Cuando intentamos referirnos a los signos que se encuentran más allá de Capricornio nos encontramos con la dificultad —o quizás con la imposibilidad— de tener que describir niveles de realidad anteriores al mundo de las formas. O, dicho de otra manera, que están más allá de los umbrales de estabilidad y coherencia que nuestro pensamiento necesita para definir las distintas dimensiones de lo real. Desde el punto de vista simbólico, entre Capricornio y Acuario se abre un abismo y es necesario dar un salto para pasar de un signo a otro. Esto significa tener que enfrentar una discontinuidad de una calidad muy diferente a las que hemos descripto en otras transiciones entre signos. Si el pasaje de Sagitario a Capricornio implicaba un cambio de plano —simbolizado por la necesidad de abandonar la extensión y la amplitud que ofrecía la llanura, para encarar el ascenso a la cima de la montaña— en Acuario se trata de lanzarse al vacío; de abrirse a la naturaleza del espacio en el que desaparecen todas las formas y donde ya no es posible distinguir relaciones constantes, regularidades o leyes. Donde —visto desde los signos anteriores— reina lo abierto, lo imprevisible, lo caótico.
Más allá de la dimensión que simboliza Capricornio, nos encontramos en el límite del caos. Peligrosamente alejados de todo punto de equilibrio donde súbitamente y sin que podamos distinguir una única causa —es decir, de forma global— emergen estructuras desconocidas, se abren discontinuidades imprevisibles y se rompen todas las simetrías que organizaban el mundo anterior.
El desafío de lo singular
Nuestra percepción habitual está indisolublemente ligada con la presencia de formas. Para que algo nos resulte inteligible debe presentar relaciones constantes entre sus elementos o. por lo menos, poseer un contorno relativamente estable como para que podamos aislarlo del mundo circundante.
Pensar es imponer estructuras —las del lenguaje y la memoria— sobre el flujo de impresiones que nuestros sentidos captan. Lo amorfo escapa a nuestra percepción. Cuando nos enfrentamos a él nos vemos obligados a circunscribirlo, delimitarlo, encerrarlo dentro de una malla de formas conocidas.
Lo mismo ocurre con lo que sucede por única vez y no volverá a repetirse: lo irrepetible es impensable para nosotros. Lo único —lo realmente singular— no puede ser pensado, es decir,
relacionado. Aparece como un relámpago que la memoria es incapaz de reconocer y se desvanece como si no hubiera existido. Cuando algo realmente nuevo sucede, todo nuestro sistema perceptivo se altera y se esfuerza hasta encontrar —o imaginar que ha encontrado— alguna similitud con los hechos anteriores y conocidos. Afanosamente vamos en búsqueda de la cadena de causas y efectos que necesitamos distinguir, para que algo cobre existencia para nosotros.
Conocer implica establecer la trama de semejanzas dentro de la cual distinguimos diferencias. Nada se puede decir de lo irrepetible. Rehuimos las singularidades porque están más allá de la actividad de nuestro pensamiento; pero también porque quiebran por completo la dirección de nuestro deseo. Aquello que no presenta una imagen reconocible, que no posee forma ni significado, que no reproduce ninguna sensación conocida o imaginada, nos deja perplejos y nos resulta intolerable.
Por lo general no somos conscientes de la verdadera magnitud de los presupuestos de los cuales dependemos para configurar el mundo. El pensamiento socialmente aceptado, tanto en su vertiente religiosa como en la científica, concibe el universo de modo que lo verdaderamente creativo haya sucedido sólo en el principio. El Fiat Lux de la Creación o el Big Bang con el que la ciencia moderna inicia el universo son las únicas singularidades aceptables, según esta modalidad del pensamiento. Suponemos que en ese acto o acontecimiento único fueron puestas en movimiento las leyes que, desde ese momento en adelante, se cumplen en forma inexorable.
Para este modo de pensar, la Creación no puede estar sucediendo ahora; no es posible que las leyes se renueven a sí mismas, que las singularidades estén en la base de lo real. Si eventualmente registramos algún nivel de indeterminación en los hechos que percibimos, afirmamos que se debe a las limitaciones de nuestro conocimiento, pero nos resistimos a aceptar que esto pueda obedecer a la estructura profunda de la realidad. Ciencia y religión coinciden en la célebre frase de Einstein: "Dios no juega a los dados con el universo".
La posibilidad de que la vida o alguna dimensión de la misma sea absolutamente creativa, generadora incansable de singularidades, discontinua e imprevisible, está más allá del pensamiento y cuestiona la estructura misma de nuestra psiquis.
