• No results found

1. Process parameter: Flow

5.4 Risk estimation

Por su posición en el comienzo del segundo hemiciclo zodiacal, Libra es el signo en el que se hace explícito que todo aspecto de la realidad llene su opuesto. Desde esta perspectiva cualquier acción, manifestación o impulso sólo puede surgir en relación con un otro.

De Aries a Leo es posible imaginar la existencia de alguna entidad capaz de actuar con absoluta independencia. Sin embargo, a partir de Libra esto aparece como una ilusión. Toda actividad, toda creación, incluso la existencia misma, presuponen un encuentro: la realidad nace de la interacción entre diferencias complementarias que se incitan unas a otras en una danza interminable de estímulos y respuestas.

Si Aries permite concebir el origen como la iniciativa puramente autónoma de una potente singularidad creadora, Libra nos dirá en cambio que toda manifestación sólo puede nacer de una solicitud anterior que la provoca.

Es bastante evidente que nuestra cultura nos condiciona a pensar en términos arianos. Pareciera que necesitamos aferramos a la creencia en un poder ilimitado capaz de crear desde una plenitud independiente de toda relación. Por el contrario, afirmar que toda creación está necesariamente asociada con la presencia de un complementario que — por actividad o receptividad— genera las condiciones necesarias para la manifestación, parece atentar contra nuestros ideales de autosuficiencia.

En el universo libriano no existen entidades aisladas ni singularidades absolutas. El encuentro es el fundamento de la realidad y por eso, nada ni nadie puede permanecer completo en sí mismo, ser el origen único o el eterno final de cualquier proceso. Nada es definitivo, puesto que por el solo hecho de haber aparecido, cualquier manifestación está a la espera de la respuesta que su propia existencia ha provocado. Para

Aries (aunque sería más preciso decir para Leo) esto es percibido como incompletitud; como una carencia o una falla insoportable que debe ser superada. En Libra, por el contrario, esta es la condición necesaria para que se produzca el encuentro; esa fugaz plenitud que se alcanza en un instante de equilibrio, que se verá inmediatamente trastocado para que otra vez tengamos que ir en busca de la armonía.

Equilibrio y homeostasis

coreografías, muy alejadas de los sencillos juegos de acción y reacción que veíamos en Géminis. El Zodíaco crece en complejidad a medida que se despliega y, como dijimos. Virgo constituye su punto de inflexión. En este signo las entidades aparentemente separadas se des- cubren a sí mismas formando parte de un orden que les precede. En Virgo, la potente expresión de la singularidad propia de Leo deja lugar al minucioso cuidado de la globalidad como condición necesaria para el bienestar de cada una de las partes. En la fase siguiente, Libra, el Zodíaco hace visible la dinámica interna de ese orden: esta es la codependencia de sus elementos que, en un balanceo eterno, oscilan entre un polo y otro compartiendo la creación.

En el universo de Libra todo tiende dinámicamente hacia el equilibrio: una energía compensa a la otra, el electrón busca al protón y las moléculas se acoplan entre sí atraídas por sus valencias complementarias. Noche y día, frío y calor, muerte y vida, la naturaleza entera aparece como una oscilación entre contrarios. Esto es así tanto en el juego siempre complementario de las bases que conforman la molécula del ADN, como en la inextinguible trama de encuentros entre las mujeres y los hombres que nos precedieron.

A medida que observamos estructuras más complejas, se nos hace evidente que el universo ha elegido el peculiar camino de separar el flujo de información que lo recorre en sistemas complementarios, que deben encontrarse y aprender a compartirla. Así, la asombrosa simetría de los seres vivientes los obliga a descubrir —a lo largo de la evolución— las formas más exitosas de relacionar sus dos lados para poder obtener nuevos y mejores resultados. La vida duplica y obliga a sus creaciones a complementarse para desarrollar habilidades cada vez más complejas, como en el caso de la binocularidad, que exige el acoplamiento de las diferentes percepciones de cada uno de los ojos, a fin de generar el efecto de profundidad. Tanto en el balanceo y la interacción de nuestras extremidades como en la compleja y aún inexplorada interrelación entre los hemisferios derecho e izquierdo del cerebro, todo lo viviente es una estructura de acoplamientos en la cual sistemas cada vez más complejos deben descubrir cómo alternarse y cooperar.

En el sentido más amplio de la palabra, la sexualidad corresponde a Libra. La vida crea formas que se necesitan estructuralmente unas a otras y cada una de ellas debe aprender a dar las respuestas adecuadas a la incitación que la otra le propone.

