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General Discussion and Synthesis

6. Conclusions, recommendations and way forward

10.1. Viriato.

Las fuentes clásicas lo califican como dux e imperator. Pero los autores moder- nos lo presentan como un típico bandolero que carecía de una política y de un ideolog-

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ía concretas; y que buscaba, fundamentalmente, primero la subsistencia y en segundo lugar el éxito. Según H. Gundel, sus campañas contra Roma tuvieron como objetivo la independencia de su pueblo de Roma y la búsqueda de la expansión para conseguir nuevas tierras.

10.2. Viriato contra los romanos (147-139 a. C)

En el 147 a. C. se iniciaron de nuevo las razzias lusitanas sobre el sur peninsu- lar; intentó frenarlas el pretor Vetilio. En una emboscada causó una fuerte derrota a los romanos y la muerte del propio pretor.

En el 146 a. C. vino a Hispania el pretor Plautio. Viriato, que llevaba sus razzias por la Carpetania, se enfrentó al romano y le derrotó. Posteriormente le infringió a Plau- tio nuevas derrotas. Estos éxitos aumentaron su prestigio entre las tribus de la Meseta y le llevaron a firmar alianzas con algunas de ellas. El pretor de la Citerior, siguió la misma suerte que su colega, Plautio, de la Ulterior, ya que Viriato le derrotó.

En el 145 a. C. se ponía fin a los problemas de Grecia y el Senado romano prestó más atención a Hispania. Mandó a uno de los cónsules Maximo Emiliano, her- mano de Escipión Emiliano, y al pretor Nigido. De nuevo Viriato salió victorioso ante Nigido pero no frente al pretor de la Citerior Lelio Sapiens ni ante Máximo que hizo que Viriato abandonase el valle del Betis.

En el 143 a. C., el cónsul encargado de la guerra contra Viriato fue Cecilio Mete- lo y como pretor Quincio. Ninguno destacaba por sus virtudes militares. Las campañas fueron favorables a Viriato y a los lusitanos que ganaron posiciones en el Sur. Viriato demostró que era dueño de la situación en la Bética.

En el 141 a. C., Roma se propuso poner fin a la pesadilla lusitana y envió a la Península al cónsul Máximo Serviliano, de la familia de los Escipiones. Después de éxitos alternativos, Viriato se vio obligado a retirarse a Lusitania. Serviliano castigó du- ramente a cinco ciudades de la Bética, aliadas de Viriato. Pero tuvo que hacer frente a los bandoleros Curio y Apuleyo que obligaron a Serviliano a retirarse a lugares seguros. Posteriormente Serviliano recuperó a algunas ciudades que se habían rendido a Viriato como Tucci, Astigi y Obulco.

En el 140 a. C. Viriato reanudó las hostilidades. Serviliano, puesto sito a la ciu- dad de Erisane, Viriato acudió en su socorro y derroto a Serviliano, el cual tuvo que negociar la paz. Las condiciones impuestas por Viriato eran que los romanos y lusita- nos debían respetar los límites que en este momento separaban ambos dominios. El pueblo romano dio el visto bueno al tratado y concedió a Viriato el título de amicus po-

puli romani.

Pero el trato no podía ser duradero ya que Roma no toleraba pactos, en condi- ciones de igualdad, con ningún pueblo. En el 139 a. C., Servilio Cepión vino a Hispania Ulteriror como cónsul. Con el permiso del Senado emprendió las hostilidades, al igual que Lenas en la Citerior. Viriato sorprendido se retiró a la Carpetania y más tarde a la Lusitania. Cepión atravesó el territorio de los vettones y llegó hasta el de los galaicos, que por entonces ocupaban las tierras portuguesas que van del Duero al Miño.

Como apoyo a su penetración en el corazón de la Lusitania fue construyendo una serie de campamentos y ciudades como Vicus Caecilius, Metellium y otras.

A esta política obedece la construcción de ciertos puertos en el Atlántico: Turis Cepiones (Chipiona), Castra Caepionis (ría de Setúbal). Otros castra y castella se le- vantaron a lo largo de la vía de La Plata hasta tierras de Cáceres.