Cuando ahondábamos en el signo de Sagitario, vimos cómo en él se alcanzaba un movimiento suficientemente sintético y fluido, capaz de abarcar las múltiples experiencias que se habían manifestado a partir de Cáncer. En él se resolvían las tensiones propias de los signos anteriores y la vida se mostraba en toda su abundancia y generosidad. En el signo siguiente, Capricornio, se nos revelaba a su vez de qué manera el núcleo de ese movimiento estaba habitado por la inmóvil presencia de las leyes, las constantes y las regularidades. El corazón de todas las formas —sea en tanto legalidad matemática, matriz arquetípica o voluntad divina— se
nos aparecía con la solidez de lo permanente; con la consistencia propia de lo inmutable.
Esta culminación, en la que multiplicidad y movimiento convergen en la quietud de una unidad aparentemente definitiva, es absolutamente congruente con la estructura de nuestro pensamiento lineal. Concebir otra cosa es transgredir esta estructura.
Pero precisamente de eso se trata cuando se capta la condición mandálica del Zodíaco. Después de la culminación, cuando pareciera que todo ha terminado con la realización de la permanencia que la psiquis anhela, brota desde el interior de la ley la actividad incesante de lo creativo. En el núcleo de lo inmutable —Capricornio— se hace presente el peculiar dinamismo de lo que es absolutamente imprevisible, discontinuo y singular: Acuario.
Las dificultades de nuestra psiquis para comprender a Acuario
En el mandala zodiacal, Acuario se encuentra a una máxima distancia de Cáncer y Leo, los signos cuyos patrones energéticos se corresponden más estrechamente con las necesidades de nuestra actual constitución psíquica.
Leo es el signo del Sol, el nombre que damos a una estrella cuando la separamos de las demás y la concebimos como el centro de un sistema particular. Acuario, en cambio, es el signo que se le opone, el de los millares de soles que giran en un universo que se expande ilimitada- mente en todas direcciones; el del espacio poblado de estrellas y galaxias sin centro alguno que las reúna ni meta hacia la cual converger.
Así como en el nivel básico de la psiquis —simbolizado por Cáncer— necesitamos pertenecer a un todo mayor que nos brinde identidad (sea este la tribu, la familia, la religión o el estado), en un nivel mas complejo experimentamos nuestra sensación de identidad en tanto individuos, es decir, como expresión de un centro interior que nos distingue de todo lo que nos rodea.
Este centro —el yo— se caracteriza por poseer atributos intransferibles que lo identifican y lo diferencian. Más allá de los cambios y vicisitudes de la existencia, necesitamos creer que poseemos una identidad constante y exclusiva que acumula experiencias, cuya asimilación pe- culiar la distingue de los demás. Este centro estable y exclusivo —arquetípicamente leonino— es imaginado como un sujeto separado, que narra una historia en la que los sucesivos acontecimientos de la vida van cobrando significado y encuentran un lugar en tiempo y espacio.
ni instaura marcos de pertenencia. Aparece como una constelación de elementos, un campo interactivo cuyas cualidades emergen momento a momento, a partir de las relaciones que guardan sus componentes.
En la dimensión que Acuario simboliza, los distintos factores de la realidad no poseen propiedades intrínsecas: estas se manifiestan de acuerdo a las relaciones que establecen con los elementos con los cuales interactúan. En cualquier otro espacio o contexto —es decir, en otro campo interactivo— tendrían comportamientos diferentes y expresarían otras propiedades, lo cual significa que no poseen una identidad a priori del contexto en que se manifiestan.
En Acuario —por oposición a Leo— no existe la posibilidad de imaginar la creatividad o la identidad como una expresión puramente individual. Esta será siempre grupal o interactiva. Toda identidad en este espacio zodiacal depende de las relaciones que la hacen emerger. Dicho de otra manera, el único sujeto posible para Acuario es la red vincular en la cual aparecen los así llamados individuos. Así, cada ser se mostrará de un modo diferente según la red en la que aparezca y esta se renovará cada vez que un nuevo "individuo" participe de ella. Podemos decir que, desde el punto de vista individual, en Acuario cada entidad tiene mil rostros o ninguno. Todas las identidades serán potencialmente posibles pero, al mismo tiempo, jamás podrá encontrarse un espejo donde se encuentre reflejado el mismo rostro.
En el paradigma leonino, cada entidad posee propiedades exclusivas y el júbilo propio de los individuos de este signo proviene de la exuberante sensación de identidad que esto les produce. En la dimensión de Acuario, en cambio, las propiedades emergen de las interacciones entre elementos que se redefinen unos a otros de acuerdo al contexto en el que aparecen. Aquí el júbilo no proviene de la exaltación individual, sino de la abundancia de aquello que circula y renueva las relaciones e identidades en sucesivas explosiones de creatividad.