Visto desde Libra, todos los seres cooperamos en el compartir de la vida, querámoslo o no. La ley del equilibrio está por detrás de todas nuestras relaciones imponiéndonos su presencia reguladora como una fatalidad. Los zorros no pueden comerse a todos los conejos a fin de poder seguir viviendo y si los zorros desaparecieran, la superabundancia de conejos los llevaría a la muerte por falta de alimento. La vida es una sociedad que se autorregula en una compleja

homeostasis de socios y adversarios, enemigos y aliados que danzan juntos gobernados por una justicia que jamás da la razón a una sola de las partes.

La Balanza

Desde el punto de vista simbólico, Libra es el único signo zodiacal enteramente representado por un objeto inanimado. Esto quizás signifique que su contenido escapa a la inercia de nuestras proyecciones psicológicas, inevitablemente antropomórficas. La justicia de la balanza trasciende toda voluntad o designio particular. Ella actúa con absoluta independencia de los motivos o las intenciones. En Libra no existe un juez y por eso, en sus representaciones menos abstractas se la simboliza como una mujer con los ojos vendados: la balanza sólo oscila y hace presentes las consecuencias de los actos en forma inexorable. Una vez producida la acción —o la ausencia de ella— tienen lugar los efectos como una respuesta natural de la realidad, que no guarda relación alguna con supuestas recompensas o castigos. No hay otra intención en la Balanza que no sea el equilibrio; en un sentido muy profundo, la justicia de Libra no es moral o ética sino perturbadoramente estética.

Pero debemos reconocer que la sencilla gracia de la Balanza suele ser demasiado compleja para nuestra psiquis, condicionada por la ilusión de lo absoluto. La voracidad del yo ignora la delicadeza que reclama la justicia de Libra y habitualmente desprecia su sabiduría. Esta nos dice que cualquier intento de dominio es sólo una ilusión. Incluso la creencia de que es posible tener toda la razón en una circunstancia dada, se revela como el sueño de una conciencia inmadura que intenta sustraerse a la suave pero inexorable presencia de los contrarios. Estos habrán de burlar a quien se crea completo y completarán a todo aquel que se ofrezca para ser completado.

El camino del encuentro y la complementariedad

El séptimo espacio del Zodíaco nos dice que la codependencia es el tejido de lo real, pero esto es algo muy difícil de comprender y de expresar en la vida cotidiana, incluso para alguien con el Sol en Libra. Imaginemos entonces cuan complejo deberá ser el camino a recorrer por una persona con este signo en el Ascendente, quien se verá obligada a percatarse de este enigma encapsulado en la trama de sus vínculos y en los acontecimientos de su vida.

Como sabemos, el "mundo externo" de una persona con Ascendente en Libra, a diferencia de aquella con el Sol o la Luna en este signo, está impregnado por esta cualidad. En él se

materializan encuentros y situaciones que tienen el potencial de actualizar estas posibilidades latentes, con la fuerza —y muchas veces con el dolor— necesarios como para impulsarla a develar los sutiles misterios del encuentro y la complementariedad. En el estudio de los Ascendentes anteriores hemos dicho que la sensación de identidad —conciencia de sí— de una persona, suele organizarse alrededor de vibraciones diferentes a la del Ascendente. Desde esa identificación fragmentaria, nos sentimos ajenos a la cualidad de los eventos en los que participamos.

Así, los encuentros personales y los sucesos de nuestra vida suelen desfilar ante nosotros como si fueran azarosos y absolutamente externos a nuestro ser. Otorgarle visibilidad al despliegue del Ascendente implica darnos cuenta de cómo atraemos o somos atraídos hacia personas, ámbitos o situaciones que poseen una determinada cualidad que nos corresponde vivir. En la medida que esta es registrada, nos es posible distinguir una estructura coherente de destino que, de algún modo, nos obliga a enfrentarnos con un enigma al que no podemos sustraernos. En el caso del Ascendente en Libra, un sinnúmero de situaciones tendrán como denominador común llevarnos a comprender la trama eminentemente social de la vida, la codependencia de todo lo que existe y la ley del equilibrio como trasfondo de toda realidad. Así, la matriz de sucesos y relaciones a atravesar en este caso contendrá los estímulos necesarios como para aprender a valorar la real importancia de los otros y, al mismo tiempo, desarrollar las cualidades relacionadas con la belleza, la gracia y el equilibrio.

Es muy común ver crecer a los portadores de este Ascendente en ambientes habitados por personas fuertemente comprometidas con el desarrollo de la sociedad. Políticos, líderes de organizaciones sociales, cooperativistas, miembros de entidades benéficas, activistas de todo ti- po, suelen aparecer recurrentemente en sus vidas, poniéndolos en contacto con el interés por el bienestar social y la preocupación por las necesidades de los demás.