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Viriato atravesaba una situación difícil, que se tornó mucho pero por la traición de los lusitanos más influyentes. De nada le valió la orden de ejecutar a algunos de ellos, como a su suegro Astolpas, que no apoyaban sus razzias. Viriato, obligado por su pueblo, tuvo que negociar, comisionó para ello a tres amigos: Audax, Ditalkon y Mi- nuros, naturales de Urso (Osuna), ciudad súbdita de Roma. Cepión soborno a los ami- gos de Viriato y les prometió favores personales en el futuro a condición de que asesi- nasen a Viriato, cosa que hicieron. El Senado romano no reconoció el pacto convenido entre Cepión y los asesinos, ya que consideró esta acción criminal como indigna y a Cepión le negó los honores del triunfo.

Los lusitanos hicieron suntuosas exequias a Viriato, incineraron su cuerpo en una pira funeraria, ofrendaron sacrificios en su honor y celebraron juegos fúnebres en forma de luchas de gladiadores.

10.3. Hacia el final de la guerra lusitana (139-137 a. C.) (examen)

La muerte de Viriato no depuso el fin inmediato de la guerra, pero sí mermó con- siderablemente la resistencia lusitana, permitiendo a Roma centrar su atención en la represión de la rebelión celtíbera.

El sucesor de Viriato fue Tántalos que llevó a cabo algunas incursiones por la Ul- terior, aunque al poco tiempo, tuvo que rendirse a Cepión. En el año 138-137 a. C. Décimo Junio Bruto asentó a los lusitanos en la colina de Valentia, muy probablemente la actual ciudad del Levante español.

Junio Bruto consiguió triunfar sobre lusitanos y galaicos, haciéndose práctica- mente dueño de casi toda la Lusitania. Tras varias campañas domino a los galaicos.

11. NUMANCIA

Las tribus celtibéricas, estimuladas por las acciones y la diplomacia de Viriato, se habían sublevado de nuevo. La gravedad de la situación exigió la presencia de una persona experimentada, el cónsul Cecilio Metelo, gobernador principal de Hispania en el 143. Su estrategia se basaba en someter a las tribus celtíberas por partes.

Antes de dirigirse Metelo a Numantia se dedicó a arrasar el territorio de los vac- ceos para impedir que suministrasen grano a los numantinos. Quiso proseguir la guerra hispana, pero en Roma se hacían cada vez más tensas las luchas de las facciones políticas que ambicionaban el poder. La de Escipión se encargó de que no se prorroga- ra el mando a Metelo y designó como su sucesor a Q. Pompeyo. Las repetidas embos- cadas de los numantinos les causaron importantes bajas, teniendo que renunciar de momento al asalto de Numantia. Buscó un nuevo objetivo de revancha: Termantia. Y, cuando la campaña tocaba a su fin, Pompeyo atacó inútilmente a Numantia e idéntico fracaso sufrió al año siguiente.

Q. Pompeyo intentó paliar su derrota militar con un éxito diplomático; inició con- versaciones con los numantinos. También los numantinos la deseaban. Según Diodoro, también los termestinos. Ambas ciudades debían se comprometían a entregar a los romanos 300 rehenes, 900 sagi, 3000 pieles de buey, 800 caballos de batalla y todas las armas. Pero, estos acuerdos que guardó en secreto, no concordaban con las órde- nes del Senado. Por ello se le incoó un proceso en Roma.

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de Numantia. Su sucesor Mancino fue acorralado en Torre Tartajo y se vio obligado a capitular. Los numantinos, exigieron la firma de un foedus aequum y, por consiguiente el reconocimiento por parte de Roma de su independencia y amistad en plano de igual- dad.

El Senado romano no lo aceptó, considerando el tratado humillante. Mancino fue reclamado por el Senado. El Senado decretó a que Mancino se entregase personal- mente a los numantinos. En el 136 a. C. fue enviado a Hispania y expuesto totalmente desnudo y con las manos atadas a la espalda ante las puertas de Numantia. Pero los numantinos no aceptaron la sumisión del cónsul pues eso significaba seguir la guerra.

El Senado, de momento, no permitió que se renovará la guerra. Hubo un armisti- cio entre los años 137 y 133 a. C.

Los cónsules de estos años centraron sus actividades contra los vacceos. Pero fracasaron ante la ciudad de Pallantia.

