El otro intelectual que permanece fuera de México es Octavio Paz, quien se desempeña como embajador de México en la India desde 1962. En realidad lleva mucho tiempo alejado del país, desde que partió rumbo a Estados Unidos en 1944. Su salida no sólo marcó el fin de su estancia en México sino, también, el fin de su etapa comprometida y revolucionaria.
Los años treinta, la época de mayor prestigio de la causa comunista, habían tomado a Paz en plena adolescencia. Entonces se pensaba que la revolución rusa de 1917 era el paradigma de lo que habría de ocurrir en los
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demás países. El joven Paz era entonces uno más de los conversos a esta nueva fe revolucionaria. Cuando se adhirió a la causa, creía que la revolución socialista iba a ser, de algún modo, un epígono del liberalismo; el propio Lenin lo pensaba así al afirmar que “la autonomía del individuo está presente en el horizonte del comunismo como lo estaba en el centro del liberalismo”.
Por ello, a lo largo de toda la década de los treinta, Paz estuvo convencido de que la revolución, a despecho de las desviaciones y rodeos de la historia, era la única puerta de salida del impasse del siglo.37 Sin embargo, su preocupación
por los dos contenidos fundamentales del liberalismo, la democracia y la libertad, le hacía desconfiar de los métodos totalitarios empleados por algunos de sus compañeros. Desde entonces, y hasta mediados de la década siguiente, la trayectoria del poeta —su itinerario— bordeó dos riberas distintas, sin caer por completo bajo el embrujo de ninguna de ellas: de un lado, su afán libertario y, del otro, su vocación revolucionaria y vanguardista.
En 1937, Paz fue invitado al Segundo Congreso de Escritores en Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia, Madrid y Barcelona. La guerra civil española estaba en su apogeo. Al margen de su experiencia estrictamente literaria, el joven escritor se enfrentó ahí, por primera vez, tanto a los aspectos positivos como a los más negativos de la causa revolucionaria: la solidaridad por un lado y la censura y las purgas políticas por el otro.
De regreso a México continuó siendo un firme defensor de la revolución, y más aún de la república española, pero su relación con algunos disidentes — incluidos surrealistas y trotskistas—, así como la firma del pacto germano- soviético en 1940, terminaron por alejarlo de la causa. En 1944, harto de estas confrontaciones, partió rumbo a Estados Unidos.
Por fin, hacia 1951, gracias en gran medida al libro de Daniel Rousset, L’Univers concentrationnaire (1947), Paz declaró abiertamente su ruptura con el comunismo soviético, si bien continuó apoyando los movimientos revolucionarios del “mal llamado tercer mundo”. La publicación de El laberinto de la soledad (1950) le granjeó, por primera vez, la crítica acerba de la intelectualidad comunista. Pero el nuevo camino ya estaba lomado: a partir de entonces sus desencuentros con la izquierda serían crecientes, en un rico intercambio de ideas que también ha sido un intercambio de insultos.
Como se dijo al principio de este apartado, en los sesenta Paz se encuentra en la India. Nombrado por el presidente López Mateos con el beneplácito de los intelectuales nacionales y extranjeros, Paz se dispuso no sólo a representar a México en aquellas tierras, sino a convertirse en un gran difusor de la cultura india en el ámbito occidental. Producto de este encuentro serán sus libros El
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mono gramático (1970) y Ladera este (1969), así como sus controvertidos Topoemas, que aparecerán en la revista de la Universidad de México en agosto de 1968.
En 1967, Paz publicó uno de los poemas centrales de la literatura mexicana: Blanco. En él se concentran todas sus experiencias y todas sus reflexiones estéticas, y constituye —como Cambio de piel con Carlos Fuentes— una summa de su visión artística.
En el recuento anual sobre poesía mexicana de 1967 que publicó La Cultura en México el 3 de enero, el crítico Gabriel Zaid38 escribió:
Blanco está en el límite de la experiencia del arte actual, ahí donde la poesía, la pintura y la música abren nuevas zonas a la realidad. [...] El lector de Blanco puede “disfrutar” el poema aunque su construcción le parezca un poco rara, inclusive un juego infantil, quizá hasta viejísimo, recordando aquellos poemas barrocos que permitían diferentes lecturas. Más adelante, Zaid explicaba el conjunto de “lecturas posibles” del poema: El libro, encuadernado como un acordeón, se despliega como un río de versos que pueden ser leídos en la sucesividad normal o recorriendo cualquiera de los brazos de lecturas posibles. Pueden inclusive ser fragmentados en una serie de poemas. Sin embargo, el “truco” necesario para hacer posible tanto la sucesividad vertical como la horizontal es muy poco notable porque no fue hecho para notarse. Se trata de versos que son totalidades en sí mismos al tiempo que partes que están cerradas al mismo tiempo que abiertas y que admiten una gran variedad de “rimas” sinonímicas, antitéticas, sintéticas, como en la técnica del paralelismo usado en la poesía hebrea.
Y concluía:
Blanco se recorre como un paraje. Hay cosas que ver desde todos los puntos y en todas direcciones, inclusive leyéndolo al revés (no palabra por palabra sino verso por verso). No es un juego, es un campo magnético que hace sentir poderosamente su fuerza. Cuesta trabajo darse cuenta cómo está hecho, se lo lleva a uno el poder de la evocación, la fascinación del lenguaje. Para observarlo “técnicamente” hay que leerlo a contracorriente. [...] Blanco es un lugar de la realidad en que la realidad se ve estallar como
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Gabriel Zaid “nació en Monterrey, Nuevo León, en 1934. Ha publicado: Seguimiento (1964), La máquina de sumar (1967)” (Universidad de México, v, 1968).
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una noche estrellada, como el universo en expansión, como ese momento final de la música en que simultáneamente y de golpe, el silencio dice toda la música.
En el terreno político, Paz es más cauteloso pues a fin de cuentas es miembro del cuerpo diplomático mexicano; su reacción anticomunista aún no se manifiesta con fuerza, aunque sí le impone una fuerte distancia con la mayor parte de los intelectuales mexicanos del momento. En especial sus ideas respecto a la revolución cubana lo alejan de sus colegas. Al contrario de Fuentes y los demás miembros del equipo de Benítez, Paz desconfió de Castro desde el principio. Como él mismo le dijo a Roberto Fernández Retamar en una carta de 1967: “Soy amigo de la revolución cubana por lo que tiene de Martí, no de Lenin”, pero “el régimen cubano se parecía más y más no a Lenin, sino a Stalin”.
El 1° de agosto de 1967, a los cincuenta y tres años, Paz fue elegido miembro de El Colegio Nacional, institución creada en 1943 a imitación del Collège de France, con el objeto de agrupar a los científicos y artistas más destacados del país. El acontecimiento se convirtió en México en una fiesta para gran parte de los intelectuales, en especial los jóvenes, quienes en ese año sellaron un compromiso y una identificación con el poeta que no se rompería sino hasta la década siguiente. De acuerdo con uno de sus biógrafos, Fernando Vizcaíno, un día después de su ingreso, el periodista Eduardo Deschamps Rosas lo llamó “símbolo de la juventud” y La Cultura en México, con la cual mantenía un vínculo cercano a pesar de las notorias diferencias ideológicas, le dedicó un número especial como homenaje. Max Aub incluso llegó a decir que nadie tenía tanta influencia sobre los jóvenes mexicanos como Paz. En 1968, aun lejos, Octavio Paz es otra de las figuras principales del panorama intelectual y político de México.