5. A system of independent surveillance that verifies that the above are operating properly.
3.2 Examples on national guidelines
3.2.1 EU The Directive on the Quality of Water (“Drinking water directive”)
SERÍA falso decir que los filósofos contemporáneos sostienen una sola opinión acerca de la
relación exacta entre la filosofía y las ciencias particulares. Todos reconocen, sin embargo, que existe una diferencia y que la naturaleza precisa de ella constituye un problema. Ahora bien, este reconocimiento presupone el desarrollo de las ciencias particulares, pues el problema de su relación precisa con la filosofía se nos impone justo por haberse desarrollado como ramas del saber distintas de ésta. Por ello, no podría esperarse que el problema fuera enunciado y tratado, en forma más o menos explícita, en la Edad Media. En realidad, las investigaciones han demostrado que los siglos XIII y XIV dedicaban más atención de la que se
suponía a la investigación científica. También han hecho ver que los físicos medievales no eran de ningún modo serviles copistas de Aristóteles y de los árabes. Pero, a pesar de todo, sigue siendo cierto que las ciencias se encontraban en un estado rudimentario durante esta época, sobre todo si se la compara con el periodo posrenacentista. Así, pues, es inútil buscar en los escritos de santo Tomás un examen explícito y completo de la relación entre la filosofía y las ciencias, pues éstas se hallaban aún en estado embrionario. Pero sí dice lo bastante para indicar la línea general de su pensamiento y sugerir cuál sería su punto de vista si viviese hoy.
Sin embargo, cualquier lector de santo Tomás encontrará que es difícil entender su pensamiento, a menos que conozca su terminología. Por ejemplo, se extraviará sin remedio si cree que la palabra scientia significa, en los escritos de santo Tomás, lo que “ciencia” significa generalmente en la actualidad. Para él, “ciencia” significaba cierto conocimiento que se posee en virtud de la aplicación de principios evidentes de suyo o conocidos como ciertos a la luz de una ciencia superior. La teología dogmática era considerada como la ciencia primaria, en el sentido de ser una disciplina de principios absolutamente ciertos, revelados por Dios y que otorgan cierto conocimiento. También la metafísica era para él una ciencia que poseía sus propios principios evidentes de suyo. De aquí se desprende, pues, que el uso tomista del término “ciencia” no es el moderno. Sea lo que fuere lo que se pueda pensar acerca del valor cognoscitivo de la teología y de la metafísica, actualmente nadie las llamaría “ciencias”, cuando menos no sin explicar en qué sentido emplea el término. Igualmente, tampoco puede pensarse que cuando santo Tomás usa términos como “ciencia natural” y
“física” los emplee en su acepción actual. “Ciencia natural” significaba para él el conjunto de proposiciones acerca de la naturaleza, y era, lo mismo que la “física”, parte de la filosofía, a saber, aquella que trata de las cosas en cuanto capaces de movimiento. Por ello mismo, podía discutir la relación entre la física y la metafísica. Pero no se planteaba el problema de la relación exacta entre la física y la filosofía, ya que consideraba aquélla como parte de ésta.
Es verdad que santo Tomás habla de ciencias “especiales” o “particulares”. Pero también aquí hay un margen de error. Dice, por ejemplo, que las matemáticas son una ciencia “especial”, ya que tienen sus propios principios; pero eso no impide que las clasifique bajo el título general de filosofía. Es verdad también que establece una distinción entre la física y, digamos, la ciencia médica, de acuerdo con la distinción aristotélica general entre la ciencia teórica, que se estudia principalmente por mor del conocimiento mismo, y la ciencia práctica, estudiada sobre todo por un fin práctico. Así la ciencia médica, aunque presenta, naturalmente, un aspecto teórico, se desarrolla con vistas a un fin práctico. Y por esta razón, santo Tomás afirma (cf. In Boethium De Trinitate, 5, 1 ad 5) que no es parte de la física, pues ésta es una ciencia especulativa o teórica. La medicina se relaciona indirectamente con la física en tanto presupone un conocimiento de las propiedades de las cosas naturales pero no cae directamente en el terreno de la física como parte de ella. Sin embargo, no por ello podemos considerar que la distinción entre física y medicina equivalga a nuestra distinción entre filosofía y ciencia. Pues a pesar de que la “física” incluía para santo Tomás mucho de lo que más tarde sería llamado “cosmología”, “filosofía de la naturaleza” o “filosofía de la ciencia”, también incluía mucho de lo que para nosotros pertenece a la ciencia. Comprendía, por ejemplo, los principios generales de la astronomía.
