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7.1. Conclusions
La de Martin Luther King fue una de las primeras —y más dolorosas— de las muchas muertes violentas que se sucedieron en el mundo en 1968. Como si se tratara de una epidemia, sin que nadie lo hubiese previsto, en todas partes comenzaron a ocurrir hechos como éste a partir de ese 4 de abril.
De pronto, en medio de la aparente quietud de un año de Olimpiadas — de las Olimpiadas de la Paz—, los brotes de violencia y represión comenzaron a multiplicarse. La pistola que segó la vida del líder negro fue el disparo inaugural de una reacción en cadena, furiosa e indetenible, que llegó a los lugares más remotos en las condiciones menos previsibles. Una extraña lógica destructiva se había instalado en la sociedad mundial. Así lo veía Herbert Marcuse, una de las conciencias críticas de aquellos tiempos, quien consideraba que el aumento de las tendencias destructivas y totalitarias en los individuos era una consecuencia de la enajenación provocada por la sociedad moderna.
Pero el asesinato de King en Memphis también demostró algo más: la capacidad del sistema para tomar medidas extremas en contra de sus enemigos, para deshacerse de cualquiera que intentase socavar las estructuras de dominación existentes. Como afirmó el 1º de abril el periodista Alberto Domingo en Siempre!: “Mientras [King] se redujo a discursos poéticos, los blancos le palmearon la espalda. Cuando hizo la primera finta para golpearlos en el estómago, los blancos le metieron una bala en el cuello”.
A lo largo de muchos años, el reverendo King (nacido en 1929) se había dedicado a luchar pacíficamente por los derechos de los negros estadounidenses. Tras una larga carrera de protestas civiles al amparo de la teoría de la no-violencia de Mahatma Gandhi, King consiguió que el 4 de julio de 1964 el presidente Johnson firmara la Ley de derechos civiles, que protegía la igualdad de derechos a blancos y negros en Estados Unidos.
Sin embargo, como en muchos de los estados de la Unión Americana continuaban los abusos en contra de las minorías, King prosiguió su labor de activista, convencido de que aún faltaba mucho terreno por recorrer. Decepcionado por las barreras que le seguían imponiendo los sectores más
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conservadores de la sociedad blanca, en los últimos meses de su vida al fin había decidido acudir a un acto junto con Stokely Carmichael, el conocido líder radical del Poder Negro. Apenas en marzo, el boletín de la Universidad de Berkeley, una de las más politizadas de Estados Unidos, anunció el encuentro entre los dos más destacados dirigentes de la comunidad negra, a fin de que ambos interviniesen en una huelga estudiantil continental contra la guerra de Vietnam, programada para el 26 de abril.
La idea de que uno de los profetas de la no-violencia se decidiera al fin a encontrarse con el apóstol del cambio violento preocupó a muchos: la posible radicalización de King era un peligro que la sociedad estadounidense no estaba dispuesta a tolerar. Lo mismo había sucedido ya con otro dirigente negro, Malcolm X, a quien los blancos soportaron en tanto líder religioso de una minoría racial —los musulmanes negros—, pero a quien jamás perdonaron el haber participado en la lucha de los trabajadores contra sus patrones.
Para los radicales, la muerte de King no era sino una confirmación de la imposibilidad de resistir sin violencia al régimen establecido; King lo había intentado y, paradójicamente, justo cuando quizá comenzaba a dudar del alcance de su método, fue abatido por esa violencia que tanto odiaba. La misma inercia que llevaba a Estados Unidos a pelear en Vietnam, a encarcelar a los disidentes o a intervenir en otras naciones, ahora era culpable de su muerte. El totalitarismo en verdad parecía estar en todas partes, enquistado en la democracia. El asesinato de King era la prueba irrefutable de que sólo las armas transformarían las estructuras de dominación de la sociedad estadounidense. En su largo debate con el apóstol de la no-violencia, Stokely Carmichael parecía tener la razón.
King no había sido un profeta de la destrucción, más bien todo lo contrario, pero su muerte fue el anuncio de una violencia incontenible en todo el orbe.
Para recordar a King, el 8 de abril La Cultura en México decidió construir un diálogo imaginario entre éste y Carmichael, entre la no-violencia y la revolución.
Esta forma poco ortodoxa, a pesar de la advertencia de los editores, no dejaba lugar a dudas sobre quién hubiese sido el vencedor del debate: aunque los argumentos de King resultaban más sólidos y más humanos, la realidad lo contradijo mucho más de lo que podía hacerlo el propio Carmichael. Si bien cualquiera podía adivinar que las posiciones correctas eran las del reverendo, era imposible olvidar que esas mismas posiciones lo habían llevado a la muerte.
