sentar la denuncia) para conseguir que los jueces le conce dieran sólo a él la actuación en el proceso. Es el discurso llamado diuinatio in Q. Caecilium o, simplemente, in Q.
Caecilium.
¿Era Cecilio un simple prevaricador o un hombre sin mala fe, pero que se había dejado convencer por los de Verres? Se trataba, al parecer, de un orador poco hábil, que podría convertir el juicio en un paseo para Hortensio, el principal defensor de Verres.
Podía alegar Cecilio que era siciliano, que había sido perjudicado por Verres y que, en todo caso, había desem peñado con él la cuestura y, por tanto, conocía bien sus pasos. Todas estas condiciones, a primera vista favorables, las convierte Cicerón en inconvenientes a lo largo de su discurso. O hacen sospechar de sus intenciones al presen tarse al juicio o revelan malas cualidades como hombre, puesto que pretendía acusar a quien había sido su pretor. Sea lo uno o lo otro, no resulta un acusador válido. Están, además, sus escasas facultades oratorias: Cicerón emplea a lo largo de su parlamento un tono bastante despreciativo para con Cecilio. Hay, por otra parte, un hecho incontro vertible: los sicilianos han acudido a Cicerón y han evitado a Cecilio.
El discurso de la Primera Sesión gira en torno a dos puntos fundamentales: el peligro en que se hallan aquellos jueces pertenecientes a la clase senatorial y las maniobras de Verres y Hortensio para retrasar el juicio y lograr, así, un tribunal más favorable para ellos.
Cicerón insiste una y otra vez en que los tribunales, que, por disposición de Sila, sólo podían estar compuestos por miembros de la clase senatorial, venían siendo objeto de crítica generalizada, por exonerar de culpa a encausa
dos evidentemente culpables. Si con Verres, el peor de to dos, ocurría lo mismo, perderían esa condición de mono polio en la administración de justicia, como, en efecto, sucedió. Esta insistencia de Cicerón llega a adquirir tintes de amenaza en más de un pasaje de las Veninas, pero aquí ya quedan plenamente manifestadas sus intenciones: utili za la opinión pública como elemento de presión.
Con gran detalle expone las maniobras de Hortensio para entorpecer el proceso. Intentaba dejar pasar el tiem po para que, con la ayuda de los intervalos festivos de los juegos, los jueces, cada uno por circunstancias diferen tes, que va enumerando, vayan dejando su sitio a otros favorables al acusado. Tales maniobras están relacionadas con las llevadas a cabo para hacer fracasar la candidatura de Cicerón a la edilidad. Para contrarrestrar todas ellas, sobre todo las destinadas a perder tiempo, Cicerón anun cia, al final del discurso, que renuncia a pronunciar la ora
tio perpetua, como era lo habitual, y que tocará punto
por punto, acompañándose de testigos, de los que después dará una enorme lista, con lo cual obliga a su contrincante a seguir una actuación paralela desde el punto de vista procesal.
Conviene recordar que la actuación política de Pompe- yo supone un gran apoyo para nuestro orador, que la pre senta de una forma menos inmediata de lo que probable mente fue.
La Primera Sesión había empezado y terminado el 5 ó el 6 de Agosto. Hasta mediados del mismo mes se pro longaron las deposiciones de los testigos y la presentación y peritaje de los documentos. Hubo, al principio, algunos enfrentamientos dialécticos entre defensor y acusador, pero Hortensio adoptó, al cabo, la táctica de guardar si-
lencio. Más elocuente fue la del propio Verres: primera, pretextó una enfermedad, para no asistir al juicio. Final mente, pero no mucho después, se alejó de Roma.
Con todo lo anterior, la opinión común era que Verres sería condenado sin necesidad de recurrir a la comperendk
natío. Así ocurrió, en efecto. En el debate subsiguiente sor
bre la litis aestimatio, parece ser que Cicerón, tal vez dis traído por su éxito, no puso demasiado empeño, y la suma que se impuso al ex gobernador de Sicilia fue bastante exi gua para los abusos que había cometido, hasta tal punto que se suscitó más de un rumor sobre la honradez de su acusador. Si el comportamiento hacia él de los sicilianos hace difícil tal sospecha, no podemos desprendernos de la mala sensación que nos produce el comportamiento relaja^ do de nuestro orador en esta parte del episodio.
Lo cierto es que no se llegó a celebrar un segundo de bate. Sin embargo, conservamos cinco libros más dirigidos contra Verres. ¿Por qué? ¿Por lucimiento oratorio, por quitar la razón a Hortensio 44, o como elemento de pre sión para la derogación de las leyes silanas? El primer mo tivo es bastante verosímil: amén de la consabida vanidad de los políticos, el orador concienzudo tenía que sentirse algo frustrado con la brusca conclusión del proceso y ha bría querido dejar un buen testimonio de sus espléndidas facultades. Creemos que jugaron un mayor papel las razo nes políticas: sin ningún encumbramiento a la vista, el com portamiento con los sicilianos difícilmente hubiera sido tan «desinteresado».
Nos encontramos, pues, con una orado perpetua, un discurso ininterrumpido y exhaustivo o de una sola pieza, como nos hemos arriesgado a traducir en su lugar corres
pondiente. Y además de ser de (o en) una sola pieza, ape nas cuenta con un exordio normal y, eso sí, con una gran peroración final. No contiene ninguna división propiamen te retórica, sino por temas, lo que corresponde a una obra destinada a la publicación, no a la práctica forense. Tal pieza única la publicó Tirón dividida en libros, a los que los gramáticos y estudiosos posteriores pusieron títulos no siempre adecuados 45. Incluso la división no parece corres ponder a la intención original, dado que sólo los libros segundo, tercero y cuarto corresponden, en rigor, a la quaes
tio de repetundis.
La materia objeto de la Segunda Sesión proporciona una cantidad y calidad de datos sobre la historia de la so ciedad y las instituciones romanas muy estimables, si bien se hace en algunos momentos excesivamente reiterativa. No es caprichoso, por tanto, el comentario de uno de los pro tagonistas del Diálogo sobre los oradores 46.
Ya en el primer discurso podemos advertir el poco acier to de su título. En efecto, la pretura urbana de Verres sólo ocupa una parte de aquél, que trata, en realidad, de la vida del acusado hasta su nombramiento como gobernador de Sicilia y, aun así, las noticias y acusaciones que Cicerón hace contra Verres a lo largo de su carrera política son de tal naturaleza que los lectores y oyentes las interpreta rán como lo que pretenden ser: antecedentes explicativos de su posterior actuación en Sicilia.
Tras el exordio 47, nos encontramos con la división te mática de esta segunda sesión: hablará sobre su carrera,
45 Cuestión tratada por Klotz, al que nos remitimos, en la praefatio