El hilo conductor de todos estos eventos no es en este caso el magnetismo que ejerce el poder —como en el Ascendente en Escorpio— sino la necesidad de descubrir cuan relevantes son los menesteres y deseos de aquellos que están más allá de nosotros y de nuestra familia.

Así es como las temáticas sociales —tanto a gran escala como en el nivel de las necesidades barriales o de la cooperativa escolar— suelen estar presentes en las conversaciones familiares primero o en los intereses de los mejores amigos o de la pareja después. Quizás el Ascendente en Libra nunca llegue a manifestar un elevado compromiso con la sociedad como modalidad del encuentro con el otro, pero muy probablemente atraerá a su vida —de un modo aparentemente fortuito— a personas que se involucran intensamente con lo colectivo.

El encuentro con la armonía y las formas estéticas

Si aprender a apreciar las necesidades de los demás es una tarea implícita en este Ascendente, también lo será el aprendizaje y el respeto por las correctas formas sociales.

Por distintas vías, su "destino" suele ponerlos en contacto con ambientes de gran refinamiento, por lo general mucho mayor al que estaba presente en sus orígenes. A través de las amistades, por matrimonio o por trabajo, suelen ser llevados a moverse en mundos donde se le otorga extrema importancia al cuidado de las formas, la elegancia e incluso la sofisticación. Asimismo, el arte y todos los ámbitos donde reina la belleza suelen hacerse presentes en sus existencias como una expresión más (le la energía que les corresponde vivir. De esta manera los ambientes diplomáticos, el mundo de la moda o la cosmética se despliegan a su alrededor, así como las relaciones con artistas, músicos, actores, galerías de arte, museos, materiales artísticos, etc. La estructura global del instante de nacimiento es la que nos indicará el sendero específico de acercamiento a esta cualidad que en general, para el sujeto, no parece provenir de su deseo sino de una serie de coincidencias fortuitas: un médico podrá convertirse en cirujano plástico aparentemente por consideraciones económicas o un nutricionista será llevado hacia el mundo de los actores y la belleza. Una fonoaudióloga trabajará con cantantes, un notario legalizará concursos de belleza o un historiador se interesará por las vidas de los grandes artistas. Esta proximidad a los mundos refinados y estéticos les podrá parecer accidental o el fruto de una serie de coincidencias en las que no ha participado intención consciente alguna. Sin embargo, a través de todas ellas se está desenredando el hilo dorado del "destino" que emerge desde los estratos más profundos de su psique. La persona con Ascendente en Libra está impregnada por la cualidad de la belleza y por eso es magnéticamente atraída hacia estos ambientes y relaciones. Esto podrá permanecer para siempre en su mundo "externo" —como una manera de equilibrar una personalidad excesivamente identificada con las otras energías de la carta natal— o bien actuará como detonante de esta cualidad interior y le permitirá mani- festarla.

El potencial artístico y una gran capacidad de apreciación de la belleza están casi siempre presentes en las personas con este Ascendente y en la medida que puedan expresarlo —y no simplemente proyectarlo en el exterior— gozarán de una integración más profunda y un mayor equilibrio interno. Pero aunque el desarrollo del sentido de la gracia y la belleza son esenciales en su destino, el eje de estas existencias se encuentra en el aprendizaje concreto del compartir, ya sea en las relaciones de pareja o en las asociaciones.

El otro y el deseo

El signo de Libra encierra el elusivo secreto del deseo, no en el sentido de liberar el "propio" impulso o de tomar conciencia de las fuerzas básicas de la naturaleza, sino en la instintiva percepción de que el deseo siempre está articulado con un "otro". Inevitablemente hay alguien —imaginario o real— quien suscita el impulso o el acto, el proyecto o la búsqueda, por individual o solitaria que esta pueda parecer. Libra, incluso diría que no existe un movimiento que no sea deseante. La vida siempre genera el vacío necesario como para que se inicie un nuevo proceso. De allí que el reposo sea tan intenso como la explosión y que la casi imperceptible inflexión de una voz pueda ser tan decisiva como el más vehemente movimiento de un cuerpo.

Por eso el encanto es inherente a este signo, al igual que la hermosa sonrisa, en tanto invitante señal que tiene el poder de disolver la desconfianza e iniciar la aproximación; o el cortejo, que en su vacilante exploración aguarda que se revele el deseo que habita el encuentro, a sabiendas de que este emerge sólo si es pacientemente convocado. Libra sabe que el camino más seguro para encontrar la dimensión real del propio impulso es la solícita atención al deseo del otro.