Al mismo tiempo, las transformaciones dentro de los campos interactivos simbolizados por Acuario no ocurren de un modo lineal, esto es, a partir de modificaciones que se transmiten progresivamente hacia la totalidad, originadas sólo en algunos de sus puntos. Todo cambio en Acuario es un cambio de estado que afecta la trama global. Se manifiesta en todos los puntos simultáneamente y no es posible trazar una historia de la transformación ocurrida, identificando una cadena particular de causas y efectos. El cambio en Acuario no es un proceso; es instan- táneo y global, como en el pasaje del estado líquido al sólido o viceversa, cada vez que el campo interactivo supera un determinado umbral en las condiciones de estado (la temperatura en este caso).
determinado por su historia —o su trayectoria— la cual a su vez predetermina las posibles interacciones futuras, de acuerdo a la cadena de causas y efectos con la que está identificado.
El salto acuariano, en cambio, implica la emergencia de un nuevo campo de relaciones en el que la historia anterior carece de significado, dado que el nuevo nivel de energía o creatividad que se manifiesta ha roto todas las cadenas de causas y efectos que determinaban el nivel anterior.
El carnaval
En el calendario anual, la festividad propia del período de Acuario es el carnaval. Cada año, para esas fechas, los individuos se despojan de su identidad habitual y muestran un rostro nuevo e irreconocible.
En el juego de las máscaras todas las relaciones se hacen posibles y aquello que estaba prohibido es ahora realizable. Identidades fijas, tabúes, convenciones y acuerdos, caen uno tras otro en el caos transgresor desencadenado por la ausencia de identidades fijas. Los viejos rostros se disuelven tras los disfraces y cada uno se descubre con una espontaneidad desconocida. Los bloqueos y represiones se rompen por un momento y toda la energía contenida durante el resto del año se libera súbitamente11.
En esa ruptura del tiempo que es el carnaval, se abre una circulación completamente nueva e inesperada entre los miembros de la sociedad y esta se transforma en caos aparente.
La sabiduría popular sabe que al romperse el orden establecido en todos los puntos y simultáneamente, algo se renueva en el tejido profundo de la comunidad. En la pérdida de identidad que el carnaval propicia, el tiempo social es abolido y todo se hace posible. La comunidad en su conjunto se libera del temor a las consecuencias de sus actos; la cadena de causas y efectos se quiebra por un instante y todos acuerdan en que lo que allí sucede está fuera del tiempo, es decir, no afecta la historia de los individuos ni del grupo. No quedarán trazas ni consecuencias psicológicas de lo que ese cambio de estado produzca: sólo ocurrirá una renovación global de la energía que, más tarde, volverá a sus antiguos carriles para dar lugar al nuevo ciclo anual que renacerá en Aries, después de la Cuaresma de Piscis.
El carnaval nos habla de la renovación de las identidades provocada por la discontinuidad del tiempo cotidiano y de la creatividad que surge en todo sistema cuando se mueve en el límite del caos. Nos muestra, en el nivel de los rituales, cómo una dimensión nueva y originaria irrumpe cíclicamente para quebrantar las ataduras construidas a lo largo de la historia anterior.
11 El Carnaval se corresponde simbólicamente con el punto medio de Acuario, a 45 grados del punto vernal (0 grado
de Aries). Sin embargo, en el calendario cristiano la Pascua de Resurrección (Aries) —que determina la secuencia Carnaval/Cuaresma (Piscis)/Pascua— no coincide con el punto vernal, sino que se elige el primer domingo poste- rior a la Luna llena del mes de Aries. Dado que esto varía año a año. en algunas ocasiones el Carnaval se festeja
Más tarde, esa brecha dimensional volverá a cerrarse y la temporalidad renovada retomará su continuidad habitual.
Que en un punto del ciclo —Acuario— esté previsto que el orden del mismo se rompa, es una de las paradojas más inquietantes y creativas del Zodíaco. En la lógica del mandala, todo proceso estable, regular y previsible debe fracturarse necesariamente al alcanzar su plenitud y fluctuar por un instante en el límite de lo caótico.
En ese borde —donde todo lo construido parece perderse— se alcanza la máxima creatividad de todo el ciclo. La ruptura de las regularidades que gobernaban la organización anterior liberan un monto de energía capaz de llevar al sistema a un nuevo estado en el cual emerge un orden desconocido y absolutamente imprevisible para la situación precedente.
