decir, a la autorreferencia per se. Otras variables distintas a la autorreferencia y que parecen estar asociadas con las instrucciones
autorreferentes podían explicar los efectos de superioridad mnésica de estas
instrucciones.
Un estudio que ofrece un resultado discrepante es el de Ferguson eta].(1983).Estos investigadores encontraron que el juzgar los adjetivos de personalidad respecto a su deseabilidad social facilitaba el recuerdo de tales adjetivos en la misma medida como el juzgarlos de acuerdo a su autorreferencia. Es difícil conciliar ambos resultados, aunque ciertas diferencias metodológicas podrían tener algo que ver, ya que Ferguson et al. usaron un diseño intersujetos mientras que Kirker y Rogers(1978) y McCaul y Maki (1984) utilizaron un diseño intrasujetos.
Por ejemplo, Klein y Kihlstrom (1986) han señalado como en los experimentos sobre el efecto de autorreferencia, la autorreferencia se confundía con otro factor, la organización. En la típica instrucción de autorreferencia, la pregunta es siempre la misma: si el item es autodescriptivo. Por consiguiente, la instrucción de autorreferencia induce al sujeto a clasificar los items en dos categorías: aquellos que son descriptivas del yo y aquellos que no. En cambio, en las instrucciones semánticas se requiere un solo