Dado este empleo de los términos y el punto de vista que implica, el problema, tal como nosotros lo entendemos, de la relación entre la filosofía y la ciencia difícilmente puede presentarse. Para que lo hiciera fue necesario que las ciencias particulares se desarrollaran a tal grado que obligaran a verlas como algo distinto de la filosofía. Pero si hacemos caso omiso de la terminología y leemos a santo Tomás con todo cuidado, podemos encontrar algo más que un indicio de la distinción entre las proposiciones filosóficas, que él tenía por ciertas, y las hipótesis empíricas, que sólo son probables. Señala, por ejemplo, que la teoría tolemaica de los epiciclos puede “explicar las apariencias”, pero que esto no es prueba suficiente de la verdad de la teoría, porque las apariencias “tal vez pudieran explicarse también a base de otra hipótesis” (S. t., Ia, 32, 1 ad 2). Así, aun cuando el astrónomo pueda presuponer algunos principios muy generales acerca del movimiento, principios que para santo Tomás pertenecen a la física o filosofía natural, de ello no se sigue que las hipótesis con que pretende explicar los fenómenos reales puedan ser deducidas de aquellos principios generales y ciertos. Lo que el astrónomo hace es ofrecer una hipótesis que, aun cuando explique de hecho los fenómenos en cuestión (en el sentido en que si fuera cierta, los fenómenos podrían deducirse de ella), no
por ello prueba su verdad, puesto que los fenómenos podrían ser explicados igual o mejor por medio de otra hipótesis.
Algunos autores han dicho que santo Tomás consideraba las hipótesis astronómicas de Aristóteles como filosóficamente verdaderas. Y han interpretado su afirmación de que la teoría tolemaica es una hipótesis que podría quedar invalidada, como expresión de su esperanza de que pudiera surgir algún día una hipótesis que explicara los fenómenos sin contradecir a Aristóteles. Pero no parece haber una razón suficiente para atribuir a santo Tomás esta excepcional preferencia por las hipótesis aristotélicas. En su comentario al De caelo et mundo aristotélico (2, c. 12, lectio 17) observa que, a pesar de que una hipótesis propuesta para explicar el movimiento de los planetas parece explicar los hechos, no se sigue necesariamente de ello que esta explicación sea cierta, “pues los hechos podrían ser explicados quizá en otra forma, desconocida aún a los hombres”. Y aquí está hablando de la teoría aristotélica de las esferas homocéntricas. Por lo que parece que la coloca exactamente en el mismo nivel que la teoría tolemaica de los epiciclos y las excéntricas. Ambas son hipótesis empíricas que están sujetas a revisión. Así, pues, no podemos atribuir legítimamente a santo Tomás la idea de que la ciencia de su época era irreformable o de que gozaba de la certeza inherente a las proposiciones de la filosofía natural, para él absolutamente ciertas. Por ejemplo, no podemos deducir de ninguna definición general del movimiento las explicaciones físicas de movimientos particulares o series de movimientos; y las explicaciones que se ofrecen son de carácter hipotético y pueden ser modificadas.
A pesar de que no podemos encontrar, pues, en santo Tomás una distinción nítida entre filosofía y ciencia, en el sentido posterior de la palabra “ciencia”, sí podemos decir que el germen de tal distinción está implícitamente contenido en la distinción que traza entre las proposiciones filosóficas y las hipótesis empíricas de la física y la astronomía de su tiempo. Y es evidente que de vivir hoy en día no tendría dificultad alguna para reconocer la distinción entre la filosofía y las ciencias particulares. Y esto nos demuestra que debemos guardarnos de tomar demasiado en serio los ejemplos que toma a veces de la ciencia de su tiempo para ilustrar argumentos metafísicos. Son ejemplos dados en términos familiares para él mismo y para otros pensadores de la misma época; pero son ejemplos y no pruebas, y no debemos concederles demasiado valor o imaginar que su metafísica descansaba simplemente en la ciencia de sus días, tomando ésta en el sentido actual del término.