Todos estos hechos obligó al Senado a nombrar a una persona competente, pa- ra que pusiera fin a estos actos bochornosos. Ninguno más idóneo que P. Cornelio Es- cipión "el africano", el reciente destructor de Cartago, que volvió a ser elegido cónsul para el año 133. Pero su reelección iba en contra de los principios legales republicanos, sólo un plebiscito podía otorgarle este privilegio, como así acaeció. Sin embargo, el Senado le negó nuevas tropas, son pretexto de que las necesitaba para hacer frente a la sublevación de los esclavos en la isla de Sicilia.

Escipión recurrió a su clientela de los reyes de África y Asia, a los veteranos de la última guerra púnica y a 500 clientes romanos, que formaron el "escuadrón de los amigos", a imitación de los reyes de Macedonia.

El ejército que iba a recibir Escipión de sus antecesores en Hispania se caracte- rizaba por su bajo estado de moral. La tarea de Escipión consistió en imponer una dura disciplina antes de entrar en liza. Consiguió reunir unos 60.00 hombres, unas 300 cata- pultas y 12 elefantes que le envió Yugurta. Marchó hacia Numantia; pero, dando un rodeo mayor que el normal y penetró en territorio de los vacceos. Buscaba el trigo ne- cesario para su avituallamiento e impedir que se lo suministrasen a los numantinos. A continuación avanzó hasta las cercanías de Numantia llegando a este lugar hacia el mes de octubre.

Con una muralla de nueve kilómetros rodeó Numantia y construyó siete campa- mentos. La rapidez con que procedió a levantar este cerco dejó sorprendidos a los nu- mantinos. Un sistema de señales ópticas estaba dispuesto de tal manera que en bre- ves instantes se podían comunicar entre sí las novedades. La vigilancia era casi perfec- ta; casi porque un noble numantino, Rectúgenos, logró burlarla. Recorrió las ciudades arevacas para sublevarlas pero sólo Lutia se prestó a ayudarle, pero ésta fue asediada por los romanos y ocupada. La resistencia de Numantia llegó hasta límites heroicos y pocos sobrevivieron a la lucha. Exhaustos de fuerzas y sin víveres, se rindieron.

A la caída de Numantia siguió un período de paz de veinte años, durante el cual el proceso de anexión territorial se interrumpió o apenas creció. El río Pisuerga fue el límite del dominio romano en la Meseta Septentrional.

11.1. CONSECUENCIAS DE LAS GUERRAS CONTRA CELTÍBEROS Y LUSI- TANOS

En Roma, se acentuaron graves crisis, pues es menester advertir que estas vic- torias se habían logrado, no sin protestas generalizadas por el elevado coste humano y económico que les había supuesto; al punto de que, en los últimos años de estas gue- rras, los reclutamientos se hacían cada vez con mayor oposición de romanos e itálicos

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a trasladarse a Hispania. Además algunos de los métodos expeditivos de algunos ro- manos habían levantado infinitas criticas.

Hubo también en Roma cambios institucionales provocados pro las especiales circunstancias de la guerra hispana. A partir del año 151 la incorporación al mando de las legiones en Hispania se anticipa del 15 de marzo al 1 de enero de cada año, a fin de ganar unos meses para los operaciones. Acudieron también al inusitado plebiscito, en el caso de Escipión, con objeto de anular los plazos para el desempeño de la más alta magistratura del consulado; quedó en suspensos la Lex Villa Annalis del 151 a. C., y se le autoriza por el Senado a que haga alistamientos de tropas con clientes y ami- gos.

Acaece la práctica desaparición de la clase media italiana. Pues mientras perece o se arruina con el largo servicio militar buena parte de los pequeños propietarios italia- nos, crece la plebe urbana desposeída que busca en Roma vida fácil y aventura; o huye esta clase media a las provincias en busca de negocios o tierras fértiles del ager

publicus o adquiridas por sus propios medios.

También para los provincianos hispanos se abrió la concesión de tierras, apertu- ra de minas e ingreso en la milicia: lusitanos en Valencia, hispanos en Mallorca, otros lusitanos reciben tierras dentro de su ámbito tradicional por orden de Bruto y César.

La Lex provinciae del año 133 a. C. fijará los tributos y dará fin a las exacciones. Nuevas perspectivas nacen para la población hispana.

12. LA FIGURA DE SERTORIO Y LA CONSOLIDACIÓN DE SU PODER EN