Acuario tampoco permanecerá, pero la renovación que su tiempo ha producido transforma al sistema en su raíz, impregnándolo de la vitalidad necesaria para un nuevo comienzo. Desde el punto de vista psicológico, esto significa que las personas nacidas en el tiempo de Acuario —o con esta cualidad en posición dominante en su mapa natal— habrán de expresar en su vida cotidiana la peculiar tensión entre continuidad y discontinuidad que es necesaria para que surja lo creativo: el misterioso vínculo entre lo que está más allá del tiempo y la temporalidad.
Estar psicológicamente ligados con una dimensión atemporal, amorfa, y cuyos contenidos profundos exceden nuestras limitadas posibilidades de otorgar significados, es ciertamente amenazante y desestabilizador, tanto para los que son sus portadores como para quienes los rodean. El arte de permanecer en contacto con esa dimensión que no es interpretable —es decir, reducible a formas conocidas— exige moverse en lo abierto, ocupando una posición que siempre será paradójica para los que se mantienen aferrados a lo estable y lo previsible. Nadie puede saber de antemano si aquello que los portadores de Acuario introducen en la trama social será juzgado por esta como locura o genialidad; si será aceptado o rechazado. Pero es evidente que si lo que surge de Acuario fuera enteramente comprensible para la sociedad o para la misma persona que lo encarna, dejaría automáticamente de cumplir con la función que le corresponde. La ruptura con los puntos de referencia conocidos es su cualidad esencial y lo que la hace esencialmente creativa, pero al mismo tiempo es lo que impide que sea inmediatamente aceptada y reconocida.
El portador del cántaro
Habitualmente se representa a Acuario como un hombre que lleva un cántaro rebosante de agua, la que se derrama y corre hacia donde se la necesita.
que distribuir sus dones espontáneamente puesto que, por su propia naturaleza, le es imposible apropiarse de ella. El cántaro que lleva sobre sus hombros representa a la forma en general y a la psiquis —o el yo— en particular. Es un receptáculo bellísimo pero vacío y, precisamente por eso, se puede mantener siempre lleno de aquello que está más allá de lo conocido y que tiene la capacidad de renovarlo todo.
En este signo las formas —por más hermosas y elaboradas que sean— son meros recipientes, vehículos o contenedores de la energía que las utiliza para circular libre y siempre nueva a través de ellas, pasando de una a otra, sin identificarse con ninguna ni permitiendo que alguna la capture.
Entre las múltiples simbolizaciones de esta circulación renovadora de energía que significa Acuario, podemos mencionar el pasaje del Evangelio en el que Cristo convoca a sus discípulos para la última cena. Después de ascender al monte de la transfiguración —Capricornio— y antes de entregarse al sacrificio final —Piscis— Jesús les pide a los apóstoles que busquen al portador del cántaro de agua, quien habrá de guiarlos hacia el lugar prefijado para la última reunión. Allí, en ese encuentro final, el Salvador —aquel que está identificado con la vida— efectúa su promesa de circular hasta el fin de los tiempos a través de la carne y de la sangre, del pan y del vino, para renovar eternamente los corazones y hacer posibles nuevas relaciones entre los hombres.
Pero palabras, imágenes y símbolos son también recipientes; cántaros que contienen — hasta donde es posible— la dimensión que les da origen y a la cual sirven, pero a la que no son capaces de definir. Por eso Acuario nos elude y ninguna imagen o descripción puede dar cuenta de la amplitud de sus significados.
Para este espacio zodiacal toda forma es sólo un resultado, un efecto; una cristalización de energía que opera como vehículo de manifestación para aquello que es libre y siempre nuevo, aquello que nunca se repite, que jamás será igual al momento anterior de sí mismo.
Al final del capítulo anterior decíamos que en la culminación de la experiencia de Capricornio se consumaba el anhelo de construir y de dar forma; de medir, comparar y establecer constantes. Y esto incluye también el anhelo de simbolizar, verbalizar e imaginar; de consumir energía en delimitar la significación infinita de lo real reduciéndola a la dimensión de las formas, por ricas y complejas que estas sean. De allí que sea tan difícil referirse a Acuario, a la vastedad del cielo abierto que derrama sus dones pero también el peligro sobre nosotros, seres demandantes de refugio y protección, apegados a la permanencia y psíquicamente necesitados de un centro y una historia.
Como vimos en los signos anteriores, la manera concreta en la cual se manifiesta una cualidad zodiacal depende decisivamente del modo como han sido asimiladas y expresadas las cualidades de los signos que la preceden en la rueda, por parte de un individuo concreto. En