En contraste, Carmichael sonaba más antipático que nunca, pero ello no impedía que a la postre se le justificase. La ira provocada por el asesinato de
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King sólo podía resolverse apoyando a Carmichael; éste era el único capaz de vengarlo, aun a fuerza de contrariar las ideas del maestro. Al morir, King se convirtió, paradójicamente, en el más destacado estandarte de su opositor. La nota introductoria de La Cultura en México explicaba:
El texto que se imprime aquí es un collage que emplea arbitrariamente y sin rigor literal fragmentos de crónicas, ensayos y libros aparecidos en los últimos tiempos. Especialmente las opiniones puestas en boca del Dr. King están tomadas de su libro Chaos or Community (Hodder & Stoughton, 1968). La forma escogida no se debe al menor prurito literario sino a la conciencia de que estos hechos son inexpresables por medio de un artículo periodístico tradicional y que la única posibilidad de aludirlos —no de fijarlos ni desentrañarlos— es improvisar una adaptación, ciertamente nada novedosa y por fuerza discursiva, de algunas técnicas que no pertenecen en rigor al dominio de la palabra escrita.
El siguiente fresco de opiniones es un sólido documento sobre la posible discusión entre la no-violencia y la revolución, una lucha ideológica que se llevaba a cabo entonces y cuyas consecuencias se hacían ver ya en muchas partes del mundo. Quizás el valor principal de este experimento periodístico radique en haber mostrado directamente la batalla frontal entre dos modos distintos, antagónicos, de oponerse al sistema; entre las visiones opuestas sobre cómo destruir al enemigo común: la intolerancia. He aquí algunos fragmentos de este diálogo imposible:
STOKELY CARMICHAEL: Cuando la Norteamérica blanca mató al Dr. King
nos declaró la guerra. Tenemos que vengar la ejecución del Dr. King no en las cortes penales sino en las calles. El camino no son las discusiones intelectuales. Creo que la Norteamérica blanca cometió su mayor error matando a King. Mató al mismo tiempo toda esperanza razonable. Morimos diariamente. En vez de seguirnos destrozando en nuestras comunidades, matemos a nuestros verdaderos enemigos. Lo que necesitamos son armas y más armas.
UN ADOLESCENTE NEGRO A OTRO: Hermano, no nos dejaron más camino
que el de Stokely.
UNA VOZ: Pero, ¿y el asesino? ¿Han capturado al asesino?
OTRA: Qué importa. El asesino es Norteamérica, Norteamérica blanca. LINCOLN O. LYNCH: (DEL UNITED BLACK FORNT): Es necesario abandonar
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Luther King morirán diez blancos racistas. No hay otro camino. Norteamérica no entiende otro lenguaje.
UNA VOZ: El gobierno de Johnson comenzó con un asesinato. El
gobierno de Johnson terminó con un asesinato. El Poder Negro comenzó en 1966 en el St. Joseph’s Hospital de Memphis, adonde llevaron a James Meredith al caer herido en la Marcha por la Libertad a través del Mississippi. La no-violencia terminó en 1968 en el St. Joseph’s Hospital de Memphis, adonde llevaron muerto al reverendo Martin Luther King asesinado durante una huelga de recolectores de basura.
KING: No puedes aprovecharte de mi muerte para desatar la violencia. CARMICHAEL: Yo no la desataré: fue el disparo de un blanco, un balazo
como el que hirió a James Meredith. Conste que no detenemos a los muchachos que salen a romper aparadores. Pero después no los dejaremos salir a la calle hasta que todos tengan armas de fuego.
KING: Aquí, en el mismo hospital, hace años quedamos de juntar
nuestras fuerzas y continuar la marcha.
CARMICHAEL: Eran otros tiempos. Nos dimos cuenta de inmediato y allí
en aquella marcha contra los racistas del sur nació el grito de Poder Negro. Tus apóstoles Ralph Abernath y Andrew J. Young no podrán seguir predicando tu credo. La iniciativa ya no está con los moderados que asistieron a la reunión en la Casa Blanca sino con los que gritan en las calles “Burn, Baby, Burn”.
KING: Los motines no son la revolución. Los motines son
autodestructivos. Son una forma de suicidio.
CARMICHAEL: La no-violencia fracasó. Yo también creí en ella. Yo
también te acompañé en tus marchas. Lo que ha pasado conmigo, con todos nosotros, con el Movimiento pro-derechos civiles resulta una acusación contra la Norteamérica blanca. No tenemos otra alternativa que empuñar las armas y luchar por nuestra liberación total y por una revolución total en Estados Unidos.
KING: Compara lo que ha logrado la no-violencia y lo que han
conseguido los motines.