Pero cuando esta energía se expresa desde el Ascendente, es bastante lógico que estas personas en un principio queden cautivadas por los juegos de la seducción. Antes de que se active en ellas la real significación del encuentro —y muchas veces, precisamente por eso— es raro que no hayan tenido que atravesar previamente los hechizos del encantamiento. Esto puede manifestarse en la atracción casi irresistible por algunas de las personas que encontraron en su camino, o sintiéndose carentes de todo encanto, o sucumbiendo a un casi compulsivo impulso de seducir. De una u otra forma, deberán recorrer los distintos lados de esta estructura antes de comprender cabalmente la cualidad de la cual son portadoras.

Libra incita, provoca, seduce, fascina, responde, se entrega, se abre y abre al otro para descubrir la verdadera intersección del deseo; el espacio común donde no prima ninguno de los integrantes del encuentro. Sin embargo, al ser portadores de esta cualidad en forma incons- ciente o por lo menos confusa, es evidente que es muy fácil para quienes poseen este Ascendente quedar cautivados por ella, sucumbir al juego seductor de los otros o tener que sufrir las consecuencias que el propio encanto produce.

Pero una cosa es clara: la utilización consciente o inconsciente del Otro como mera pantalla de proyecciones psicológicas, o como objeto pasivo de la propia satisfacción narcisista, nunca podrá ser un juego inocente y sin secuelas para el Ascendente en Libra.

escasa trascendencia, suele tener derivaciones particularmente dolorosas en este caso. Tarde o temprano, el Ascendente en Libra deberá descubrir con gran contundencia que el otro es extremadamente importante, un ser de deseos y necesidades absolutamente reales y muy diferentes a las que uno narcisísticamente imagina. Puede que esto se produzca porque se le vuelva inalcanzable o por sentirse dominado por el otro —o por no poder dominarlo-, por una insoportable sensación de soledad o por quedar atrapado en los formalismos sociales. Pero a través de uno u otro camino deberá aprender en carne propia el significado del respeto mutuo, la cooperación y el compromiso.

La pareja y las sociedades

De hecho, cuando Libra asciende, podemos anticipar la fuerza inusitada de las lecciones que depararán el matrimonio o la pareja en la vida de una persona. Es evidente que esto dependerá del conjunto de la carta natal y en particular del estado del regente del Ascendente, pero el principio general es que el Ascendente en Libra deberá demostrar con sus actos que ha comprendido el arte del encuentro y la complementación. Y esto no quiere decir de ninguna manera que podamos esperar una fácil realización de esta experiencia. En muchos casos, se trata de todo lo contrario.

Viudez, divorcios dolorosos, una sufriente sensación de aislamiento o las incontables desilusiones que nacen de las ingenuas proyecciones románticas que suelen manifestarse en todos aquellos que están en contacto con el arquetipo del encuentro, son distintos caminos que llevan al mismo lugar: tener que comprender hasta los huesos la importancia del compartir.

Por otra parte, cuando este Ascendente madura, expresa una extraordinaria capacidad para construir relaciones profundas y duraderas que constituyan auténticas sociedades en las que los integrantes descubran la verdadera dimensión del amor personal y la cooperación.

Lo que tarde o temprano debe aparecer en estas vidas es la valoración profunda de la complementariedad, pero muchas veces esto sólo ocurre al comprender con dolor en cuántas oportunidades no se la supo apreciar. En ese sentido, aunque el Ascendente en Libra encierra en su núcleo el arquetipo del encuentro, esto no le confiere ninguna garantía de felicidad en la unión, sino del aprendizaje en la complementariedad.

¿Tener la Casa VII en Aries no es algo que dificulta esta experiencia...?

Precisamente, que Aries esté estructuralmente en la Casa VII de toda carta con Ascendente en Libra significa que esta persona siempre se moverá determinada, en apariencia, por la iniciativa del otro. Tendrá que descubrir que no tiene posibilidad de jugar su deseo en forma unilateral y

que, sin embargo, esto no quiere decir que se encuentre en una situación de dependencia. Este es el filo de la navaja de Libra: el deseo no es independiente del otro y, sin embargo, esto no significa dependencia...

Como decíamos más arriba. Libra nos dice —en tanto signo zodiacal— que no tiene la menor importancia si el deseo aparece como mío o como de otro, porque lo relevante es el juego mismo del deseo; lo que realmente existe es una interacción deseante. Pero en el caso del Ascendente —donde tal cosa debe ser aprendida— se manifestará con la presencia activa de