Podemos, sin embargo, preguntar si santo Tomás pensaba que el filósofo debía empezar por estudiar lo que hoy llamaríamos ciencia. Presuponiendo la lógica, nos dice que el orden en que deben estudiarse las ramas de la filosofía teórica es éste: matemáticas, física, metafísica. Por ejemplo, la astronomía requiere un conocimiento de las matemáticas. No nos es posible estudiar los cuerpos celestes “sin la astronomía, que requiere el conjunto de las matemáticas” (In Boethium De Trinitate, 5, 1 ad 9). Y, dado su carácter formal, es mejor estudiar las matemáticas antes de la física, que exige un conocimiento empírico y una mayor madurez de
juicio. Por último viene la metafísica, “es decir, lo que está más allá de la física, llamado así porque debe ser estudiado por nosotros después de la física” (ibid., in corpore). Esto no significa que santo Tomás pensara que las conclusiones de la “física”, que para él, como para Aristóteles, incluían la psicología, pudieran ser derivadas de premisas matemáticas o que la metafísica dependiera de determinadas hipótesis astronómicas. Que la física o filosofía natural deba ser estudiada antes que la metafísica se sigue de su principio general acerca de que el material para la reflexión es proporcionado por los sentidos. Es natural empezar por aquello que está más cerca de nosotros desde el punto de vista cognoscitivo, y considerar que el mundo físico consiste de cosas móviles antes de considerar estas cosas justo como objetos de una ciencia, la metafísica, que culmina en el conocimiento de aquello que está más alejado de la percepción sensible, a saber, Dios. La metafísica tiene sus propios principios que tienen una aplicación más amplia que los de la física, pero es natural para nosotros el llegar al conocimiento de lo más abstracto y general a través del conocimiento de lo menos abstracto y general. Y esta concepción puede muy bien sugerir que santo Tomás esperaba que el filósofo tuviera un conocimiento de la ciencia de su tiempo.
Ciertamente, no pedía al estudiante de filosofía un conocimiento de todas las ciencias que reconocía como tales. No esperaba, por ejemplo, que el metafísico hubiese estudiado medicina. Y al decir que la física debía estudiarse antes que la metafísica, pensaba, sin duda, sobre todo, en los principios y conceptos de la filosofía natural. Al propio tiempo, es obvio que esperaba que el filósofo “natural” se familiarizaría con los datos empíricos más importantes. Sin ciertos conocimientos de estos datos, por ejemplo, el psicólogo no podría examinar de una manera inteligente la relación entre el alma y el cuerpo. Es simplemente un asunto de sentido común. Pero sería demasiado precipitado afirmar en forma dogmática y no comprobable que, dado que santo Tomás dijo que la “física” debía ser estudiada antes que la metafísica, diría, si viviese actualmente, que el metafísico debería estudiar antes ciencia, si con ello queremos decir que debería ser un especialista en alguna ciencia particular. Después de todo, llegar a ser un especialista en cualquier ciencia es trabajo de toda una vida. Y la exigencia de un conocimiento científico universal sería simplemente absurda. Santo Tomás diría, sin duda, que si queremos filosofar acerca de la ciencia o de la relación entre el alma y el cuerpo, debemos tener un sólido conocimiento de los datos empíricos más importantes. Esto sería una exigencia no sólo del sentido común, sino también de las concepciones generales del santo sobre el modo como adquirimos el conocimiento. Pero si consideramos su idea de la metafísica, a la que volveré ahora, difícilmente podemos evitar la conclusión de que estaría especialmente interesado en reivindicar la independencia de la metafísica frente a las hipótesis empíricas de las ciencias. Por ejemplo, señalaría indudablemente que el progreso de la ciencia de ninguna manera altera los hechos en que basa sus argumentos para demostrar la existencia de Dios. Que pensemos las cosas de acuerdo con los cuatro elementos, o las pensemos en términos de hipótesis electrónicas y atómicas, no altera el hecho de que hay
cosas que se generan y corrompen. Si la existencia de las cosas finitas implica la existencia de un ser infinito, la relación de dependencia existencial de las primeras respecto del último no es afectada por los variables estadios de nuestro conocimiento científico sobre las cosas finitas. Desde luego, puede replicarse que si santo Tomás viviese en nuestros días cambiaría su concepción de la metafísica. Pero, si al preguntar qué sostendría el Aquinatense hoy acerca de la relación entre la metafísica y la ciencia, se trata de hacer una pregunta sensata y no de dejar el campo libre a la construcción de hipótesis inverificables, creo que la pregunta debe equivaler a preguntar qué concepto de la relación entre metafísica y ciencia, en la acepción moderna del término, exigiría la idea que de hecho sostuvo acerca de la metafísica. Y la respuesta difícilmente puede ser otra, sino que tendría que destacar —más que disminuir— la distinción entre la metafísica y la ciencia. La opinión de que las teorías metafísicas no son otra cosa que hipótesis empíricas, que dependen de las hipótesis empíricas de las ciencias, es una concepción posible sobre la metafísica, pero no es la de santo Tomás.
