4. Real-world Applications of MC-TopLog
4.3. Single-clause Learning vs Multi-clause Learning
4.3.2. SCL and MCL in the context of the two applications
En los sesenta, ningún acontecimiento tuvo una relevancia semejante a la guerra de Vietnam. En ella parecieron conjuntarse, más que las pugnas y las emociones de la guerra fría, las desavenencias y contradicciones de toda una época. En este sentido, no se trató de una nueva Corea, sino de algo mucho más vasto, cuyas consecuencias mundiales serían más amplias y prolongadas.
La importancia de Estados Unidos, así como el papel de los medios de comunicación, lograron que la lucha se convirtiera en parte de la vida diaria de todo el mundo, aun en las regiones más alejadas del campo de batalla. La oposición a ella se convirtió, de hecho, en el argumento aglutinador de los revolucionarios de todos los países, aun si tenían posiciones políticas divergentes o encontradas. Vietnam era un topos necesario hacia el cual se dirigían, en los sesenta, todas las miradas y todos los sentimientos.
Si la denuncia lanzada por Jruschov contra Stalin durante una de las sesiones secretas del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética había debilitado la estructura ideológica del comunismo mundial, y si el maoísmo y el castrismo aún parecían excentricidades derivadas de aquel modelo, la actitud estadounidense hacia Vietnam fue aprovechada por los revolucionarios para volver a unirse en torno a un objetivo común: demostrar la peor cara del mayor enemigo del comunismo, Estados Unidos.
El sentimiento de rechazo hacia el imperialismo estadounidense no sólo tuvo entusiastas partidarios entre los comunistas sino, de manera especial, en la propia clase intelectual de Estados Unidos, sobre todo en sus universidades. Numerosos profesores y estudiantes repudiaron públicamente el intervencionismo de su país. La academia rehabilitó la vigencia del socialismo en movimientos como la llamada Nueva Izquierda, que se opuso constantemente a la guerra. Por otro lado, intelectuales de la talla del lingüista Noam Chomsky también se sumaron a la causa antibélica. Esta posición, idéntica a la de muchos intelectuales europeos —sobre todo los franceses ligados con Sartre o Althusser— ayudó a convertir a Vietnam en un nuevo punto de unión entre los revolucionarios del orbe.
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De este modo, convertido en obsesión, Vietnam se volvió el detonador de una guerra secreta dentro de Estados Unidos. Un verdadero conflicto civil, provocado por las reacciones hacia la guerra, enfrentó a la sociedad estadounidense consigo misma. Al contrario de lo que había sucedido con su participación en las guerras mundiales o en la propia guerra de Corea, Vietnam fue un episodio que, por primera vez, no contaba con el apoyo de grandes sectores de la sociedad estadounidense. En especial, miles de jóvenes —justo aquellos que debían engrosar las filas del ejército— se oponían a la intervención en el sudeste asiático. Abbic Hoffman, uno de los dirigentes de la resistencia contra la guerra, señaló:
Hasta entonces, en Occidente las guerras fueron siempre populares, la gente se mostraba encantada de poder agruparse tras una bandera, de cantar himnos sanguinarios y marciales, e ir a masacrar al enemigo fuera del país mientras se silenciaba al enemigo interno. En aquella época, para los estadounidenses el enemigo interno éramos nosotros, los jóvenes.14
Hacía apenas unos meses, en 1967, el presidente Johnson había hecho públicos los gastos materiales y humanos de la guerra desde su inicio en 1961: 15 058 muertos, 109 527 heridos y 25 mil millones de dólares erogados al año. Como si no bastara, afirmó que para 1968 habría en territorio vietnamita 525 mil efectivos estadounidenses. Estas estadísticas provocaron que en Boston unos cincuenta jóvenes quemasen sus tarjetas de reclutamiento y poco después cientos de jóvenes se dirigieron en una marcha hacia el Pentágono, en Washington.
Mientras tanto, en Vietnam, el general Vo Nguyen Giap estaba a punto de lanzar un espectacular contraataque, más psicológico que efectivo, conocido como “ofensiva del Têt” —por el nombre del mes lunar vietnamita—, durante el cual más de cien objetivos urbanos iban a ser atacados simultáneamente. La idea de Giap era mostrar que el pueblo de Vietnam del Sur apoyaba al Vietcong y que, por tanto, la actividad de éste era legítima. Aunque la ofensiva acaparó la atención mundial, el ataque constituyó un fracaso para Vietnam del Norte y el Vietcong, que perdieron unos 85 mil hombres.
Confiado en esta victoria, con el ánimo en alto, el presidente estadounidense Lyndon B. Johnson anunció, el 31 de marzo, su triunfo militar, así como un cese unilateral de los bombardeos sobre Vietnam del Norte. La comunidad internacional vio este gesto como una primera señal de distensión. Poco después, el Vietcong aceptó iniciar las conversaciones de paz. Sería en el
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mes de mayo y en la ciudad de París donde había de celebrarse la reunión entre las delegaciones de las naciones en pugna.
A pesar del aparente triunfo estadounidense, y del aplauso concedido al inicio de las pláticas de paz, la opinión pública de Estados Unidos se escandalizó por las estadísticas anunciadas por Johnson. Los sectores que rechazaban la guerra iniciaron una campaña que resultó más exitosa que nunca.
A mediados de 1967, un grupo de activistas, encabezados por Abbie Hoffman, Tom Hayden y Jerry Rubin, fundaron el Youth International Party (YIP)
—de ahí el término yippic— con el fin de dar una orientación política a la protesta antibélica. No obstante, como afirma Parménides García Saldaña, en algunos niveles se consideró que estos jóvenes no hacían otra cosa que emprender la “revolución más chistosa propiciada por la burguesía para que sus hijos se diviertan”.15
El YIP planeó una de las primeras acciones importantes para el segundo
semestre de 1968: durante la Convención del Partido Demócrata, que habría de celebrarse en Chicago, cientos de jóvenes se movilizarían contra la guerra; además, celebrarían los “Juegos Olímpicos Yippies” en contraposición a los que habrían de llevarse a cabo en México en esas mismas fechas.16