CARMICHAEL: Queremos hacernos cargo de nuestros propios asuntos,
no simplemente sentarnos junto a los blancos en los restaurantes y autobuses. [...] Ya no es posible tratar de coexistir: el único camino es la revolución negra.
KING: ¿Pero no te das cuenta de que ninguna revolución puede derrocar
a un gobierno, a menos que el gobierno haya perdido la lealtad y el control de las fuerzas armadas?
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CARMICHAEL: Nos oprimen porque no tenemos poder, y sólo con el
poder podremos tomar decisiones.
KING: La no-violencia es el poder, pero es el uso bueno y legítimo del
poder. Constructivamente puede salvar al blanco así como al negro.
CARMICHAEL: No me interesa salvar al blanco. Soy un revolucionario:
un radical. No soy un mediador. [...] Tú creciste en la relativa abundancia de la clase media sureña. Yo crecí en la miseria. Tú creíste en Thoreau, Gandhi y Nehru, en la resistencia pasiva y la desobediencia civil. Yo creo en Franz Fanon, Che Guevara y Fidel Castro, en la violencia revolucionaria y la guerra de guerrillas, para cambiar a Norteamérica de tal modo que la economía y la política del país estén en manos del pueblo.
KING: La no-violencia nunca ha sido más relevante como táctica efectiva
como lo es hoy para las ciudades del norte. La policía, la guardia nacional y otros cuerpos de seguridad se disponen febrilmente a la represión. No podrán ser frenados por los negros que en su desesperación recurren desorganizadamente a la fuerza, sino únicamente por una ola masiva de no-violencia militante que puede ser el instrumento de nuestra salvación nacional.
CARMICHAEL: Durante cuatrocientos años tratamos de vivir
pacíficamente en este país. Fue en vano.
KING: Sí, pero, ¿de qué han servido dos veranos consecutivos de
violencia?
CARMICHAEL: Ese cambio no puede lograrse sin la revolución.
KING: Al fin, tarde o temprano, tendrá que triunfar mi mensaje de
completo repudio al odio racial.
CARMICHAEL: Sí, cuando no haya amos y esclavos, víctimas y verdugos.
Sí, pero no antes de que los blancos sientan en carne propia algo —muy poco— de lo que ha significado durante cuatro siglos nacer negro en Norteamérica; no antes de que salgamos nuevamente al sol al que pertenecemos para que podamos ser orgullosos, felices y libres. Es ésta la tarea que tenemos por delante.
Una semana después, con el título de “Lo que realmente dijo Stokely Carmichael sobre la muerte del Dr. King”, La Cultura en México publicó una transcripción de las palabras completas de Carmichael con motivo de la muerte de King. Una nueva nota introductoria aclara:
Carmichael hizo unas declaraciones de prensa en las oficinas del SNCC en
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difundidas en la prensa, pero de tal modo que provoquen un sentimiento de indignación contra su autor, y así reprimir mejor a los dirigentes más militantes del pueblo negro de EUA. Transcribimos a continuación el texto
de la conferencia de prensa mencionada, tal y como se difundió en la Liberation News Service. (Los periodistas eran blancos.)
A continuación, un fragmento de las palabras pronunciadas por el líder del Poder Negro aquel 5 de abril:
CARMICHAEL: En lo que respecta al asesinato del Dr. King, creo que la
América blanca cometió su mayor error cuando mató al Dr. King anoche, porque cuando mató al Dr. King anoche, mató al único hombre de nuestra raza al que las viejas generaciones, los militantes, los revolucionarios y las masas del pueblo negro de este país todavía podían oír.
Cuando la América blanca mató al Dr. King, abrió los ojos de todos los hombres negros de este país. [...] Cuando la América blanca se deshizo del hermano Martin Luther King, no tenía absolutamente ninguna razón para hacerlo. El era el hombre de nuestra raza que trataba de enseñar a nuestro pueblo a tener amor, compasión y piedad de lo que habían hecho los blancos. Cuando la América blanca mató al Dr. King anoche, nos declaró la guerra. No habrá llanto y no habrá funeral.
Las rebeliones que han estado ocurriendo en estas ciudades y en este país sólo son un atisbo de lo que va a suceder.
Debemos ejercer represalias por la muerte de nuestros dirigentes. Las ejecuciones por esas muertes no se harán en los tribunales. Van a ser en las calles de Estados Unidos de América.
El hombre que mató al Dr. King anoche le hizo las cosas mucho más fáciles a una gran cantidad de negros. En la actualidad ya no hay necesidad de discusiones intelectuales. El pueblo negro sabe que debe conseguir fusiles. La América blanca vivirá para llorar de ahora en adelante, desde que mató al Dr. King anoche. Hubiera sido mejor que mataran a Rap Brown y/o a Stokely Carmichael. Pero, cuando mató al Dr. King, perdió.
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