Hay otro punto que podemos mencionar brevemente. El hecho de que muchos temas que nosotros clasificaríamos entre los pertenecientes a la ciencia fueran clasificados por santo Tomás bajo el rubro general de “filosofía” nos plantea el problema de si todo lo que él llamaba “física” ha sido absorbido por lo que nosotros llamaríamos “ciencia”. ¿Queda acaso aún lugar para la “filosofía natural”? Es posible que podamos sugerir una respuesta en estas líneas. Al tratar el movimiento, el tiempo y el espacio, sobre todo en sus comentarios a Aristóteles, santo Tomás aceptó las definiciones de éste. Leemos en la Suma teológica que “como en todo movimiento hay sucesión y una de sus partes viene después de otra, por el hecho de contar el antes y el después del movimiento, adquirimos la noción del tiempo, que no es más que lo anterior y posterior en el movimiento” (S. t., Ia, 10, 1). Pero sea cual fuere nuestra opinión sobre las definiciones aristotélicas, el caso es que al tratar del tiempo, del espacio y del movimiento santo Tomás no pensó que estuviera tratando de cosas subsistentes. El espacio, por ejemplo, no es una cosa. Por ello es razonable decir que se ocupaba de analizar y aclarar los conceptos del tiempo, del espacio y del movimiento, o el significado de estos términos. Y si estamos dispuestos a llamar “filosófico” a este tipo de análisis, podemos decir que no todo el contenido de lo que santo Tomás llamaba “física” y clasificaba bajo el título general de “filosofía” ha sido absorbido por lo que nosotros llamamos “ciencia”. Santo Tomás diría que las distintas ciencias particulares se ocupan sea de diferentes géneros de entes, sea de las mismas cosas consideradas bajo diferentes aspectos y puntos de vista. Por ejemplo, aunque la astronomía y la psicología pertenecen a la “filosofía natural” no se ocupan de los mismos objetos. Sin embargo, el anatomista y el psicólogo tratan del ser humano. Pero no lo consideran desde el mismo punto de vista, y sus ciencias son distintas, aunque haya puntos de contacto entre ellas. Otro ejemplo, la biología se ocupa de los seres orgánicos o de los seres corpóreos vivos; ciertamente, la manera más natural de decir esto sería afirmar que
el biólogo estudia los cuerpos vivos o que estudia la vida de las plantas y animales. Pero, aunque es evidente que tiene que estudiar especímenes individuales, no se ocupa de organismos individuales determinados, a la manera de un jardinero aficionado que se ocupa de las flores y plantas individuales que planta y cuida. El biólogo se ocupa del tipo y la especie más que del individuo como tal. Por ello, podemos decir que se ocupa de los seres orgánicos o de los seres considerados justamente como orgánicos, siempre y cuando no creamos que esto implica que hay un ser orgánico subsistente separado de los organismos individuales concretos.
Sin embargo, es posible hacer abstracción de diferencias tales como lo orgánico y lo inorgánico y considerar las cosas simplemente como seres. Y santo Tomás sigue a Aristóteles al definir la metafísica como la ciencia del ser en cuanto ser. Pero sería un gran error interpretar esto como una afirmación de que existe algo llamado “ser” aparte de los seres o cosas. Santo Tomás habla, efectivamente, de Dios como del Ser; pero cuando dice que la metafísica es la ciencia del ser en cuanto ser, no la convierte por ello en sinónimo de lo que se llama “teología natural”. Quiere decir, por lo menos en parte, que la metafísica se ocupa del análisis de lo que existe o puede existir, considerado como tal. Y de acuerdo con él, aquello de lo que primeramente decimos que existe o puede existir es la sustancia (concepto al que volveré ahora mismo). Si decimos que Pedro existe afirmamos la existencia de una sustancia o cosa definida. Si afirmamos que Pedro es blanco, predicamos una cualidad de Pedro. Decimos que existe, pero que existe, como cualidad de Pedro y no por su propio derecho, por así decirlo. Y si afirmamos que la blancura existe como una cualidad de Pedro, afirmamos, por implicación, que Pedro existe. Pues sería absurdo decir a un tiempo que Pedro no existe y que es blanco. Así, pues, es de las sustancias de lo que primariamente afirmamos la existencia. De acuerdo con esto, si tomamos “ser” en el sentido de lo que existe o puede existir, la metafísica se ocupa primariamente del análisis de la sustancia y de sus modificaciones. Es así un análisis de las categorías fundamentales del ser, es decir, de la sustancia y de los diversos tipos de accidentes, tales como la cualidad y la relación.
La metafísica es también, para santo Tomás lo mismo que para Aristóteles, un análisis de las causas de la sustancia. Incluye, por ejemplo, un análisis de la causalidad eficiente. En el curso de la vida corriente preguntamos muchas veces por la causa particular de un